Delta 7

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La humanidad es el único virus maldecido a vivir con el horrible conocimiento de la frágil mortalidad de su huesped.”

Profesor Arnold


Gudu Anouar , gudu gudu! -Corre, corre, le gritaba su madre a la vez que con gestos le indicaba que se alejara.

No entendía muy bien lo que pasaba. Él, Anouar, tan solo tenía siete años. Unos hombres a caballo habían irrumpido en el centro de la aldea despertando gritos y levantando polvo.

Vio a su padre corriendo en dirección al vallado donde tenían las cabras para evitar el saqueo de dos de aquellos jinetes que habían bajado de sus monturas desenredando el alambre que sujetaba la puerta de entrada al redil.

Todo ocurrió muy rápido. Su padre intentó agarrar del brazo a uno de esos extranjeros cuando desde su espalda, un tercer hombre a caballo que empuñaba una takouba 1 le asestaba un preciso y letal corte a la altura del cuello.

Los gritos se convirtieron en un sonido horrible que hizo a Anouar parar en su carrera justo a tiempo de poder girarse y contemplar el cuerpo de su padre en el suelo tiñendo la tierra con su sangre, mientras su madre a pocos metros tras él corría a socorrerle sin darse cuenta que otro jinete salía a su paso por la espalda.

  • ¡Mamma! – Gritó Anouar mientras contemplaba como su madre era izada al cuello del caballo como si de un fardo se tratara.

Dejó de correr, no comprendía lo que estaba pasando. Los hombres hicieron rodar con sus pies el cuerpo inmóvil de su padre que molestaba para abrir la verja de los animales mientras su madre desaparecía entre la turbia polvareda intentado deshacerse de su secuestrador.

¡Mamma!, volvió repetidamente a gritar. – ¡Mamma!

Anouar se despertó sobresaltado y empapado en sudor. Todo había sido una pesadilla, o mejor dicho, el recuerdo de una pesadilla de su infancia.

Diminutas gotas formaban semiesferas brillantes en su oscura piel. Su nariz ancha y sus labios carnosos hablaban de su arraigado origen africano. Con el tiempo el enclenque esqueleto de su niñez se había rellenado de robustos músculos que le convertían ahora en un hombre fuerte, atractivo y poderoso.

Se despertó desorientado, sin recordar muy bien dónde se encontraba. El recuerdo de su padre tiñendo de rojo el polvoriento suelo que le vió nacer y su madre alejándose al trote luchando contra su captor eran imagenes que acompañaban demasiado frecuentemente sus despertares.

Ojalá se tratara solo de eso, de un sueño. Deseaba poder volver a dormirse y cambiar aquel final e imaginar una jornada feliz junto a su familia en aquella que fuera su aldea, un puñado de casas de barro rojizas a pocos kilómetros de Jaredi, en el noroeste de Nigeria. Sin embargo en sus recuerdos no quedaba nada bello de aquel lugar, solo esa foto en su memoria de cuerpos inertes desperdigados por el suelo.

Habían pasado veinticuatro años desde entonces, pero el recuerdo de aquel día seguía muy vivo:

Los hombres a caballo se fueron con la misma rapidez que llegaron. No hubo tiempo ni oportunidad de diálogos. Tras el asalto quedaron corrales vacíos y muertos diseminados por todos lados.

Él fue el único superviviente. Vagabundeó durante horas por la que fue su aldea. Sus desatendidos llantos y gritos llamando a su madre poco a poco se fueron apagando. Finalmente la encontró a poco más de un kilómetro siguiendo el camino por donde la vió desaparecer. Su cuerpo yacía en el suelo inerte boca abajo. Tampoco se movía pero no sangraba. ¡Mamma, mamma…! Intentaba despertarla. Así, cogido a ella, permaneció durante dos días impregnándose en su memoria para siempre ese olor mezcla de polvo, cabras y sangre.

Ahora, pasado el tiempo y analizando aquel suceso, quería creer que todo aquello tuvo un motivo justificado, que su padre murió heroicamente defendiendo las únicas posesiones que les daban sustento e imaginaba a su madre defendiéndose con uñas y dientes de su captor hasta que éste se vio obligado a golpearla demasiado fuerte y acabó abandonando en el camino su exceso de carga.

Lo que seguía sin entender era por qué le dejaron a él con vida. Quizás le vieron demasiado escuálido, demasiado débil para ser empleado como esclavo y creyeron que no valía la pena llevarse a un saco de huesos que seguramente debieran enterrar en pocas semanas. Tampoco se molestaron en gastar su energía en matarle, el tiempo o las alimañas harían ese trabajo por ellos.

Con los años Anouar aprendió a no sentir odio por los asesinos de sus padres. Entendió que el mundo es un lugar salvaje, donde el más fuerte se come al más débil, y donde la supervivencia está por encima de todo.

La naturaleza sigue su curso, y si no tienes armas para cazar, tarde o temprano acabas convirtiéndote en presa.

Aquellos saqueadores eran eso, personas con necesidades que encontraron otra forma de sobrevivir, aunque fuera a costa de otros. Los humanos pueden ser de la misma especie pero el miedo y las necesidades no entienden de amor.

Esa cruda realidad de lucha por la supervivencia, desprovista de romanticismo, ética o ideal social se había entronado en los más profundos sentimientos de Anouar.

Pasadas esas penurias, allí estaba ahora él, convertido en un gran guerrero armado con la ciencia más moderna y dispuesto a devolver los mordiscos a quienes intentasen aprovecharse de él. Pronto el mundo entero conocería su obra y lamentaría sus excesos.

JAREDI – NIGERIA 1992.

Días después del asalto a la aldea.

Lucia estaba a punto de vomitar. Nadie la había preparado para eso. Se llevó ambas manos a su joven rostro y las náuseas se convirtieron en un shock que le impedía respirar. De taparse la boca paso a taparse sus castaños ojos y a sujetarse el cuello mientras echando su cabeza hacia atrás intentaba recobrar el aliento.

Cuando se apuntó como voluntaria en Médicos sin Fronteras en Barcelona, sabía que la situación en algunos países de África era mala, algunas compañeras enfermeras que habían estado en Angola o allí mismo en Nigeria donde ahora se encontraba ella, le hablaron de la miseria, la falta de alimentos y recursos, pero nunca imaginó encontrar escenas tan atroces como aquella.

Lucía formaba parte de un grupo de 4 voluntarios. Tania de Bilbao, Sofía de Turín, ambas enfermeras como ella y Eric, un médico noruego que dirigía el… llamémosle consultorio. No sabía exactamente como clasificar esa barraca, ya que lo mismo servía de consultorio como de quirófano, maternidad hospital o UVI. Era el único centro con algún recurso médico en sesenta kilómetros a la redonda y atendían a una población superior a los 45.000 habitantes.

Ella acompañaba a Eric en una caravana escoltada para recoger provisiones en Sokoto, la ciudad con hospital más cercana en el norte del país. Siempre pensó que exageraban las medidas de seguridad para viajar de una ciudad a otra, de hecho no dejaban hacerlo sin escolta, pero a la vista de aquel horror ahora entendía y daba por bien empleadas esas largas horas de espera que convertían un viaje de diez horas desde la capital hasta su actual destino en Malissa en cuatro aburridas e interminables jornadas.

El oficial al mando de la escolta había sido avisado por radio que dos días antes una tribu de nómadas había saqueado varias pequeñas aldeas cercanas a Jaredi, dejando a su paso una buena cantidad de muertos y heridos, por lo que tenía instrucciones de inspeccionar esas aldeas y trasladar a cuantos heridos pudieran hasta Sokoto.

En cuanto se acercaron a esa remota aldea, un grupo de unas 20 personas, cuatro hombres, algunos niños y el resto mujeres se dirigieron hacia la caravana entre gritos y señales de alto.

Unos 30 cuerpos sin vida habían sido amontonados a la izquierda de la carretera y las cuatro mujeres que cavaban la fosa dejaron de hacerlo para unirse a los llantos del resto.

Hamid, el oficial al mando, era el único que podía traducir del Haussa2 al francés, y tras una larga conversación, les informó de lo sucedido.

Era frecuente que tribus nómadas, antes dedicadas al comercio, vagaran ahora de una nación a otra sin control, expoliando lo que podían. Ellas no reconocían fronteras ni propiedades. Muchas se habían visto abocadas a esos saqueos por la simple necesidad de subsistir.

Con el tiempo algunas fueron acrecentando su violencia e incluso se habían atrevido a asaltar caravanas con escolta y todo, aunque en esos casos perseguían más el apropiarse de las armas de los escoltas.

Ésta en particular era bastante violenta, viajaban unos cuarenta hombres a caballo y aunque parecían haber ahorrado munición Hamid no descartaba que llevaran armas de fuego así que por seguridad dio instrucciones a sus hombres para que vigilaran el perímetro a pesar de saber perfectamente que no regresarían. No quedaba nada de valor que llevarse.

A continuación les indicó a ellos que cogieran el botiquín y le acompañara, había varios heridos en una cabaña próxima.

Lucia recogió su corta melena oscura con una goma y se cubrió la cabeza con el obligado pañuelo. No había que olvidar que a pesar que el oficial no ponía pegas en que las extranjeras viajaran sin cubrirse la cabeza, era una norma de respeto hacerlo frente aquella sociedad musulmana.

Los supervivientes en su mayoría eran pastores que estaban cuidando del ganado alejados de la ruta de los saqueadores o mujeres que volvían de sus quehaceres como recoger agua o cultivar en el campo.

A Lucia le costaba imaginar qué retenía a aquellas personas en esa deshabitada, peligrosa e inhóspita tierra, aunque a la vez, eso le hacía entender los crecientes y enormes barrios de miseria alrededor de las ciudades. Resultaba desalentador pensar que aquellos pobres miserables tenían que elegir entre morir de hambre en la ciudad o asesinados en sus aldeas.

Vendaron varios cortes, desinfectaron magulladuras y prepararon a dos mujeres que estaban muy mal heridas para ser trasladadas. Una de ellas, embarazada, tenía un corte en su barriga que ignoraban si había afectado al feto, la otra había perdido una mano.

Fue un soldado quien señaló un grupo de buitres a lo lejos. Con seguridad que los salteadores no habían abandonado animales comestibles, así que eso solo podía significar otro cadáver humano, otro herido, o las dos cosas.

Llegaron hasta el lugar donde las alimañas esperaban su banquete. Hamid no podía separar aquel niño del cadáver de una mujer. Dedujo que debía tratarse de su madre. El pequeño tenía muy mala pinta y tan solo consiguió que soltara sus manos del cuerpo de la mujer cuando le ofreció un poco de agua.

Cuando Lucia vio la mirada de aquel niño, con aquellos ojos negros, profundos, inexpresivos, mirándola sin desvelar el más mínimo sentimiento, necesidad o curiosidad, fue la bofetada más grande recibida en toda su vida. Una bofetada que la hacía despertar de su cómoda existencia, que le abría la puerta a los abismos del mismísimo infierno a pocas horas de vuelo de su confortable hogar y que transmitía la realidad de que en el mundo existían miradas como esa, vacías, sin sentimientos, sin alegría por vivir, sin ninguna razón para expresarse, dispuestas a aceptar la indiferencia y resignadas a morir de hambre en soledad sin protestar.

Aquel día ese niño cambió la vida de Lucía, lo que ella ignoraba era la terrible semilla que germinaría tras los oscuros ojos de Anouar.

Universidad Autónoma de Barcelona 2001

El pequeño Anouar ha crecido y se ha convertido en un brillante estudiante.

-¡Vamos Anouar, corre, corre! – Hassan le sonreía desconocedor de que en Anouar esas palabras despertaban recuerdos y cobraban otro significado.

¡Gudu Anouar , gudu gudu!

-Vamos a llegar tarde a clase de genética.

Los pasillos de la UAB (Universidad Autónoma de Barcelona) estaban como siempre a esas horas llenos de nuevos estudiantes que como en años anteriores le continuaban observando con el rabillo del ojo como algo raro, o mejor dicho, inusual. Había muchos estudiantes extranjeros, pero su oscuro color negro indicaba su pureza de raza y era poco habitual que los de su procedencia llegaran a una universidad como aquella. Normalmente resultaba más fácil y menos sorprendente verlos barriendo las calles, recogiendo cartones con un carro, o como mucho regentando algún restaurante étnico.

Él era la excepción. Lo sabía y se sentía orgulloso de ello, aunque no podía dejar de sentirse como una curiosa anomalía.

Llevaba veinte años viviendo en España, desde que Lucía consiguiera su adopción, pero seguía percibiendo en las miradas de la gente su curiosidad por ver a alguien que consideraban diferente. Intentaban comportarse correctamente en el trato, eso sí, pero sabía que solo se trataba de un esfuerzo para evitar sentirse racistas.

¡Hipócritas! – Pensaba Anouar para sus adentros.

¿A quién pretendían engañar con sus forzadas atenciones? ¿A ellos mismos? Le exasperaba tener que dar continuas explicaciones de cuánto tiempo llevaba en España, de dónde era, cómo había llegado…

¿Realmente es habitual que la gente haga siempre esas preguntas cuando conoce a alguien?

Lucía, su madre, o mejor dicho su segunda madre, siempre le hacía sentir especial, pero no por su color ni por su procedencia. Sabía que ella le quería por encima de todo, lo veía en sus ojos. Ella siempre le miraba como la primera vez, intentando llenar con su amor el vacío de su abismo interior, incluso estaba convencido que su fugaz matrimonio con un padre del que apenas guardaba recuerdos fue tan solo parte del proceso necesario para conseguir su adopción.

Los primeros tres meses con ella, tras recogerle en su aldea los pasaron juntos en Malissa. Ni un solo día dejaba de acariciarle, besarle y esforzarse en sus cuidados.

En el hospital de Sokoto nadie se quiso hacer cargo de otro niño desnutrido sin apenas esperanzas de sobrevivir. Sin embargo ella asumió la responsabilidad de intentarlo. Nadie le puso obstáculos. Sin padres, sin hermanos, sin apenas comida en su aldea, él tan solo representaba una boca más sin esperanza de recompensa.

En aquel entonces, con siete años, Anouar no llegaba a pesar ni dieciséis kilos, pero Lucía consiguió contra todo pronóstico sacarle adelante. Anouar se había convertido en su misión, en su live motive. Si fracasaba, seguramente el mundo dejaría de ser ese lugar maravilloso donde todo es posible y pasaría a convertirse en una cruda realidad difícil de sobrellevar.

Durante los siguientes tres años Lucía volvía cada verano a Malissa como cooperante. Siempre preocupándose por su estado y su educación. Consiguió que fuera acogido en una hogar a cambio de 200 euros al mes para cubrir sus necesidades. Aquel dinero era toda una fortuna que permitía alimentar sobradamente a toda la familia e incluso situarla por encima de la media de sus vecinos.

Anouar sabía muy bien que los cuidados que recibía obedecían más a satisfacer los deseos de la caritativa señorita blanca que a una verdadera preocupación por él. Era el único en ir a la escuela mientras el resto de hermanastros temporales tenían que ayudar con las labores de la tierra y pastorear las cabras.

Cuando por fin Lucia consiguió la autorización para la adopción, empezó realmente en Anouar el placer por la vida.

Lucia era de familia acomodada. Anouar estaba convencido que esas licencias como voluntaria en Nigeria obedecían más a calmar su conciencia por su exagerada abundancia que a la voluntad de ayudar. De hecho, tras su adopción nunca más volvieron a África.

Nunca había visto tanta comida y abundancia antes de llegar a Barcelona. Todavía recordaba la primera vez que vio abrirse las dos puertas del frigorífico en casa de Lucia y ésta le preguntó:

  • ¿Ce que vous avez envie de manger?

¿Que qué le apetecía comer? Todo aquello era nuevo para él. Breaks de leche, zumos, envases de yogurt, bolsas, botellas, más envases, más frutas y alimentos completamente desconocidos para él. Tan solo reconoció como comida unas zanahorias y unas manzanas.

Respecto a la vida social, a Anouar no le costó demasiado el integrarse con la pudiente familia de Lucía. Todo eran siempre sonrisas, regalos y ofrecimientos. Él era buen estudiante y le matricularon en el cercano Liceo Francés, su nuevo colegio. Allí aprendió catalán, castellano e inglés, además por supuesto del francés, el cual consideraba como su lengua materna. Del haussa tan solo quedaba el recuerdo de aquellas últimas palabras de su madre: ¡Gudu Anouar , gudu gudu!

Ahora estaba estudiando el último año de carrera como biotecnólogo. Durante toda la carrera le había acompañado Hassan, su compañero de pupitre con quien había encontrado cierta afinidad más allá de las clases y se acabó convertiendo en su mejor amigo. Tal vez fuera porque como él, se trataba de un extranjero intentando encontrar su lugar en un nuevo país.

Sus padres eran exiliados argelinos que huyeron de la guerra civil entre el FIS Frente Islámico de Salvación que aspiraba a hacerse con el poder tras ganar democráticamente las elecciones y el Grupo Islámico Armado que defendía a un gobierno que se negaba a aceptar el resultado en las urnas.

Amenudo durante las visitas a la casa de Hassan oía a su padre en conversaciones con otros invitados hablar sobre Argelia y de cómo era incomprensible ver hermanos musulmanes matándose entre ellos cuando el mismo Corán lo prohíbe.

Anouar había aprendido muy bien lo poco que importaba la religión en este mundo. Le gustaba la historia y tras conocerla en profundidad, era fácil sacar conclusiones. Siempre ocurría lo mismo. No importaba que fuese católica, musulmana, hinduista o cualquier otra, cuando el poder instituido necesita justificar el uso de la fuerza para conquistar o conservar un territorio, las religiones se reescriben e interpretan a conveniencia.

Como dijo el dramaturgo griego Esquilo, “la verdad es la primera víctima de la guerra” y eso incluye a las religiones.

A pesar de ello, Hassan había introducido a Anouar en el islam. Su familia era muy creyente y tradicional.

Que los hombres cambiaran el sentido de lo escrito, no quitaba que las verdades promulgadas por El Profeta Mahoma dejaran de serlo. De hecho, todas mantenían un pilar común, y eso fue lo que le atrajo del islam: su tolerancia.

En contra de las creencias populares en occidente, difundidas históricamente por quienes necesitaban justificar guerras santas para en realidad proteger los pingues ingresos de las peregrinaciones a Jerusalén, o bien el control de rutas comerciales, sus recursos o simplemente como excusa para usurpar el terreno; el islam mantiene una desconocida verdad, y es que para ser un buen musulmán antes debes de ser un buen judío y un buen cristiano, ya que reconoce tanto Abraham como a Jesucristo como profetas del único Dios que predica el amor al prójimo y la caridad.

Con el tiempo, arrodillarse sobre una alfombra orando en dirección a la meca y tener fe de que todo cuanto ocurre es voluntad de Alá, era de las pocas cosas que calmaban las pesadillas de Anouar, además de mantener un lazo de unión a un pasado que necesitaba conservar en su memoria.

Su madre no había puesto objeciones en que abrazara el islam. Ella no practicaba ni creía abiertamente en ninguna religión, decía que el único Dios está dentro de cada uno, en cada conciencia personal y que nadie la tenía que convencer de cómo vivir correctamente. Sin embargo era tolerante con cada decisión personal y jamás dejó mostrar rechazo alguno.

Sabía que Lucia se sentía orgullosa de él. No solo por ser buen estudiante, que lo era, sino porque significaba el fruto de los buenos sentimientos depositados en la esperanza de un mundo más justo y solidario.

Así, poco a poco, Anouar fue encontrando sus raíces en los textos sagrados. El Profeta llegaba perfectamente a su corazón y como él, también tenía ganas de arrancárselo del pecho y lavarlo para purificar el odio a la cruel humanidad que arrebató la vida a sus padres.

Llegaron a clase de genética y el profesor paso a comentar los resultados de algunos trabajos entregados sobre proyectos qué esperaban conseguir al finalizar la carrera empleando las técnicas genetistas. Iba comentando la viabilidad o el correcto enfoque de las diferentes ideas expuestas.

  • ¡Veamos!… “generar células energéticas a partir de las propiedades de la proteína rodopsina valiéndose del gradiente de protones que genera”. A ver señores, despierten. Los proyectos deben generar beneficios. El coste de crear esas células resulta inviable respecto a la energía producida. Los gastos deben ser amortizados. Eso deben de tenerlo en cuenta al pensar sus proyectos.

Cogió el siguiente trabajo.

Interesante, mutar caracoles marinos para que puedan digerir las algas tropicales que invaden los campos de posidonia en el mediterraneo. ¿Alguien le ve alguna pega?

Hubo diferentes comentarios al respecto en pros y contras. No daba los nombres de los autores ni los calificaba, tan solo quería que se dieran cuenta de la variedad de aspectos que puede abarcar esa nueva ciencia.

Cogió un nuevo trabajo, lo levantó con su brazo derecho en alto mientras lo comentaba.

– ¡Por fin! Algo interesante y sensato: Diseñar un medicamento que altere las proteínas de encapsulamiento vírico.

Anuar sabía que hablaba de su propuesta y le sorprendió gratamente ese comentario.

– Tomen nota señores. Cuando propongan un trabajo, indiquen el camino a seguir y detallen todas las técnicas a emplear. Si su idea está bien sustentada y el objetivo claro, es mucho más fácil que alguien se interese en ayudarles a conseguirlo.

Hassan le golpeo disimuladamente con el codo.

–¡Te dije que me parecía una idea genial¡

VALENCIA 2007

Habían pasado seis años desde que Anouar finalizara su licenciatura en la UAB y en el camino de sus investigaciones le seguía acompañando su buen amigo Hassan. La casualidad no tenía nada que ver en ello. Juntos representaban un buen equipo, Anouar era el genio que encontraba nuevos caminos y Hassan el que encontraba la forma de resolver los problemas que surgían en el desarrollo.

Acabados los estudios en Barcelona ambos fueron admitidos en el IVIAME (Instituto Valenciano de Microbiología). Sus ideas para crear una vacuna contra el virus del ébola habían despertado el interés de inversores que becaron generosamente al Instituto.

El ébola se trata de un virus sin cura, sin vacuna, sin medicamento que lo destruya. Si una persona es infectada por este virus, lo único que se le puede administrar es un tratamiento paliativo para las fiebres y rezar para que el cuerpo sea capaz de generar anticuerpos que combatan al invasor. Pero eso lamentablemente sucedía solo en un 10 por ciento de los casos, en el resto, el virus del ébola causa la destrucción del sistema inmunológico ya que es capaz de reproducirse en el interior de los mismos glóbulos blancos que intentan destruirlo. Eso causa fiebres hemorrágicas severas, colapso del hígado y finalmente la muerte.

Curiosamente, su elevada virulencia representa una gran ayuda para controlar la epidemia ya que los infectados apenas tienen tiempo de transmitir el virus antes de ser detectados los síntomas y morir, eso mismo evita que la infección se extienda.

El virus del ébola apareció en los países africanos de Zaire y Sudán en los años 70, pero fue en el año 2000 cuando surgió la primera epidemia que se repitió en el 2007 con un segundo brote en Uganda con la amenaza de extenderse a otros países.

Parecía urgente encontrar una vacuna y precisamente en ese campo Anuar y Hassan desarrollaban una línea de investigación muy innovadora.

Normalmente los virus se especializan en infectar y reproducirse en una especie animal concreta pero para propagarse necesitan otra especie en la que no maten a su huésped a la que se denomina reservorio. En el caso del ébola, tras analizar multitud de animales africanos, monos, roedores, insectos etc., no se ha encontrado rastro de ningún reservorio a excepción de los humanos. Esto suponía que debían existir personas capaces de transmitirlo sin ser infectadas.

Por otro lado su origen resulta un misterio y el hecho de que su estructura se asemejara a un diseño de laboratorio hacía sospechar a Anouar. El caso es que si el virus se mantenía latente en humanos, había alguna región del virus que lo desactivaba.

Tras 2 años de investigación sin resultados y con el brote de ébola en Uganda bajo control, no fue de extrañar recibir el finiquito. Las subvenciones estatales cesaron y Anouar no fue capaz de convencer a los desanimados inversores de lo cerca que se encontraban de la solución. Pero si el brote no se extendía al “primer mundo” no habría demanda de una vacuna y sin expectativas de beneficios optaron por no gastar más en su investigación.

Tanto Anouar como Hassan podrían haber continuado en el IVIAME desarrollando otras terapias para enfermedades como el cáncer, pero dar por perdidos los esfuerzos de dos años resultaba altamente frustrante.

Fue entonces que un equipo de la Universidad de Oran que seguía atentamente sus trabajos en el campo de la neutralización del ébola les ofreció poder continuar las investigaciones. Anouar y Hassan lo celebraron por todo lo alto, aunque en aquel momento no podían ni imaginar los siniestros objetivos que ocultaban esa generosa oferta.

Orán – Argelia

Hassan encontró a Anouar recién despertado, envuelto en sudor sobre la alfombra, ahora dormían en el suelo, como desde siempre lo había hecho su pueblo. La respiración se le notaba agitada y Hassan adivinó que había vuelto a tener la recurrente pesadilla de la muerte de sus padres.

Anouar creía que era su subconsciente el que traía recurrentemente esa pesadilla a sus sueños para intentar justificar la masacre que estaban planeando.

-¡Vamos, levántate ya! Amir nos espera en el laboratorio. Parece ser que la última cepa ha sobrevivido.

Eso eran muy buenas noticias, aunque sentía que en algún rincón de su corazón se escondía la esperanza de que nunca llegara ese decisivo momento.

Estaban modificando con ingeniería genética unas bacterias para que pudiera sobrevivir tras su congelación a 162 grados bajo cero. Esa es justo la temperatura a la que se licúa el gas natural al ser comprimido para su transporte.

La idea propuesta por Anouar resultó genial, consistía en introducir en esas bacterias el virus del ébola. Al congelar el gas Natural las bacterias se inactivarían y al descomprimirse de nuevo en su destino, el gas natural serviría de transporte para llevar el contagio y la muerte a cada hogar.

Invadir Europa por la fuerza era una guerra imposible de llevar a cabo. Los países más desarrollados jamás permitirían la formación de un ejército capaz de ello.

Sí, tenían armas, pero únicamente las justas y onerosamente facilitadas para matarse entre hermanos.

Era mejor la invasión pacífica. Ya estaba ocurriendo, pero habían levantado verjas y vigilado el mar para impedirla.

Pero ahora era diferente, tenían una nueva arma y con ella no era necesario disparar un solo tiro. La población de los “países desarrollados” se vería tan diezmada por el ébola que el noventa por ciento de las personas morirían en un periodo de treinta a sesenta días dejando casas vacías, fábricas sin trabajadores, ejércitos sin soldados, campo sin agricultores y los gobiernos en un caos. ¿Qué podrían hacer entonces?, ¿bombardear como represalia a un nuevo eje del mal? ¿Y luego?

No. Los supervivientes les necesitarían. Y de todos modos la historia de la civilización tendría irremediablemente una nueva era y se habría hecho justicia por tanta explotación y muerte.

Como Lucía solía hablar con Anouar, la situación en África y en otros muchos países no era su falta de recursos sino su falta de libertad. Habían sido sometidos a la voluntad de las naciones más poderosas que se repartieron los territorios como si de un gran pastel se tratara. Crearon líneas de propiedad sin importar dividir tribus, religiones, culturas y familias. Se apropiaron de tierras que jamás amarían con el único propósito de expoliarlas.

Desde entonces, reyes, gobiernos, agencias y grandes empresas jamás les dejaban cambiar las cosas. Cuando un pueblo sediento de libertad se unía para protestar y exigir un justo reparto de la riqueza, un nuevo dictador armado con propaganda, regalos y mentiras les sumía de nuevo a una semiesclavitud.

Creaban odio y diferencias entre tribus que convivían en paz con el objetivo de que se peleasen entre ellas. Así conseguían que necesitaran armas para protegerse unas de otras y a cambio pagaban son sus tierras y derechos de explotación.

Grandes compañías corrompen gobiernos para mantener los acuerdos y si eso falla queda apelar al derecho internacional de la propiedad y el libre comercio para continuar con el saqueo bajo la amenaza de abandonar las inversiones y hundirles en la miseria o solicitar sanciones y embargos comerciales.

Pero eso ahora ya no importaba. Anouar no podía cambiar la historia, pero sí el futuro.

Su trabajo en el laboratorio no fue fácil. Tuvieron que introducir en el ADN de una bacteria, concretamente la Delta-metaprobacteria capaz de vivir en medios anaeróbicos como el gas natural, una nueva secuencia que hacía que generase unas proteínas correctoras del ADN provenientes de otra extraña bacteria extremófila, capaz de recomponer su estructura helicoidal tras sufrir su congelación.

Anouar acertó en su elección. En nuestro planeta existen cientos de bacterias que se han adaptado a las peores de las circunstancias posibles. Algunas son capaces de vivir a temperaturas próximas a la ebullición, otras viven en ambientes ácidos inimaginables para la vida. Las hay que descomponen la materia orgánica en petróleo o gas sin necesidad de oxígeno y otras que son capaces de recomponerse tras las fracturas causadas por la cristalización de sus líquidos internos al congelarse. Una mezcla de las propiedades de esas dos últimas bacterias dio como resultado a la bacteria Delta Siete un perfecto caballo de Troya.

Necesitaban un ataque masivo a países muy alejados entre ellos. Para ello era necesario coordinar la liberación del virus y conseguir que se propagase en unos pocos días, sin dar tiempo a localizar su origen ni contener la infección.

La solución genial fue introducir la bacteria Delta Siete en un cultivo anaeróbico como el gas natural con el virus en su interior, concretamente una cepa específica del ébola, la variedad Zaire, la más letal, con una tasa de mortalidad del 90% y que ahora gracias a la manipulación genética hecha por Anuar y Hassan podía transmitirse de una persona infectada a otra por vía aérea.

Anouar conocía muy bien el filovirus3 del ébola, había trabajado durante muchos años estudiando su cadena de ARN, descifrando cómo atraviesa la membrana celular de tejidos como el hígado, dermis, tejido conjuntivo y células macrófagas. Es capaz de burlar a las RNAasas (defensas internas de la célula) gracias a su armadura tubular. Dentro de esa armadura el virus oculta las herramientas que utiliza para replicarse e inundar la célula de miles de copias de nuevos virus hasta hacerla inservible. En ese momento las células se autodestruyen y son devoradas por macrófagos (glóbulos blancos) que lejos de destruir el virus solo sirven de vehículo al resto del organismo ya que el ébola sigue a salvo en su cápside continuando la replicación en su interior. Así los virus se extienden por el torrente sanguíneo transformando toda célula infectada en miles de nuevas copias del virus que en poco tiempo colapsan el organismo y causan la muerte.

Las empresas farmacéuticas creían que no valía la pena gastar dinero en una vacuna contra el ébola ya que occidente estaba a salvo y algunas muertes más en África eran asumibles y su curación poco rentable, no tenían dinero para pagar los precios de esa vacuna. Paradójicamente, ahora se encontraba en uno de esos menospreciados países africanos a los que sí les interesaba salvar vidas, sus vidas.

Anouar y Hassan llegaron al despacho de Amir el director de investigación. Les recibió con una amplia sonrisa.

  • Hoy es un día grande para el Islam.- levantó Amir los brazos al cielo invocando la oración. – Al·lahu-àkbar. –Y procedió a ponerlos al corriente.

  • Allah ha querido que hoy sea un día para recordar. No solo nos ha ofrecido el hallazgo de su poderosa espada sino que además ayer nuestros hermanos de ISIS golpearon a los infieles europeos en su capital París.

Giró su portátil para mostrar las noticias de consternación en la capital francesa.

-Creían que podían bombardear a nuestros hermanos en Siria mientras ellos desayunaban tranquilamente cada día en sus cafeterías comiendo croissants y leyendo la prensa sintiéndose a salvo de la guerra. Ahora ya saben que en la guerra no solo mueren guerreros de Allah. Al·lahu-àkbar.

Al·lahu-àkbar –Respondieron al unísono Anouar y Hassan.

Amir era un influyente amigo de los padres de Hassan y fue él quien les ofreció a ambos la posibilidad de continuar sus trabajos en los laboratorios de investigación avanzada de la universidad de Oran en Argelia.

Amir, como director del equipo de investigación en el campo de la virología en esa universidad fue quien contactó con Anouar y Hassan posibilitando que prosiguieran en Oran su trabajo de investigación iniciado en el IVIAME valenciano.

Amir era un líder excepcional. Se ganaba fácilmente la amistad de cuantos le rodeaban y tenía una facilidad innata para granjearse la confianza de las personas tras averiguar los verdaderos intereses que movían a los individuos en su vida. Así sabía del oculto dolor de Anouar desde su niñez y su sed de luchar contra la injusticia del fuerte contra el débil. Por eso antes de finalizar la vacuna necesitaba acabar de convencerle.

Amir estuvo como voluntario ya hacía años en la gran emigración provocada por las revueltas de los Tutsi en Ruanda. Él vivió in situ la tragedia del grupo de 250.000 personas perdidas en la selva congoleña donde se adentraron huyendo del horror. Seis meses después de no tener ninguna noticia de ellos por fin aparecieron. Tan solo habían sobrevivido 40.000 de ellos y lo peor de todo es que después de su holocaustica odisea se les ordenó regresar. No eran bienvenidos. Lo hicieron, intentaron regresar, pero ninguno lo consiguió.

Un cuarto de millón de personas murieron al intentar huir del terror, víctimas de una guerra sin apenas titulares en la prensa. Esa era la cruda realidad de ese continente.

Fue por el impacto que vivir aquella tragedia produjo en él por lo que Amir decidió enviar premeditadamente a Anouar a probar la primera vacuna experimental a ese país, el Congo. Esa fue la gota decisiva que desbordó la indignación de Anouar.

Amir quería que Anouar viera con sus propios ojos la falta de humanidad en el mundo. Por eso le hizo viajar a ese país. Viajo bajo el manto de ACNUR con la intención de estudiar la epidemiología del ébola en ese país y probar los efectos de la nueva vacuna antes de darla a conocer.

Fue justo en ese año, el 2012, cuando un rebrote de enfrentamientos en la provincia de Kivu entre las fuerzas gubernamentales y el movimiento rebelde M23 provocó el desplazamiento de más de 600.000 almas. Cada día morían entre 1000 y 2000 personas víctimas de un terrorismo nacido de la propaganda subvencionada por multinacionales.

En septiembre de ese mismo año se hizo un llamamiento de emergencia para suministrar lo básico en los campos de refugiados de Uganda y Ruanda, pero ni tan siquiera se consiguió el 40% de lo necesario.

Entre los refugiados se detectaron varios casos de ébola con la variedad Zaire, pero además de probar en ellos la vacuna, Anouar se vio obligado a vivir esa experiencia dia tras dia. No se podía cambiar de canal de noticias ni pasar la página del periódico, la realidad seguía frente a él despojándole de la poca esperanza que quedaba en su corazón.

A su regreso a Oran estaba undido, sin ganas de vivir, incluso decidido a abandonar sus investigaciones pese al gran descubrimiento que supuso comprobar que la vacuna funcionaba. Su ilusión por ayudar a las personas ya no existía. La humanidad le había defraudado por su inexistencia. Creía que nadie merecía seguir vivo si no era capaz de compadecerse de tantas muertes. Solo pensaba en que ojala rebrotara el ébola, y no solo en África sino en todo el planeta llevándose así por delante a toda su vírica población.

Fue entonces cuando Amir le reveló a Anouar el verdadero objetivo de su lucha por encontrar una vacuna contra el ébola.

El problema de las armas biológicas es que atacan indiscriminadamente a la población, por lo que antes de utilizarlas se debe tener la seguridad que no se volverán en contra de quien las usa, por ello es necesario encontrar antes una vacuna para protegerse.

Cuando Anouar fue consciente de los verdaderos objetivos de su trabajo y que podían infectar selectivamente a países enteros se mostró de acuerdo. Estaba convencido que no merecían seguir viviendo, aunque no paso mucho tiempo en dejar de tener tan claros sus sentimientos sobre borrar a la inhumanidad de la faz de la Tierra.

Solo pensar en ello le parecía terrorífico, pero a continuación, cuando analizaba fríamente el apocalíptico camino que seguía la raza humana, la posibilidad de cambiar su fatal destino resultaba una obligación moral.

Tenía en sus manos la oportunidad de equilibrar la balanza norte-sur. Estaba claro que nadie iba a añadir voluntariamente nada en el plato de África salvo migajas para acallar conciencias, así que el equilibrio debía de llegar quitando peso al desbordante plato de los países desarrollados. Por eso cuando Amir le explicó el plan aceptó.

A través de la ventana de su despacho Amir contemplaba la gran explanada del aeropuerto Es Sénia que había menguado en su actividad desde el atentado en el hotel de la vecina Túnez con treinta y ocho muertos, la mayoría turistas europeos.

Se giró de nuevo a Anouar y Hassan. El silencio se prolongó y en su mirada parecían escurrirse sentimientos de lucha interior ante la llegada del decisivo momento.

-Manos a la obra. –Dijo Amir

Desplegó sobre su mesa el calendario de trabajo y los cálculos previstos para el cultivo y distribución de la Delta Siete.

El plan era perfecto, el mismo gas licuado que transportaría a las bacterias inadvertidamente hasta sus objetivos les servía de alimento para reproducirse al ser descomprimido y pasar a la red de distribución pública. Durante el camino el número de bacterias y virus irían creciendo exponencialmente hasta llegar a las cocinas de los hogares. Allí se liberarían en esa pequeña fracción de segundo antes de producirse la ignición. Pero aun después de que el calor de la llama rompiera la pared bacteriana, el virus seguiría liberándose en el ambiente infectando directamente por inhalación a los macrófagos nasales.

Anouar fue también quien consiguió modificar la variedad Zaire del ébola para que fuese capaz de propagarse por vía aérea insertando en el ARN vírico una nueva secuencia que expresaba una glicoproteína en su membrana protectora capaz de infiltrarse en las mucosas nasales.

Cuando Anouar estudió por primera vez el virus del ébola ya le sorprendió la ordenada secuencia de su ARN. La regularidad de las distancias entre las diferentes zonas de inserción resultaba antinatural.

Tanto en el ADN como en el ARN existen unas zonas, llamadas de inserción, donde las enzimas son capaces de cortar la cadena de información y añadir unos cuantos eslabones más con nuevas instrucciones. Algo parecido a los mosquetones en una cuerda de escalada que permiten ser desenroscados para luego abrir e insertar un empalme.

Estas zonas son poco usuales y difíciles de encontrar. Su regularidad es completamente aleatoria, sin embargo, en el caso del ébola, existían tres zonas de inserción contiguas, y ahora con la nueva secuencia que él introdujo eran cuatro.

En la naturaleza existen coincidencias, pero Anouar tenía muy claro que el ébola había sido una creación de laboratorio. Naturalmente ni él ni nadie podía demostrar que esas coincidencias no fueran fruto del azar, pero sumando a eso el hecho de que inexplicablemente se extienda y subsista en el tiempo sin reservorio alguno, no le dejaban dudas al respecto.

Pensaba en quién y para qué se iba a diseñar un virus tan mortal, pero cuando analizaba el mundo en el que vivía donde en todos los países los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, y los ricos crean guerras para que reducir la población de pobres, tan fáciles de manipular por cierto… ¿Por qué no iban a intentar solucionar el problema de la superpoblación africana eliminándola con un virus?

Pasaron a otros detalles. Amir les explicó que todas las vacunas necesarias para repartir a la población se habían ya producido y almacenado en dos plantas químicas diferentes y muchas de ellas se encontraban cercanas a los centros de infección para ser repartidas en mezquitas y excepcionalmente a contados particulares.

Ese había sido un punto de litigio en el pasado. Los hermanos mayores, como así se refería Amir a los colaboradores y verdaderos artífices del plan, de quienes Anouar desconocía por completo su número e identidad, eran partidarios de minimizar la población con acceso a la vacuna y reducirla a unos pocos países, sin embargo Anouar había insistido e incluso amenazado con hacer pública su elaboración de no ampliarse el ratio de beneficiados. Había miles, millones de musulmanes altamente capacitados en todos los países de los que necesitarían su ayuda para mantener infrestructuras internas indispensables, como centrales eléctricas, comunicaciones, transportes…

Anouar estaba de acuerdo en la solución, pero quería además salvar a Lucia, su segunda madre. A ella y a otras tantas personas de las que estaba seguro que no merecían pagar por los errores de una ciega mayoría.

Al final se llegó a un acuerdo consensuado para que en todas las mezquitas del mundo se suministrara inadvertidamente la vacuna a través del agua. Eso por otra parte les ayudaría a transmitir la imagen global de que la plaga era un castigo divino del que solo los justos musulmanes eran salvados.

Finalmente se acordó que cada participante en la operación dispondría de setecientas dosis de uso particular sin restricciones sobre a quien las podía destinar. Hassan bromeó en su día con incluir en sus benefactores a los top 500 de la Lista Forbes a cambio de la mitad de sus riquezas, pero no tardó mucho en darse cuenta que sus únicas riquezas eran números en ordenadores y papeles escritos que pronto no significarían nada. Sus casas, sus coches y todas sus propiedades serían saqueadas antes de poder nadie reclamarlas.

Pero aquella broma de Hassan había intranquilizado a Anouar. Por más que intentaba desterrar de su mente la idea de un gran engaño, existía la posibilidad que tras la apariencia de un atentado, se escondiese tan solo el mayor chantaje jamás ideado por el hombre.

¿Y si Amir y sus hermanos mayores en realidad solo perseguían contaminar el planeta para después ofrecer la medicación a unos desesperados postores?

Anouar no tenía forma de saberlo. Era consciente que por seguridad no podía exigir conocer a todos los implicados más allá de Amir y Hassan, y sin duda que grandes fortunas o incluso gobiernos financiaban toda esa operación.

Dudaba que gente poderosa y que vivía en la opulencia estuvieran dispuestas a renunciar del confort en sus vidas, pero sin embargo el ejemplo de vida que observaba en Amir le daba esperanzas de que realmente esas personas existían, personas que compartían con humildad su misma sed, acabar con una injusticia insoportable.

A pesar de ello, Anouar nunca dejó de ser precavido. Desde el mismo momento en que encontró la vacuna, por su propia seguridad y la del proyecto subió toda la información sobre su diseño y elaboración a un servidor seguro en Internet. Tenía programado el envío automático de treinta correos electrónicos a distintos laboratorios de todo el mundo capaces de fabricar la vacuna en pocas semanas. La fecha de envió la retrasaba cada quince días, de manera que solo tenía que dejar de hacerlo para que los emails se enviaran en la fecha programada y el mundo entero dispusiera de la valiosa información. Si por cualquier motivo él moría antes, entonces, como decía Hassan, esa sería la voluntad de Allah.

Estaba seguro de no tener que hacerlo, pero cuando estaba en juego la supervivencia de tantos miles de millones de personas, no podía permitirse una fe ciega.

Empezaba la cuenta atrás. Ese mismo día saldrían del próximo aeropuerto los primeros cultivos congelados de las nuevas bacterias portadoras del virus. Anouar desconocía sus destinos por mero protocolo de seguridad, pero sin duda debía de tratarse de otros países productores de gas natural.

Las bacterias serían puestas durante cuarenta y ocho horas en grandes depósitos de gas natural a temperatura ambiente. Tras ese tiempo, volverían a ser congeladas para ser transportadas como GNL (Gas Natural Licuado) en grandes barcos hasta sus objetivos. La mercancía de los barcos se descargaría y descomprimiría en los depósitos de distribución y de allí viajarían miles de kilómetros por los subsuelos urbanos de todos los países hasta cada hogar.

Los cálculos sobre la tasa de infectados durante la primera semana eran superiores al cincuenta por ciento de la población. Justo entonces empezarían los primeros síntomas y el mundo científico se daría cuenta de la incontrolable pandemia a la que se enfrentaban.

Era de imaginar que una vez descubierta la infección bastaría solo un par de días para secuenciar el ARN de la nueva cepa y averiguar que su contagio también se producía por el aire, pero para entonces el control del contagio sería inviable. Las grandes ciudades donde estaban las infraestructuras capaces de poner algún tipo de freno así como los grandes hospitales serían las primeras zonas en alcanzar un ochenta por ciento de infectados.

El siguiente paso sería descubrir el origen del brote y la elaboración de una vacuna para combatirlo.

Era posible que descubrieran en pocos días que se trataba de un ataque bacteriológico a nivel global, pero a pesar de ello no existiría un enemigo al que contraatacar. Tarde o temprano descubrirían sin duda el origen del gas y los buques cisterna y se darían cuenta que tenían diferentes puertos de origen, pero aunque consiguieran pruebas sobre la implicación de DAESH o gobiernos nada podían hacer ya.

Tras percatarse de la existencia de comunidades y naciones no infectadas les llevaría al descubrimiento del medicamento que servía de vacuna, pero sería demasiado tarde. Al no tratarse de una vacuna de anticuerpos, no se podía extraer suero para realizar transfusiones a los infectados.

Por supuesto que descubrirían el medicamento bloqueante de la actividad vírica, pero para entonces ya reinaría el caos.

Aun teniendo la muestra del principio activo del medicamento, tardarían al menos dos meses en desarrollar su producción y tener las primeras dosis, no era nada simple el estabilizar las reacciones y conseguirlo, así que los cálculos eran que con toda seguridad no podría conseguirse otra vacuna hasta pasados más de setenta días.

Durante el primer mes la muerte alcanzaría el sesenta por ciento de los primeros infectados. Los cuidados paliativos alargarían la vida a un veinte por ciento probablemente y puede que un porcentaje de ellos consiguieran fabricar anticuerpos naturales y ayudasen a sanar a otros, pero las estimaciones epidemiológicas eran que el ochenta y siete por ciento de la población de los países atacados no sobreviviría.

La población global pasaría en dos meses de los actuales 7.325 millones de habitantes a poco más de 2.000 millones.

Las zonas rurales de los países atacados serían las últimas en sufrir el contagio, pero sus posibilidades de supervivencia serían muy poco superiores al resto. Para entonces las infraestructuras de transportes, servicios médicos y de emergencias estarían colapsadas o serían inexistentes.

Era probable que se produjera una migración a países libres de la infección, y esa idea hacía sonreír a Anouar.

Muchas noches antes de conciliar el sueño Anouar elucubraba cómo sería la nueva relación con su madre tras conocer su participación en el cambio mundial.

¿Estaría orgullosa de él? Al fin y al cabo había aportado la única solución posible a tantos y tantos problemas que tenía el mundo: superpoblación, hambruna, desigualdad, contaminación, sobreexplotación…

Anouar había contemplado la evolución del planeta en el último siglo como una célula viva infectada. Unos pocos virus acaparaban todos los recursos del citoplasma para crecer sin control ciegos a su autodestrucción. El diez por ciento de la población acaparaba el noventa por ciento de los recursos y nadie hacía nada. La temperatura del planeta aumentaba por la contaminación y nadie dejaba de usar su coche. Las basuras inundaban los océanos y nadie dejaba de envasar más y más productos. La fauna desaparecía. La comida se tiraba a contenedores en muchos países mientras el sesenta por ciento de la población estaba mal alimentada.

El planeta entero estaba invadido por un virus, el hombre, y existen dos posibles soluciones: o gana el virus o gana el huésped, en ambos casos el virus muere o queda neutralizado.

Quizás sería mejor no decirle nada a su madre, pensó Anouar mientras intentaba conciliar el sueño.

CENTRO DE ANALISIS PARA LA SEGURIDAD – ATLANTA EE.UU.

Glen Taylor, un joven analista para la seguridad nacional, se encontraba revisando en la pantalla de su ordenador las alertas que detectaba el sistema informático de detección precoz de riesgos. Esta avanzado sistema de comparativa de información, una especie de inteligencia artificial, realizaba continuamente un rastreo del tráfico de información en las redes y bases de datos conectadas a internet de todo el mundo.

Sentado en uno de los cientos de cubículos que La Agencia Nacional de Seguridad había dispuesto en lo que exteriormente parecía un gigantesco centro comercial acristalado rodeado de parkings para coches, intentaba evaluar el sentido de aquella alarma.

Al parecer algo se salía de lo habitual en el norte de Argelia. El sistema había detectado un significativo aumento en el tráfico portuario previsto para esa semana. A eso se sumaba el incremento de la actividad de todas las compañías con camiones cisterna de gas natural y que el precio de exportación del gas natural había bajado 17 puntos.

El programa informático, aunque muy sofisticado para detectar y unir anomalías estadísticas, no podía saber por qué ocurrían o que se ocultaba tras esas anomalías, tan solo detectaba eso, picos anómalos que sobresalían de lo normal en diversas bases de datos, pero que por el lugar o el tiempo no se debían a la aleatoriedad.

Glen empezaba a imaginar a qué se podía deber aquella alerta. Podía tratarse del descubrimiento de una nueva reserva de gas natural, una especulación puntual en el mercado bursátil o simplemente un cúmulo de coincidencias sin más importancia.

Dado que la alerta provenía de Argelia y era considerado un país de riesgo terrorista decidió revisarla.

Le dio a una tecla y se desplegó una lista de opciones de búsquedas cruzadas:

  • Cotizaciones del Gas Natural

  • Mercado del Gas Natural y GNL

  • Mercado energético

  • Nuevas prospecciones

  • Deuda pública Argelina

  • Empresas vinculadas al sector del Gas Natural

  • Países productores de Gas Natural

A partir de la quinta opción Glen sabía por propia experiencia que era improbable obtener alguna coincidencia significativa.

¿GNL? Tan solo por curiosidad decidió averiguar qué significaban esas siglas.

Hizo click a la segunda opción.

Inmediatamente apareció el relojito del sistema operativo. La red de superordenadores que eran capaces de manejar las gigantescas bases de datos que contenían desde llamadas telefónicas de todo el mundo, correos electrónicos, redes sociales, bases de datos gubernamentales así como de muchas empresas públicas y privadas, empezaba a buscar coincidencias.

Apareció un nuevo submenú bajo el título de “Mercado del Gas Natural y GNL”

  • Anomalía detectada: Coincidencias en fechas de descargas portuarias simultaneas de Gas Natural Licuado en:

    • Bangkok (Tailandia)

    • Bombay (India)

    • Cardif (U.K.)

    • Charleston (USA)

    • Ciudad del cabo (Sudáfrica)

    • Hamburgo (Alemania)

    • Hong Kong (China)

    • Montevideo (Uruguay)

    • Nueva Orleans (USA)

    • San Francisco (USA)

    • Seul (Corea del Sur)

    • Sidney (Australia)

    • Singapur (Malasia)

    • Tokio (Japón)

    • Vancouver (Canadá)

  • Empresas suministradoras:

    • Golar LNG Limited

    •  Santos GLNG

    • Gazprom

    • Korea Gas Corporation (KOGAS)

    • Kinder Morgan, Inc.

Glen no estaba muy seguro si aquella cantidad de descargas en tantas ciudades en un mismo día era demasiado anormal o no.

Hizo click en un indicador de la barra superior del menú que ponía “Tasa de desviación”. Al momento apareció la cifra que indicaba el porcentaje de probabilidades de que se dé esa coincidencia: 0,148%.

Glen enarcó las cejas haciendo mentalmente el cálculo aproximativo, aquello significaba que al menos una vez cada dos años se daban esas coincidencias. Al fin y al cabo eso no resultaba tan anormal.

Hizo click en la opción para aumentar el ratio en las fechas de descarga. Un menú desplegable le indicaba la cantidad de días que podía aumentar la búsqueda. Eligió “±10”

La pantalla se llenó de inumerables puertos de todo el mundo en los que se descargaba Gas Natural Licuado y otras tantas compañías que lo suministraban.

Glen pensó que era normal que a lo largo de veinte días casi todos los buques cargados llegasen a su destino y por un momento pensó que se había pasado de cantidad en el ratio de fechas.

De todas formas el trabajo ya estaba hecho, así que le dio de nuevo al botón de “Tasa de desviación”. El resultado fue toda una sorpresa: 0,043 por ciento. Debía haber algún error, esos cálculos no cuadraban. Aumentar 20 días no podía dar ese porcentaje tan bajo, al contrario, debería haber aumentado. Algo se le escapaba, pero no sabía el qué.

¿De dónde había obtenido el ordenador esa tasa de desviación?

Revisó los puertos de descarga y sí, en vez de 15 ahora daba un total de 112, pero esa cantidad no hacía más que justificar la anterior coincidencia. Se fijó en las compañías suministradoras, pero tampoco encontraba nada anormal.

Decidió comprobar en otras fechas aleatorias y con diferentes ratios de días. En todas las pruebas que hizo la desviación no bajaba del 25 por ciento lo que se podía considerar algo normal.

Necesitaba una pausa para reencauzar el problema. Tenía que averiguar de dónde extraía el ordenador ese 0,043 por ciento.

  • ¡Claro! – Exclamó en voz alta Glen. –Seré estúpido.

De repente cayó en la cuenta del posible origen de esa desviación. Si el tráfico de GNL aumentaba era porque había bajado el precio del gas y eso mismo había hecho aumentar el tráfico de barcos en Argelia. ¿Podía crearse ese pico debido al puerto de procedencia?

Volvió a revisar los datos y comprobó que tenía razón, el número de barcos metaneros en Oran, Annaba, Bejaia y Mostaganem habían triplicado su actividad normal y eso junto a la coincidencia en fechas causaba esa casualidad de una entre cuatro mil.

Bien, pensó intentando concretar Glen. Seguramente puede tratarse de un intento de desestabilización del mercado energético. El precio del petróleo también había bajado durante los últimos seis meses.

Volvió a la lista de bases cruzadas para mirar las cotizaciones del gas natural.

-¡Whow! – Exclamo Glen. -¡Bingo! -Allí tenía la respuesta. Argelia, Emiratos Árabes Unidos e Irán se habían puesto de acuerdo en rebajar escandalosamente sus precios de venta de GNL. Eso explicaba que hasta otros países productores estuvieran también comprando gas y provocando esa anomalía estadística.

Tal vez todo se debía al reciente levantamiento de embargo a Irán que ahora intentaba inundar el mercado y en esa aventura se le había unido los otros dos países.

Cabían dos posibilidades, o querían desestabilizar el mercado internacional o necesitaban ingresos extraordinarios.

Glen pensó que para sacar conclusiones debía ponerse al corriente sobre todo lo referente al mercado internacional de GNL así que buscó en el ordenador la extensión telefónica de otro analista especializado en el mercado energético.

-Sí, dígame. -¿Mathew Dana? – Preguntó Glen intentando averiguar si estaba hablando con la persona correcta.

-Sí, soy yo

-Buenos días, soy Glen Taylor del departamento de países africanos en la tercera planta. Estoy investigando una alarma posiblemente relacionada con el mercado de gas natural y creo que podrías ser la persona adecuada para resolverme algunas dudas. Aquí me figura que eres analista en mercados energéticos.

-Si así es. Dime Glen, en qué puedo ayudarte.

-Verás, supongo que estas al corriente sobre el desplome de los precios del gas natural.

-Sí. -Atajó Mathew a su interlocutor. –Yo también ando detrás de eso. Disculpa, continua.

-He detectado unas coincidencias. Parece que dentro de poco más de tres meses están previstas unas descargas simultáneas de metaneros dentro de la misma semana en distintos puertos de todos los continentes y que justo ahora se están dirigiendo a varios puertos de Argelia.

-Sí. – contestó Mathew. – Argelia es el cuarto productor mundial después de nosotros, Rusia e Irán.

– Eso no lo sabía. -Contestó Glen. -Pero si somos los primeros, ¿Por qué figuran algunos de nuestros puertos como destino? ¿Deberíamos vender en vez de comprar?

-Bueno, eso no es exactamente así. Nosotros, al igual que otros países tenemos contratos de suministros fijados a un precio y si resulta rentable comprar para revender es normal abastecerse si los precios están por debajo del mercado.

-Eso quería preguntarte precisamente. ¿Existe algún motivo para que Irán, Emiratos Árabes y Argelia decidan bajar el precio?

-Bueno Glen, como te he dicho antes, en eso ando yo también. Hace dos semanas que esos países que has mencionado iniciaron una guerra de precios. Muchas otras empresas productoras redujeron también sus precios para conservar clientes. Parece que tanto nosotros como Rusia estamos tratando de estabilizar el mercado comprando esa oferta de gas tan barata. A mí personalmente me parece que a la larga esa bajada de precios es un suicidio económico de esos países. No tenemos constancia del hallazgo de nuevas reservas y nada parece justificar el desplome de precios, pero si quieren regalar su gas natural, es normal que todo el mundo se pelee por él y envíe a sus barcos allí.

-¡Aha! –Exclamó Glen. Entonces, ¿la coincidencia está justificada?

-Bueno, no exactamente. Supongo que en la situación actual puede darse la casualidad de que en una misma semana lleguen todos a puerto, pero habría que analizar las estadísticas de compañías que operan en el sector y su tráfico de metaneros para estar más seguros de que no se trata de una mera coincidencia.

Está claro que con esos precios, ahora mismo son ellos quienes deciden a quién, cuándo y dónde venden.

Mathew prosiguió: – No sé, todavía sigo sin averiguar que beneficio pueden conseguir esos países regalando sus reservas y creo que precisamente esa es la clave. Tal vez han desarrollado una nueva fuente de Energía, temen que se extienda la guerra a DAESH en Siria o algo que se nos escapa.

-¿Te parece que quedemos para almorzar y cambiar opiniones? – Preguntó Glen. Quiero saber algo más sobre la historia y evolución del mercado de gas natural.

-¡Si claro!, a mí también me ira bien un cambio de impresiones. ¿A las doce y media en el restaurante de la terraza? –Ok. –Confirmó Glen.

BARCELONA 2015

Lucía se alegró de ver a Anouar de nuevo en casa. Llevaba más de seis meses en Orán absorto en sus investigaciones y sin poder visitarla. El día anterior tras recogerlo por la noche en el aeropuerto apenas habían tenido tiempo de hablar y no podía esperar más.

Contemplaba enamorada su redondo y negro rostro durmiendo plácidamente. Se sentía orgullosa de ver en qué se había convertido aquel cadavérico niño al que tuvieron que separar a la fuerza del cadáver de su madre.

Había decorado con adornos de navidad toda la casa especialmente para su llegada. Saba que siendo Anouar musulmán era algo absurdo celebrar esas fechas, pero él siempre quiso honrar y participar de la tradición. Al fin y al cabo, como siempre decía, también debía ser un buen cristiano y celebrar el nacimiento Jesús.

Cuando Anouar abrió los ojos y miró a Lucía, vio en su mirada el mismo sentimiento de amor que le mostraba de niño. Ella seguía despertándole jugando con su dedo intentando deshacer los diminutos rizos de su cabeza a la vez que le acariciaba la cara con extrema suavidad.

Qué curioso era el destino, pensaba Anouar. De no ser por el asesinato de sus verdaderos padres, seguramente él estaría muerto ya que no hubiera podido recuperarse de los efectos de su hambruna infantil. Jamás hubiera conocido ni a Lucía ni el mundo occidental. Nunca hubiera tenido acceso a estudios ni acabaría siendo el responsable directo de la muerte de miles de millones de personas.

Sonrió por su fortuna y por contemplar el ilusionado rostro de Lucía.

-Bonjour mon petit glouton. –Le susurró Lucía. Siempre le despertaba con las mismas palabras de cuando era niño. –Entonces, dime. ¿Para cuantos días te tengo esta vez en casa? –Preguntó.

-Bonjour mamá. Pues no sé, hasta que me llame Hassan o Amir, pero probablemente sean uno o dos meses.

-¡Unos meses! – Se alegró de la noticia Lucía. Hacía años que no pasaban juntos más de una o dos semanas. –Vamos glotón, el desayuno se enfría. Quiero que me cuentes con calma cómo es eso de que te quedes tanto tiempo.

-Déjame cinco minutos para lavarme, hacer la oración y voy ¿Vale?

Anouar necesitaba orar. Cada día eran más frecuentes los momentos en que solo la oración conseguía aliviar su lucha interna. Sentía como si un demonio en llamas intentara poseerle y necesitaba convencerse de que hacía lo correcto, que debía rendirse y aceptar a ese demonio como una voluntad divina.

Su trabajo en Orán había concluido aunque no podía revelarlo, oficialmente estaban a la espera de una nueva beca para proseguir su trabajo de investigación.

Hassan por su parte había convencido a sus padres para que abandonaran Barcelona y pasaran juntos el invierno y el apocalipsis en su casa de Argel.

Pensaba en su maleta y en las 700 vidas que transportaba en ella camufladas en pastillas de complementos vitamínicos. 175 diminutas pastillas que podían cuartearse, diluir en agua e inmunizar de una muerte por ébola a las cuatro personas que inocuamente se la bebiesen. Durante el vuelo de Oran a Barcelona Anouar había pensado mucho en la selección de sus destinatarios. ¿Cómo podía él decidir quién viviría y quién no? Si salvaba a toda su familia y amigos se delataría a si mismo. Aunque eso era solo cuestión de pocos meses, ya que el mundo entero acabaría conociendo su nombre y su obra.

¿Le entenderían? ¿Sería héroe o villano? ¿Le perdonarían? O quizás desearían no haber sido salvados.

Tal vez, pensaba Anouar, lo más humanitario era no darle la vacuna a Lucia y evitarle así el sufrimiento de ver morir a sus amigos y conocidos. Sabía que después de la hecatombe jamás volvería a ver esa mirada de amor en sus ojos. Probablemente, ni él mismo se sentiría capaz de volverla a mirar a la cara.

Anouar llegó a la conclusión de que tenía que esperar antes de salvar a nadie. Debía confesar a su madre lo que había hecho y por qué lo hacía. Debía ser honesto con ella, y después de eso, que ella decidiera o no seguir viviendo. Pero la idea de que tomara la opción del no era algo que Anouar le atormentaba.

Lo mismo haría con sus abuelos y un puñado de colegas que él consideraba que por sus conocimientos era bueno que sobrevivieran a la nueva era. El resto de dosis…, le sobraban.

Sabía muy bien que aquellos eran los últimos días junto a su madre. Después de ese plazo, sería un proscrito.

Ese era su precio a pagar por ser el elegido, la herramienta de Allah para lavar el corazón de los infieles.

Al·lahu-àkbar. – Y Anouar inclinó su cuerpo llevando sus manos a las rodillas en la primera posición de sus oraciones.

El desayuno era desbordante. Fruta, tostadas, mermeladas, huevos revueltos con tomate, té, zumo… Lucía seguía empeñada en asegurarse de que Anouar no se quedase con hambre.

Él por su parte había aceptado hace tiempo renunciar a hacerla entender que ya no necesitaba crecer más y que hasta le dolía ver tanta abundancia de comida, pero contra los patrones adquiridos en la infancia poco se puede hacer.

Miraba a su madre, en silencio, mientras ella no dejaba de añadir más mantequilla a las tostadas a la vez que le ponía al corriente de lo sucedido en su ausencia.

Que si la independencia de Cataluña, que si la corrupción, que si el terrorismo, que si los refugiados de Siria, que si la guerra, que si otros cuatro años del PP, que si la crisis, que si la contaminación…

Escuchar todo esa retahíla noticiera que le explicaba su madre sobre las grandes preocupaciones de la sociedad española tentaba a Anouar a revelarle la poca importancia que en realidad tenían y lo pronto que todas ellas dejarían de existir. Por primera vez en muchos años el sobrevivir al día siguiente sería la primera cavilación de los habitantes de esos países tan angustiados por ir a la moda. Vivirían lo que el otro setenta por ciento de la humanidad afónica sufría cada día ante un sordo occidente.

Lucía continuaba hablando, intentando sintonizar a Anouar en su onda de indignación.

-Y sabes que te digo… que aunque no consiguieras tu vacuna me alegro que no tengas que volver a Argelia. No te puedes imaginar los sobresaltos que me da el corazón cada vez que dan noticias de atentados. Me pongo a pensar en todas esas pobres gentes que tienen que soportar la locura de esos fanáticos…

Ocurría algo muy curioso cuando Anouar visitaba a su madre. De golpe regresaba a una sociedad hipócrita, incapaz de dejar de mirar su ombligo, ciega a la realidad del resto del mundo. Sin embargo él no dejaba de recordar aquellas interminables hileras de personas en el Congo llevando a pie todas sus pertenencias y forzadas a alimentarse de las raíces que encontraban en su desesperanzado camino, mientras la comida que llegaba de la ayuda internacional era revendida por la mafia de sus pastores a cambio de cualquier cosa que les quedara de valor, aunque fuera su propio cuerpo.

Pensar que habitualmente la corrupción de algunas o ONGs o gobiernos creados a conveniencia era utilizada por algunas personas acomodadas como excusa para dejar de colaborar y dar por zanjada la búsqueda de una solución al problema, a Anouar casi le provocaba el vómito.

Ese mundo caritativo que le había rescatado a él de la muerte era sin embargo incapaz de adquirir consciencia de los horrores en que viven millones de otros seres humanos. La verdad resultaba demasiado dolorosa para dedicarle algo de reflexión, la verdad… y puede que también a veces un sentimiento de impotencia para cambiar las cosas.

No, aquella definitivamente no era una grata experiencia para ninguna alma y era mucho mejor distraer ese sufrimiento poniendo en la televisión “Gran Hermano” o leyendo un libro. Pero él, Anouar, tuvo que vivir un día y otro día y otro, y otro más contemplando ese horror y dejando que su impotencia desgarrase y devorase su humanidad hasta hacerla desaparecer por completo.

-¿Por qué nunca has regresado a África mamá? – Atajo Anouar al rosario de malas nuevas de Lucía.

-¡Vaya! –La pilló desprevenida. -Que por qué no he regresado… No sé cariño, tal vez por cobardía.

Tu no lo sabes, nunca te lo conté, pero la primera vez que regresé de Nigeria a Barcelona estuve dos meses sin ser capaz de salir de casa. Ver aquí a la gente tan preocupada por cosas sin importancia y tan infelices a pesar de la riqueza, me provocó un shock emocional. Me acordaba de ti, de los niños de Malissa, siempre contentos, jugando al balón, de las mujeres, sus risas, siempre tan alegres y de cómo traían al consultorio regalos a pesar de ser pobres. Estuve tratada con antidepresivos y no fue fácil.

Anouar escuchaba atentamente mientras contemplaba como el alma de Lucía cambiaba la expresión de su rostro y el tono de su voz. Prosiguió:

-Pero tú me obligaste a regresar.- Cogió de la mano a Anouar mientras se emocionaba. – No podía dejar de pensar en ti mi pequeño glotón. Si al menos conseguía salvar una vida en mi vida eso me hacía sentir… humana. Por eso cuando pienso en tu trabajo, en las miles de vidas que tú puedes salvar hijo mío, siento que el bien que yo hice se multiplica y que este mundo aún tiene esperanza.

Anouar se quedó en silencio, mudo, con una congoja interior que atenazaba su estómago y que le gritaba en su conciencia: gudu Anouar, gudu… Corre, corre… ¿qué estas a punto de hacer?

-Mamá, ¿crees sinceramente que hay alguna forma de arreglar este mundo?

-¿Por qué dices eso?, claro que la hay. Tú eres la prueba. Tú eres la solución.

Centro de la NSA – ATLANTA

-Creo que lo tengo. –Explicaba Glen a Mathew mientras almorzaban. – ¿Y si se tratara de un ataque terrorista? Acabo de analizar más detenidamente los puertos de destino. Durante cinco días una cuarta parte de la flota metanera mundial estará concentrada descargando en los puertos de las principales ciudades de todo el mundo. Aquí concretamente estarán en Seattle, San Francisco, San Diego, Nueva Orleans, Charleston, Baltimore y Nueva York. ¡Todos a la vez!

Han ajustado las ventas de gas para que en la misma fecha lleguen metaneros de distintas compañías y puertos de origen a esas ciudades. La estadística es abrumadora, tan solo existe un 0,008 por ciento de posibilidades de que eso suceda.

-Ya pero esas estadística no tienen referencias de precios tan bajos como los actuales, además los puertos de descarga están alejados de las ciudades. No es un objetivo terrorista claro. –Objetó Mathew.

-Sí, pero ¿y si el objetivo son precisamente los puertos?

Mathew entendió inmediatamente a donde quería ir a parar Glen. Si conseguían inutilizar a la vez los principales puertos de carga y descarga del país haciendo volar por los aires a esos metaneros, además de víctimas humanas, el daño económico y moral sería incluso mayor que en el atentado del 11S. Eran objetivos militares y existía la posibilidad que tan solo se tratara del principio de un posterior ataque mayor.

-Tienes razón Glen, no podemos pasar por alto esa posibilidad. Hay que hablar con alguien de antiterrorismo.

Al acabar el día se había formado un equipo de investigación de cinco personas para profundizar en la operación a la que denominaron Siroco, en referencia al viento del norte de África procedente del sureste, del desierto del Sahara, justo por donde a finales de verano se puede observar la estrella Sirio que da raíz a su nombre.

El equipo estaba dirigido por Brenda Bules encargada del enlace con el gobierno, operaciones especiales y otras agencias. Glen y Mathew también estaban incluidos como analista de riesgos y experto en reservas estratégicas respectivamente. Donald Gonzales estaba ya en vuelo desde Quantico (Virginia) para unirse al grupo como asesor del F.B.I. en terrorismo yihadista. Y por último Lorena Richmond, ingeniera aeronáutica naval experta en metaneros e instalaciones de GNL en Baltimore se uniría al equipo en dos días.

También se envió orden de alerta a agentes de campo para investigar la actividad en los puertos de origen y estaba en marcha un plan de alteración en las fechas de descargas del GNL e inspección de los buques que lo transportaban antes de su llegada a destino.

Los días se sucedieron rutinarios y el equipo seguía sin conseguir pruebas que hicieran verosímil la amenaza de los metaneros.

La ingeniera había dejado muy claro la dificultad que suponía poder hacer estallar un barco metanero. Ciertamente una explosión podía provocar la ruptura de uno de sus depósitos y el vertido del gas licuado al mar. Parte de ese líquido se transformaría rápidamente en gas y sin duda podía arder, pero sin una correcta concentración de calor y oxigeno no habría explosión. Ocurriría como en un mechero, tan solo una llama, más grande, pero una gran llama al fin y al cabo. Sin explosión, sin más destrozos que los causados al buque por el explosivo usado.

La ingeniera de repente tuvo que transformarse en una mente terrorista intentando encontrar el medio de hacer estallar un barco metanero cargado con entre cincuenta mil y doscientos cincuenta mil metros cúbicos de GNL y causar grandes daños portuarios. Elaboró cálculos del volumen de oxígeno presurizado también licuado necesario para conseguir una explosión de esas características, pero resultaba inimaginable el poder camuflar en el barco cisternas de oxigeno licuado del tamaño de varios camiones y a la vez sincronizar las explosiones.

Nada de aquello era posible. Se intentó experimentar combinando la explosión de gas con otras reacciones de productos químicos que pudiesen generar el oxígeno necesario pero los volúmenes volvían a ser excesivos. No podía camuflarse nada de aquello en un barco por muy grande que fuese, y de hecho, en las inspecciones que discretamente ya se habían realizado en tres metaneros no se encontró absolutamente nada anormal.

Sin embargo, sí quedó demostrada la deliberada cronografía en la expedición de los buques en sus puertos de origen. Se habían rechazado ofertas de compra mejores a otras compañías con otros destinos y los plazos de espera en algunas cargas estaban injustificados. Todo indicaba la existencia de un elaborado plan para que los buques llegaran a puerto procedentes de diferentes puntos coincidiendo su descarga en las mismas fechas, entre el 25 y el 30 de abril. Tan solo quedaban dos meses para esas fechas y seguían sin resolver el enigma.

Como medida de precaución se intentó elaborar un plan para desviar las descargas a otros puertos y retrasar la llegada de los buques a sus destinos, pero todo ese plan se fue al garete cuando las compañías comercializadoras pusieron sus cifras sobre la mesa. El gobierno no iba a indemnizar a esas empresas con los millones de dólares que pedían sin tener de antemano alguna prueba concluyente. No existía amenaza real de terrorismo y la casualidad podía obedecer a otros intereses comerciales que continuaban sin descubrir.

La única anomalía detectada en toda la Operación Siroco fue un informe de un agente de campo en Annaba (Argelia) que identificó a dos integrantes de un grupo simpatizante yihadista trabajando en una de las plantas portuarias de presurización de GNL, pero al fin y al cabo estaban próximos a la frontera de Túnez donde DAESH captaba multitud de nuevos militantes.

El seguimiento de ambos sospechosos no había aclarado nada. Donald Gonzales comprobó los lugares y personas con las que se reunían pero la única conexión extraña detectada fue un encuentro de uno de ellos con un profesor universitario en una tetería del bazar Arago de Argel. El bazar se encontraba a pocos metros de la Escuela de Agrónomos, pero según el informe del agente de campo el presunto terrorista no tenía hijos, formación universitaria, vecindad ni motivo aparente que lo relacionase con ese profesor. Tenía su foto sobre la mesa junto a su extenso y laureado currículum.

Formado en la Universidad Autónoma de Barcelona, doctorado en biotecnología y virología, hasta hace poco profesor e investigador en la universidad de Oran…

¿Por qué un reconocido investigador se tomaba un té con un inculto simpatizante de DAESH que residía en el otro extremo del país?

Tenían que seguirle la pista y averiguar algo más de ese tal doctor Hassan.

Argel (Argelia) marzo de 2016

Hassan se encontraba impaciente y necesitaba ocupar sus días en algo. No soportaba pasar todo el tiempo imaginndose cómo sería en nuevo califato islámico global. Conocía a los hombres y sabía muy bien que entre los que sobreviviesen se reproduciría de nuevo con facilidad el patrón de honrados y aprovechados.

Sí, habría un cambio de poder, pero esos cambios también ocurrieron con la primavera árabe y nada parecía haber mejorado.

Ahora esperaba que fuera diferente, al menos las grandes fortunas que controlan empresas y países no interferirían. Necesitaban un mundo más humano, más religioso, que en vez de perseguir riquezas valorase el compartir. Esa era la raíz del islam y la única oportunidad de convivencia global en paz.

Soñaba con que en todas las ciudades del mundo en breve se enseñaría a todos los niños el Corán, la caridad y por fin desaparecerían las fronteras. Por supuesto que no sería una sociedad perfecta pero al menos ofrecía un futuro mucho mejor que la actual.

Se suponía que aquellas vacaciones eran como un premio por el trabajo conseguido, pero la insufrible espera las estaba transformando en una tortura. Fue por ello que le pidió a Amir colaborar en lo que fuese para estar activo y la solución que encontraron resultó perfecta: ocuparía sus vacaciones forzadas viajando por toda Argelia.

Le habían contratado como inspector en salubridad del agua, así que Hassan visitaba cada día entre cuatro y diez pueblos diferentes a la vez que aprovechaba sus maratonianas inspecciones para realizar análisis y verter la vacuna contra el ébola en el suministro local que aseguraba la inmunidad de la población.

Existía el problema de los numerosos pozos particulares a los que no podía acceder pero las pocas personas que pudieran acabar infectadas serían fáciles de tratar en el futuro.

Viajaba por una carretera secundaria cuando sonó su teléfono. Miró el móvil y le sorprendió. Era Anouar.

Salam aleikum hermano. – Salam aleikum se oyó al otro lado de la línea.

-Tenemos que vernos Hassan, es muy urgente.

-¿Sigues en Barcelona?

-No, no soportaba estar allí sin hacer nada, ya te contaré. Te llamo desde el aeropuerto de Kisangani en el Congo. En dos horas cojo un vuelo a Málaga y de allí iré a Orán. Pensaba en hablar directamente con Amir pero antes quiero que me des tu opinión.

-Sabes que si es algo relacionado con nuestro trabajo es mejor no hacerlo por teléfono, ¿no?. –Hassan le recordaba con esa observación el peligro que representaba usar comunicaciones capaces de ser intervenidas.

-Como te digo hermano, es urgente. Recógeme mañana por la mañana en el aeropuerto de Argel y no digas nada de momento a Amir, puede que me equivoque.

-¿Pero qué haces en el Congo?, ¿puedes decirme algo?

Anouar se tomó unos segundos para pensar en las palabras a emplear.

-¿Recuerdas el trabajo del estudio que hice con ACNUR aquí?

-¡Sí claro!

– Hay uno de los pacientes que traté que presenta de nuevo síntomas. Tengo una muestra de su sangre. Viajo con ella para allá.

Hassan enmudeció y Anuar despidió la conversación. No hacía falta que le dijera nada más. Le costaba dar crédito a lo que acababa de oír. Si eso era cierto, significaba que el virus había mutado espontáneamente y era capaz de infectar a sus huéspedes a pesar de estar vacunados.

Hassan se llevó las manos a la cabeza. ¡Qué habían hecho! El maldito virus evolucionaba, pero ahora ya no estaba controlado en zonas remotas de África, se iba a diseminar por todo el planeta y dada la nueva capacidad de transmisión aérea, todo ser humano tarde o temprano acabaría siendo su huésped y moriría a pesar de estar vacunado.

No había tiempo de rectificar. Faltaban pocas semanas para el inicio de la infección global.

Se había elegido el 25 de abril por ser un lunes y tener así por delante cinco días laborables durante los que sería regasificado el GNL y suministrado a la red con su mortífera carga.

Todo estaba casi hecho. Las vacunas repartiéndose, el virus viajando en los metaneros hacia su destino, los tanques del gasoducto de Argelia a Europa listos para liberar su contenido a la red de distribución y los hermanos de ISIS ocupando con sus continuos ataques a todas las agencias de inteligencia del globo.

Centro de la NSA – ATLANTA

El Agente del FBI estaba leyendo e intentando dar sentido a la traducción de esa última transcripción de la conversación telefónica intervenida a ese tal Hassan, ese profesor de universidad venido a menos.

Aquel tipo resultaba extraño, pensaba Gonzales. Había abandonado lo que parecía una brillante carrera de investigador biológico para pasar a ser un simple inspector de sanidad que trabajaba temporalmente para el gobierno a cambio de una mísera paga.

Por los artículos que había publicado parecía ser todo un cerebrito y eso no encajaba.

Y ese nombre de Anouar… le sonaba. Revisó el expediente de Hassan hasta que encontró lo que buscaba. -¡Aha! –Exclamó. Aquí está. Parecía que no solo habían estudiado juntos sino que habían trabajado codo con codo toda su vida laboral hasta hacía unos meses.

-¡Vale! Se dijo a si mismo en voz baja mientras cavilaba. –Así que tú eres el mejor amigo de Hassan, ¡eh! Veamos. ¿Qué trabajo es ese en el Congo que parece que no queréis que nadie se entere?

No había pasado por alto el contexto de la conversación intervenida y resultaba anormal que fuera tan corta y carente de explicaciones e intereses personales.

–¿Meses sin verse y no pueden hablar por teléfono de su trabajo? ¡Extraño!, ¡muy extraño!

Donald Gonzales había adquirido la costumbre de decir en voz alta sus preguntas, y parecía que al hacerlo eso le ayudaba a centrarse en hallar nuevas posibles respuestas.

No tardó mucho en encontrar resultados coincidentes con el nombre de Anouar, Congo y ACNUR.

-¡Así que de eso va tu trabajo…! – Exclamó Gonzales al ver que Anouar había colaborado en un estudio epidemiológico sobre el virus ébola.

Volvió a introducir una nueva búsqueda que relacionase a Anouar con la investigación del ébola y la cascada de resultados le abrumo.

-¡Vaya Anouar!, pareces un chico muy listo.

Volvió a revisar la transcripción: “uno de los pacientes que traté presenta de nuevo síntomas”

Brenda Bules se fijó en lo extraño que Donald se comportaba esa mañana. Estaba muy activo, tecleando y leyendo con avidez, agitando el bolígrafo arriba y abajo y sin parar de hablar en voz alta consigo mismo. Parecía como un perro meneando la cola tras olfatear el rastro de un hueso. No le había visto así desde que Lorena, la ingeniera, regresó a Baltimore una vez descartadas prácticamente las posibilidades de un ataque terrorista.

Él sin embargo no había sido relevado del equipo. Alguien en algún despacho pensó que todavía existía algo raro en todo aquello y había autorizado su continuación en el grupo hasta dar con algún tipo de riesgo. Glen y Mathew eran ahora quienes llevaban el grueso del trabajo en la búsqueda de un posible impacto comercial o energético, pero seguían sin encontrar un objetivo claro.

-¿Algo nuevo Donald? -Le preguntó Brenda mientras fingía un casual paseo para estirar las piernas.

-Hola Brenda. Más que nuevo, raro. Sigo con lo de Argelia intentando averiguar con quien se relacionan esos dos posibles yihadistas. Uno de ellos hizo 600 kilómetros en coche solo para estar unos minutos con un inspector de sanidad y volverse.

– Alguna relación con su familia o algo?

-Nada. Hablaron, se tomaron un té y se volvió otros 600 kilómetros. Solo paró para rezar, comer y dormir al regreso.

-¿Y se está siguiendo a ese inspector?

-Sí, se llama Hassan. Al parecer es un reconocido científico que estuvo investigando junto a un tal Anouar sobre el virus del ébola.

-¿Crees que pueden estar fabricando armas biológicas?

-Es demasiado pronto para saberlo. Lo que me da en la nariz es que hablaron por teléfono algo raro, como si supieran que alguien podía escucharles.

-¿Con el yihadista?

-No, no, con ese tal Anouar con el que trabajaba en Oran. Parece que se conocen desde la universidad.

-¿En Orán? ¿sigue allí?

-No, estudiaron los dos en Barcelona y no, no está en Orán, le llamaba desde el Congo.

Tras acabar de escuchar la información y conclusiones de Gonzales, pensó que el peligro de que pudiesen estar construyendo armas biológicas no lo podía pasar por alto.

-¡Sabes Donald!, te veo muy blanco, creo que te ira bien salir de estas cuatro paredes. ¿Te apetece un viaje a Argelia?. Quiero que te acerques a ellos. Tal vez sea mejor hacerlo primero con ese tal Anouar. Ofréceles continuar con su trabajo de investigación. Te buscaré una tapadera como comercial de alguna farmacéutica. –Brenda no esperó una respuesta y en cierto modo su resolución no daba pie a una negativa. Prosiguió:

– Quiero que te empapes de todo en lo que han estado trabajando esos dos y les hagas una oferta de trabajo que no puedan rechazar.

-¿Y si la aceptan? -Preguntó Gonzales aun sorprendido de lo que le proponía.

-Pues te los traes para acá y punto. Me encargaré de buscar a alguien que pueda asegurarnos que su trabajo no supone un riesgo para nadie y si al final surge algo raro, pues ya los tendremos aquí.

-Pero… y si no. –Brenda no le dejó acabar la frase.

-Recuerda, te he dicho una oferta que no puedan rechazar. Si la rechazan es que no es tan buena. Pero… en cualquier caso te los traes también para acá.

Las rápidas y directas soluciones que daba esa mujer seguían sorprendiendo a Donald. ¿Le estaba ordenando un secuestro?

A los dos días el agente Gonzales cruzaba el atlántico rumbo a Barcelona.

Dado que no contestaba a los correos electrónicos y oficialmente se suponía que Anouar estaba en casa de su madre de acogida y sin trabajo, decidió realizar el primer contacto ganándose la confianza de Lucía y sonsacando toda la información posible.

Estaba leyendo el perfil psicológico que acababa de recibir sobre ella.

  • Raza: blanca caucásica

  • Edad: 44

  • Status marital: Matrimonio con un médico, a los veintiséis, divorcio a los tres, sin relación actual conocida, eterosexual, sexualmente activa (cuenta en Meetic frecuentada).

  • Ocupación: enfermera en el Hospital San Juan de Dios de Barcelona. Destacado: cinco meses como voluntaria en Nigeria con médicos sin fronteras.

  • Apariencia general: Mujer piadosa que le gusta servir al prójimo. De mente abierta. Moderna. Activa en las redes sociales. 147 amistades en Facebook. 98 mujeres, 49 varones, media de edades 42, lugares de residencia amistades: 63% Barcelona 21% por ciento resto de España, otros países: Alemania, Francia, Suiza, Bélgica, Argelia…

Fotos: shelfies coquetas, a la moda, con amigos (ropa sport), con ex pacientes (niños), viajes por zonas rurales de Europa y ciudades importantes: París, Florencia, Venecia, Roma, Londres, Berlín, Bruselas. No mascotas, comida vegetariana, esquí, rafting, hípica, tracking.

Grupos sociales a los que pertenece: Catalunya amb ACNUR (benéfica), Barcelona Secreta (Ocio y turismo), Vegetarianos en Barcelona (gastronomía)… y la cosa seguía.

¡Que barbaridad! pensaba Donald. La cantidad de información que puede obtenerse de cualquier persona solo mirando su Facebook.

Siguió con los demás puntos del perfil: Historia de relaciones interpersonales, educación, hábitos, creencias, valores, idiomas

Pidió la adopción de Anouar tras quedarse éste huérfano en un ataque tribal.

Tratada por depresión.

Sugerencias de acercamiento: elogiar su piedad, apelar a valores humanos, no religiosa, no muestra excesivo interés por el dinero, mostrar orgullo por su hijo, usar ropa sport elegante, peinado informal, presentarse como divorciado, carnívoro con idea de hacerse vegetariano, mejor idioma: francés.

Donald ideaba la mejor forma de acercarse a ella aunque a primera vista no debía suponer ningún problema. Lo haría en el hospital, fuera de la seguridad de su casa. Mostraría interés por sus pacientes e intentaría un flirteo para pedirle que le enseñase la ciudad. Tan solo era dos años mayor que ella y él se podía considerar un hombre atractivo, así que si conseguía interesarle sexualmente todo sería mucho más fácil.

  • Lucía hay un hombretón de casi dos metros que te anda buscando. ¡Que pintaza! Te espera en la sala de enfermería.

A primera vista a Lucía aquel hombre le pareció un estirado de mucho cuidado, con su traje impecable, corbata de seda y su maletín de piel. Cuando le entregó una tarjeta de una conocida farmacéutica pensó en seguida que se trataba de un comercial dispuesto a recomendar cualquier nuevo producto, pero el que apenas hablara castellano le extrañó.

-Lo siento, las consultas para comerciales son por las mañanas, ahora no puedo atenderle.

-Pero yo necesitar hablar con Lucía hoy.

-Lo siento, no es posible. Tengo trabajo. Sorry, Tomorrow, tomorrow morning.

-Oh! Perdón yo pensar que posible hablar hoy dijeron.

Y al girarse con el maletín, el hombre que parecía bastante desorientado golpeó su propio vaso de café derramándolo en sus impecables pantalones con su perfecta ralla y sus caros e impolutos zapatos.

-¡Oh, fuck!, No pasar nada, ok, ok, Yo volver mañana. ¿Mañana estar señora Lucía?

Tendría muy buena planta pero el pobrecillo parecía más perdido que un boquerón en el Atlántico. Pensaba Lucía.

-Sí, mañana yo estar aquí. Por la mañana. At morning. Tomorrow.

-Bien, entiendo, yo mañana volver y poder hablar con madre Anouar.

Al oír el nombre de Anouar a Lucía le dio un vuelco el corazón. Su hijo estaba en el Congo y por un segundo pensó lo peor.

-¿Anouar? – Ahora sí que Lucía empleo su fluido inglés para comunicarse. – ¿Qué le ha pasado? ¿Ha tenido algún problema?

-Sí, yo mañana volver y hablar con Lucía, su madre.

-No, no, no lo entiende. Puede hablarme en inglés mister. Yo soy Lucía. Anuar es mi hijo. ¿Qué le ha pasado?

-Oh, you are Lucia, and you speak english. ¡fantástic!- Y a partir de ese momento la conversación entre ambos pasó a transcurrir en Inglés. –No, no se preocupe, no hay ningún problema. Yo solo estoy buscando a su hijo, para hablar con él, pero no le localizo. Disculpe si la he sobresaltado. No quiero distraerla de su trabajo. Si le parece, volveré mañana por la mañana, y hablamos, ¿ok?

-No, no se preocupe, estoy a punto de acabar mi turno y podemos hablar.

– ¡bien!. Me pasé por su casa pero no contestaba nadie. No tengo su teléfono y no he podido contactar con Anouar.

-Anouar está en el Congo. Trabajando.

-Sí eso me habían dicho, pero intenté localizarlo allí a través de su embajada y me dicen que regresó a España hace 3 días.

-¿Cómo dice?

Lucía sacó su teléfono y buscó el número de su hijo.

-Apagado o fuera de cobertura. Pero no puede ser señor… perdone no recuerdo.

– Dan Smith, puede llamarme Dan.

El agente Gonzales había conseguido el objetivo de causar una primera mala impresión además de un mal rato a Lucia. Ahora había obtenido su atención y era hora de ganársela.

-Es raro que si Anouar volvió a España no me llamara. ¿Para qué le está buscando?

-Nuestra empresa está muy interesada en el trabajo de su hijo. Si me permite decirlo, a educado usted a una gran persona y un gran científico.

Le debo una disculpa por mi confusión, esperaba que usted fuera… ya sabe, negra… en fin, tan solo tengo la foto de él. – Fingió mostrarse contrariado.

Lucía sonrió y pasó a hacerle un breve resumen de la vida de Anouar. Gonzales continuó con halagos y le explicó la importancia de contactar con su hijo.

-Puedo mirar de enviarle un email. Respondió Lucía. -Si me da su teléfono…

-Tengo que comprar un nuevo terminal, tuve un descuido en el aeropuerto y creo que me lo han robado.

-¡Terrible!

-Sí, terrible. Estoy incomunicado. –sonrió. –Aunque aparte de mi oficina no creo que nadie me llame. Ya sabe. Con este trabajo, volando de país en país cada dos por tres. No hay mujer que me soporte.

¿Qué le parece si me deja volver al hotel… como se llama… ¿joan Cahlos?.- Interrogó como si dudara del nombre o pronunciación correcta. Aunque sabía muy bien su nombre, al igual que ella vivía a tan solo unas manzanas del hotel.

-Juan Carlos Primero, sí, lo conozco, está muy cerca de aquí. –Respondió Lucía.

-Pues, vuelvo al hotel a arreglar este desastre. –señaló sus pantalones. -y cuando termine su turno, si me permite, para recompensarla por su atención me gustaría invitarla a cenar y así le explico el gran futuro que le espera a su hijo. Y a usted también por supuesto.

No hubo manera de que ese hombre aceptara una negativa y fue Lucia quien al final eligió el restaurante de La Riera, vegetariano, se comía bien y no estaba lejos para ninguno de los dos.

Cuando Lucía le vio esperándola junto a la barra del restaurante se sorprendió gratamente. Lo que cambiaba aquel hombre sin traje, pensó. Vestía monísimo.

Ya en la mesa, él declaró una herencia carnívora pero que estaba en proceso de cambiar a una mejor dieta sin sacrificio de animales, aprovechando para elogiar la opción alimenticia de Lucía.

Durante la cena ella le informó que seguía a la espera de que Anouar contestara su correo y por su parte Dan, el agente Gonzales, intentó averiguar cómo era la relación entre ambos y en qué consistían los últimos trabajos de Anouar en el Congo y Oran.

Tras el postre Dan pasó a presentar la fabulosa oferta de trabajo para su hijo, ella se quedó con la boca abierta. Había oído hablar de la fundación que recientemente había creado Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook. El filantrópico acto salió en todas las noticias al anunciar que donaba el 99% del valor de Facebook a la lucha contra enfermedades.

Ahora resultaba que por fin Anouar tendría fondos ilimitados hasta que diera con la vacuna contra el ébola. Un laboratorio completo para asignar él mismo todo el personal que considerase preciso y carta blanca para material.

A la firma del contrato se adelantaría el primer año de paga: 645.000 dolares, incluyendo en la oferta casa y vehículo de empresa. Además a Lucía le ofrecían una indemnización escandalosa si decidía dejar su trabajo para acompañar a su hijo.

Dejó claro que garantizaban el reconocimiento de Anouar en todas las publicaciones y patentes que se derivasen de su investigación, lo que garantizaba que si lo deseaba, la vacuna sería gratuita para todo el mundo.

-¿Sabe lo que supone esto para mi hijo?. -Lucía casi lloraba. –Por fin va a poder ver cumplido su sueño.

Cuando Gonzales La cogió de las manos, ella ni se dio cuenta de la sutil caricia de sus pulgares. Solo tenía ganas de abrazar a alguien para expresar la alegría que sentía, y lo hizo.

Fueron a celebrarlo por todo lo alto. La tarjeta de crédito de la farmaceutica corría con todos los gastos y Dan la convenció para que le hiciera de cicerone y le mostrara Barcelona.

Pasearon por Gracia, La plaza Catalunya, Las Ramblas y acabaron en un rincón mágico “El bosque de las adas”, donde entre música suave y ambiente tranquilo Dan creyó que había llegado el momento de jugársela. Tras susurrar al oído de Lucía lo atractiva e irresistible que le resultaba, la miró a los ojos y al ver que sonreía le dijo.

¡Oh mon Dieu! Excuse moi Lucía.

-¿est que vous parlez français? il ne se passe rien. ¿pourquoi? .-Quitó importancia Lucía a sus piropos preguntándole a continuación el porqué de sus excusas.

– ¡pour ça! -Dijo Dan a la vez que lentamente acercaba los labios a su boca.

Su breve beso no fue rechazado y la sonrisa pícara de Lucía fue toda una invitación a explorarla.

Argel – Argelia

Hassan no conseguía convencer a Anouar que ya era demasiado tarde. No había marcha atrás y ni Amir ni nadie podían detener el ataque.

-Pero Hassan, hermano, no te das cuenta que puede representar el fin para todos. Para ti, para mí, para toda la humanidad.

Al·lahu-àkbar.

Pero Anouar se negaba a aceptar la voluntad de Alá. ¿Cómo puede Dios permitir la muerte de toda la humanidad?

Si Alá ama y perdona a todos los hombres por igual Anouar no se quedaría de brazos cruzados. Su fe no era tan ciega y hasta el más religioso de los hombres se aparta al caer un árbol.

-Hassan, solo te pido que me acompañes a Oran para hablar con Amir. Tiene que saberlo. Tú sabes que tengo razón.

Hassan no tuvo más remedio que aceptar y coger su coche para acompañar a Anouar hasta Amir, aunque él veía el problema desde otro punto de vista.

Hassan no estaba muy de acuerdo en que sobreviviera tanta parte de la humanidad. Conocía a musulmanes mucho peores que los infieles que iban a atacar. No consideraba justo la muerte de personas buenas e inocentes, por eso confiaba en que Alá en última instancia haría inmunes a sus elegidos sin importar si habían o no descubierto el islam.

Ahora parecía que las cosas habían cambiado y se alegraba de que finalmente todo el mundo fuera juzgado por igual aunque supusiera tener que arriesgarse él mismo y toda su familia a vencer el virus.

Su fe le decía cada día que no había nada que temer, que Dios era grande tal como proclamaba el muecín desde el minarete cada día en su llamaba a la oración: Al·lahu-àkbar

Cuando al día siguiente llegaron a Oran Amir se mostró mucho más pragmático de lo que Hassan esperaba. Cuando llegaron y le explicaron la posibilidad de que el virus acabase matando también a los portadores de la vacuna se alarmó y planteó las opciones que les quedaban.

No tenían tiempo de elaborar y ensayar a tiempo otra vacuna, así que propuso como mejor medida el aislarse de los infectados. Ellos al menos sabían que se propagaba por el aire así que debían de preparar áreas de cuarentena donde protegerse.

-No puede ser Anouar. –Consolaba Amir. – A mí también me gustaría disponer de tiempo, pero hay que afrontar la realidad. No podemos dar media vuelta a los barcos. Si descubren antes de tiempo nuestras intenciones seremos hombres muertos, no solo nosotros, sino también nuestra nación

Al·lahu-àkbar, ¿no?. –Intentaba Anouar apelar a su destino.

-No Anouar, esto no se trata de un atentado suicida. –Le contestaba Amir ¿Todavía no entiendes que todo esto es una guerra? ¿Quién crees que puede financiar y organizar todo lo que estamos haciendo? Nuestro país no sería el único en ser atacado como represalia si se conociera antes de tiempo la conjura.

¿Crees que nuestro ataque consiste solo en infectarlos con el ébola? No Anouar, ese es solo un primer paso. Solo el Islam debe prevalecer.

Por primera vez Anouar fue consciente de ser tan solo un peón, un soldado que jugaba un singular papel en una guerra decidida por otros y de la que él en realidad ignoraba por completo las verdaderas intenciones.

Abandonó el campus de la universidad cabizbajo, sordo a los vanos consuelos de Hassan y sumido en decepción.

Tenía muy claro qué hacer. Lo había meditado largamente desde su regreso del Congo y él no iba a acarrear sobre su conciencia ser el responsable del fin de la humanidad. Todavía le quedaba una opción. Tenía que dar a conocer su descubrimiento. Si al menos la comunidad científica conocía la estructura de su errada vacuna contra el ébola cabía la posibilidad de controlar los brotes que surgieran tras el ataque y disponer de un poco más de tiempo para perfeccionarla.

Anouar tenía ganas de llegar al aeropuerto de Orán. Desde allí encontraría un punto con acceso libre a internet y enviaría inmediatamente su trabajo a los investigadores de todo el mundo. Los emails se mandarían igualmente de forma automática dentro de seis días tal y como programó la última vez antes de salir del Congo, pero no quería perder ese valiosísimo tiempo.

-¿Qué vas a hacer entonces hermano? –Preguntó Hassan.

-Nada. Esperar. Me quedaré en Barcelona. Quiero pasar con mi madre “Los Últimos Días“(así se conoce en el Corán el apocalipsis o el final de los tiempos en que los infieles serán derrotados y el islam regirá el Mundo en paz)

-Baraka (mis bendiciones) hermano. Ten fe. –Se despidió Hassan.

Mirando por el retrovisor como Anouar entraba en la terminal a Hassan le llamó la atención la cara del conductor que se había detenido tras ellos. Volvía a arrancar sin haber dejado ni recogido a nadie. Se fijó en su cara, eran rasgos árabes, con barba espesa al igual que él. No recordaba dónde, pero estaba seguro de haberla visto antes.

Anuar no daba crédito a lo que sucedía, estaba intentando acceder a su servidor desde un lugar seguro del aeropuerto, alejado de las cámaras de seguridad, usando una wifi pública con el móvil que acababa de comprar y del que se desharía tras su conexión. Era su tercer y último intento para poner su nombre de usuario y contraseña. Las dos veces anteriores le había rechazado.

Nada. Desesperaba Anouar. Otra vez el mensaje de “Usuario o contraseña incorrecto”

Tecleó el correo electrónico asociado a esa cuenta para que le enviasen una nueva contraseña a su otro correo personal. Era arriesgado dejar un rastro con ese registro, pero no se le ocurría otra opción.

-¡Mierda! –Exclamó Anouar al ver el nuevo mensaje de advertencia: “Nombre de usuario no valido”

El nerviosismo se apoderó de Anouar mientras se aseguraba de repetir correctamente el email. Tampoco.

Accedió a su correo personal para ver si a pesar de esos mensajes había recibido algo.

16 mensajes sin leer. Miró el último. Era como los cuatro anteriores de su madre.

Por precaución no quiso conectarse a internet desde Argelia. Nadie debía saber que se encontraba allí.

-Llamamé urgente. –Decía la cabecera. El resto de mensajes eran normales excepto tres que se repetían procedentes de una conocida farmacéutica norteamericana y otros dos de una fundación de la que nunca había oído hablar. Después los leería con más calma. Ahora lo que urgía era acceder al otro servidor de correo y dar a conocer al mundo los detalles de la vacuna. Pero nada, no encontraba la forma de acceder a esa cuenta. Había sido cancelada, borrada, como si nunca hubiera existido.

De repente lo tuvo claro. Había sido un ingenuo al pensar que nadie podía conocer la existencia de esa cuenta. Probablemente hacía tiempo que sospechaban la posibilidad de que hiciera una copia de su trabajo.

Ahora, con la cuenta atrás iniciada, no podían permitirse dejar cabos sueltos. No sabía cómo, pero de alguna manera, pese a sus extremadas precauciones, jaquearon el servidor y borraron todo su contenido y hasta el rastro de su existencia.

Habían descubierto la baza que se guardaba, pero aún le quedaba un segundo as en la manga.

-Lo sentimos señor Anouar pero existe algún problema con su visado de entrada. –Le informó amablemente el policía del aeropuerto. -Según nos consta, usted debió de abandonar nuestro país hace más de un mes.

-Pero eso es ridículo. Hace tan solo cuatro días que vine de España. Soy ciudadano español y quiero volver a mi país. Haga el favor, mire los sellos de entrada.

-Sí señor, los sellos y el pasaporte parecen correctos pero su número de visado es incorrecto. Me temo que no va a poder embarcar señor. Espere un momento, voy a hacer una consulta con mi superior.

Anouar comprendió que había perdido su seguro de vida y que no le iban a dejar marchar del país libremente. No se lo pensó dos veces, dio por perdido el vuelo y su equipaje y empezó a andar hacia la salida del aeropuerto sin girar la cabeza. Escuchaba tras él las voces del oficial de aduanas gritando en árabe a otros agentes que detuvieran a un hombre negro, pero por suerte no era el único. Cogió el pañuelo que llevaba alrededor del cuello y se tapó con él la cabeza. Aceleró con paso firme como si el jaleo no fuera con él hasta llegar a la salida. Aceptó la primera oferta de taxi a Oran y se introdujo en el vehículo sin mirar atrás.

Una vez en el interior llamó por el móvil a Hassan.

-Hermano, tengo un problema, no preguntes. Tienes que ayudarme. Recógeme en la parada de autobús frente a la universidad. Voy para allá.

Hassan se extrañó de la llamada de Anouar, pero aceptó su solicitud sin preguntar.

Hassan miró mosqueado por el retrovisor. El mismo vehículo del aeropuerto volvía a seguirle a unos coches de distancia a pesar de haber dado media vuelta. No podía ser casualidad, le estaban siguiendo.

Anouar se encontraba algo alejado de la carretera. Fue al ver llegar el llamativo mercedes plateado de Hassan cuando se acercó a la parada del autobús. Subió y le explicó lo sucedido en el aeropuerto excluyendo por supuesto del relato lo referente al borrado de su cuenta en el servidor. Pronto llegaron a la conclusión de que habían dejado de confiar en ellos y eso explicaba a su vez el coche que les continuaba siguiendo.

-Tenemos que separarnos hermano. –Dijo Anouar. Déjame en la estación de ferrocarril.

-¿Dónde vas a ir?

-Creo que es mejor no decírtelo. –Hassan asintió con la cabeza dando a entender su conformidad con esas precauciones. -Tú vuelve a hablar con Amir. Si estamos en peligro creo que es el único que puede protegernos.

Al llegar frente al precioso edificio blanco de la estación, ambos se bajaron del vehículo y se volvieron a despedir con un abrazo por segunda vez en el mismo día.

-Baraka4 Anouar. ¿Sigue allí? – Se refería al conductor del vehículo que no les había perdido de vista.

-Sí, está dentro del coche. Habla por teléfono. Baraka Hassan.

Anuar entró en la estación de tren por una puerta mientras controlaba a través de la cristalera cómo Hassan se alejaba y el otro tipo le seguía con su coche.

Volvió a salir de la estación y se encaminó hacia el Hospital Central Universitario. Cerca de allí vivía Cayetano, un español afincado en Oran a quien le unía una buena amistad tras coincidir con él al poco de llegar a esa ciudad. Fue durante un foro económico organizado por el consulado de España en Orán y la Casa Mediterraneo.

Cayetano era un exiliado de la Guerra Civil Espaola. Sus padres y él huyeron de los fusilamientos indiscriminados de las tropas franquistas poco antes de caer Alicante embarcando en un navío carbonero, el Stanbrook. Eso según le contó, ocurrió poco después de la caída de Madrid.

A Anouar le encantaba escuchar las historias que Cayetano contaba sobre sus padres y sentir la pasión que ponía en ellas. Le habló de cómo fueron separados al llegar allí. Él y su madre acabaron en una cárcel francesa de Orán y su padre corrió peor suerte al ser enviado a un campo de trabajos forzados, o “reeducación” como preferían llamarlo, en Hadherat M’Guil. Muchos españoles murieron allí.

Cayetano había heredado de su padre un odio abierto hacia los franceses por la esclavitud y vejaciones a las que se vieron sometidos sus padres al igual que el resto de exiliados españoles. Todas esas historias impresionaban a Anouar. Le costaba entender como una nación como España, que había vivido un exilio masivo de más de medio millón de personas a Francia y otros tantos millares a varios países más, ahora establecía cuotas irrisorias para acoger a los refugiados Sirios que como ellos en su día escapaban de los horrores de la guerra.

Que frágil es la memoria histórica cuando la educación la dictan los vencedores. Pensaba.

Sabía que Cayetano tenía contactos con personas en Oran que se dedicaban a hacer lo mismo que el capitán del Stanbrook, salvo que en vez de sortear navíos de guerra franquistas para llevar exiliados a Argelia, ahora escapaban de las lanchas de la Guardia Civil para desembarcar a desesperados africanos en Alicante.

No tuvo que dar ni una sola explicación. Cayetano no preguntó nada más. Si Anouar creía que el consulado no podía arreglar su situación, él mismo se encargaría de llevarlo de nuevo a España sano y salvo y sin preguntas. Al menos conservaba el DNI y aunque les interceptasen no tendría problemas. O eso creía.

Anouar tenía miedo de viajar en una patera. No era por no saber nadar, como la mayoría de los que recuren a esta forma de escapar de la miseria sino por las mafias que controlan ese tráfico humano. En países pobres, con sueldos de dos o trescientos euros al mes, solo unos pocos pueden permitirse el lujo de ahorrar los tres mil euros que llegan a pedir por el viaje más peligroso de su vida.

La gente que se enriquece de esta manera aprovechándose de la extrema necesidad de otros seres humanos era para Anouar los principales destinatarios de su virus. Merecían la muerte, sí. Merecían no ser considerados humanos y dejar de pertenecer a la misma especie. Ya fueran conscientes o no de ello, ya condujeran una barca o se sentaran en un lujoso despacho sintiéndose arropados por las leyes hechas a su medida; ninguno de ellos poseía humanidad ni merecían vivir a costa de la ciega muerte de otros.

-Te presento a Abdelghani. – Le dijo Cayetano. –es el capitán de este pesquero. Esta misma tarde saldrás con él y te llevará cerca de aguas españolas, allí os encontraréis con un contacto suyo de Santa Pola, cerca de Alicante. Harás transbordo al otro barco y te llevará hasta España.

-Sí, pero por cuatro mil euros creía que iba a ir solo y en otro tipo de barco.

Un grupo de unas 15 personas, mezcla de hombres mujeres y niños se acurrucaban unos a otros junto a las redes en la popa esperando zarpar.

-Hay muchos gastos amigo mío, hay que sobornar a la policía del puerto, pagar al otro barco en España, perder la pesca… ¡Mucho dinero! ¡Mucho dinero! Además se juegan ir a la cárcel. ¿Por cuánto te arriesgarías tú a eso?

Ahora lo entendía todo. Las sonrisas cómplices entre Cayetano y el capitán hicieron comprender a Anouar que en realidad Cayetano no era aquella víctima de la historia que aparentaba. Había olvidado por completo las penurias de sus padres y se había convertido en otro aprovechado más de la desgracia ajena.

-Bueno, la transferencia ya está hecha, así que no voy a discutir. ¿Cuándo no vamos?

-Falta otra familia. Son cuatro, un matrimonio de Camerún con sus dos hijos. Estarán al llegar.

Anouar prefirió no preguntar cuánto les había cobrado por los cuatro. Estaba claro que el tal Cayetano era un capo de mucho cuidado y que le había levantado la camisa.

Ocho horas más tarde la barca de pesca que Anuar calculó que no tenía más de 20 metros de eslora, se mecía como una nuez en un arroyo de montaña en pleno deshielo. Al alejarse de la costa y adentrarse en la corriente del Estrecho de Gibraltar se enfrentaban a vientos que provocaba un fuerte oleaje. Se vieron obligados a agarrarse fuertemente a lo que podían para no salir despedidos en algún embate. Estaban a la deriva, en medio de la oscuridad de la noche, con el motor parado, esperando a que apareciera el otro barco procedente de Santa Pola.

El capitán dijo que no podía poner el motor en marcha porque de lo contrario no le quedaría combustible para regresar a Orán.

¿Qué clase de traficantes eran aquellos que con las fortunas que cobraban luego escatimaban en combustible? Se preguntaba Anouar.

Todo ocurrió muy deprisa. La madre dejó un momento de sujetar a su hija para tapar mejor con la manta a su otro pequeño y en una fracción de segundo la niña rodó por la cubierta y salió despedida al mar. No debía tener más de 5 años y casi seguro que no sabía nadar. Tenían todas las luces del barco apagadas y la noche, sin luna, no daba claridad ni para ver reflejos en el agua. Los gritos se contagiaron y alguien saltó al agua. Anouar imaginó que se trataba del padre.

-¡Luz, luz! -Le pedía Anouar al capitán.

-No, muy peligroso, la policía puede vernos desde muy lejos.

Anouar no pudo aguantar más. Cogió a Abdelghani por el cuello y le dijo:

-Enciende la luz hijo de puta, o te tiro al agua ahora mismo para que les saques tú.

El capitán cedió ante esa intimidación y encendió una de las farolas de pesca. Anouar se ató una cuerda a la cintura mientras le daba el otro extremo a otro ocupante para que le amarrara a la barca.

A unos cinco metros se escuchaba un chapoteo y unos gritos.

Anuar saltó en esa dirección y en cuatro brazadas llegó hasta donde el hombre movía alocadamente sus brazos sin saber cómo mantenerse a flote. Lo agarró desde la espalda por el cuello con su brazo izquierdo mientras con el otro se impulsaba hacia la barca.

-Recoja cuerda. –Gritó Anouar. Pero de repente se apagó de nuevo la luz y tuvo que ser él mismo quien alcanzara el borde de la barca a tientas, guiado por los gritos y llantos.

El resto de hombres le ayudaron a subir a bordo al rescatado y a continuación a él.

Anouar iba derecho hacia la cabina de la barca para agarrar de nuevo por el pescuezo al capitán cuando este encendió una pequeña luz de leds suficiente para mostrar el arma que empuñaba.

-Si me obligas, te pego un tiro aquí mismo y te arrojo al agua. Nadie va a venir a por ti ni me harán preguntas.

-¡Cabrón! Vuelve a encender la luz. Todavía falta la niña.

-La niña está muerta.

El ruido de un motor potente sonaba muy cerca y los gritos dieron paso al silencio. El sonido estruendoso de una sirena siguió a la deslumbrante luz proveniente de un potente foco.

Abdelghani arrojó inmediatamente su arma al agua y levantó sus manos.

Por megafonía se escuchó: – Guardia Civil. No arranquen los motores. No se muevan y esperen a ser abordados.

Anuar inmediatamente gritó en español:

-Soy ciudadano español. Hay una niña en el agua. Se ha caído de nuestra barca y no la encontramos. Por favor, ayúdenos a buscarla.

Los gritos de las mujeres se mezclaron con los llantos de los niños y los ruegos de los hombres.

Otros dos focos se encendieron a los laterales de la patrullera mientras Anouar les señalaba hacia donde debía estar la niña, pero no había rastro de ella.

El Sargento de la Guardia Civil se mostró muy comprensivo prolongando la búsqueda hasta que empezó a amanecer, pero sin chaleco salva vidas, el cuerpo se había ya sumergido y no existía posibilidad de encontrar a la pequeña con vida.

Al llegar a la costa Anouar como ciudadano español fue detenido acusado de tratar de introducir ilegalmente inmigrantes en la Unión Europea. El capitán junto al resto de personas fueron llevados a un centro para extranjeros.

Explicar quién era y cómo se vio forzado a regresar a España en esas circunstancias no resultaba creíble ni tan siquiera para él mismo.

Solo podía hacer una cosa, llamar a su madre y que le buscase un abogado.

-Lo siento, pero creo que ha visto usted demasiadas películas. – Le dijo el Sargento al escuchar su reclamo de derecho a realizar una llamada. -Esto no es América y no va hablar con nadie. Si me da un nombre, un teléfono o una dirección, lo único que le puedo asegurar es que informaremos a esa persona de donde se encuentra detenido y el motivo de su detención.

Lucía retozaba los últimos minutos del amanecer en la cama cuando sonó el teléfono.

-Sí, soy yo. Sí, es mi hijo. ¡Detenido!. –Disculpe pero debe haber algún error. Mi hijo está en el Congo. Lo que me dice… ¿Cómo? ¿en el mar?

-Mire señora, tengo frente a mí su DNI y le aseguro que no hay ningún error. Le sugiero que busque un buen abogado. Por lo que he hablado con él parece ser buena persona, pero la Ley es la Ley. Sí señora, detenido. En la Comandancia de Alicante. Sí, Alicante. Hasta mañana no podremos ponerle a disposición judicial así que estará aquí.

Una mano intentó consolar la desesperación de Lucia.

-¿Algo no va bien? Preguntó el agente Gonzales mientras se incorporaba también de la cama.

Comandancia de la Guardia Civil de Alicante, 17:00

-Está bien. –reconoció el Sargento de la Guardia Civil. – Parece que tiene usted razón y va a poder hablar con el detenido. Dijo mientras colgaba el teléfono, intrigado de quién debía ser ese tal Anouar capaz de mover en domingo a alguien influyente en el Ministerio del Interior.

-¿Es usted mi abogado? –Preguntó Anouar.

-No, permítame que me presente. –Le dijo en un perfecto inglés. – Soy Dan Smith

Inmediatamente Anouar reconoció aquel nombre de los emails de la farmacéutica. No sabía cómo se había enterado de dónde encontrarle y tampoco como le habían dejado pasar a visitarle.

-Me imagino que se preguntará qué hago aquí y si me permite, quisiera disculparme de antemano por mi intromisión. Su madre es la que me ha pedido que interceda por usted. Está afuera esperando.

-De qué…

-No. -le interrumpió Gonzales. –déjeme que le exponga todos los hechos, acabaremos antes. El mejor abogado de Madrid está ahora mismo hablando con el Juez de Instrucción de su causa para solicitar un hábeas corpus.

Estamos al corriente de lo ocurrido en el aeropuerto de Orán y la policía argelina ha ordenado su búsqueda y captura. No obstante como ciudadano español no tiene nada que temer aunque por supuesto le aconsejo no volver a ese país.

Respecto a la relación con su madre, será mejor que eso se lo pregunte dentro de un momento a ella en cuanto salga de aquí.

Por los honorarios de los abogados no se preocupe, es una gentileza de mi empresa que desea corregir cuanto antes el grave error cometido con usted y solo deseamos que pueda ponerse manos a la obra para lo que realmente importa, reanudar su trabajo en la lucha contra el ébola.

Aquel hombre, pensaba Anouar, no sabía que venía como anillo al dedo a sus necesidades. Alá había escuchado sus plegarias.

Continuaba explicando las maravillas que le esperaban trabajando para la Fundación Mark Zuckerberg y los escandalosos beneficios que obtendría. Estaba a punto de interrumpirle para pedirle dónde debía firmar cuando de repente recordó que a la humanidad le quedaban meses de vida.

¿Qué ocurriría cuando se supiese su verdadero trabajo?

Tampoco tenía muchas más opciones. De hecho, su objetivo al llegar a España era acceder su segundo as, un USB escondido en casa de su madre que contenía una copia de todo el proceso de elaboración de la vacuna. Estaba decidido a hacer pública la información con la esperanza de que otros continuaran su trabajo y consiguieran mejorarla cuando llegase el momento. Pero con la oferta que le acaban de hacer, ahora sería él mismo quien tendría la oportunidad de corregir sus propios errores.

La puerta se abrió y el Sargento se despidió de Anouar.

-Está bien señor Anouar, es usted libre. El juez acaba de ordenarme su puesta en libertad. Pero le recomiendo algo para el futuro, cambie de amigos. Las cosas no se arreglan así. Una niña de cinco años sigue muerta en el mar y sin aparecer. Dele el recado a su amigo Cayetano.

Anouar supuso que el capitán del pesquero le habló al sargento de Cayetano con el propósito de salvarse echándole a él las culpas y ahora la Guardia Civil le tomaba a él por un traficante con influencias. No servía de nada intentar convencerle de su inocencia, pronto le acusarían de peores delitos.

El abrazo de su madre al salir de la Comandancia fue lo que más necesitaba Anouar en esos momentos. Lloraba.

Cuando llegaron a su casa en Barcelona la desesperación se apoderó de Anouar. No era posible. Toda la casa estaba patas arriba. Aunque Dan recomendó no entrar y llamar a la policía, él corrió hacia su cuarto. Apartó la cama y vio que el enchufe de la pared estaba desmontado. Rebuscó en el hueco donde se empotraba el enchufe pero no había nada, el USB había desaparecido.

Dan estaba detrás de él mirando atentamente lo que estaba haciendo.

-¿Se han llevado algo importante?

-Sí, importante e irremplazable.

Gonzales ató rápidamente cabos y lanzó el anzuelo. Era arriesgado delatar lo que sabía, pero tenía la oportunidad de ver su reacción y sabría instantáneamente si era un terrorista o no.

-¿Te han robado la vacuna?

Los ojos de ambos se miraron fijos durante unos segundos. Anouar sentía como la adrenalina estaba invadiendo todo su cuerpo, y lo peor de todo es que aquel tipo parecía haberse dado cuenta también.

-Te puedo ayudar si quieres, pero tienes que confiar en mí y contarme todo lo que hacíais en Oran.

Anouar era consciente de que le quedaban pocas opciones. No estaba seguro de quien era aquel tipo. Puede que hasta fuera él quien ordenó ese registro. ¿Qué sabía de su trabajo en Oran? ¿Qué sabía de la vacuna? No diría nada. Primero debía averiguar si aquel hombre era en verdad quién decía ser.

-Ok. –Dijo Anouar. –Acepto tu ayuda.

En algún lugar del desierto saudí

Un todo terreno de alta gama levantaba el polvo del casi invisible camino que llevaba hasta las laderas de unas olvidadas montañas. A nadie se le había perdido nada en aquel paraje ni pillaba de paso para ir a parte alguna. Una jaima oscura de pastores se había levantado al borde de la escasa vegetación en la que unas pocas cabras se emparraban para arrancar brotes y cortezas. Solo llamaba la atención los tres hermosos camellos blancos que abrevaban de un charco junto a un viejo pozo.

En el interior de la jaima un hombre de cara curtida por la cincuentena pasada, de rasgos árabes, espesa barba y vestido con una impoluta túnica blanca era avisado por su sirviente de la inminente visita. Dio instrucciones de recibirlo y preparar una nueva tetera.

Tras comprobar que el conductor, único ocupante del todo terreno no llevaba ningún dispositivo móvil con batería, se le invitó a acceder al interior de la estancia.
Tras el saludo ritual musulmán, el visitante informó a su anfitrión del desarrollo de toda la operación y del contratiempo ocurrido.

-como le digo, al menos uno de los tres científicos ha dejado de ser seguro benerado Mahdi. No sabemos dónde se esconde ahora mismo pero lo encontraremos.


El misterioso hombre que se autoproclamaba “Mahdi”, aquel que según las profecías del profeta Mahoma regresará para crear un califato mundial y dar fin a los sufrimientos de los musulmanes, se mesó su barba mientras meditaba la noticia.

-A veces Alá nos pone pruebas para ver si somos dignos de llevar a cabo su voluntad, y su voluntad está por encima de cualquier hombre, por bueno y sirviente que sea.

No debemos permitir que una imprudencia movida por una repentina falta de fe impida la llegada de “los últimos tiempos”.

-Cómo va la entrega de nuestros presentes por mar. Refiriéndose a los barcos metaneros.

-No hay cambios en sus rutas, pronto llegarán los primeros a su destino. Los gasoductos de Qatar, Argelia, Kazajistan y Rusia tienen su entrega lista para ser enviada. En China, India y Malasia también está todo dispuesto.

-¿Y las vacunas?

-Está resultando demasiado peligroso. Podemos llamar la atención. Es mejor esperar un poco más, pero al menos las dosis están en sus destinos.

-¡Bien!, ahora tomaremos un té y luego partirás.

Debes cumplir con el sacrificio que Alá nos pide. El profeta Abraham también levantó en su día su cuchillo para obedecer a Alá y sacrificar a su hijo. Yo desde aquí elevaré mis oraciones para que ahora también detenga nuestro brazo y proteja a nuestros amados hijos en Orán. Allha akba

– Allha akba. –contestó el visitante.

Orán-Argelia

-Acabo de recibir un correo electrónico de Anouar. -Dijo Amir a Hassan. –Es muy extraño. Nos pide que vayamos a verle al centro, nos espera frente al consulado de España y también dice que no digamos nada a nadie.

A Hassan también le extraño que Anouar hiciera esa propuesta. Llevaban tres días sin saber de él y le creía lejos de Argelia, en Barcelona tal vez.

Puede que finalmente Anouar optase por desobedecer y dar a conocer la vacuna. Hassan conocía su debilidad de fe y aunque estaba seguro que jamás traicionaría a la causa, parecía probable que intentase dar a conocer su trabajo e intentar evitar la muerte de musulmanes inocentes.

Al perder el pasaporte en el aeropuerto puede que no consiguiera salir del país y que buscara refugio en el consulado de España.

Hassan miró a los ojos a Amir intentando averiguar si pensaba lo mismo que él.

-Creo Amir que no podemos permitir que Anouar haga lo que pienso que quiere hacer.

-Lo sé hermano, lo sé. Anouar quiere cambiar el mundo al igual que nosotros, pero él no está preparado para soportar la carga que representa ser el responsable de tantas muertes. Vamos a buscarle y le pondré a trabajar de nuevo en el laboratorio. Sé que no hay tiempo suficiente para encontrar una nueva vacuna, harían falta al menos seis meses de pruebas modificando la actual para obtener resultados, y luego probarla. ¡Imposible! Si el virus muta no podremos hacer nada a tiempo, pero al menos lo tendremos enfocado en esa posibilidad. Tal vez con el tiempo la encontremos y pueda servir de algo.

-¿No deberíamos informar a alguien? –preguntó Hassan.

-Sí, lo haré, pero primero quiero tenerlo a salvo con nosotros. Si como me contaste los nuestros te están siguiendo significa que temen que alguno de nosotros les traicionemos. Aquí estaremos vigilados pero seguros. Si les decimos ahora que Anouar puede estar pensando en dar a conocer la vacuna al mundo no creo que le permitan seguir con vida.

Ambos subieron al coche de Hassan y giraron a la izquierda al salir del campus de la universidad. Tras ellos, casi fuera del alcance del retrovisor un todo terreno blanco se incorporaba a la autovía en su misma dirección.

-¿Nos siguen? –Pregunto Amir.

-Creo que sí. Un Toyota blanco, grande.

-Tenemos que despistarlo sin llamar la atención. No queremos que dejen de confiar en nosotros también.

Aceleraron para distanciarse y poder realizar algún giro antes de llegar a la ciudad, pero el vehículo perseguidor también aumentó la velocidad.

Se mantuvieron en el carril de la izquierda a toda velocidad hasta el último momento y al llegar al desvío para tomar el cinturón de periferia cruzaron bruscamente los tres carriles que les separaban del de salida. Hubo sonidos de claxon y algún frenazo, pero consiguieron colarse en el carril en el último momento. Sin embargo Hassan pudo ver por el retrovisor cómo su perseguidor conseguía también meterse en el mismo carril hacia el cinturón de periferia.

Una vez en el cinturón, con cuatro carriles en cada sentido, aceleraron más de lo aconsejable y prudente, pero el Toyota hacía lo mismo y estaba claro que su conductor no quería perderlos de vista.

Al llegar a la gran rotonda de El Bahia donde confluía la autovía N4 Hassan optó por salir del cinturón y tomar la rotonda dándole una vuelta completa para volver a acceder de nuevo al cinturón de periferia. Su perseguidor hizo lo mismo, y además empezó a reducir la distancia entre ellos.

Hassan se dio cuenta que con su maniobra había delatado su intención de zafarse de él. Pensó que en esas circunstancias lo más importante era despistar a su perseguidor a toda costa, así que eso haría. Más tarde y para justificar su conducta, al regresar al campus Amir podía informar a sus jefes de que se habían dado cuenta que un vehículo desconocido les seguía y que le habían dado esquinazo. Pero precisamente eso resultaba arduo difícil.

En la siguiente salida del cinturn periférico tomaron la gran avenida hacia el centro de Orán. Al llegar a un semáforo en rojo Hassan adelantó por la izquierda a los tres vehículos detenidos que tenía delante invadiendo el carril contrario y sorteando el tráfico accedió a la calle de su izquierda.

Parecía que habían dejado atrás a su perseguidor, sin embargo, varias calles más adelante apareció de nuevo por su izquierda parado en un cruce. Hassan tuvo tiempo esta vez de ver al conductor con claridad y reconoció su cara, era el mismo tipo del aeropuerto que le estuvo siguiendo el día que llevó a Anouar a la estación de trenes.

Hassan se adentró por calles cada vez más estrechas. Se conocía muy bien la ciudad y sabía que en la parte antigua era más difícil maniobrar con tanta gente por las calles, pero el Toyota seguía tras ellos y ahora se había convertido en una persecución de película a la desesperada. A ellos no les importaba hacer lo que fuera necesario para despistarlo, pero parecía que aquel tipo era bueno en lo suyo.

Finalmente Hassan aceleró justo a tiempo para pasar antes de que un tranvía rojo y blanco bloquease por completo el tráfico de la calle.

Serpentearon por varias calles hacia su derecha hasta llegar a la autovía que va junto al puerto y tras asegurarse que definitivamente habían despistado al todo terreno, enfilaron la calle Med Khemisti hacía el Consulado de España, muy cerca de los jardines Khemisti que dan nombre a la calle.

No veían a Anouar por ningún lado, así que pasaron lentamente por en frente del consulado por si se encontraba en su interior esperando a verles pasar para salir.

No fue así. Una gran explosión hizo saltar por los aires el coche en el que iban Hassan y Amir. La onda expansiva derribó las paredes exteriores del consulado y una bola de fuego y humo negro ascendió hacia el cielo en el centro de Orán.

CENTRO DE ANALISIS – ATLANTA EE.UU.

La noticia era difundida en todas las cadenas de televisión de todo el mundo. Al parecer un coche bomba había provocado seis muertos frente al Consulado de España en Orán además de sus dos ocupantes suicidas. DAESH se adjudicaba la autoría del atentado a la vez que reclamaba a España la recuperación del Al-Ándalus, un territorio que supone más de la mitad de la península ibérica y que históricamente fue conquistado por los reinos cristianos del norte expulsando a los musulmanes de sus legítimas tierras.

Brenda, Glen y Matew miraban juntos las noticias de la CNN en una de las salas de crisis del edificio para la Seguridad Nacional en Atlanta. Se habían reunido a primera hora de la mañana para elaborar un informe de la posible relación de ese atentado con su investigación.

Durante la madrugada habían ido llegando los informes de sus agentes en Argelia y las intervenciones telefónicas de los servicios de emergencia, cuerpos policiales y dirigentes en el gobierno.

Según les confirmaba uno de sus agentes en Orán encargado de seguir al tal Hassan, el vehículo que explotó era el mismo que la mañana del atentado consiguió escapar de su persecución por las calles de esa ciudad. Lo conducía el tal Hassan acompañado de Amir, su antiguo jefe.

-Según parece ya sabemos los motivos de porqué ese simpatizante de DAESH visitó al doctor Hassan en Argel. Parece que a ese simpatizante hay que ascenderlo de nivel. –dijo Brenda Bules a su equipo.

-Todavía me cuesta creer que gente como ese Hassan, con carrera universitaria, buena familia y que hasta estuvo viviendo en Barcelona como un occidental más, acabe decidiendo volarse por los aires por una causa religiosa. –Agregó Glen al comentario de Brenda.

-Ya sabes que el nivel cultural poco tiene que ver con esa gente. –Replicó Brenda. -La prueba son los pilotos del 11S o los jóvenes voluntarios europeos que viajan a Siria para entrar en las filas de DAESH. Aunque en esta ocasión tienes razón, yo tampoco me esperaba que unas mentes tan brillantes fueran malgastadas así.

Esta gente se está viniendo arriba. –Continuó Brenda.

-Cada semana tenemos dos o tres atentados. Eso es muy peligroso. Un enemigo que ataca con tanta frecuencia es capaz de trasladar una imagen de poder y crear un efecto llamada. Contagiar con su guerra a más adeptos, transformando a simpatizantes en activistas y a activistas en suicidas.

¡Bueno!, al menos podemos empezar a descartar definitivamente la posibilidad de que esos metaneros transporten armas biológicas.

-¡Descartar! –Exclamó Glen. -¿Por qué?

-Primero porque en todas las inspecciones minuciosas que se han hecho, tanto de los barcos como de las tripulaciones no se ha encontrado nada en absoluto, y segundo, si realmente ese Hassan hubiese estado fabricando armas biológicas para DAESH, sería mucho más valioso vivo que muerto. ¿No crees?

Yo pienso igual que tu Matew. –Se giró Brenda hacia él. –Tras esta bajada inexplicable de los precios del petróleo y el gas se esconde una enigmática guerra económica.

Con esos precios han multiplicado por cinco sus ventas y aunque parezca que pierdan dinero, en realidad están ingresando tres veces más.

-Y el problema es que hemos perdido el rastro de ese dinero. –Añadió Matew. –No sabemos qué están comprando o a quién.

-Está bien. –Atajó Brenda. –Nuestro objetivo sigue siendo la deliberada llegada de esos barcos a nuestras costas. Si no van a hacerlos estallar ni llevan armas biológicas, ¿qué pretenden?

Glen se reclinó hacia atrás en su silla llevándose las manos a la cabeza y bromeó:

-¿Hacernos un regalo? Al menos Gonzales se lo está pasando pipa en Barcelona.

Pero Brenda no se tomó la observación como broma.

-Sí, exacto, un regalo. Un caballo de trolla. Quieren provocarnos una indigestión energética. O tal vez preparan un golpe en el mercado bursátil, o están comprando algo que se nos escapa, o saben que el gas pronto no va a valer lo que pagamos por él. O, o, o…Teorías, teorías y más teorías.

A Brenda no le gustaba nada llevar meses sin haber podido marcar una línea clara de investigación, y a sus jefes en Washington D.C. tampoco. Prosiguió:

-Llevamos demasiado tiempo sin averiguar su objetivo y eso no me gusta. Los barcos están al llegar y seguimos sin saber tan siquiera dónde va a parar el dinero. Tienes razón Glen, necesito a Gonzales aquí. Llámale.

Glen tragó saliva y miró a Matew de reojo intentando explicar con sus cejas que esa no había sido la intención de su comentario. De repente se dio cuenta de que Brenda, muy inteligentemente, le acababa de pasar una patata muy caliente.

Orán – Argelia

Un responsable de los servicios secretos argelinos se habría paso entre los cascotes del Consulado Español. En aquellas circunstancias nadie ponía objeción a que anduviera libremente por suelo extranjero. El Cónsul salió a su paso con la lista solicitada de los dos policías fallecidos y del resto de personal que se encontraba en el consulado en el momento de la explosión.

El agente argelino le dio las condolencias al cónsul y le ofreció todo el apoyo de su gobierno en todo cuanto necesitaran, incluido el reubicar temporalmente al personal en otras dependencias.

Miró la lista con detenimiento. Eran un total de doce personas, todas con nombres y apellidos españoles. Se alejó unos pasos del cónsul excusándose en que tenía que atender una llamada telefónica oficial y se llevó el móvil al oido.

-No, su nombre no aparece en la lista.

El receptor de su mensaje no contesto nada, simplemente le dio al botón rojo de finalizar la llamada y tiró el móvil a una fuente en el centro del hall del hotel. Se encaminó hacia la salida.

El skyline de los rascacielos de Dubai al anochecer, con todos sus modernos edificios iluminados daba la sensación de contemplar la culminación del desarrollo de nuestra civilización. Una megalópolis en medio del desierto sin sentido ni sostenibilidad alguna pero espectacular y atrayente.

La cara del personaje que contemplaba ese espectáculo arquitectónico era conocida. Se trataba de la misma que hacía dos días se había entrevistado con el Mahdi en una remota jaima del desierto saudí.

A pesar de la mala noticia, el personaje pensaba en que al menos tenía ya dos cabos sueltos anudados pero le quedaba un tercero. Tenía la esperanza de que Anouar se hubiera refugiado en el consulado. No aparecía por ningún lado y no podía permitirse la posibilidad de que delatase el plan.

No había otra forma de asegurarse que no se refugiaba en el consulado ni de justificar su búsqueda policial. Ahora era un sospechoso de terrorismo. Si no había salido del país, no tendría donde esconderse ni a quien acudir.

Si por el contrario había conseguido salir de Argelia, su único destino posible sin pasaporte sería volver a casa de su madrastra. Habían registrado ya su casa en Barcelona y encontraron un USB escondido que contenía información sobre la elaboración de la vacuna y eso significaba que podía existir una tercera copia.

Sacó un segundo smartphone de su bolsillo y envió un mensaje en clave a alguien en Barcelona. Era corto y tajante, tan solo decía: Nuestro hermano puede estar en Barcelona. Ayúdale a reunirse con su padre.

Un camión de recogida de basuras fue el medio elegido en esta ocasión para destruir el móvil. Lo arrojo a su paso y las ruedas hicieron el resto.

Barcelona – España

La noche en la suite del Hotel Juan Carlos I había sido larga y llena de sorpresas. Anouar acabó explicando que efectivamente guardaba una copia de su trabajo en la búsqueda de la vacuna contra el ébola, pero se guardó muy mucho de decir que creían que funcionaba. Al fin y al cabo, ahora resultaba cierto, su vacuna se mostraba imperfecta.

Por su parte, Dan Smith o en realidad el agente Donald Gonzales explicó a Anouar las grandes capacidades de obtener información de su empresa farmacéutica. Para conseguir la confianza de Anouar le habló de espionaje industrial y de cómo andaban tras él desde hacía tiempo y estaban al corriente de sus progresos. Al fin y al cabo esa explicación no era en absoluto ficción. Todas las grandes empresas, incluidas por supuesto las farmacéuticas tenían divisiones de seguridad, espionaje y contraespionaje. Quien crea que solo los gobiernos pueden mantener esos servicios son unos ingenuos. Desde la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética quedó demostrado que resultaba mucho más rentable espiar a los norteamericanos que desarrollar su propia tecnología. Hoy en día toda empresa con recursos suficientes considera una muy buena inversión averiguar qué hace la competencia.

Por la mañana las ideas estaban más claras y tras desayunar y descubrir la estrecha relación que se había creado entre Dan y su madre, Anouar decidió confiar en aquel hombre y explicó el borrado en Internet que se había producido de todo su trabajo.

Una vez más Gonzales se mostró incisivo intentando averiguar hasta dónde habían llegado en el desarrollo de la vacuna.

Se le escapaban los términos de Anouar sobre proteínas, glicoproteínas y bloqueantes, pero todo cuanto explicaba a través sus palabras, sus gestos, sus tonos de voz, sus inquietudes, le confirmaba que aquel hombre no había encontrado la vacuna contra el ébola. Por el contrario, se mostraba deseoso de llegar de nuevo a un laboratorio para ponerse manos a la obra.

De todas formas las órdenes de Brenda habían sido muy claras, tenía que llevarle a Estados Unidos como fuera.

El consulado de su país en Barcelona estaba cerca, a diez minutos justo al otro lado de la Avenida Diagonal. Arreglarían allí el problema de su falta de pasaporte y todo lo necesario para irse cuanto antes.

Gonzales mostró a Anouar los ficticios contratos que le habían remitido por correo electrónico y le explicó que no se preocupara por la información perdida en su anterior trabajo en Orán, su compañía tenía medios para recuperar los datos borrados del servidor.

Al oír aquello Anouar recobró el rostro de ilusión.

-¿Es cierto que se puede recuperar?

-¡Por supuesto! –afirmó Dan. –Todos los servidores hacen copias periódicas de las cuentas de sus usuarios y del contenido almacenado por estos. No será difícil que localicen una copia de seguridad con tu cuenta en activo y todos los archivos subidos a ella. Solo hace falta encontrar a la persona idónea y el precio justo.

¿Qué servidor utilizabas?

-AOL.com –contestó Anouar.

-Norteamericano, entonces ningún problema. Escríbeme aquí el nombre de usuario. –Tendió a Anouar una hoja en blanco y un bolígrafo. -Déjame hacer una llamada desde el otro cuarto, debo guardar cierta discreción.

Gonzales se retiró a la habitación contigua y marcó el teléfono de la NSA en Quántico. Tras identificarse y ser pasado con uno de sus superiores, solicitó que ordenaran la restauración de la cuenta que le había facilitado Anouar en AOL.

Al volver Gonzáles encontró a Anouar con el rostro cambiado, pálido e inexpresivo con su mirada fija en las noticias que daban por televisión.

Pese al humo y los cascotes Anouar reconoció al instante las imágenes del edificio del consulado de España en Orán. Era el segundo atentado de estas características que sufría su país. Unos meses atrás había sido en la embajada de Kabúl en Afganistán y ahora le había tocado a Argelia.

El primer plano sobre los restos calcinados del coche bomba dejó perplejo a Anouar. Reconocía lo que quedaba de aquel modelo mercedes CLS plateado, y esa matrícula, amarilla, “55055”, era una numeración fácil de recordar, y los últimos dígitos: “17” correspondientes al departamento de Argel. No cabía duda, se trataba del coche de Hassan.

Anuar fue directo hacia el teléfono fijo de la habitación. Marcó el número del móvil de Hassan pero no daba señal. Acto seguido llamó al de Amir pero también le salía el mensaje de apagado o fuera de cobertura. Finalmente alguien respondió en casa de los padres de Hassan en Argel. Anuar se mantuvo en silencio ante las preguntas del desconocido interlocutor y colgó el teléfono. Estaba claro, la policía había detenido a sus padres.

-¿De verdad crees que ese es su coche hijo? –Preguntó incrédula.

Lucía consolaba a su hijo de sus lamentos. Sabía que era como un hermano para él y que Anouar no podía entender su muerte en ese atentado.

Gonzáles permanecía en silencio observando con detenimiento cada reacción de Anouar. Anouar no era ningún terrorista y la expresión de sorpresa y horror en su rostro al descubrir que el que consideraba su hermano sí lo era no dejaba dudas al respecto. Comprendió que se habían equivocado por completo con él.

La llamada de Glen desde Atlanta no se hizo esperar. Su equipo había llegado a la misma conclusión que él. Las pistas que llevaban hasta Hassan no tenían nada que ver con la fabricación de armas biológicas y Anouar había dejado de ser un objetivo de investigación. Su jefa, Brenda le ordenaba volver en el primer vuelo disponible.

Eso era lo que Gonzales más detestaba de su trabajo. Se veía forzado a crear vínculos afectivos para conseguir llevar a cabo la misión y luego tenía que deshacerse de ellos. Normalmente era fácil cuando el objetivo resultaba culpable, pero en esta ocasión había jugado con la ilusión de personas inocentes.

Miró a Lucía, una madre enamorada del trabajo y bondad de su hijo. Miró a Anouar, un idealista que perseguía librar a la humanidad de un terrorífico virus. Ahora tenía que decirles que se olvidaran de las ilusiones que él mismo había generado, que su contrato quedaba cancelado y que de nuevo dejaba de haber fondos para lograr encontrar su soñada vacuna.

-Tengo malas noticias Anouar.

Al oír que no iban a contratarle, todas las esperanzas de Anouar para salvar a la humanidad se iban al traste. Era imperioso ponerse a trabajar cuanto antes e intentar desarrollar a tiempo una nueva vacuna. Estaba dispuesto a viajar a Estados Unidos y ayudar a ello y tenía que convencer a Dan de la necesidad de ello.

-No importa si no me pagáis. No busco el dinero. Os podéis quedar con la patente si queréis, pero me tenéis que ayudar a encontrar la vacuna. –Inquiría Anouar.

Lucía tampoco entendía a qué se debía aquel repentino cambio de opinión y preguntaba ¿Qué había ocurrido?

-No lo sé y os pido disculpas en nombre de mi empresa. Puede que solo se trate de un contratiempo y que en unos días esté arreglado.

-¡PERO NO TENEMOS UNOS DIAS! –Gritó desesperado Anouar ante el asombro de Dan y su madre. –No lo entendéis. Muy pronto el mundo va a necesitar urgentemente la vacuna contra ese virus. Nada ni nadie será capaz de pararlo a tiempo si no nos ponemos inmediatamente manos a la obra.

Ambos, Dan y Lucía permanecían en silencio sin entender muy bien lo que Anouar quería decir.

Al fin Gonzales probó a adivinar:

-¿Se trata de tu viaje al Congo?, ¿Hay una nueva epidemia? ¿Es eso?.

-Es peor que eso. El virus puede mutar y… -Se mordió la lengua. Anouar no podía decirlo, no podía confesar que él había trabajado en modificar el virus para hacerlo todavía más letal ni podía dar a conocer los planes del ataque.

-…Dan, por favor, tienes que hacer todo lo posible para que cambien de opinión.

-Sí, sí, claro. No te preocupes. Hablaré con ellos en cuanto regrese. –Intentó calmarle.

-¡NO! En cuanto regreses no. Tiene que ser ahora. Llámales. Tienes que volver a llamarles y convencerles para que me pongan a investigar cuanto antes.

Hasta Lucía estaba sorprendida de la conducta de su hijo. Estaba como ido. Tal vez le había afectado lo ocurrido en Orán. Por eso intentó calmarlo.

-Hijo, ya te ha dicho que intentará arreglarlo. Dale tiempo.

Por su parte Gonzales tampoco entendía esa conducta.

-Mira Anouar, si tienes conocimiento de una nueva mutación del virus o un nuevo brote debes de comunicarlo a las autoridades…

Por la cabeza de Anouar volvían aparecer las palabras de su fallecida madre: Gudu Anouar, gudu, gudu.

Estaba seguro de que Hassan no se había suicidado. Le habían asesinado y él sería el próximo, y después… el resto de la humanidad, incluida su madre.

Tenía que hacer algo. No podía quedarse esperando el fin de la especie humana. Al fin decidió confesar.

-Escúchame con atención Dan. Querías saber lo que hacíamos en Orán, no.

-Sí, ya me lo has contado, intentabais encontrar una vacuna contra el ébola.

-Sí, eso es lo que te he contado. Ahora escúchame atentamente. Tú también mamá.

Hace unos años que conseguimos la vacuna, pero decidimos que el mundo no merecía salvarse de la infección.

Ni Dan ni Lucía parecían entender muy bien lo que les explicaba.

-No me preguntéis cómo lo sé, pero muy pronto ese virus se expandirá por todo el mundo. Nada ya puede evitar eso. Creíamos que teníamos una vacuna para salvar al menos a parte de la humanidad, pero en mi viaje al Congo… -Tomó un trago de agua de un vaso y prosiguió. Estuve observando a un grupo de control contagiado con el nuevo virus al que suministré la vacuna.

-Pero hijo…no entiendo. –Dan cogió la mano de Lucía, la miró y le indicó con un gesto que callara y le dejara acabar de explicarse. Prosiguió:

-Todos excepto uno habían fallecido. Le tomé una muestra de sangre y hemos comprobado que el virus ha mutado y se ha hecho inmune a la vacuna. Por eso es tan urgente reanudar canto antes un nuevo tratamiento.

-¿Estás contagiado? –Preguntó Dan a la vez que se llevaba un pañuelo de su bolsillo a la cara.

-No, no creo, tomé precauciones, aunque puede. No sé. ¡Qué más da! Ahora el virus puede transmitirse por vía aérea así que… Sí, podría ser, debería hacerme un nuevo análisis de sangre.

Por un momento Anuar pensó que a pesar de todo, hicieran lo que hicieran poco importaba. Con barcos o sin barcos el virus acabaría extendiéndose. Quién sabe. A lo mejor se lo había contagiado ya al mafioso Cayetano o al capitán del pesquero o a toda esa gente en el aeropuerto de Orán que esperaban coger vuelos a otros aeropuertos del mundo.

Gonzales intervino: -Has dicho que muy pronto ese virus se expandirá. ¿Cómo estás tan seguro de eso?.

-Claro hijo, no te preocupes, se puede controlar. Ya se ha hecho antes. Ahora lo importante es llevarte a un hospital.

Anuar meneaba cabizbajo la cabeza. No le importaba morir tan solo le importaba poder al menos salvar un puñado de vidas, dar esperanza a su especie, aunque probablemente la naturaleza encontraría por si sola la forma de que unos pocos sobreviviesen.

-El día veinticinco, o sea, la semana que viene, el virus se expandirá por todo el mundo. Ahora es igual el cómo, pero si no hacemos nada, será el fin de todos nosotros.

Anouar buscó los ojos de Dan y vio en su mirada que le creía. Por su parte Dan, el agente Gonzales, en cuanto escucho la fecha de veinticinco la asoció inmediatamente con la llegada de los primeros metaneros a su país.

-¡Entonces el virus va en los barcos! –Se le escaparon sus pensamientos en voz alta.

Anouar se le dilataron las pupilas por efecto de la adrenalina. Había oído bien, había dicho barcos. Ese tipo le había engañado por completo. Se trataba de un agente secreto e iba tras él. Intentó evaluar sus posibilidades. El cuerpo le decía golpéalo con fuerza, déjale sin sentido y corre, gudu, gudu Anouar. Pero su mente le frenaba. No podía volver a Orán, no tenía su trabajo, y si intentaba esconderse unos u otros le encontrarían. Miró a Lucía, miró al hombre, miró la puerta.

Gonzales se percató de la peligrosa situación y se levantó lentamente sin dejar de mirar a Anouar colocándose instintivamente en una posición defensiva y buscando de reojo todo cuanto pudiera servir de arma.

Anouar se levantó dándose impulso con el butacón hacia adelante y golpeando con su cabeza como si se tratara de un ariete en el plexo solar de Gonzales. Continuó arrastrándolo con su impulso hasta que la espalda de su oponente golpeó la pared.

Gonzales estaba sin aliento, no podía respirar, pero recordó su adiestramiento y dejó de pensar en el dolor y reaccionar, juntó las dos manos formando una maza y la bajó golpeando fuertemente en la espalda a Anouar. Después de eso, y mientras ambos se desplomaban, rodeó con el brazo derecho el cuello de Anouar a la vez que se giraba liberándose de la pared y clavando sus rodillas en el suelo dirigió la fuerza de la cabeza de Anouar hacia la pared donde acabó golpeándola. Pero Anouar parecía un toro bravo y con una rápida elevación de su cabeza alcanzó la barbilla de Gonzales. Ambos cayeron de espaldas, pero el brazo del agente seguía haciendo presa en el cuello de Anouar.

Lucía por su parte había abierto la puerta de la suite y gritaba pidiendo ayuda.

Mientras Gonzales continuaba boca arriba sin soltar a su presa que pataleaba encima de él le conminó:

-No quiero hacerte daño Anouar, si lo que dices es cierto te necesito con vida. No me obligues. –Y apretó un poco más su tenaza. -Si quieres salvar a la humanidad, si quieres salvar a tu madre tienes que rendirte y dejar que te ayude.

Anouar cesó en sus vanos intentos de liberarse y levantó las manos en señal de aceptación. Se rendía.

Un taxi se acercó desde la cercana parada a un gesto del portero del hotel para recoger a Gonzales y Anouar, les llevaría al Consulado Norteamericano en Barcelona. Esperaban a Lucía que se retrasaba por necesitar ir al lavabo del vestíbulo.

La tarde era templada. Y la primavera en Barcelona invitaba a pasear por la ciudad bajo ese cielo azul claro.

No vieron aproximarse a la motocicleta, salió de detrás de los olivos que adornan el jardín de entrada y su conductor con una mochila a la espalda la llevó tras sortear los maceteros derecha hacia ellos. Gonzales instintivamente se giró hacia Anouar y le cubrió con su cuerpo para protegerle del atropello, pero nada podía salvarles de la explosión que se produjo a continuación.

Una bola de fuego se esparció hasta el vestíbulo y los altos ventanales del hotel se rompieron en mil pedazos por la onda expansiva y se transformaron en una atronadora lluvia de cristales.

Donde estaban los cuerpos de, Anouar y Gonzales ahora era tan solo el centro de un siniestro círculo negro de muerte que se extendía sembrado de restos calcinados hasta los próximos olivos.

En algún lugar del desierto arábigo

El correo se encontraba de nuevo ante el Mahdi en el interior de la misma jaima de hacía unos días aunque en otras perdidas laderas del mismo desierto.

La cara del Mahadi estaba seria, preocupada, y con un precioso pañuelo bordado en la mano con el que se tapaba nariz y boca.

Las noticias que traía esta vez no eran halagüeñas. No sabían cómo pero toda la información sobre la elaboración de la vacuna había sido divulgada.

Al restaurarse la cuenta del servidor de AOL mediante una copia de seguridad realizada el mes anterior, provocó que al actualizarse las fechas, el sistema detectara que los emails programados debían ser enviados.

-Lo siento mi Mahdi, no sabemos cómo ha sucedido. Neutralizamos a Anouar en cuanto le localizamos al llamar desde un hotel en Barcelona a casa de los padres de Hassan. Pero no lo hemos podido evitar.

Los americanos saben ahora de nuestro ataque y han alejado de la costa todos los barcos que transportaban nuestro ofrenda. Los gasoductos también están siendo inspeccionados. Te hemos fallado.

-En absoluto hijo. Nadie ha fallado. Es la voluntad de Alá que así sea.

Nuestro trabajo ya está hecho. La semilla está sembrada y Él juzgará ahora quien es digno de formar parte de su paraíso.

-Pero Mahdi, si el virus no llega a su destino…

Un repentino estornudo del Mahadi hizo callar al mensajero. Lentamente, el Mahadi se limpió su nariz y mostró a su huésped su pañuelo manchado con gotas de sangre.

-Hace ya tiempo que el virus está viajando por todo el mundo. Una providencial imprudencia de alguno de nuestros hermanos hizo que se infectase sin darse cuenta y contagiara sin saberlos a nuestros mensajeros.

Hemos sido nosotros con nuestros continuos viajes para trasladar los virus, las vacunas, las instrucciones cara a cara… quienes hemos ido sembrando por todo el mundo sin saberlo las semillas del Juicio Final. De aeropuerto en aeropuerto, de ciudad en ciudad…

Ayer me dijo otro fiel mensajero como tú que varios hospitales han alertado de casos similares al mío.

Ese joven Anouar cumplió bien su misión. Quiera ahora Alá tener piedad de los justos.

FIN


EPILOGO

En la historia de la vida sobre la Tierra el hombre es un recién llegado. Si tomásemos la extensión de un brazo como referencia de tiempo, el ser humano como especie y todas sus civilizaciones tan solo ocuparían las puntas de las uñas.

Nos creemos por encima de las demás especies y con derecho a abusar de la naturaleza sin darnos cuenta que podemos estar cambiando el delicado equilibrio que permite nuestra existencia.

Si no somos siquiera capaces de convivir entre nosotros y hasta consideramos enemigos a los de nuestra misma especie, ¿qué futuro nos espera?

En todos los países del mundo, hoy en día y como siempre ha sido, podemos observar que los ricos son cada vez más ricos y lo propio pasa con los pobres.

Por lo general, a lo largo de nuestra historia ese desequilibrio social se ha solucionado mandando a los pobres a conquistar nuevas tierras o a luchar por arrebatárselas a su vecino.

Motivar a la gente a que haga eso nunca ha supuesto un problema. Si no han existido fricciones recientes entre ambos bandos se crean o se inventan. Las mentiras, si son suficientemente repetidas, suelen acabar siendo creídas por la mayoría.

Al final del conflicto los ricos siguen siendo ricos y los pobres sobrevivientes dan gracias de seguir vivos.

Podemos engañarnos y creer que eso no volverá a suceder, pero tarde o temprano, unos fanáticos idealistas, un gobierno expansionista o el miedo hacia cualquiera de ellos nos puede llevar a una nueva guerra. Sobramos y lo saben.

Aunque tal vez sea la propia sobrexplotada naturaleza quien en busca de su equilibrio acabe por diezmarnos.

La particular esperanza que deseo conservar es que los ricos se den cuenta de que son ricos, porque si tienes dinero para comprar este libro en vez de comida puedes considerarte rico.

Sé que es duro y poco apetecible darse cuenta de ello. Tal vez sea hora de cerrar este libro y leer otro relato más alegre, pero piensa en lo maravilloso que podría ser si todos y cada uno de nosotros tomásemos conciencia de nuestra riqueza, y como Lucía, el personaje del relato, salváramos al menos una vida, pues puede que esa vida sea después quien salve a muchos de nosotros.

Pero si al final ocurre lo peor y se cortan esas uñas del extremo del brazo, la esperanza seguirá existiendo. El planeta se recuperará y una nueva especie sobreviviría y tarde o temprano ocupará la desierta vacante en la punta de la pirámide evolutiva.

La humanidad es en la actualidad una célula enferma con un virus en su interior que no cesa de transmitir órdenes egoístas que nos conducen a nuestra propia autodestrucción. La única forma de luchar contra ese virus es reconocer que todos hemos sido infectados con él desde el mismo momento de nacer.

El particular virus que todos llevamos en nuestro interior nos ha sido muy útil a lo largo de nuestra singular y excepcional evolución. Nos ha hecho crear herramientas para acumular recursos y conseguir dominar el medio. Nos ha propiciado desarrollar nuestra actual tecnología. Ese virus nos ha distinguido del resto de animales y nos ha elevado por encima de ellos.

Creemos que gracias a nuestro desarrollo somos más felices y que teniendo poder sobre el control de la naturaleza tenemos garantizada una cómoda existencia.

Todos los virus se comportan igual, se expanden se multiplican y acaban colapsando y matando a su huésped.

Pero, ¿cómo hace un virus para engañar a su huésped?

Gracias a mis estudios en biotecnología puedo resumir brevemente su funcionamiento:

Una célula necesita nutrientes e información del exterior para sobrevivir, al igual que una persona. Para ello tiene que saber qué posición ocupa en el cuerpo, cuál es su función, que debe aportar a la comunidad y qué debe reclamar de ella. Todo esto lo hace a través de los receptores de su membrana exterior que son como nuestros sentidos que nos relacionan con el mundo exterior.

Si un virus llama a la puerta de la membrana celular, debe transmitir un código químico a los receptores correctos para poder entrar.

En la naturaleza de la célula, en su ADN, se reescriben por evolución qué señales son correctas y cuáles no, pero los virus también evolucionan y van probando aleatoriamente nuevas combinaciones para intentar colarse. Una vez en el interior de la célula, los virus aportan una nueva información de lo que la célula debe realizar, en el caso de los virus malignos está claro: más virus.

Pero a pesar de la infección, a veces, todavía no se sabe bien cómo, ocurre que la célula es capaz de detectar la amenaza y crea proteínas bloqueantes que la inmunizan contra el virus. Después de eso pasa la información de cómo neutralizar el virus al resto de células y así consigue que el organismo entero sobreviva. Esto es precisamente lo que ocurre en los casos de los supervivientes del ébola.

Así andamos también los humanos. No todos nosotros somos capaces de detectar y bloquear nuestro omnipresente virus, pero es obligación de cada ser consciente el alertar al resto del peligro de esas falsas informaciones que nos pueden llevar a la autodestrucción.

No juzgaré si poseer ese virus ha sido hasta ahora bueno o malo, pero sí que insistiré en que considero que ha cumplido su misión y ahora debemos neutralizarlo. La vacuna contra ese virus, el del miedo, se llama AMOR.

1 Arma típica de los tuaregs parecida a una espada o sable.

2 Haussa: idioma tonal afroasiático hablado por los hausas 25 millones de personas principalmente musulmanes de Niger y Nigeria

3 El filovirus es una variedad de virus con genoma RNA de una sola cadena en vez del ADN.

4 Baraka es una palabra árabe que expresa suerte divina o bendición.

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