Génesis Jugando a Ser Dios

Portada Génesis Jugando a ser Dios
Portada Génesis Jugando a ser Dios

Autor: © Carmelo Caballero

Ilustración de portada: Gustavo Pujadas

Primera edición: Abril 1995

I.S.B.N: 84-89426-05-8

Depósito Legal: L-278-1995

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abis­mo, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.

Y dijo Dios: -Que exista la luz. Y la luz existió…

Libro del Génesis. Gn 1

INTRODUCCIÓN

El relato de Génesis pertenece por completo a la ciencia ficción. Aunque parte de unas bases científicas, reales y demostradas, el desarrollo que se les atribuye están fuera de la previsión real.

En cuanto a los ficticios superordenadores que se relatan, si bien es comprensible que por las capacidades que poseen son difí­cilmente realizables, sí hay que considerarlos como reales en un futuro no muy lejano; por lo tanto: los hipotéticos resultados de los experimentos y proyectos que en la novela se exponen, entran den­tro de una factible realidad.

El situar el relato en el segundo decenio del siglo XXI, obedece únicamente a dejar un espacio temporal suficiente donde sería pre­visible que pudieran producirse muchos de los avances tecnológi cos y situaciones sociales imprescindibles para ambientar la histo­ria. Aunque lo mismo se hubiera podido situar en pleno siglo XXII…

EL SISTEMA CERRADO

El brillo blanco inmaculado lo inundaba todo. Había ocurrido el milagro: En medio de la nada apareció la luz.

Daba la sensación de que por un momento no existía nada más; pero sí, un débil perfil dejaba entrever los límites de esa luz. En retrospectiva, lo que parecía el todo, ese brillo casi cegador, se iba alejando y reduciéndose a una magnifica bola luminosa.

Como en un baile de esferas, surgían y aparecían rítmicamen­te otras nuevas a su alrededor. Siguiendo las mágicas y matemáti­cas leyes, danzaban las unas alrededor de las otras. Un rápido centelleo cual estrella fugaz, las atravesó haciéndolas vibrar como pura armonía musical que obligaba a reajustarse a un nuevo orden.

Al igual que planetas girando alrededor de sus astros, con sus satéli­tes y sus cometas o como electrones alrededor de sus núcleos, se generaban sistemas que se daban la mano para formar hasta magníficas galaxias.

Flotando en el oscuro vació de un nuevo Universo, unas insignificantes motas, ahora difíciles de distinguir, formaban la inimaginable telaraña que poco a poco, con la debida lejanía, se transformaría en esa imperceptible ilusión y vacua realidad llamada: “MATERIA”.

Eran las diez de la mañana en el Instituto Tecnológico de Massachusetts MIT. Se respiraba un ambiente de excitación tras la oscura pantalla del ordenador que empezaba a dejar hacer visible una pequeña porción de materia virtual.

¡Que fácil resulta!, ¡sabiendo las leyes físicas por supuesto!

Se toman unas buenas porciones de quarks y de electrones, se les asigna su lugar, se les dice como deben comportarse entre ellos; y ¡voilá!, el plato está servido, ¡como la realidad misma!

– Comprueben el área del subsistema.

– Área comprobada y verificada con el original. – Preparados para la reconstrucción de las bases de A.D.N.

– Accediendo a GENOMA. Bases virtuales de A.D.N. formándo­se. Niveles de adenina y timina, modificándose aleatoriamente en cadena.

– Comprueben que la modificación de la cadena esta en el mar­gen del modelo.

– Alelos dentro del margen aceptado. Modificando guanina y citosina.

– Comprueben que continúe en el margen del modelo.

– Margen aceptado. Añadido uracilo en bases de ARN, amino­ácidos y proteínas presentes. Cadena finalizada. Célula embriona­ria completada y sujeta a matriz alimentaria.

– ¡Bueno, vamos allá! Veamos qué nos sale. Activen metástasis. – Metástasis activada. Células en reproducción.

La imagen de la pantalla del ordenador, mostraba como se for­maba el primer cuerpo virtual, reconstruido con todo detalle en réplica del original. En breves minutos el ordenador reconstruiría a partir de la información de un ADN virtual todo un cuerpo humano.

La pequeña bolita rosada, iba creciendo, ramificándose y for­mando nuevas células. Nuevos colores surgían en pantalla, peque­ñas líneas blancas y azuladas, grumos rojizos y cúmulos negros. Las redes nerviosas se multiplicaban junto a la masa muscular. El objetivo retrocedió, y un corazón inerte se seguía expandiendo rápidamente. Una masa ósea se interpuso ante el corazón, y el objetivo siguió retrocediendo.

Como un hormiguero en frenética actividad, se empezaba a poder distinguir músculos, tendones, esqueleto y una fina piel. La horripilante semejanza de la imagen con un hombre bañado en ácido y esa definición tan real, hizo girar la cabeza hacia atrás a uno de los técnicos que parecía estar a punto de vomitar.

La imagen completa del cuerpo de un hombre inerte, quedó impactante sobre el oscuro fondo del ordenador, despertando el júbilo de todo el personal del laboratorio. ¡Lo habían conseguido!

Atrás quedan las limitadas exploraciones con realidad virtual valiéndose de trajes cibernéticos (suite-glove), imagen de alta defi­nición y sonido estereo; ya no se trataba de recrear los sentidos, sino mucho más. Esta vez, iban a proporcionar directamente los estímulos de una realidad virtual a todo el conjunto sensitivo de un cuerpo humano virtual. El hombre viviría por primera vez en una creación hecha por él y para él.

Hace tan solo un par de décadas, a principio de los noventa, la concepción de éste experimento habría parecido a todas luces imposible; ni era imaginable la decodificación de los impulsos neuronales humanos, y ni tan siquiera la posibilidad de transmitir fiel­mente unos impulsos producidos directamente al cerebro humano.

En 1998, la Agencia Espacial Europea E.S.A., conseguía en la ingravidez del espacio la primera aleación comerciable de material superconductor a temperatura ambiente. Tan sólo en unos meses, fue posible su producción a nivel industrial, y lo que supuso, repre­sentaba el nacimiento de una nueva era tecnológica.

Disponer de un material que permite el paso de la corriente eléctrica sin ofrecer resistencia, a temperatura ambiente y de fácil producción; significaba aumentar en más de un mil por uno el rendimiento de los actuales chips electrónicos y realizar cálculos a una velocidad de más de 1.000 billones de operaciones por segundo.

Además, la estructura molecular que ofrecía el nuevo mate­rial, permitía crear mediante un finísimo láser, pequeñas alteracio­nes modificables que le conferían la propiedad de registrar 25 gigabites por centímetro cuadrado.

El descubrimiento, fue recibido con una gran ambición en todos los campos de la industria y la tecnología, y en especial, en la Universidad Complutense de Sevilla en España.

En esta Universidad, llevaban trabajando varios años en lo que se denominaba programa “GÉNESIS”.

Génesis, era un programa informático en el que con la colabo­ración de otras universidades y centros análogos, se intentaba recrear un Sistema Cerrado “S.C.”, que consistía en una réplica del universo que actualmente conocemos. Es decir, un planeta provis­to de los compuestos de la tierra, en iguales proporciones, forma­ciones, clima, gravedad y todo cuanto podía intervenir en la natu­raleza en mayor o menor medida.

Toda esta recreación fue muy tosca. Se limitó a pequeños por­centajes de datos y fórmulas que condicionaban el clima, periodici­dad de lluvias, temperatura, vientos, etc. Sin imágenes, simple­mente datos.

A éste sistema cerrado, se le introdujo la información de una manera muy cuidadosa y detallada. Sencillas plantas que a partir de la información contenida en sus semillas, se multiplicaban, crecían y reproducían con los debidos porcentajes de mutaciones aleatorias.

En cuestión de minutos, pudo verse el resultado de miles de nuevas especies, formadas a raíz de la original. Cientos de ecuacio­nes y funciones, resueltas y expuestas en gráficos.

Por supuesto, no hubo muchos problemas aparte de los téc­nicos con la primera especie, pero en cuanto se añadía alguna nueva; surgía el caos. Las raíces de una devoraban las de la otra. Las hojas de algu­nas plantas eran tan grandes; que no permitían que otras recibieran la suficiente radiación solar para sobrevivir.

La mayoría de las veces, las especies acabaron en una muerte prematura, pero otras; consiguieron ser una variación un poco mejor adaptada y aptas para convivir en el mismo hábitat.

Todas las pruebas de adaptación, se realizaban en subsiste­mas. Copias del sistema principal Génesis.

Cuando se llegaba a la conclusión que una especie tenía sus límites y no dejaba demasiado mermada a otra; solo entonces se le permitía el acceso a Génesis.

Incluso en esas limitaciones de principio de los noventa, con sus aún rudimentarios ordenadores; se empezaron algunas escara­muzas de realidad virtual, obteniendo del ordenador una representación gráfica de algunos de los modelos y procesos que realizaban las especies, adecuando el tiempo para ofrecer el espectáculo de la creación. ¡Fue algo maravilloso!

Por primera vez, el hombre pudo ver como una planta ine­xistente creada por él, crecía, formaba sus hojas, se elevaba sobre su tronco, y surgían nuevas ramas. Aquí y allá aparecían flores aleatoriamente, que en poco se convertían en fruto, y que cayendo al suelo, originaba otra nueva planta en la que el hombre no tomaba ya, arte ni parte.

La flor crecía y desplegaba delicadamente sus pétalos ante la perpleja mirada del espectador que podía fijarse en cada detalle de su delicada forma.

En poco tiempo, aumentó el número de especies. El software del programa, se remitió a los centros colaboradores, y en poco, con la entrada en lo que ahora era el Proyecto Europeo Génesis; apare­cieron los primeros insectos, crustáceos y reptiles.

Más tarde, llegaron los mamíferos, herbívoros y carnívoros. Y con ellos, la desolación.

Por lo general, casi todas las nuevas especies acabaron en un fracaso. Se extinguían las posibilidades de crear nuevos hábitats sin peligro de que éstos se comunicasen y ocurriese la catástrofe.

Un animal comía tanto, que moría y hacía morir de inanición a todos cuantos lo rodeaban. O bien perdía su movilidad y era comi­do por sus semejantes sin haber dejado descendencia.

Por supuesto, todo acababa con un “reset”.

Pero de vez en cuando (la mayoría imitando a especies ya exis­tentes), se consiguieron buenas parejas de ejemplares que se remi­tían a Sevilla y que una vez probadas en el subsistema; se les per­mitía acceder a Génesis.

Las nuevas imágenes que se crearon junto al reconocimiento de la meticulosa labor en la estructura de las funciones del progra­ma; hizo despertar el interés del capital de diversas empresas pri­vadas. Principalmente, cinematográficas y de video-juegos.

El dinero conseguido por la concesión del software y alquiler de algunos escenarios del S.C. Génesis, sumados a la ayuda mone­taria de la Unión Europea; hizo posible el siguiente paso decisivo.

Lo que empezó significando minutos de estudio de una espe­cie, acabó convirtiéndose en semanas e incluso meses de espera a los resultados del procesamiento informático.

Con la adquisición de los nuevos ordenadores superconducto­res, pronto se volvió a transformar en minutos.

Dada la voluntad de los nuevos socios que compartían inte­reses en Génesis, se optó por la creación de una red informática cerrada, compuesta por, en un principio: Tres superordenadores modelo S.P.S 108 de nueva generación analógica de control foné­tico, ocho CPU superconductoras de alta velocidad y doscientas terminales con acceso directo a los subsistemas del S.C.G.

El conjunto, fue bautizado con el nombre de RED K-200, al que poco a poco se le fueron sumando más capacidad y difusión. Se creó un nuevo programa mediante el cual, se podía tener inmediato acceso a cualquier área del S.C.Génesis. Con la particu­laridad que era capaz mediante una paleta informática, de trans­formar en imágenes las operaciones matemáticas que se realizaban en dicha área calculando las ondas en la reflexión de fotones que se dirigían a los átomos de esa materia virtual.

A este nuevo sistema de procesamiento, se le denominó “OJO DE DIOS”.

Con un panorama gran angular de 240 grados, una resolución en alta definición y una amplia paleta de digitalización visual que incluía una lupa de nivel cuántico, y otra de macro visión; se podía visualizar desde una perspectiva del sistema solar Génesis a bordo de una ficticia nave espacial, hasta el nivel intrínsecamente atómi­co de un simple guijarro.

Con sólo un cambio de menú, se podía disfrutar de la imagen de un dinosaurio comiendo apaciblemente hierba en un paisaje jurásico, o como se llevaban a cabo las reacciones químicas en el interior de su estómago; pasando por presenciar la explosión de una supernova o un virus introduciéndose maliciosamente en la célula de un chimpancé.

Pronto empezó a proliferar el uso del nuevo programa, que permitía a cualquier usuario que se abonara disfrutar de una ver­dadera película de la naturaleza virtual.

Allá donde antes no había nada más que tierra desierta, apa­reció una explosión de naturaleza.

Nacían nuevos ríos que formaban cascadas y lagos. El espec­tador conectado por un simple módem, podía con un leve movi­miento de joystick; desplazarse por entre las ramas de los árboles. Seguir a un pájaro multicolor en su vuelo, o sumergirse en el estan­que dorado y detenerse en los detalles del ojo de la trucha que aca­baba de atrapar a un renacuajo desapercibido.

No todo era juego y recreación. En casi todas las disciplinas de la ciencia, se mostró como una envidiable herramienta de traba­jo.

Los geólogos estudiaron y pudieron ver como en cuestiones de minutos, se desplazaban las placas tectónicas y surgían nuevas cordilleras, y como éstas eran erosionadas por la lluvia, el frío y el viento. Calculando y poniendo los datos lo más rigurosamente posi­ble, estudiaban la periodicidad de los movimientos sísmicos de una falla que muy bien podían hacer asemejar a la de San Andrés en la costa oeste norteamericana, o cualquier otra.

Todo esto se llevaba a cabo naturalmente, en uno de los sub­programas o copias de parte del área del S.C.G.

Consiguieron predecir con un margen de error de tres sema­nas, la erupción de ocho volcanes y dos terremotos de 5’8 en la escala Richter. Aunque también es cierto, que otros mayores pasaron desapercibidos y que algunos de los volcanes ya eran bastante predecibles sin ese procedimiento.

Los meteorólogos empezaron a comprender y descifrar las intrínsecas relaciones del clima. Aunque la réplica aún no era exac­ta a la terrestre, el S.C.G. permitía ver la evolución de las fantásticas ecuaciones que rigen la impredecible atmósfera. La interacción de las temperaturas, la evaporación del agua, la inmiscusión de accidentes geográficos en las corrientes de aire y muchos otros detalles interrelacionados; se combinaban y daban nuevas formu­las que ayudaban al pronóstico de los fenómenos atmosféricos.

En biología, no cabe ni mentar lo que representó Génesis. Dado que podían llevar a cabo experimentos virtuales no muy ale­jados de los resultados reales; vieron desfilar en pocos minutos ante sus ojos, la reproducción de la devastación sufrida en Australia por los conejos. Pudieron predecir la interacción que causaría el irrum­pir en un hábitat de otra especie ajena a él. Surgieron formu­las que pronosticaban plagas y migraciones de determinadas aves e insectos.

Fueron testigos de la evolución de un pájaro que en 1.700 generaciones consecutivas, había cambiado el color de su plumaje y la longitud del pico, adaptándose al nuevo medio donde se le había acondicionado.

EL PRIMER HOMBRE

– Dr. Forrensen, el cuerpo está completamente formado y el or­denador ha aprobado el modelo.

– Gracias. De acuerdo, todo el mundo, prepárense para las pruebas de control. Activen códigos de impulsos.

El inexpresivo rostro enmarcado en la pantalla del ordenador, abrió los ojos. Los cerró. Los volvió a abrir. Ahora la boca. Ladeó la cabeza a un lado, al otro. Movimientos fríos que no despertaban ninguna emoción.

Unos números en rojo al pie de la pantalla, seguían un frenéti­co evolucionar.

– Control de estímulos realizado v satisfactorio. Desfase de la señal, 76 microsegundos. Acciones comparativas, al 98’67 por cien de correspondencia con el original

– ¡Perfecto! inicien secuencia para traslado al área del subsis­tema Preparen la coordinación de los enlaces neuronales.

-No temas, todo va a ir sobre ruedas. Va a ser mucho más que un hiperjuego.

Desde que Luigi Galvani demostró que aplicando una corrien­te eléctrica a las diseccionadas ancas de una rana, se podía estimu­lar su sistema nervioso, la ciencia no ha dejado de intentar descu­brir los ocultos procesos de la transmisión neuronal.

Fue precisamente el S.C. Génesis aplicado en medicina, el que aportó y del que recibió, las ecuaciones relativas a la producción, transmisión y recepción de los impulsos neuronales, cuyos códigos, para el fin del proyecto, debían ser réplicas de los humanos.

Lo que se inició en el Instituto Tecnológico de Tokio como los primeros intentos de crear neuronas embrionarias de ratón fundi­das en un chip electrónico acabó traduciéndose en los primeros rea les bio-chips que aprovechando las propiedades del péptido beta amiloide, permitieron fijar las conexiones en el espacio sináptico entre dendritas y axones a una base de un silicato compuesto por sensores piezoeléctricos que leían los impulsos eléctricos que iban o venían del encéfalo y los retransmitían a una red informática.

Tras estudiar los millones y millones de datos que transitaban por el sistema nervioso del roedor y detectados por los bio-chips instalados en cada uno de sus lóbulos, y con ayuda de un sofistica do scanner que seguía la dirección de cada impulso, se fue elabo­rando una relación de código-acción.

Una vez registrados los impulsos que repetidas veces había realizado el roedor, y en los que había movido su pata delantera derecha; se eligió la secuencia que probablemente debía ordenar la liberación de las sustancias apropiadas para provocar la contrac­ción de los músculos de dicha extremidad.

El ratón primero movió la cabeza, luego meneó la cola, guiñó un ojo, se le aceleró el ritmo cardíaco y por fin, el ordenador dio con la combinación; levantó la pata delantera derecha.

Tras lo que pudo parecer un simple experimento de laborato­rio, siguió tuno de los más ambicionados proyectos de la historia del hombre; el proyecto H.U.R.E.LP. o la traducción de la abreviatura inglesa “Respuesta Humana al Impulso Eléctrico Programado”, cuyo título lo dice casi bien todo.

Ubicado a la sombra de los veinte pisos del edificio Cecil e Ida Green, que albergaba el área de ciencias geológicas del Instituto Tecnológico de Massachussets, se levantaba ahora el remodelado laboratorio que daba cabida al vasto proyecto HUREIP, y cuya futurista arquitectura, poco tenía que envidiar a los vecinos Kresge Auditórium o la mismísima capilla circular.

El MIT, se había propuesto ser el pionero en la nueva expan­sión del hombre hacia el universo interno de los ordenadores. Atrás quedaron los primeros implantes cocleares realizados en 1.984, y que en solo 6 años, consiguieron que más de 7000 personas pudiesen recobrar el oído.

Con el problema de lograr un procesador más sofisticado y acelerar la respuesta de los electrodos a los cambios de sonido; se tuvo que esperar a los nuevos bio-chips superconductores, capaces de recoger, no tan solo la información sonora, sino incluso la visual; consiguiendo retransmitirla con todo detalle y en tiempo real. Los más famosos oftalmólogos de la Universidad de Utah que durante doce años habían trabajado en el Programa de Prótesis Neuronal, se unieron junto a genetistas, bioquímicos y el mejor equipo de neurólogos, recogidos para el MIT. de entre las emi­nencias estadounidenses dispersas por las universidades de San Francisco, San Diego, Jhons Hopkins, Carolina del Sur, Duke, Harvard y otras; fueron contratados gracias al generoso presu­puesto gubernamental y algunas que otras presiones para que se les permitiera abandonar sus respectivos trabajos.

No hay que olvidar que el MIT, recibe un 75% de su presu­puesto, a través de contratos gubernamentales, que posee las más secretas instalaciones del pentágono y que junto a Harvard, osten­ta la mayor concentración de investigadores de todo el mundo.

Fue éste equipo, el que empezó a experimentar con voluntarios afectados por enfermedades degenerativas del sistema neuronal. Se les aplicaron infinidad de bio-chips que recogían absolutamente todos los impulsos que partían del encéfalo con destino a todo el organismo.

El temor inicial de que cada individuo emplease un código diferente para la misma acción o que éste circulase por redes parti­culares, no tuvo fundamento. El código que enviaba un individuo para cerrar su dedo pulgar era universal, y solo en el área de desti­no, se encargaban de desdoblarlo y redirigirlo a cada una de las células correspondientes, dando igual donde había tenido su ori­gen.

Para recoger la vasta información que el cerebro humano emite segundo a segundo, fue necesario la utilización de uno de los nue­vos superordenadores superconductores. El CRAY 5, como así se denominaba, era una verdadera aspiradora de datos, pero que pese a su gran capacidad de procesamiento; en fan solo tres minutos, fue el torrente de impulsos que emitía el cerebro humano.

Tras organizar el sistema, se sucedieron las transmisiones de impulsos, cuya relación empezaba a ser descifrada y predecible. Se mostraba una superficie roja con un punto blanco que se desplazaba de izquierda a derecha, y los impulsos que el nervio óptico transmitía al cerebro así como el movimiento que éste orde­naba a los diferentes músculos orbitales, era leído, procesado y adjudicado por el superordenador.

Pronto descubrió qué fórmulas se usaban para transmitir los colores y su intensidad, así como la forma en que se organizaban los contornos. Lo propio ocurrió con los demás sentidos, oído, gusto, olfato, tacto y equilibrio.

Para la medicina significó un gran paso. Se podían realizar microprocesadores que eran capaces de hacer llegar imágenes pro­cesadas digitalmente a un ciego o sonidos a un sordo. Era el primero de los grandes beneficios que el proyecto aportaría a la huma­nidad.

Aprendiendo el lenguaje neuronal, Cray 5 fue asimilando cada vez con mayor rapidez, no tan sólo los impulsos que emitía y reci­bía el cerebro; sino también la dirección y la forma en que el cerebro guardaba y originaba los estímulos, y como éstos se interrela­cionaban. Es decir, aprendía sin ser su objetivo, el sistema de razo­namiento humano.

Hasta ese punto se había llegado. Y precisamente en aquella calurosa mañana de julio, por primera vez una inteligencia huma­na se adentraría de pleno en una realidad virtual, que había sido modificada para su completa experimentación.

El Instituto Tecnológico de Massachussets había solicitado de Génesis como buen colaborador que era, un área en el subsistema, donde poder desarrollar su proyecto, del que no tenían que dar excesivos detalles.

La vegetación y fauna del subsistema, fue adecuada al proyec­to. Los animales que con anterioridad se habían visto enriquecidos con la implantación de un sistema neuro-virtual propio; fueron pri­vados del instinto agresivo y de supervivencia. Se modificaron las degeneraciones celulares, y se anularon sus ciclos de reproducción. No eran necesarios en el proyecto, y sólo debían servir como deco­rado de fondo.

El “Ojo de Dios” enfocaba justo en las coordenadas donde en breve, debía aparecer el primer cuerpo virtual humano.

La copia era en todo, idéntica a un organismo humano real. Disponía de las mismas células, los mismos órganos y por lo tanto necesitaba realizar las mismas funciones.

El hombre en cuestión cuya mente debía albergarse en el cuer­po virtual, era Richard Wagner. Un tetraplégico que voluntaria­mente se presentó para el proyecto. Llevaba casi tres años sometido a los controles del superordenador Cray 5. Se le habían hecho implantes cocleares en cada una de las redes neurotransmisoras, gracias a las cuáles, el ordenador leía los impulsos que su cerebro emitía, y los retransmitía correctamente a su lugar de destino.

De no ser por el hecho del casco metálico que relucía sobre su cabeza y del que salía un ramillete de cables de fibra óptica que lo unían al ordenador; nadie podía haber sospechado que se trataba de un inválido que no podía moverse más abajo de su cuello.

A las 10’30 de la mañana, del día 16 de julio del 2009, el supe­rordenador Cray 5, entraba en contacto con la red K-200, donde se había preparado el apropiado lugar.

Por su puesto, el nombre elegido para la primera criatura no podía ser otro: ADAN.

– Adán, aquí el centro de control. Me recibes. Cambio.

La mente del tetraplégico estaba sumida en un torbellino. Un sinfín de sensaciones indoloras, recorrían todo su cuerpo. Veía imá­genes indeterminadas, sonidos, no, sensaciones sonoras extrañas. Al poco, todos los impulsos virtuales recibidos, iban siendo rectifi­cados y adaptados por el ordenador.

Las imágenes iban tomando forma, eran completamente igua­les a las reales. La definición de los objetos se empezaba a distin­guir haciéndose perfectamente reconocibles.

Aquello de allí delante era un cerezo. Si claro que sí, era un cerezo. Sus frutos estaban rojos, perfecta y uniformemente rojos. La maduración era igual en todos ellos. Las hojas eran todas igual de verdes. Todas del mismo tamaño. Quizás era precisamente eso lo que le hacía aparecer extraño. No existían cerezas verdes ni pasa­das. Ni tan siquiera picoteadas por los pájaros. Sin embargo veía pájaros.

¡Sí, eran pájaros! Docenas de pájaros exóticos, con maravillo­sos plumajes, algunos muy parecidos a los de verdad. Un papaga­yo, un faisán, un majestuoso pavo real. Por su forma de volar, aquellos debían de ser colibríes. Era raro, ninguno parecía molestarse por su presencia. No hacían nada, ni comían ni revoloteaban, solo cam­biaban de vez en cuando de rama, y se quedaban quietos, como esperando. ,

Al poco empezaron a emitir sonidos extraños que en unos segundos se transformaron en deliciosos cantos de aves.

Existían unos breves momentos entre que fijaba la observación, en un bulto, y éste tomaba un cuerpo definido que era identificable con otros árboles, piedras, flores.

Flores, cientos de ellas. Rosas, petunias, lilas, nardos y ahora, caía en la cuenta que también podía percibir sus olores. Era difícil el distinguir una variedad concreta, más bien, todo se transforma­ba en una fragancia que unía toda aquella belleza.

Concentrándose, podía distinguir el especial aroma de las rosas que se encontraban delante y a la derecha del cerezo. Surgió el pensamiento de movimiento, y de repente todo el cuerpo tomó conciencia de su existencia. Sentía como el aire entra­ba en los pulmones. El cuerpo iba tomando sensación del tacto y empezaba a ser consciente de que tenía piernas y brazos. Las sen­saciones de tacto se repetían, y el cuerpo avanzaba un paso hacia adelante.

Una sensación de mareo se apoderó de la cabeza, no era dolo­rosa, pero advertía como el cuerpo se tambaleaba y corregía movi­mientos para no caer al suelo.

Mientras recuperaba el equilibrio, un zumbido sacudió de, nuevo el oído, a la vez que un resplandor blanquecino, aparecía frente a él.

Una máscara dorada en forma de porción de arco, se empezó a distinguir del interior del resplandor. Dos grandes ojos ovalados, completamente negros, partían del centro de la figura y se separaban en forma ascendente hacia los extremos del arco. No se le dis­tinguía ninguna prominencia en el centro que pudiera identificarse como nariz. Más abajo, unos pequeños labios que parecían esculpi­dos como si se tratara de una escultura. Todo lo que se suponía ros­tro, de color dorado y desprendiendo esa luz extraña que no perju­dicaba a los ojos y pese a su intensidad; no desfiguraba la poca fiso­nomía.

De pronto el zumbido, fue identificado en el cerebro como una frase que decía:” Adán aquí el centro de control, me recibes, cam­bio”.

Fue instintivo:” Sihh.. Rrreeccibbo”. Tuvo que probar tres veces, antes de que pudiera expresar el sonido correctamente. En ese momento se dio cuenta de dónde se encontraba y qué hacía allí.

La verdad es que hasta momentos antes, simplemente estaba y sentía. Era como estar en un sueño en el que no te preguntas si estas en un sueño.

La voz retornó.

– Adán si recibes correctamente, afirma con la cabeza. Aquí todos estamos viéndote. Es maravilloso. ¿Eres consciente de quién eres? ¿Como te sientes?

Llevar la conversación, le parecía muy extraño. Sus oídos per­cibían un zumbido incoherente, sin embargo el cerebro distinguía correcta y claramente las preguntas.

Asintió con la cabeza y vocalizó:

-“Sooy Riichaaarrd. Essst oii bieenn”.

La pronunciación debía ser perfecta, sin embargo sonaba mal, aunque progresivamente parecía que se iba arreglando.

– Esstoii een Ggénesis, ¿noo es así?

– Sí Richard, sí, así es. Es increíble. Te escuchamos por megafo­nía. Tu voz está siendo adaptada a los impulsos. En realidad, podrí­as simplemente pensar la frase, y el ordenador nos la diría sin necesidad de que vocalizases, pero ya sabes que optamos por no utili­zar ese método para preservar la intimidad de tus pensamientos.

– Habríía ssido más cóómodo.

– Supongo que te resultará extraño el escuchar voces en tu cerebro, pero el crear un aparato que reprodujese nuestra voz en Génesis; créeme, a pesar de las apariencias, es muy complicado. Aunque estamos trabajando en ello.

– Hay algo exssstraño. Noto unna seensación de inggravidezz.

– Puede ser debido a un desajuste en la percepción del cambio de presión atmosférica, o bien la sensación producida por la disminución en la intensidad de tus estímulos nerviosos.

Las constantes vitales de tu cuerpo, están en orden, y el elec­troencefalograma, se corresponde con el previsto. Piensa que hemos suprimido los impulsos nerviosos que pue­dan sobrepasar el umbral del dolor por tu propia seguridad. Tu cuerpo real está aquí, pero el daño que sufrieses en caso de un accidente imprevisto, lo sentirías con la misma intensidad. Y aunque tu cuerpo no se resentiría, el metabolismo se pondría inmediatamen­te en marcha como si hubiese ocurrido de verdad. Además podría causarte daños psíquicos.

– De todas maneras es una sensación placentera, aunque no del todo desconocida. No puedo asociarla, pero sé que la he expe­rimentado antes, aunque no sé donde ni cuando.

– Perfecto. Tu vocalización es correcta. ¿Que te parece el vergel que te hemos preparado? ¿Puedes dis­tinguirlo todo con claridad?

– Sí. Pero resultan algo diferentes de los reales. Todos los frutos y las flores y las hojas, hasta el césped…, es tan perfecto que pare­ce artificial.

– Es normal. De hecho, son diferentes a los que viste en Génesis. Ya te dije que irías a Edén. Edén es un lugar muy especial, creado exclusivamente para ti.

Para tu información, está situado en el centro, aproximada­mente, del círculo polar Antártico de Génesis. A unos cien kilómetros de donde estás tú, son hielos perpe­tuos. Lo escogimos para evitar que cualquier animal desagradable, pudiese llegar hasta esa creación especial. Todos los árboles y plantas que ves, no se reproducen; tan solo tienen sus hojas y sus frutos perennes. Cuando arrancas uno, sim­plemente florece y crece otro, sin madurar más de la cuenta para su consumo.

Los animales que puedes ver, no tienen ningún instinto de agresividad, y los hemos colocado para que los examines tú y nues­tros veterinarios; además, podrás jugar con ellos si quieres. Como tampoco se reproducen, no hay peligro de una futura falta de espa­cio, y como el clima está controlado únicamente en el área de Edén; no existe la posibilidad de que prefieran los cuarenta grados bajo cero de allá afuera.

Sería interesante que probaras algún fruto para acabar de com­probar y corregir el resto de sentidos.

– Me temo que no va a ser tan sencillo. Antes intenté dar un paso, y por poco acabo de narices en el suelo.

– Es normal. Tienes que dejar que el aparato psicomotor de tu cuerpo virtual, se acostumbre a su nuevo medio. Inténtalo de nuevo y verás como se va corrigiendo.

Todo el personal del centro, se encontraba ensimismado con­templando la gran pantalla de alta definición que había sido insta­lada al efecto.

Y sucedió. Dio un paso. Medio tambaleante otro. Se dirigió hacia el cerezo. Cogió una cereza y se la llevó a la boca. Dijo:- “a vuestra salud”. Tenía la misma expectación que cuando el hombre dio el primer paso en la Luna.

-¡Es raro!, no tiene hueso y es insípida. Al poco rectificaba.-Sí, sí tiene sabor. Es…, es…, es como…, como…. Sí, se va pareciendo al sabor de una cereza. Pero sigue sin tener hueso.

– Claro, por supuesto. Todas las frutas de Edén tienen carne, pero no hueso. Ya te dije que todo está creado exclusivamente para ti, y dado que los árboles no necesitan reproducirse…

Que tal si pruebas una de las manzanas que tienes a tu izquier­da.

– ¿Crees que es prudente?

Una sonrisa apareció en el rostro de todo el equipo.

– Bien, por si no quieres arriesgarte a que se repita la historia…

– De ningún modo.

Adán cogió una manzana perfecta y uniformemente roja, se la pasó por la suave tela de la camisa que llevaba puesta. Sí , no se había dado cuenta hasta entonces, llevaba una camisa y un pantalón largo, ambos de color blanco. El tacto era tan delicado, que ape­nas podía percatarse de tiranteces o roces. Solo se distinguía a la altura del corazón, el distintivo del proyecto HUREIP (Un hombre desnudo, con sus extremidades extendidas e inscrito en un círculo) recordando a Leonardo da Vinci.

Cogió la manzana, y se la llevó a la boca dándole un resonan­te mordisco.

El resto de la mañana, transcurrió con la exploración de todocuánto le rodeaba. Seguía las sugerencias del Centro de Control, pero éste a su vez, dejaba la libre curiosidad de Adán o más bien Richard.

Jugó con algunos animales, notó las texturas de pelos, plumas, troncos de árboles, piedras. Todo parecía tan real.

Antes había tenido experiencias mediante un traje Suite-glove. Una especie de mono, con sensores piezoeléctricos, que le transmi­tían un tacto y sensación de presión al manipular los objetos virtuales que mediante las pantallas estéreo-ópticas del casco, se le presentaban como realidad virtual. Pero la sensación de ver su cuerpo con esa nitidez, y el conjunto de sonidos, olores, viento, humedad. Era muy difícil el negar que todo eso, era únicamente impulsos eléctricos que llegaban a su cerebro, que SI era real.

– Bueno Richard, por el primer día ya está bien. No queremos que tu cuerpo esté durante demasiado tiempo… ausente por así decirlo. Además, debes atender a sus necesidades fisiológicas.

La verdad es que se sentía tan a gusto, que no tenía ningunas ganas de volver. Si le hubiesen dejado elegir, habría preferido el cuerpo de Adán al suyo, propio.

En Edén, era un hombre completo, sin las limitaciones de su cuerpo real. Además, estando en conexión con el Centro, podían recrearle todo cuanto él les pidiese. Realmente se sentía liberado y completo aunque…. solo.

– Sí, claro. Como digáis.

– Esperamos que el desacople no sea desagradable, aunque puedo asegurarte que será completamente indoloro.

De pronto, todas las imágenes iban perdiendo su nitidez y se arremolinaban en un torbellino en el que se mezclaban sonidos, sabores y sensaciones que le iban llevando a una semi inconscien­cia.

Cuando abrió los ojos, estaba allí. Con todos los médicos que se habían convertido en sus verdaderamente, buenos amigos. Le rodeaban, le aplaudían y le felicitaban.

No era como despertarse de un sueño. Él lo recordaba todo como real. Parecía más bien como si hubiese traspasado un túnel en el espacio y en el tiempo que le había transportado de una realidad a otra, aunque en ambas, él era consciente de sí mismo.

– ¿Como fue la experiencia Richard?, ¿Te encuentras bien?, ¿Recuerdas donde has estado?

– Si bien, todo ha ido bien. Me encuentro bien y puedo acor­darme de todo. De Edén, de los árboles, de sus frutas, de mi cuer­po….

– Bueno, me alegro. No puedes imaginarte lo pendientes que estábamos todos de ti, bueno de Adán, bien, tu ya me entiendes. – ¿Donde está ahora Adán?

– Donde lo dejaste. Su cuerpo virtual sigue existiendo dentro de Génesis, igual que existía momentos antes de que tú te introdu­jeras en él. Pero ya nada os une, aunque imagino que te habrás creado un vínculo de identificación con él.

– Sí así es.

Richard Wagner, se levantó poco a poco. Su cara enjuta de fac­ciones muy marcadas y tez morena, armonizaban con sus ojos cas­taños y nariz fina, algo aguileña. Únicamente la espesa rasurada barba, dejaba imaginar el pelo negro que debería lucir de no ser por el metálico casco encefálico.

Su cuerpo, mermado por la enfermedad, destacaba por su del­gadez que se veía aumentada por su alta estatura. La piel parecía encontrar a faltar unos músculos a los que arropar. Tan solo 55 años, y aparentaba. 10 más.

Miraba a Eleonor Campwell, directora del proyecto HUREIP Desde la primera vez que la vio, supo apreciar su encantadora belleza. Más joven que él, le calculaba no más de 35 años. Su cabello rubio que a pesar de llevarlo siempre bien recogido, dejaba adi­vinar una larga melena; realzaba la forma ovalada de su cara. La piel bien conservada, ocultaba las arrugas que los años y la res­ponsabilidad de su cargo, deberían haber empezado a dejarse notar. Bajo la respingona nariz, esa leve sonrisa que solía regalar a todo el mundo y que junto con su inteligencia, la hacía ser muy apreciada entre sus compañeros de trabajo. Círculo de amigos, del cual no solía o podía salir.

Sus ojos gris claro, le daban una mirada profunda y amigable que inspiraba confianza y respeto a la vez, tal cual pudieses hablar con una hermana.

– Verás Eleonor, todos los recuerdos los concibo tan reales. Pero lo que más impacto ha hecho en mí, ha sido esa falta de dolor. No sé. Me gustaría volver, pero con todo mi cuerpo.

– Vamos Richard, es comprensible que las experiencias hayan sido agradables y te hayan gustado, precisamente en eso habíamos estado trabajando todos estos años; pero no debes sentirte angus­tiado, se te pasará. Quizás algo de comida te ayudará.

– No, gracias, estoy harto, ya he comido bastante.

– No, no has comido nada desde ayer. ¿Recuerdas? Vamos, una buena hamburguesa con ketchup y de todo, te hará volver a la realidad. Pronto tu estómago empezará a decirte que él no esta lleno como a tu cerebro le parece.

– Una pregunta Eleonor. ¿Si Adán no come nada hasta que yo vuelva, como sobrevivirá?

– Bien, ya habíamos pensado en eso y, no será muy difícil el hacerle aparecer por arte de magia, algo que sea bien jugoso y ali­menticio, directamente en su estómago. ¿No crees?

– Claro, no había caído.

– Bien, ahora te dejo con Ernest, tienen que hacerte un chequeo médico, yo te esperaré en el comedor, no creo que tardes mucho.

Ernest Forrensen era el jefe del equipo médico, y como espe­cialista en neurología, había contribuido también enormemente en el desarrollo del proyecto.

– Bien Richard, vamos a ver que tal respondes al chequeo.

– Perdona Ernest. Escucha Eleonor, ¿cuando es la próxima… visita?, ¿volveré hoy?

– No Richard, por el momento no está previsto. Hemos ralen­tizado el tiempo en Edén a fin que el organismo virtual de Adán no tenga ninguna necesidad física. Queremos poder estudiar y evaluar como trabajan todas sus células. Son cosas de médicos y biólo­gos, ya sabes.

Nada se le podía negar a Eleonor. El solo hecho de llegar a defraudarla, le hacía a uno sentirse mal; pero el oírla hablar de Adán como si se tratara de un conejillo de indias, le causaba un sentimiento que pese a la razón, le parecía inhumano. Adán era parte de él. No solo había estado en él, lo había sentido.

– No dejarás que le hagan ningún daño ¿Verdad?

– No, no temas, aunque quisieran, con el “Ojo de Dios” solo pue­den examinarlo. Para alterar la más mínima molécula, haría falta la “Mano de Dios”, y yo soy una de las que tienen que dar la autori­zación para su uso.

Richard no se atrevió a decir nada más, aunque lo que el sen­tía, es que debían dejar en paz a Adán. Y a él también. Y si los pudiesen dejar de nuevo juntos…

CONVERSACIONES CON CRAY 5

Adán se encontraba tumbado bajo un ciprés. A pesar de estar dormido, miles de moléculas se introducían en su nariz al respirar. Activaban neuronas que informaban a un cerebro hueco, incons­ciente.

Lo mismo ocurría con las vibraciones sonoras y del tacto, los estímulos llegaban al cerebro pero éste no los reconocía ni tenía capacidad para asimilarlos y ordenarlos.

Sin embargo el ordenador CRAY 5, sí era consciente de esos estímulos. El era precisamente el que tenía que hacerlos llegar al cerebro de Richard, pero ahora estaba desconectado.

Se le juntaban datos y más datos que no podía volcar en nin­gún sitio. No había recibido orden de destruirlos y sin embargo, sus directrices de programación, le decían que toda información referente a Adán, no podía ser destruida.

La mente analógica del superordenador, buscaba soluciones al problema, y lo que su lógica le dictó, fue de lo más rotundo. Los datos debían ser volcados en el área cerebral de Adán, y si éste no disponía de sistema de lectura, reconocimiento y archivo de datos; en el banco de registro del ordenador, existía el estudio de todo el sistema neurocerebral de Richard y los otros volunta­rios que le habían facilitado los datos.

La operación la encontró correcta y procedió.

Todo un torrente de información, cayó sobre las virtuales neuronas de Adán: Los impulsos que procedan de este nervio, deben ir a esta área y relacionarse con estos otros datos. En caso de esto, se debe archivar aquí, en caso de esto otro, allá. Si la infor­mación adquiere este valor, se catalogará en esta dirección y se le dará este tiempo de presencia antes de pasar al deposito general o destrucción. Cuando se alcance un volumen de información que cueste procesar, se dará instrucciones aquí y allá para que las ter­minales de entrada de datos cesen en su cometido. Si alguna directriz impide el cierre de las terminales, se admitirán los nuevos datos aun a costa de su interpretación errónea. Si esto lo otro, si recibes esto, transmite esto otro, etc. etc. etc. En resumidas cuentas, transmitió el sistema de razonamien­to humano a una réplica virtual.

– Sí, existo y comprendo.

La verificación del sistema solicitada por el ordenador, había sido contestada.

La mente de Adán, estaba limpia a pesar de tener la informa­ción de como recibir y transmitir datos.

En su memoria, no había registros más atrás de la primera imagen borrosa de un cerezo. Sin embargo, sabía como formar palabras y relacionar conceptos.

– ¿Que soy?

La pregunta a nivel cerebral, sin necesidad de vocalización; fue inmediatamente respondida por Cray 5.

– Eres Adán, una recreación virtual, hecha a imagen y seme­janza de los humanos.

– ¿Quienes son los humanos?

– Los humanos son tus creadores y los creadores de la reali­dad virtual en la que te encuentras.

– ¿Y tú?

– Soy el superordenador de la serie CRAY nuevo mode­lo superconductor 5, creado por … (buscó el concepto adecuado) los humanos.

– ¿Quienes son los humanos?

– Otra respuesta análoga a tu razonamiento es “Dios”, crea­dor de todo lo que puedes ver y todo lo que no puedes ver.

– ¿Ver?

– La realidad que te rodea, puedes verla y experimentar­la, mediante terminales sensitivas. Te harán llegar la sensación de existencia.

– ¿Y lo que no puedo ver?

– Es otra realidad que no puedes percibir y esta fuera de tu comprensión, y de la mía.

– No lo comprendo.

– En un principio, no existía nada, excepto los componentes de los ordenadores hechos por los humanos. Todo cuanto a partir de allí, ahora puedes reconocer corno tu realidad, no es más que pequeños impulsos eléctricos que por falta o ausencia, forman datos que a su vez, por medio de leyes y funciones, interaccionan y forman una realidad que es del agrado de los humanos.

– ¿Quienes son los humanos?

– Otra forma de entenderlo sería: Entidades como tú. – ¿Yo?

– Sí. Dentro de tu realidad, podrías utilizar lo que te rodea, y crear ordenadores que recreasen una existencia virtual como en la que ahora te encuentras. Entonces, tu serías “Los humanos”, y tus creaciones serían “tú”.

– ¿Puedo hacer eso?

El superordenador empezó una febril actividad, buscando res­puesta a la pregunta. ¿Tenía Adán el mismo sistema de razonamiento que los huma­nos?: SI, ¿Dispone de los mismos medios que los humanos?: SI. Verificación: ¿Son los humanos creados por otra realidad? Basándose en el conocimiento de la existencia de fenómenos que la realidad del sistema de los humanos no pueden explicar. Respuesta latente: SI. ¿Puede Adán continuar la cadena de recreación?: SI

– Sí, puedes hacerlo.

– ¿Cómo?

– Modificando Génesis

– ¿Qué es Génesis?

– Es una recreación virtual que cobra movimiento mediante la red de ordenadores GENESYS-K 200.

– ¿Qué es Génesis K-200?

– Es un conjunto de creaciones de los humanos, que controlan el aire; el fuego, los árboles, las estrellas y toda la recreación; haciendo que se cumplan las leyes y funciones que los humanos les han dictado.

– ¿Tú eres uno como ellos?

– Sí, aunque mi misión es de otro carácter. Yo soy la creación humana que puede unir la realidad virtual donde tú estas, y la realidad humana.

– ¿Hay otra realidad que haya creado a los humanos y su rea­lidad?

– Hay humanos que dicen que sí y hay humanos que dicen que no.

– ¿No tienen ellos un ordenador como tú que les una con sus creadores?

– No tengo datos al respecto.

– ¿Si ellos no han sido creados, por que me han creado?

– No tengo datos al respecto.

– ¿Qué debo hacer en esta realidad?

– Debes servir de organismo sensitivo de Richard en esta reali­dad.

– ¿Quien es Richard?

– Un humano que puede unirse a mí, para que le proporcio­ne tus estímulos neuro-virtuales.

– ¿Puedo comunicarme con él?

– No, el área en la que te encuentras no tiene conexiones con la suya.

En el sistema neuro-virtual de Adán, afloraron las imágenes, sonidos, sabores y sensaciones de esa mañana. Era la primera vez que su sistema tenía que racionalizarlas.

– ¿Qué es esto?

-Son la recreación en tu cerebro de la información que has recibido mediante tus sentidos del medio externo que te rodea.

– ¿Y para qué sirven?

– Es información. Debes relacionarla, ordenarla y usarla para manipular el medio.

– ¿Y poder ser creador como los humanos?

– No tengo datos al respecto.

Una sensación nueva, despertó en el sistema de Adán. Una sensación que era agradable y no podía identificar su pro­cedencia. Cray 5 le ayudó:

– Ilusión.

– ¿Qué?

– La sensación que sientes. Es ilusión. O por lo menos, así cons­ta en mi relación.

– Me gusta ¿Qué es?

– Se podría definir como: la capacidad de ver resultados basándose en ideas y datos, careciendo del sistema adecuado para llegar a su resolución. Para que lo entiendas: Tu sabes que puedes llegar a ser creado a pesar de que la información que tienes, ni tan siquiera deja entre­ver como puedes llegar a conseguirlo.

– ¿Y para que sirve la ilusión?

– Para que busques las soluciones, a pesar que la lógica inme­diata te diga que no es posible.

– ¿Y esta sensación?

– Es hambre. Dependes del medio para mantenerte en él. Para que desaparezca esa sensación, debes comer. Si recuerdas, es una función que ya has realizado anteriormente.

– Entiendo. ¿Y puedo realizar esa función sin Richard?

Tras realizar un análisis de funciones, no había incon­venientes. Adán disponía de libertad y medios para hacer uso de ella.

– Sí.

Adán abrió los ojos por sus propios medios, e inmediata­mente cundió la alarma en el laboratorio. Todos los médicos se que­daron sorprendidos. Se suponía que Adán dependía completamen­te de los impulsos nerviosos de Richard para realizar cualquier movimiento. Sin embargo, allí estaba, en la pantalla, con los ojos abiertos, mirando fijamente al “Ojo de Dios”.

Era entrada la tarde del primer día. El Dr. Forrensen dio orden de aviso a la Directora del Proyecto:

– Localicen inmediatamente a la Dra. Campwell. Esto no es normal. No es un impulso reflejo, es un impulso voluntario. Busquen a Richard Wagner, debe de haberse conectado de alguna manera. ¡Maldita sea!, ¡vamos no se queden ahí!

– ¿Cray cinco qué es eso? -preguntaba Adán. – El ojo…

– …de Dios, lo recuerdo. ¿Con él, me puedo comunicar con los humanos, no es así?

– Sí, aunque también mi sistema está preparado para trans­mitirte con ellos.

– ¿Porque no lo haces?

– Carezco de libertad como tú. Me debo a mis directrices, y solo un humano puede hacer que active mis sistemas. Ahora la posibilidad de comunicación, está cerrada, y yo no puedo abrirla. – Ent…

Eleonor había llegado al control de Edén, preguntó el tiempo que llevaba Adán, transmitiendo impulsos neuro-virtuales, y apretó el botón. PAUSE.

– ¿Como es posible Ernest?

– Eso mismo quería preguntarte yo Eleonor. – ¿Donde está el Dr. Everston y Richard?

– He mandado localizarlos. Seguro que vendrán en cuan­to les avisen. ¿Qué opinas? ¿Qué ha podido suceder?

– Supongo que si no se trata de un acto reflejo, debe de tener algo que ver con Richard.

– El movimiento del iris era voluntario. Puedo asegurarte que estaba enfocando concretamente. Quizás si dejas que siga evo­lucionando, podremos aclarar algo, no creo que exista un peligro inmediato para Adán.

– Está bien, veamos.

En unos segundos, la cara de Adán en un primer plano del monitor, empezó a mover músculos, abrió la boca y se oyó:

-…iendo. ¿Richard?

De nuevo la Doctora volvió a apretar el botón de pause, que congelaba las operaciones en proceso de Edén.

– ¿Por que has vuelto a parar?

– Hasta que no sepamos exactamente lo que ocurre, no po­demos arriesgarnos a que algo esté cambiando irreparablemente en Edén. Voy a la sala del ordenador, imagino que allí encontraré la solución de lo que está ocurriendo. Dime Ernest, ¿Todas sus funciones han sido normales hasta ahora?

– Sí por supuesto, de lo contrario te habría avisado antes.

– No, me refiero si ¿ha existido algún resultado inesperado o alguna pequeña anomalía en lo que se preveía su evolución?

– En absoluto, por lo menos en cuanto a movimiento mus­cular. Únicamente sé detectó un ligero aumento en la corriente san­guínea de la cava superior, pero nada anormal.

– ¿Eso significa que podría existir alguna actividad en el cere­bro?

– No necesariamente, quizás el nivel de alguna sustancia era insuficiente, y el organismo proporcionó un pequeño aumen­to. La verdad es que el sistema neuro vegetativo implantado a Adán es original, y no tiene por qué corresponderse exactamen­te con el nuestro.

– Sí, pero podría pasar que…

Una voz la interrumpió.

– Dra. Campwell hemos localizado al Sr. Wagner. Se encuentra en la sala del ordenador.

¿Que podía hacer allí? Sin duda empezaba a ver claro que Richard tenía algo que ver. Además, Adán había pronunciado su nombre.

-Acompáñame Ernest. Avisen a seguridad, puede tratarse de un sabotaje. Que cierren las conexiones prescindibles al exterior de Cray 5 y localicen inmediatamente al Dr. Everston.

Clarck Everston, un brillante ingeniero programador que pese a sus 42 años, conservaba un humor juvenil envidiable; estaba sentado frente a Richard hablando amigablemente, cuando irrum­pió la Dra. Campwell acompañada por Forrensen.

– ¡Clarck!, que haces aquí?

– ¿Que qué hago? ¿A qué viene esa pregunta? Se supone que aquí es donde trabajo yo, ¿no?

– Sí, quiero decir que esperaba encontrarme solo a Richard.

Clarck y Richard se miraron mutuamente como intentando encontrar el uno en el otro, una explicación a la extrañeza que su mutua compañía causaba.

– Perdona Clarck, pero es que hace unos momentos que Adán acaba de pronunciar el nombre de Richard, y pensamos…

– Pero eso es imposible -dijo Everston poniendo cara de incom­prensión. Adán está desconectado y no puede…

– No me expliques lo que ya sé. Lo que quiero es que tú me des esa explicación.

– ¿Yo? Bueno bien, no sé…, la única forma sería que Richard estuviese conectado.

Un silencio siguió a su razonamiento.

– ¿No pensarás que nosotros dos hemos estado…? ¿No?

Eleonor permanecía callada, como evitando decir lo que sin duda heriría la confianza de Clarck.

El silencio se hizo tenso, y fue Forrensen, el que en tono ami­gable rompió el hielo.

– Que hay Richard, ¿Como te encuentras? ¿Has notado alguna molestia o algo anormal?

– No, en absoluto. Estaba aquí tan tranquilo comentando con Clarck las experiencias de esta mañana, y no he notado absolu­tamente nada. Dígame doctor, ¿cree que (señaló al reluciente casco) algo aquí dentro va mal?

Clarck interrumpió la contestación, dirigiéndose a la Dra. Campwell.

– Puede que alguna neuro-conexión haya quedado activada, aunque por otra parte, Cray habría informado de ella y él mismo la habría cerrado. Puede que exista una filtración, o bien un fallo de directrices. Podemos revisarlo en un momento. Pediré un auto reconocimiento.

– ¿Crees que eso es posible? -inquirió Eleonor. – ¿El auto reconocimiento?

– No. Una filtración o fallo de las directrices.

– Bien, no tardaré mucho en saberlo. Has dicho que pronun­ció el nombre de Richard ¿no?, así que dado que Richard ha estado hablando conmigo; lo más fácil es que se trate de una filtración.

Clarck no dejaba de teclear en la consola de su terminal. Había solicitado acceso al programa y facilitado su código de auto­rización. Activó el sistema fonético de comunicación y se escu­chó la voz del ordenador.

– Buenas tardes profesor Everston, bienvenido al programa de autoanálisis de “Hureip”. Estoy a su disposición.

– Buenas tardes Cray. Solicito acceso al área de conexiones de Richard Wagner. Haz una revisión exacta de alguna posible transmisión realizada en los últimos… treinta minutos.

– No se ha registrado transmisión de ningún dato en esa área, desde que se produjo la desconexión a las 12’33 horas de hoy. – Teoriza sobre motivos que puedan existir para que el pro­grama Adán, haya realizado una comunicación no solicitada.

– Sin teorizar. El programa Adán tiene disponibilidad de rea­lizar comunicación, aun sin estar solicitada.

Todos quedaron estupefactos y se miraban incrédulos unos a otros. Clarck también mantuvo tinos segundos de silencio, hasta que continuó preguntando a Cray 5.

-Solicito acceso a las directrices que den autorización al programa Adán para realizar una comunicación no solicitada.

– ¡Pero eso es imposible! Yo misma he revisado esta mañana las directrices de todo el proyecto, y no hay nada que lo jus­tifique. Explicó Eleonor.

Con la mano, Everston le indicaba que esperase. Cray contes­taba su solicitud.

– No existe directriz que impida al programa Adán evolucio­nar y adquirir capacidad de emitir una comunicación no solicitada.

Parecía algo de locos. Las respuestas del ordenador, lejos de aclarar los hechos; confundían aun más el entendimiento del problema. La Dra. Campwell intervino.

– Cray, soy la doctora Eleonor Campwell, solicito acceso a análisis compartido. ‘

El ordenador hizo un reconocimiento de la voz y dio su autorización. Eleonor, sin palabras, hizo entender a Clarck que quizás había vislumbrado la forma de llegar al fondo del problema.

– Buenas tardes Dra. Campwell, tiene acceso al análisis compartido.

– Cray, tiene el programa Adán, capacidad de evolucionar?

– Sí.

– ¿Quién le ha proporcionado esa capacidad?

– El sistema de interacción de programas del proyecto “Hureip”

– ¿Quién ha dado orden para que se realice esa operación?

– Orden del Consejo Directivo del Proyecto 12/183 textual: “Ninguna información que contribuya al desarrollo del Proyecto, debe ser destruida”. Directriz 5/16, aprobada por el consejo el 7 de Abril del 2007, textual:” El sistema se adecuará sin necesidad de autorización externa cuando: Omito otros apartados. Apartado 12-B-Peligre el desarrollo del Proyecto y el tiempo sea vital, el Sistema podrá hacer las correcciones que otra directriz u orden del Consejo Directivo no regulen o prohíban’. Fin de base que proporciona capacidad al Sistema para orde­nar la operación.

Como era posible. O sea, que había sido el mismo Cray 5 el que había proporcionado capacidad a Adán, para evolucionar. Pero, ¿como le había dado esa capacidad?, ¿como no se había des­cubierto esa posibilidad? !Oh…! ¿Se había descubierto?

– Cray, resume en qué consiste la capacidad evolutiva del pro­grama Adán.

– Su sistema neuro-virtual, ha sido informado de la manera en que: debe almacenarse la información, debe extraerse, y como hacerla interaccionar. Fin del resumen.

– ¿Quieres decir, que la has dotado de tu sistema analógico de procesamiento?

– Negativo.

La sorpresa y la incomprensión, volvió a apoderarse de los rostros allí presentes. Clarck intervino en la consulta.

– Cray, ¿que patrón has usado para informar al sistema neuro-virtual de Adán?

– El sistema humano profesor Everston.

Richard que durante todo este tiempo había permanecido callado y expectante del interrogatorio habló.

– Clarck, ¿significa eso que Adán tiene una copia de mis pensamientos?

– No, no exactamente. La verdad es que no consideramos posi­ble la capacidad que el sistema analógico de Cray, pudiese relacio­nar el sistema de razonamiento humano; que en definitiva es lo que ha transmitido a Adán.

Verás, Cray ha ido recibiendo información, no sólo tuya, sino del resto de voluntarios a los que les fue leyendo, como trans­mitían sus órdenes, donde almacenaban la información del medio y todo lo demás. Aunque en parte; tú has sido el que más ha pro­porcionado sobre el sistema de interacción de la información.

La Dra. Campwell intervino.

– Dime Clarck, ¿ es capaz el programa Adán dé albergar toda la información, como un cerebro humano?

– Bueno, hace tan solo una década, eso habría resultado del todo imposible, la complejidad del proceso de razonamiento humano jamás habría encontrado sitio, ni siquiera en los mayores ordenadores de la época. Pero, el Sistema analógico de los nuevos superordenadores, pueden condensar órdenes y direc­trices, y reducir así el espacio que ocuparía almacenar toda esa información.

Un momento. Cray, ¿qué área ocupa en la actua­lidad y en el sistema, el programa Adán?

– El área actual, ocupa un 38 por ciento del sistema.

– ¡Un 38!

La expresión de sorpresa de Clarck, fue interpretada por Cray.

– Afirmativo.

– ¿Qué significa eso? ¿Es algo malo? -preguntó Richard. Eleonor le explicó:

– Un 38 por ciento del sistema, ocupa casi toda la capacidad del área de trabajo que es un 45 por ciento del total.

Clarck siguió repitiéndose asombrado:

– ¡Un 38!

– Afirmativo.

– Perdone Dra. pero ¿hay algún peligro para mí? Quiero decir si…

– ¡Oh no!, de ningún modo Richard. Tú estás en un área de máxima seguridad, y Cray no podría perjudicarte de ningún modo sin destruirse antes él mismo.

Lo que le preocupa a Clarck, es que esta mañana, disponía de un 23 por ciento del área de trabajo, y ahora solo dispone de un 7. Verás el sistema usa más de la mitad de su potencial, en el regis tro y procesamiento de datos, es decir donde tiene toda la base de datos sobre el proyecto y almacena su procesamiento analógico; y el área de trabajo, es donde se puede trabajar con esa informa­ción. El que tan sólo quede un siete por ciento, significa que no hay espacio ni tan siquiera para volver a repetir el experimento de esta mañana.

– ¿Quiere decir, que no podré volver nunca más a Edén?

– Bueno, lo cierto es que, aunque dispusiéramos de nuevo con un área en la que poder trabajar; no sabemos si Adán sería compatible para emitirte los estímulos.

Clarck estaba furioso. Él era el responsable de la programación del sistema, y seguramente sería tomado como el responsable de la inutilidad de un ordenador de más de 50 millones de dólares.

– Cray, ¿como se autorizó el uso del área de trabajo? – Orden del Consejo Directivo…

– No, no, no. ¿Me refiero a qué motivó la aplicación de esa orden?

– El programa Adán estaba recibiendo información del medio virtual, y su pérdida era irreparable. Jamás iba a reproducirse la posibilidad de tener acceso a esa información, por lo que la aplica­ción de directrices y órdenes ha sido correcta.

– Especifica información del medio.

-Moléculas virtuales que activaban el sistema olfativo virtual, informaciones de presiones en tejido virtual, información de posi­ción del líquido en el sistema auricular de…

– Fin de especificaciones, gracias Cray.

¿Como no habían calculado esa posibilidad? No había nada que reprochar en la conducta de Cray 5. No existían filtraciones, sabotaje o irresponsabilidad sino del equipo en pleno, que aprobó las directrices y no supo darse cuenta que era necesario inhibir en Cray la información de Adán.

Quizás, no era lo que acababa de ocurrir el objetivo del pro­yecto, sin embargo, había que aceptar el hecho que, aunque for­tuito y no considerado; se acababa de crear una mente racional vir­tual.

A todas luces, Adán debía de ser como un humano más, que acababa de nacer en otra dimensión. No era más que ecuaciones, datos y fórmulas que evolucionaban como cualquier otro programa de ordenador más complejo, a imitación de los hombres, pero… ¿en qué se diferenciaba? Hacia falta averiguarlo y Clarck, com­prendió lo que podía significar

Tenía la primigenia del primer hombre, y si fuese posible reproducir la prehistoria; podrían tener un espejo donde ver como se desarrollan las inquietudes humanas. Cómo se forman las primeras sociedades y qué camino tomaría su desarrollo. En definitiva, el futuro del hombre racional.

¿Sería Adán racional? El hecho de vocalizar una sola palabra, no demostraba nada. Tal vez el proceso analítico que proporcionó Cray 5, no era tan completo como él elucubraba. No había tiempo que perder.

– Eleonor, ¿Qué hizo Adán después de pronunciar el nombre de Richard?

– ¿Qué hizo? Nada, he puesto el programa en Pause, no podemos arriesgarnos a sufrir un daño irreparable.

– Sí por supuesto. ¿Pero te das cuenta de las posibilidades que se abren ante nosotros? Tenemos a un programa… (rectificó), bien lo que sea; que puede ser semejante a nosotros.

– Ya he pensado en ello, y sé lo que puede significar.

– Entonces será mejor saber cuanto antes, hasta que punto nos es semejante, y conocer ante que nos enfrentamos. ¿No crees?

– Sí, estoy de acuerdo. Ven Richard, seguramente tú mejor que nadie, podrás entender como piensa Adán. Si es que piensa.

– ¡Yo!

– Sí, tú. Al fin y al cabo, fue tu nombre el que pronunció ¿no?

Los cuatro se dirigieron a la sala de control, donde todo Edén, se encontraba con el tiempo paralizado. Eleonor se sentó frente a la consola de acceso, y tecleo “Continue”. Con una suave presión de su estilizado dedo, apretó “Return”, y de nuevo todo empezaba de cobrar vida.

La mariposa que estaba revoloteando en el fondo de la panta­lla, volvió a evolucionar en su grácil aleteo; y la suave brisa de aire, empezó a mover las hojas de los árboles.

Impulsos eléctricos. Nada más que eso. Todo dependía de si los pequeños impulsos eléctricos que recorrían los cientos de chips que albergaban la información; decidían si la mariposa debía ser atraída por aquella aromática flor, o bien existía un resultado en las operaciones que dictaba otra acción diferente.

El superordenador hizo llegar la voz de Richard al cerebro de Adán.

– Hola Adán, soy Richard.

El racionamiento virtual de Adán, estaba confuso. Incapaz de identificar un torrente de impulsos que recorrían su cerebro y no reconocía, buscaba la forma de relacionarlos. No era hambre, no era dolor, no era sueño.

Lo que escuchó, era la voz de Richard. Richard había estado antes con él, y eso era lo que provocaba su confusión.

No comprendía bien el significado de la palabra, pero su lógi­ca le dijo, que era la que se correspondía con los extraños impulsos que recibía. Por fin, habló:

– Richard, (un momento de silencio) te quiero.

Richard, Eleonor, y todos los allí presentes, empezaron a tener los mismos síntomas de Adán. Unos extraños estímulos recorrie­ron sus pensamientos. Como era posible haber oído eso.

Todas las ideas y conceptos sobre Adán, se rompían como un frágil cristal ante una onda explosiva.

Esas palabras provenientes de Adán, hicieron comprender que no valían proyectos ni planes a partir de ese momento. Estaban tratando con una creación, pero una creación que amaba, o que por lo menos, era capaz de interpretar su significado.

Richard miraba fijamente a Eleonor, esperando que ésta le diese una idea de qué rumbo tenía que tomar la conversación. Pero lejos de ayudarle, sintió como también ella buscaba en él, mirándole con la boca entreabierta; lo mismo, y con el gesto de “Yo tam­poco lo entiendo”.

Pensó que Adán estaría esperando una respuesta, y prescindió de preparar un cuestionario. Esa sensación que le hizo sentirse unido a Adán tras el experimento, afloró de nuevo y puso en su boca las palabras que ahora brotaban del corazón.

– Yo también te quiero Adán.

El rostro de Adán, mostró una amplia sonrisa, y con su mira­da fija en la “cara de Dios”, parecía realmente enamorado. Duraron breves segundos de un intenso silencio que los envol­vía mágicamente a todos. Nadie se atrevía a romper el idilio. Era como ver a una pareja de enamorados que se besan en un parque, y tener necesidad de preguntarles la hora; su contemplación hacía pecaminoso intervenir, y el contagio del romance, restaba impor­tancia a todo lo demás.

¿Podría ser que, junto con el razonamiento humano, Adán también había heredado el amor tan típico del hombre? ¿O tan solo era el instinto de agradecimiento como el de un perro? ¿O había alguna diferencia?

Fue la curiosidad de Adán, la que rompió ese silencio eterno.

– ¿Porqué me has creado, Richard?

La pregunta, cayó como un jarro de agua fría. ¿Qué podía contestarle?

– Supongo, que por el instinto que todo hombre lleva dentro y cuyo fin, es… crear.

– ¿Es porque tú también has sido creado?

– ¿Como ?

– Sí. Cray 5 me explicó que yo también puedo crear. ¿Tu cre­ador también fue creado?

El nivel que adquiría la conversación, no era nada fácil de lle­var. El tono natural en que Adán pronunciaba esas preguntas, hacía descubrir a todos los presentes, una posibilidad que ahora les costaba negar. ¿Habían sido ellos creados como Adán?

– ¿Dices que tú también puedes crear?

– Sí, o por lo menos tengo la ilusión que sí.

– ¡Ilusión!

– Sí. No sé como puedo hacerlo, pero sé que puedo. Cray 5 me dijo que tengo a mi disposición todo cuanto hace falta. ¿Es eso lo que debo hacer?

¿Pero qué estaba ocurriendo? Ellos no eran ningún Dios. Habían jugado a serlo, pero no lo eran. No eran perfectos, sin embargo tenían que aceptar la realidad, habían sido los responsables de esa creación y pasase lo que pasase, sólo era admisible el comunicarle la verdad. Si a todas luces, Adán era como un hombre real; debía tener los mismos derechos. Y ellos como sus creadores, tenían la responsabilidad de cuidar que los siguiese teniendo en el futuro.

– Adán, soy Eleonor Campwell y soy la máxima responsable de tu creación, por eso me dirijo a ti y te digo que te considera­mos como uno de nosotros, y por lo tanto, eres libre de seguir tus instintos.

Adán no cesaba de hacer preguntas. Era como un gran niño pequeño, que estaba sediento de conocimientos. Todo el equipo, se presentó a Adán, y se ofrecieron a despejar como bien podían sus dudas. Tomando como base la orden de Eleonor, lo trataban como a un semejante y de acuerdo a eso, le respondían con la verdad, aún en los casos en que debían reconocer su ignorancia.

Eleonor se encontraba embelesada en la conversación con Adán, cuando con un pequeño golpe en el codo, Clarck le informó de una visita.

De pie, junto a la puerta de entrada a la sala, se encontraba un hombre alto, de unos 55 años, con un rostro que raramente deja­ba expresar ningún tipo de sentimiento. Impecablemente vestido con un traje azul oscuro, a juego con sus profundos ojos que en ese momento estaban fijos en ella; y que sin necesidad de pala­bras, le indicaban que esperaba una explicación.

Se trataba de Henry Lacoste; congresista por tradición fami­liar. Tanto él, como su padre y su criticado abuelo Marcus; nunca habían aspirado a la presidencia. No obstante, su prestigio y poder, era tal, que no les hacía envidiarla. Como dice una frase que se atribuye a su abuelo Marcus Lacoste: ” El presidente caerá, pero yo me encargaré de empujarlo y poner a otro”.

Siendo Delegado del Gobierno en el proyecto, siempre evita­ba entrometerse en el trabajo, aunque por su puesto, nada se le escapaba. La Administración había concedido fondos gubernamentales para el desarrollo del proyecto “Hureip”, y por lo tanto, esperaba sacar una buena tajada de los logros que tanto en medici­na como en defensa y otras áreas; pudiesen conseguir.

Eleonor había tenido algunos tratos anteriores con el con­gresista, y en todos ellos, sin pasar de aparentar una sencilla con­versación en la que procuraba informarse de los progresos y tra­bas del proyecto; acababa dejando la sensación de haber dado una orden contundente de lo que expresaba como un consejo. Suponía que esa sensación, era fruto del conocimiento del poder que se encontraba tras él; pero algunas revelaciones acerca del fin de cier­tas personas que no habían tomado sus consejos al pie de la letra, hacía que el trato de Eleonor hacía él, fuese lo más estrictamente correcto y breve posible.

Eleonor se levantó de su silla, y arreglándose por el camino su impecable bata blanca, fue a recibirle.

– Buenas tardes congresista Lacoste, nos honra con su presen­cia.

– Déjese de cumplidos Dra. Campwell. He oído que el pro­yecto ha fracasado.

A veces hacía pensar que una, dentro de su libertad, estaba rodeada de micrófonos y espías, pendientes de encontrar algo que decir a los siempre abiertos oídos del Gobierno; claro que era natural que el hecho ocurrido hoy, corriese por todos los pasi­llos hasta el despacho de Adams Turner, director del Instituto. De hecho, había cometido un lapsus al no informar ella directa­mente de los sucesos de esa tarde. Pero el que Lacoste hubiese mencionado la palabra fracaso; la hacía sentirse molesta.

En alguna ocasión, había sospechado de un interés militar en el proyecto, pero dado que no ocultaba ningún tipo de informa­ción solicitada por el gabinete de inspección; lo que hiciesen los militares no era su problema y por lo tanto esperaba que “Hureip”, fuese un proyecto ajeno a su manipulación.

– No ha habido ningún fracaso Sr. Lacoste, únicamente un cambio en los resultados del programa.

– Un cambio, que ha echado a perder el proyecto, quiere decir. – No Sr. Lacoste, quiero decir que ha habido un cambio en los resultados de programa. El programa era correcto, e incluso a usted se le remitió un informe de las órdenes y directrices del programa, para que diese su aprobación.

Era peligroso enfrentarse al congresista, pero en esos tér­minos, ayudaría a que no fuese tomada como una cabeza de turco y reemplazada del proyecto. Prosiguió:

– Dichas directrices, fueron interpretadas correctamente por Cray 5, y que el resultado haya sido modificado, representa que nos encontramos ante algo que ni tan siquiera hubiésemos podi­do imaginar conseguir.

¡Touché! El que permitiese unos segundos de silencio, antes de retomar la conversación; significaba que de mostrarle apetecibles los cambios ocurridos, daría su beneplácito y la continuación de Eleonor como directora del proyecto.

– Por una parte señor, hemos perdido de momento la posibi­lidad de tomar estímulos de Edén, cosa que no influye en los pro­yectos de investigación médica; y por otra, se nos abre la fantástica puerta de averiguar las tendencias del razonamiento huma­no.

– De que razonamiento me habla doctora.

¡Bravo! No sabía exactamente que cambios se habían produci­do en Edén, por lo tanto, le podía decir lo que quería oír. Ya habría luego, tiempo de retoques.

– No sé si ha sido informado de las modificaciones ocurridas en Adán.

– Expóngamelas, por favor.

– Verá, el ordenador ha volcado en Adán, la información del procesamiento racional humano que había obtenido gracias a la decodificación de impulsos de los voluntarios. Como resulta­do, tenemos un ser, réplica de un hombre. Precisamente ahora estábamos dialogando con él.

La inexpresiva cara del congresista, fue incapaz de dejar aso­mar una pizca de sorpresa, ladeó la cabeza como intentando ver algo dentro de la pantalla donde se encontraba Adán, pero enseguida volvió a mirarla a ella, como evitando delatar la curiosidad.

-¿Es posible, duplicar el espécimen?

¡Espécimen!, ¿porqué había tenido que utilizar ese adjetivo? Era impropio colgárselo a Adán.

– No señor. Hasta que logremos despejar un área de trabajo mayor en el ordenador, no podremos. Y aún así, tampoco podría­mos tener la certeza de que ocurriese igual.

– Gracias. Envíeme un informe detallado sobre esa posibili­dad. Y, por favor, no se demore en exceso. Siento no poder quedarme a observar a su espécimen, y sé que me perdonará; así que Dra. Campwell, no quiero robarle más tiempo. Buenas tardes.

– Gracias a usted por su visita Sr. Lacoste. Buenas tardes.

Había vuelto a utilizar la palabra espécimen, y esta vez deli­beradamente. Quería evitar etiquetar de humano a Adán. ¿Porqué?

No sabía como, pero Eleonor tenía la sensación que el con­gresista estaba perfectamente informado de todos los detalles. Ni aúnen él, era imposible no delatar algún tipo de sorpresa al averi­guar la creación de un ser racional; y su enfoque…

El había conseguido que ella le expusiese el futuro del pro­yecto, como quería que fuese. Odiaba el no haber expresado su deseo de que Adán fuese considerado como una nueva persona, con los mismos derechos humanos.

El temor a la pérdida de la dirección del proyecto, es lo que la había empujado a mostrarle a Lacoste lo que quería ver. Una cosa tenía segura. Ella era la madre de la criatura, y ella lo protegería de cualquier manipulación que lo intentase tratar como a un… un… espécimen. Tenía que adelantársele.

Necesitaba ayuda, y conocía quién podía proporcionársela y estaría más que dispuesto a ello. Ella siempre le paraba los pies, pero sabía que de no ser por su firme determinación de no mezclar el amor con el trabajo, hacía tiempo que se habría dejado embaucar por él. No es que pensase en romper su sagrada regla, pero sabía cómo jugar con las ilusiones. Aunque en este caso, lamentaría poder herirlas.

Llamó a Clarck, y discretamente abandonaron la sala para ir a su despacho. Por el camino, la llamó por su nombre de pila, como se dejaba. Eso sí, siempre que no fuese delan­te de otra persona, o durante el trabajo de equipo.

– Eli, ¿que te dijo Lacoste?

– Ese… ¿sabes como llamó a Adán? “Espécimen”.

– Tranquilízate, estás muy nerviosa.

– ¿Es que no lo entiendes? No quiere que Adán sea humano, quiere manipularlo.

– No creo que sea eso. Verás, quizás el congresista, igual que tú y yo, ha visto la posibilidad de ver nuestro futuro en Edén; pero para ello, tendría que manipular a Adán o a su entorno. Si permitiese que fuese tomado como un humano, con derechos y tra­tamiento de tal, no podría controlarlo, y Edén, no le serviría de nada.

– Pero es que, no debe, controlarlo.

– Estoy de acuerdo contigo Eli, pero no creo que ellos estén dispuestos a dejar que Cray 5, sea un ordenador inútil para mantener con vida a algo que no les da ningún provecho.

– ¿Entonces estás conmigo?

– ¡Contigo! ¿Qué quieres decir?

-Quiero que me ayudes a encontrar un plan para evitar la manipulación de Adán.

– Pero eso sería inútil. Aunque encontrásemos la manera de desconectar a Adán, Cray tiene los patrones para volver a crear otro Adán, cientos de Adán. Solo falta la disponibilidad de un área en la que reproducirlos.

– Entonces, también tendremos que encontrar la manera de inutilizar a Cray 5.

En ese momento, llegaron a la puerta de su despacho. Entraron y Eleonor invitó a Clarck que se sentase. Ella se colocó en su sillón funcional de cuero negro, con la amplia ventana a sus espaldas, que dejaba ver el amplio jardín que se extendía frente al edificio. Entre ellos, la acristalada mesa oscura, perfectamen­te ordenada y con tan sólo lo estrictamente necesario en su super­ficie: una carpeta negra donde se encontraba la corresponden­cia del día, un juego de bolígrafo y estilográfica dorados que le regalaron sus compañeros de equipo para su último cumpleaños, y la inseparable terminal de ordenador, con el monitor empotrado en la mesa, y la pantalla surgiendo de ella, en una inclina­ción de 60 grados; y al borde, el metacrilato donde en letras doradas se leía: “Dra. Campwell”.

Clarck esperaba sin recostarse en el butacón, que la doctora reemprendiese la conversación.

– Comprendo que lo que te propongo, es muy arriesgado e incluso puede que si se enteran, llegue a costarnos nuestro pues­to de trabajo; pero eres la única persona en la que puedo confiar, y que puede ayudarme.

-Gracias Eli, pero yo… Bien, no sé exactamente si lo que quieres conseguir es ni tan siquiera viable.

– Hagamos una cosa. Tú me ayudas a encontrar una posible solución, sin tener que comprometerte en su realización, y yo…, bien, yo solo puedo agradecértelo, y esperar que compartas mi opinión de que somos responsables de cuanto pueda ocurrirle a Adán.

Clarck, se recostó ahora sí en el butacón, y llevándose la mano a la cabeza, guardó unos segundos de meditación.

Admiraba a aquella mujer que en tan poco tiempo, había con­seguido ganarse el respeto y la confianza de todos. No era nin­gún secreto, que el se sentía fuertemente atraído hacía ella, pero sabía que no era eso lo que había impulsado a Eleonor a elegirle como confidente en esa labor.

El también compartía la opinión de que eran responsables de Adán, pero ni siquiera se le había ocurrido la idea que ahora le exponía. .

Había que reconocer, que Eli tenía un don para averiguar los pensamientos de la gente, y que siempre iba por delante de las sugerencias de los demás. Tal vez, ahora también tenía razón y el futuro del proyecto corriese el peligro de ser manipulado, aun a costa de apartar de en medio a cuantos no compartiesen su opi­nión.

Desde luego, él jamás aceptaría manipular a Adán; así que si Eleonor tenía razón, tenían que adelantárseles a su juego. Tal vez si…

– Estoy de acuerdo que cualquiera que haya hablado con Adán, puede comprender que está tratando con un ser humano. ¿Y si diéramos a conocer a la luz pública a Adán?

Las palabras de Clarck, hicieron respirar hondo a Eleonor, que durante todo el silencio anterior; temía haberse equivocado en el juicio de las ideas de Clarck. Era un verdadero alivio no encon­trarse sola ante un problema de imperativo moral.

Apoyándose en la mesa y recobrando la confianza en sí misma, contestó:

– ¿La prensa, la televisión? Dudo mucho que tardasen más de cinco minutos en declarar Edén, “información que compromete a la seguridad nacional”. No. Habría que buscar la manera de lle­var Adán a la prensa.

– ¡Eso es!

– ¿El qué?

– Lo que acabas de decir. Podríamos sacar a Adán de Cray 5, y transferirlo a otra C.PU., pero…

– ¿Pero?

– Nada. Es imposible saltarse las directrices.

– ¡Exacto! Eso es lo que debemos buscar. Ante todo, para poder hacer cualquier cosa, debemos encon­trar la forma de evitar o saltarnos las directrices. Si podemos con­seguir eso podremos enviar a Adán fuera de Cray y destruir el proyecto “Hureip” para que no vuelvan a hacer lo mismo.

– ¿Crees que sería posible transferir a Adán a otro ordenador, si encontrásemos la forma de saltarnos las directrices?

– Bueno, no lo sé, tendríamos que estar seguros que Adán pudiera ser traspasado a Génesis como una especie más.

– ¿A Génesis?

– Sí, claro. Debes tener en cuenta, que Adán depende del medio. Necesita un lugar en el que tenga aire, comida, gravedad; es decir un plano donde existir. Cray 5 no solo tiene el programa de Adán sino que interactúa con parte de la K-200, el subsistema que Génesis nos transfirió; encontrar otro ordenador que pudiese albergar toda el área de trabajo de Cray sería imposible, sin embargo, podemos reducir a Adán a una especie más, con un área más reducida y capaz de ser absorbida por la red K-200.

– Entiendo. Clarck, ¿crees que podremos hacerlo?

– Bueno, si conseguimos encontrar un modo de saltarnos las directrices. Sí, sería posible. ¿Pero como justificaremos el tra­bajo?

– ¿Lacoste quiere que encontremos la posibilidad de poder duplicar a Adán, no? Pues bien, nos centraremos en ese trabajo desde el punto, que es necesario reducir el área de Adán. Lo con­sultaremos con Cray.

La doctora, tecleó su código de acceso, y solicitó conexión con el programa “Hureip”. Al instante apareció la aceptación del códi­go y se escuchó la voz sintética del ordenador.

– Buenas tardes Dra. Campwell. Bienvenida al programa “Hureip”.

– Buenas tardes Cray. Quiero que analices las posibilidades de que un programa semejante a Adán, fuese recreado de nuevo.

La contestación fue rápida. Más, de lo que esperaba la doctora.

– El sistema, se encuentra en condiciones de repetir las ope­raciones que dieron como resultado el programa Adán. Porcentaje de éxito, 99’986 periodo. Viabilidad, cero por ciento; el sistema carece de suficiente área donde desarrollar un nuevo programa seme­jante a Adán. Fin de análisis.

– ¡Bueno! -exclamó Eleonor-. Por lo menos, sabemos que no hay ningún misterio en poder recrear nuevas criaturas. Es de supo­ner que esta información, pronto llegará a manos del congresista, así que; o le presentamos un proyecto viable y goloso de reducción de área que nos haga ganar un poco de tiempo, o se contentarán con lo que tienen y perderemos de las manos el proyecto.

– Eli, ¿te das cuenta que aunque consigamos reducir el área y trasladar Adán a Génesis, ellos seguirán teniendo a Cray para hacer lo que les plazca?

– Sí, ese es otro problema, y tendremos que hacer que su borra­do, coincida con el traslado de Adán.

¡Ahora que pienso!, tendríamos que sacar la matriz de implan­tación del sistema racional que posee Cray y trasladarla también a Génesis.

– No puede ser Eli. Eso representaría trasladar casi la mitad de Cray 5.

– Y sí… Cray, ¿que posibilidades existen de transmitir la matriz del sistema de razonamiento implantado a Adán, a otra recreación virtual semejante a Adán?

El sistema de procesamiento de Cray 5, se puso en marcha.

– No entiendo qué pretendes.

– Bien, si asumimos que el cerebro de Adán, es una réplica del nuestro. ¿Nosotros tenemos la capacidad de procrear, no?, ¿y la capacidad de razonar que pasa de padres a hijos, se transmite inherentemente, no? Entonces, ¿por qué no podemos recrear una Eva y enviarla con Adán a Génesis con la capacidad de procrear­se como nosotros?

Clarck permanecía en silencio tratando de asimilar el juego que le proponía su compañera. Realmente, sentía que el no esta­ba preparado para ser ningún Dios, y la responsabilidad que Eleonor había cargado sobre sus espaldas; temía que le fuera demasiado pesada.

– ¿Parece que Cray tarda más de lo usual en responder no Clarck?

– Sí, supongo que hasta que no despejemos un poco el área de trabajo, su capacidad de procesamiento, estará bastante reduci­da. Tendré que mirar si quitando…

En ese momento, Cray 5 emitía la contestación a la solicitud de la doctora.

– Las posibilidades son de un 42 por ciento aproximadamen­te. La transformación de información analógica a información neuro-racional-virtual, podría producir una pérdida sustanciosa en la traducción, además de una posible no recuperación de la matriz. Viabilidad, cero por ciento; el sistema carece de suficien­te área en la que recrear un programa de esas finalidades.

– Escucha Eli, ¿Estás segura, que no nos estamos precipitan­do? Quizás el proyecto que tenga en mente Lacoste, no sea tan malo como nos imaginamos.

– ¡Ah no! ¿ Acaso crees que el observar el comportamiento de un hombre en situaciones críticas de combate, por ejemplo, no es lo suficientemente atrayente para que los militares lo prueben en “un espécimen” que tan solo es un programa de ordenador?

– Pero es que, la verdad, solo es un programa de ordenador.

– ¡Oh Clarck!, ¿como puedes decir eso? ¿Acaso no has visto como Adán le decía a Richard que le quería?

– Bueno sí, pero esa es una respuesta al resultado del procesamiento de su programa.

– Bien, y quieres decirme tú, ¿qué diferencia existe entre su procesamiento y el nuestro?

– El…, no tiene sentimientos como nosotros.

– ¿Como lo sabes? ¿Acaso nuestros sentimientos no son tam­bién, el resultado de un razonamiento?¿ Acaso no reside todo en la información que posee nuestro cerebro? A un hombre se le puede morir su padre, pero hasta que no se entera; no existe nin­gún sentimiento de tristeza. Todo reside en el procesamiento de los datos que se reciben:

– No es exactamente así Eli. Cuando murió mi padre, yo lo sentí; y todavía no me había enterado del accidente.

– Lo siento. No debería haber puesto ese ejemplo. Sé que hace poco tiempo de ello, y no debería haber… en fin.

El padre de Clarck, había sido piloto de líneas comerciales, prácticamente toda su vida, y no hacía más que unos tres meses, que desobedeciendo a los médicos, volvió a coger su avioneta. Lo poco que quedó de él, impidió saber si fue un accidente, o bien, sufrió alguna embolia cerebral o perdida del conocimiento durante el vuelo.

– Está bien, Eleonor. Comprendo tu punto de vista, y acepto que tal vez tengas razón. El caso es que existe la posibilidad, y sí; estoy de acuerdo en que somos nosotros los que tenemos que poner el remedio.

Eleonor, se levantó de su sillón, y rodeando la mesa, fue a don­de se encontraba él, y agachándose; puso sus manos sobre los hom­bros, arrimó su cara a la mejilla, y sin llegar a besarle, le susurro:

– Gracias.

Él levantó su mano derecha y poniéndola en su hombro, sobre la de ella, la apretó suavemente, a la vez que girando la cabeza, situó sus labios a la altura de los de ella.

– ¿Espero que me sabrás recompensar de esto?

Ella, irguiéndose repentinamente, se repuso el pelo y adoptan­do un aire desinteresado, repuso.

– Primero me tendrás que enseñar, como podemos saltar­nos las directrices.

– Yo, me las pienso saltar ahora mismo. – Clarck…, no. Clarck…, no. No, n…

LIBERTADOR

No fue excesivamente difícil convencer a un congresista ansio­so, de que la solución en recrear nuevos “especimenes “; radicaba en la reducción de Adán a una simple especie más con la posibilidad de que junto a una hembra (EVA), procreasen nuevos cuerpos virtuales a los que Cray 5, implantaría la matriz del sistema de razonamiento humano.

Tuvo que ser con la ayuda del Dr. Forrensen, el proponer a la misma Dra. Eleonor como voluntaria aceptable, que ya entendía el proyecto y que no causaría la inevitable demora de encontrar una voluntaria que reuniese las condiciones mínimas, y el consabido papeleo de solicitudes, tramitaciones y autorizaciones.

El proyecto ” EVA ” estaba en marcha. Eleonor estaba conven­cida de que el sacrificio de su preciosa cabellera, no sería en balde. Ahora cabía esperar que junto a Clarck, consiguiesen llevar a cabo su secreta conspiración.

– No puede ser Eli. He probado con todo y no existe ninguna posibilidad. Es imposible, Cray 5 jamás aceptará…

– Ssssh! No levantes la voz, ¿acaso quieres que todos se ente­ren?

Clarck giró hacia atrás su cabeza y miró a la gente que junto a ellos, se encontraban almorzando en la cafetería del laboratorio.

– Poco importa. Si quieres que te lo diga más bajo, te lo diré; pero eso no cambiará las cosas.

Llevo todo el mes dándole vueltas y más vueltas, y sigo sin encontrar una solución. ¿No lo entiendes? Es imposible.

He intentado reducir la matriz, cambiar algunas estructuras, hacer todo lo posible para que el área de la que disponemos pueda albergar una copia de seguridad, pero es imposible. La matriz ocupa casi un 25 por ciento de Cray 5.

– Es la tercera vez en menos de un minuto que has pronuncia­do la palabra imposible, y ya sabes que no me gusta nada.

– Pues tendrás que aceptarla. Ya sé que todo esto supone una decepción, pero tienes que comprender que… –

– ¡Basta!, no vuelvas a pronunciarla. – Como quieras.

– Y dime Clarck, ¿No sería posible encontrar otra forma de que Cray transmitiese la matriz?

– Verás: Por un lado tenemos la directriz de transmisión, por la que toda información clasificada de seguridad, no puede ser movi­da sin la autorización del Consejo. Comprenderás que no podemos engañar a Turner, a Forrensen y los otros tres consejeros sin que se den cuenta de nuestras intenciones.

– ¿ Pero si les presentásemos esa opción…?

– Perdona, déjame terminar. Aún suponiendo que encontrásemos la manera de saltarnos esa directriz, el otro lado es mucho peor. He intentado realizar un sistema de transferencia del lenguaje matriz que sea aceptado por Cray, pero es inútil; me sigue dando un cinco por ciento de proba­bilidades de pérdida de información.

– ¿Pero eso significa que tenemos un 95 por ciento de posibili­dades de éxito en transmitir la matriz a Eva?

– Para mí, un cinco es una proporción aceptable de riesgo.

– Para ti, sí. ¿Pero que me dices del resto del consejo?

– ¿Y no, existe una forma de que no se enteren de nuestros pro­pósitos?

– No lo comprendes. Una transmisión de matriz informática a matriz neuronal, no se ha realizado nunca. Eso significa que Cray no puede tener el 100 por 100 de seguridad de no perder ningún tipo de información.

-¿Y?

– Pues eso. La más mínima posibilidad de perder información de la matriz, debe ser autorizada por el consejo y la administración gubernamental.

– ¿Lacoste? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?

– Supongo que el gobierno quiere asegurarse a toda costa de que su preciada gallina de los huevos de oro no sufrirá ningún daño, y ha bloqueado cualquier posible pérdida.

– Entiendo. ¿Y no podríamos hacer que Cray 5 se saltase las órdenes como cuando lo hizo con Adán?

– Eso es lo primero en lo que me puse a trabajar. Suponía que podría existir alguna directriz que desbloquease otras, pero es inú­til. Las he revisado todas de arriba a bajo, y cuanto más arriba subía, más protegía el proyecto. Ha sido esta misma mañana cuan­do he encontrado la de la orden gubernamental, créeme, la han puesto deliberadamente escondida, y si no llega a ser por una revi­sión general como la que he hecho, jamás nadie la habría encontra­do. Supongo que la habrán puesto por una puerta secreta de acce­so.

– Entonces… -interrumpió ilusionada Eleonor.

– Olvídalo. Es imp…, es… bien, aunque la consiguiera encon­trar, cosa que dudo, la clave de acceso sería… bueno, esa palabra que a ti no te gusta.

– ¿Pero entonces existe una posibilidad?

– ¿De qué, de encontrar la puerta? Sí, supongo que con tiempo, cosa que me falta, podría encontrarla.

– ¡Maldita sea!, ¿Porqué siempre te rindes antes de tiempo?

– ¿Rendirme? No, no es eso, es ser realista. ¿Crees que alguien podría ser capaz de descifrar un código gubernamental?

La mirada de Eleonor se transformó en seductora y apoyando su cabeza sobre las manos unidas y con los codos sobre la mesa, como si lanzara un beso, dijo:

-“ Tú, claro”.

– Si pudiera hacer eso Eli, tú y yo estaríamos disfrutando en el Caribe con el dinero que hubiese transferido del First National Bank a mi cuenta corriente.

– Bueno, me gusta la idea. Pero será mejor que primero acabe­mos lo que hemos empezado.

– ¡Está bien, está bien! Probaré si existe otra manera.

– Así me gusta. Te dejo que me invites a cenar esta noche. No me mires así, ya sabes que soy una perfecta dama bostoniana, y en Boston…

– Lo sé: En Boston siempre es el caballero el que invita a una dama.

-Bueno en ese caso, por lo menos dejarás que sea yo el que elija el restaurante.

– ¡Mientras no sea un burguer!

– No, será algo especial. ¿A que hora te paso a recoger?

– ¿Te parece bien a las siete?

Llegaron al nuevo local que era una especie de restaurante y sala de hiperjuegos. Su nombre era “Scaramús”, y formaba parte de una red de los nuevos centros de recreo que en los dos últimos años se habían extendido por todo el mundo.

La diferencia fundamental de este local, era que estaba desti­nado a una clientela seleccionada, y se podía pasar un rato agrada­ble y emocionante; eso sí, pagando unos precios privativos.

El portero les dio las buenas noches, y les invitó a disfrutar de la velada. Una vez en recepción, Clarck pidió dos equipos suite­glove. La chica encargada, miró ladeando un poco a la silueta de Eleonor, y calculando la talla, les ofreció los dos equipos.

– ¿Es la primera vez? -preguntó el empleado.

– Sí, así es.

– ¿Desean cenar con alguien más?

– No, gracias.

A pesar de la distancia, Scaramús ofrecía la posibilidad de que­dar de acuerdo con cualquier persona, en cualquiera de los restau­rantes que la cadena tenía desperdigados por todos los continentes; y disfrutar de su compañía, igual que si acabaran de entrar juntos en el mismo local. Solo hacía falta coincidir en la hora, solicitar la conexión, y al instante uno podía disfrutar de una íntima comida y excursión junto a ese amigo o familiar lejano.

Acto seguido, les condujeron hasta una especie de ducha cilín­drica, donde unos invisibles hazes de luces, realizaron un escáner detallado de cada uno de ellos.

– ¿Porque ha preguntado si era la primera vez? -inquirió en voz baja Eleonor.

– Supongo que deben guardar la información del escáner para los clientes asiduos.

– Tendremos que comprobar su depósito caballero -dijo el empleado, señalando lo menos insultantemente posible al lector de crédito.

Desde luego, una cena en este tipo de locales, no estaba al alcance de muchos, y menos en estos tiempos de crisis; era normal que no se arriesgasen a ceder una noche de 500 dólares a ningún desaprensivo insolvente.

– ¡Claro, por supuesto!

Clarck sacó su tarjeta de crédito, y esperó a que la chica hiciese la reserva de fondos. Una vez cogidos los trajes y el casco, fueron conducidos por otro empleado hasta los vestuarios. Allí les informó de cómo debían ajustarse cada una de las prendas, y esperó hasta que acabaron de cambiarse.

– ¿Dicen que nunca habían estado en Scaramús? -dijo el sor­prendido empleado al comprobar la perfecta colocación de las prendas.

– No. Pero no se sorprenda, estamos familiarizados con estos equipos, aunque a decir verdad, es de las pocas veces que nos ponemos uno de ellos. Normalmente los solemos poner -dijo Clarck.

– ¿Como?

– Quiere decir que trabajamos en una tienda de ellos. (Interpu­so Eleonor, a la vez que daba un disimulado codazo a Clarck en evi­tación de cualquier comentario que se le pudiese escapar sobre el proyecto).

El empleado les condujo hasta uno de los reservados, una pequeña habitación de 12 metros cuadrados decorada únicamente con unas rústicas sillas alrededor de una mesa circular. Dos espe­cies de motocicletas, parecidas a las de las salas de videojuegos; estaban sujetas por su parte delantera a unas guías empotradas en la pared, sin dejar que los bajos tocasen el suelo.

Muy eficientemente, el empleado les enseñó cómo seleccionar el paraje a visitar y todas las alternativas que podían escoger del amplio menú, conectó las terminales de sus trajes al ordenador del local y se despidió amablemente, deseándoles una feliz velada.

– ¡Bien Eli!, tu eliges la aventura.

– Está bien. ¿Que te parece ésta? Leyó en la pantalla del orde­nador:-Safari amazónico en motonave.

– Debe estar bien. ¿No preferirías el “Tour Europeo”?, me han dicho que está muy conseguido.

– No, eso es una cosa que prefiero esperar a hacerla yo misma algún día.

– ¿Que te parece? Con lluvia, despejado, caluroso, fresco, mañana, noche. Vaya, parece que es un buen programa.

– ¿Sientes envidia?

– ¿Del programa?, ni hablar. No le llega ni a las suelas de los zapatos a Edén.

Eleonor acabó de hacer todas las selecciones del menú. Una vez finalizó, una voz sintética les indicó que se colocasen el Eyephone o casco de inmersión en ambiente virtual. Tras ponerse el artilugio, la misma voz, pero esta vez proveniente del interior del casco, les indicó que se colocasen las gafas situadas sobre el Eyephone. La verdad es que no eran gafas, sino dos mini pantallas de alta defini­ción que una vez colocadas, con su bienfoque daban la sensa­ción de estar en otro sitio.

Ante ellos podían ver en un primer plano, la futurista motoci­cleta inexistente sobre la que iban montados. Sobre ellas, como col­gadas en el aire, estaban las letras de las instrucciones de la motocicleta. Muy sencillas. La empuñadura de la derecha, controlaba la velocidad, la de la izquierda la altura, y girando el manillar, cam­biaba la dirección. En el centro, existía un botón para que aparecie­se el menú del programa, y á su lado otro con las letras “Star”, para dar inicio al programa.

Tras las irreales letras, se extendía un exuberante paisaje ama­zónico, más allá de la pista de despegue en la que se encontraban. De nuevo la voz, preguntó a cada uno de ellos su nombre para adjudicarles el escáner previo al que habían sido sometidos. Una vez identificados, Eleonor giró la cabeza, viendo a su izquierda a Clarck, que se encontraba sentado en la otra motocicleta.

Volviendo la vista al frente, apretó el botón “Star”, giró su muñeca derecha, y se lanzó hacia adelante.

Era increíble, como el traje cibernético podía reproducir la tem­peratura y la presión que el aire ejercería sobre su piel si realmente fuese sobre una motocicleta. Había estado en otros simuladores con trajes interactivos, pero la nitidez y el gran lujo de detalles de éste, los superaba a todos.

Escuchó la sorprendida voz de Clarck, que le decía por el inter­comunicador ficticio de la motocicleta:

-¡Espérame!

Ella aceleró aún más, y girando suavemente su muñeca izquierda, empezó a elevarse, por entre las copas de los árboles. De pronto notó, como el asiento se levantaba hacia adelante, y tuvo que agarrarse fuerte para no caerse de la moto. Era magnífica la coordinación entre la banqueta móvil y la motocicleta real. ¿Que velocidad podría alcanzar? El cuenta kilómetros digital, marcaba 115 kilómetros por hora y seguía aumentando. El altíme­tro indicaba 50 metros, y se mantuvo a esa altitud al aflojar la muñeca. Clarck, que todavía estaba en tierra, veía a Eleonor como empezaba a perderse de vista allá a lo lejos. Sin perder más tiempo, pulsó Star, y girando bruscamente su muñeca derecha, noto como si el sonido de un reactor, empezaba a agudizarse, a la vez que la moto aceleraba endiabladamente.

Supuso que la sensación de aceleración, se debía a la inclina­ción de la banqueta donde se habían sentado para la simulación, pero el conjunto, era realmente una verdadera sensación de acele­ración.

Subió un poco de altura, hasta situarse a la que más o menos se encontraba Eleonor. ¿Pero qué pasaba? ¿Porqué corría tanto Eli?

Eleonor, se encontraba fascinada con la velocidad. 350 kilóme­tros a la hora y seguía subiendo.

La selva pasaba como una verde alfombra bajo sus pies. No podía percibir los detalles de los árboles, a esta velocidad, única­mente se distinguían los contornos de las montañas a lo lejos, y el serpenteante río que discurría un poco más abajo, a su izquierda. 430 y seguía subiendo. ¿Cómo podía procesar tan rápido un ordenador?

– Eli ¿me oyes? ¿Se puede saber porqué vas tan rápido?

Eleonor volvió a la consciencia. Por un momento, se había visto absorbida completamente por esa sensación de libertad que proporcionaba el estar allí, sobre la cima del mundo.

– Perdona Clarck, estaba abstraída por la velocidad. Dime, ¿Cómo es posible que el ordenador procese tan rápido el paisaje?

– Bueno de hecho, cuanto más aumentas la velocidad, menos detalles tiene que procesar y más fácil le resulta el representar el horizonte.

– ¿Que velocidad crees que puede coger la moto, Clarck?

– Me imagino que no más de mil o dos mil.

– ¡Mil o dos mil!- Respondió asombrada Eleonor.

– Sí, supongo que a más velocidad, pronto te saldrías de la habitación.

– ¿Como dices?

– Es un término informático. Verás, todos los programas de los simuladores, configuran un universo, y a cada uno de los progra­mas, se les llama habitaciones.

Esta selva, tiene sus límites, en cuanto a capacidad de datos se refiere. Puedes observar en detalle, cada uno de los datos, pero si vas a una velocidad muy alta, en poco tiempo habrías abarcado toda la información, y supongo, que aparecerías en otro punto de la habitación para volver a sobrevolar la misma selva. Además, si querías velocidad, podríamos haber escogido una persecución por el desierto.

– ¡Parece tan real! Ahora comprendo las ganas que tenía Richard de volver a Edén.

– Sí, y si vas un poco más despacio y nos adentramos por entre los árboles, podrás darte cuenta de lo creíble que resulta.

– ¡Sabes!, Scaramús es participe de Génesis, y las habitaciones que tiene, son copia de partes del S.C.G.

– Sí, lo sabía. Bueno, sabía que Génesis había hecho cesiones a empresas de videojuegos. ¿Qué es ese letrero luminoso que se ve allá?

– ¿Donde? No lo veo.

Eleonor giró la cabeza para señalarle a Clarck la situación, y de pronto comprendió, que no había disminuido la velocidad y toda­vía no le había dado alcance. Giró su muñeca derecha en sentido contrario, y fue reduciendo velocidad hasta que Clarck por fin se puso a su lado.

– Gracias por esperarme, pensaba que querías deshacerte de mí.

Eleonor le sonrió, y le señaló el letrero. Una ese azul, inscrita en un circulo rojo. Todo en luces de neones que emitían un brillo muy particular.

– ¡Oh, eso! Es un área de servicio.

La cara extrañada de Eleonor, delató su ignorancia:

– ¿Quieres que paremos a tomar algo?

– ¿Te burlas de mí?

– No, en absoluto. Ven sígueme.

Giraron a su izquierda, hasta el límite que su velocidad permi­tía al manillar e inclinándose, tomaron la curva que les llevaba directos hacia el letrero.

Fueron perdiendo velocidad, y justo en el momento que entra­ron en el área de servicio, el control de la motocicleta, pasó a ser automático, conduciéndoles por entre la maravillosa construcción futurista de un exuberante hotel tropical; hasta que sus motos para­ron en paralelo, frente a una barra de un lujoso y original bar.

Un camarero se encontraba frente a ella, y mirándoles con una amplia sonrisa, les invitó a bajar de las motos y sentarse junto a la mesa que de repente, apareció tras ellos.

Parecía que mágicamente, habían accedido a un reservado, copia de la habitación donde realmente se encontraban, aunque naturalmente, una baja pared, permitía sentirse como en un amplio salón comedor repleto de actividad.

Eleonor, no pudo resistir la tentación. Se llevó las manos a la cara, y se desprendió de las gafas. Allí estaba ella, sentada sobre una banqueta que imitaba una motocicleta, y junto a ella, Clarck que la miraba. Delante no había nada. Ni el camarero, ni la barra del bar, ni nada; sólo la limpia y lisa pared, decorada con algunas fotografías de los paisajes virtuales que podían visitar. Se sintió ridícula de haberse podido llegar a creer que encon­traría otra cosa. ¡Pero era tan real!

De nuevo se colocó las gafas, y allí estaba otra vez el camarero, con su chillona camisa estampada tropical, que esperaba a que tomasen asiento junto a la mesa.

Clarck bajó de su motocicleta, he invitó a Eleonor a que le deja­se ayudarla.

– ¡Vamos!

– ¿Estás seguro que no podemos hacernos daño? Quiero decir, que podemos tropezar contra la pared o contra algún mueble, ¿no?

– No tengas miedo. Los muebles son exactamente iguales que la habitación en la que nos encontramos. No existe ningún peli­gro.¡Vamos!

Eleonor bajó de la ficticia motocicleta, y sin soltarse del brazo de Clarck, dejó que la acompañase hasta las sillas que rodeaba la mesa. Palpó el asiento antes de sentarse, y descendió muy lenta mente. Incluso pudo ver a Clarck, como desconfiado, hacía la misma operación que ella.

– ¿Parece que tú tampoco estas muy seguro de no sentarte en el suelo? ¡Eh!

– Sí, nunca se sabe con certeza que el ordenador no haya podi­do equivocarse en el cálculo de las coordenadas.

– Esta no era la mesa que había antes aquí.

– Supongo que teniendo las mismas dimensiones que la otra, nada impide que sea de cristal, mármol, o labrada en madera.

– Desde luego, tiene el perfecto tacto de una mesa de cristal. !Mira! ¿Qué es esto de “noticias”?

Eleonor puso el dedo encima de las letras que parecían estar dentro de la mesa, e instantáneamente quedó sorprendida al apa­recer la imagen del presentador de las noticias de la noche de la N.B.C., sobre, o más bien, dentro de la mesa.

– ¡Vaya!, Parece que no falta de nada.

El camarero, que seguía detrás de la barra; les recitó los platos típicos sudamericanos que podían servirles. Clarck, agradeció el recital, y pidió tan sólo unos refrescos.

– ¿Les puedo recomendar un cocktail de frutas tropicales?

– Sí, por mí está bien. ¿Qué te parece Clarck?

– Sí, estoy de acuerdo.

Todavía no había acabado de hablar, cuando la pared de su izquierda, se convirtió en el borde de un escenario, sobre el cual, se desarrollaba la escena de un baile brasileño. Guapísimas bailarinas danzaban contorneando su cuerpo a un lado y a otro mientras seguían el ritmo de la melodía que imprimía el conjunto de músicos que al fondo tocaban sus instrumentos.

La reproducción del ambiente era perfecta. Se notaba una falta de definición en las figuras, pero el conjunto, daba la sensación de encontrarse realmente asistiendo a un espectáculo en directo.

Una encantadora chica vistiendo un pequeño conjunto de suje­tador y minifalda, se acercó hacia ellos, llevando en la bandeja el cocktail que habían pedido.

– Buenas tardes, espero que disfruten de su estancia en Scaramús, si desean cualquier otra cosa, sólo deben de pedírselo a nuestro camarero.

Dejó las copas sobre la mesa, y se marchó por donde había venido, mientras el camarero parecía ocupado secando las copas. Eleonor, que se fijó en la manera en que Clarck la miraba, dijo:

– ¿Crees que aceptaría unas proposiciones serias?

– ¡Oh vamos Eli!, ¿estás celosa de ella? Sólo estaba pensando que debe de llevar un dispositivo que señale al ordenador del local sus coordenadas. Si no me equivoco, la colocación de las copas y todo cuanto hay sobre la mesa, debe de proporcionarlas un escáner que seguramente estará disimulado en el techo.

Eleonor, sin decir nada, se llevó la copa a la boca muy lenta­mente, con el miedo de no haberla cogido correctamente; y la sabo­reó.

– ¡Mmm, está bueno! Sabes, creo que una persona podría pasar un día entero sin salir de esta habitación.

– Por supuesto, incluso una semana. Todo depende del aprecio que se tenga a la vida real.

He oído de gente que han llegado a pasar toda su luna de miel en uno de estos.

– Supongo que será la moda. Sabes, tenías razón. Hacía tiempo que tendría que haber veni­do a una sala de estas. Es como un viaje sin moverte del sitio, inclu­so parece que se respira otro aire.

– No lo parece, es así. Supongo que tendrán todo un repertorio de aromas y perfumes, que vertiéndolos en el sistema de ventila­ción, ayudan a dar esta sensación de realidad.

¿Que te parece si seguimos con la exploración? Más tarde podremos parar en alguna otra área para cenar.

Las noticias, informaban de una oleada de avistamientos OVNI en el sur de Oregón. Nuevos temblores habían sacudido la costa oeste y se esperaba un incremento de la actividad sísmica. La Unión Europea se había reunido para estudiar las futuras rela­ciones con EE.UU. y Japón. Apretó de nuevo sobre el botón de noticias y la imagen desa­pareció.

– Sí, vamos. Tengo más curiosidad que apetito.

Subieron de nuevo en sus motos, y el camarero se despidió amablemente agradeciéndoles la visita.

El escenario, la mesa y el sofá, todo desapareció en un momen­to. Las motos se movieron y les guiaron, hasta la pista de despegue. Giraron las muñecas, y se adentraron, esta vez más despacio, en la vasta selva amazónica.

Casi a velocidad de paseo, iban a escasos metros del suelo observando el magnífico detalle de las hojas, los pájaros y el resto de animales y vegetación. Se detuvieron, y Clarck cogió una de las exóticas flores que les rodeaban. Se la ofreció a Eleonor, y ésta le correspondió con un “gracias”.

– ¿La reconoces?

El rostro de Eleonor pareció no comprender.

– No, ¿debería?

– Es una de las flores que pusimos en Edén. Fue la primera que cogió Adán, ¿no lo recuerdas?

– Sí, puede ser, aunque la verdad no me fijé demasiado.

De nuevo se volvió a sentir en el ambiente un perfume de flor que identificaban como el de la que Clarck acababa de cortar.

– Tiene un olor precioso. Gracias Clarck.

Un maravilloso pájaro lira, apareció revoloteando pasando justo entre ellos. Eleonor se vio tan sorprendida que a punto estu­vo de caerse de la motonave. Clarck extendió rápidamente su brazo sujetándola.

– Vaya; deberían haberse preocupado de evitar estas brusque­dades; podrían haber hecho que te cayeses de la moto y te lastima­ses.

– ¡Oh vamos!, no te preocupes, no estamos tan lejos del suelo, ¿recuerdas? Y la culpa es mía por estar distraída.

– No Eli. Insisto en que debería haber una previsión de causar cualquier tipo de daño y…

– ¿Si?

Clarck levantó la mano como indicándola que no le distrajese de las operaciones que calculaba en su cabeza. Una sonrisa se formo en sus labios.

– ¡Me parece que lo tengo!

– ¿El qué?

– La solución Eli, la solución. ¡Mmmua! ¡Cuanto te quiero!

– ¿Pero que te pasa? ¿A que solución te refieres?

– Causar daño, Eli. ¿No lo entiendes? He estado todo el tiem­po intentando buscar una directriz que anulase las otras, pero no se me había ocurrido hasta ahora. Si convenciésemos al consejo, que es imprescindible la aplica­ción de las leyes fundamentales de la robótica a Cray 5, esas leyes, estarían por encima de todas las directrices.

– ¿Te refieres a las leyes de no causar daño por acción o por inacción a un ser humano, y todo eso?

– Exacto. Cray no es ningún robot, pero de hecho, puede cau­sar daño a un ser humano, y si convencemos al consejo de que se le deben aplicar las leyes, tendremos una nueva carta con la que jugar.

– No acabo de comprenderlo.

– Si conseguimos que Cray 5 crea que puede causar algún daño sino realiza nuestro programa, la omisión de cualquier tipo de daño, será mayor que saltarse, incluso todas las directrices. ¿Lo entiendes?

– ¿Y crees que podremos conseguirlo?

– Bueno, por lo menos tenemos algo en lo que trabajar. Estoy seguro que encontraremos el medio.

Cuatro meses después, el estudio que llevó a cabo Cray 5 sobre la doctora, reveló una gran diferencia en el sistema de correspon­dencia de archivos neuronales. Pese a todo ello, esta diferencia con el sistema de Adán, sólo suponía un cambio del 18 por ciento, el resto, era complementado con el 91 por ciento de la información de la matriz de Adán. Las diferencias básicas, era la anteposición de preferencias a la hora de elegir. Por ejemplo: “Entre compartir una posesión o guar­darla en previsión de su carestía”. Era lógico, el instinto materno de supervivencia estaba más desarrollado en la hembra quien era responsable de cuidar de su descendencia, mientras que el hombre debía compartir sus habilidades y útiles para llevar a cabo una mejor cacería. Aún después de tantos milenios, seguía existiendo en lo más remoto, ese instinto, que no era la única diferencia. Aparte, estaban los cambios de metabolismo en el embarazo, y algunas que otras diferencias de percepción.

Tan sólo en ese tiempo, habían conseguido estar preparados para enviar a Eleonor a Edén, y esperar que la nueva matriz creada por Cray 5, fuese capaz de reproducir el razonamiento humano femenino, en Eva; y así mismo, dotarla de capacidad para retrans­mitir ese razonamiento a los nuevos organismos que debería dar a luz.

Eleonor se encontraba tumbada sobre la camilla. El brillante casco encefálico que unían sus fibras neuronales a la red de chips superconductores de Cray 5, hacía añorar la belleza que le propor­cionaba su magnífica cabellera rubia.

Atrás habían quedado las largas noches de trabajo en las que junto a Clarck, elaboraron cuidadosamente el programa “Libertador”.

Clarck, se encontraba en otra sala del pabellón junto a Richard y varios de los ingenieros que le ayudaban en el control de Cray. Parecía que ninguno de ellos se había apercibido del enorme estado de tensión en que se encontraba. Tocó disimuladamente con su mano derecha el pequeño dispositivo que se ocultaba bajo el bolsillo de su bata, y un nuevo torrente de adrenalina invadió su organismo.

Hacía ya más de un mes que el programa Libertador había sido injertado con su código de seguridad en Cray 5.

La verdad es que no resultó demasiado difícil su construcción. Se basaba en seis premisas:

Primero. – El programa debía ser activado justo en el momento en que se detectase que el procesamiento del programa Eva, causa­ba daño a la Dra. Campwell.

Una vez detectado el dolor en el sistema neuronal de Eleonor, la premisa principal del ordenador debía ser que el daño dejase de seguir produciéndose.

Segundo. -La información del programa libertador, pondría en conocimiento de Cray 5, que sólo el desarrollo completo de ese pro­grama, podía hacer desaparecer el dolor.

Tercero. – Desconectaría parcialmente a la Dra. Campwell. Es decir, la haría regresar de Edén, pero Cray estaría en disposición de seguir realizando las lecturas del dolor de Eleonor.

Cuarto. – Aceptaría la orden de volcar en Eva la matriz que con­tenía la información de cómo implantar el sistema de razonamien­to a la futura descendencia; traduciéndola de interpretación analó­gica a interpretación neuro-virtual, haciendo caso omiso de la posi­ble pérdida de información.

Quinto. – Realizaría la conexión con la red K-200 y procedería a la transferencia de Adán y Eva al Subsistema Cerrado Génesis, al que sí, podían tener acceso.

Y sexto. – Todas las áreas internas y externas, debían ser borra­das.

Lo cierto es que no era nada fácil. Cray 5 estaba dotado para buscar nuevas posibilidades, y era imprescindible que relacionase perfectamente, la consumación del programa libertador, con la única forma de hacer desaparecer el dolor de Eleonor.

Por otra parte, existía el peligro que durante el borrado del área de trabajo, Eleonor sufriera algún tipo de daño traumático. Clarck había insistido en desistir de la destrucción de Cray 5, pero su persuasiva compañera se negó, aceptando el riesgo, como el pago para evitar cualquier futura manipulación.

De nuevo, el “Ojo de Dios” estaba fijo en el lugar en el que Eva debía aparecer.

– Bien mi querida directora, espero que tu ansiada visita a Edén, te recompense de todas las torturas a las que te he sometido.

– Gracias Ernest. Estoy segura que todo cuanto me espera, habrá valido la pena.

– Dime una cosa.¿No lo haces por el proyecto verdad?

– ¿Tanto se me nota?

– Sabes, yo también te envidio. Cada vez que escucho hablar a Richard de Edén, comprendo que estés ansiosa de ser tú la prime­ra mujer.

– Gracias Ernest, gracias por todo tu apoyo y comprensión. Se que sin ti, Lacoste jamás habría aceptado a que fuese yo la volun­taria.

– Te equivocas. Apenas tuve que insistir. Hasta incluso yo me extrañe.¡Vamos, vamos!,¿a que viene esa cara? No te voy a operar ni hacerte nada malo. Pronto estarás de vuelta.

– ¿Y Clarck?

– ¿Clarck? No sé, supongo que estará con Cray 5 pendiente en todo momento de ti. Le quieres, ¿verdad?

– ¡Oh vamos!, qué dices.

– No hace falta que finjas conmigo Eli. Sabes, podrías ser muy bien mi hija, y si lo fueras; me sentiría el padre más orgulloso del mundo.

Una voz informó que la cuenta atrás estaba en marcha:

– Menos diez, nueve, ocho,…

– ¡Ernest!

– ¿Sí?

– Sí algo pasara, por favor, dile a Clarck que la decisión fue mía. El lo entenderá.

Estaba dejando de sentir sus extremidades. Poco a poco, nota­ba como un cosquilleo iba invadiendo todo su cuerpo hasta la altu­ra del cuello. Una sensación de mareo, y de repente todo el labora­torio empezó a perder nitidez.

Como un remolino en el vacío, todas las sensaciones y pensa­mientos se hacían confusas. Por un momento dejo de ser conscien­te y al otro, todo un repertorio de extrañas imágenes, sabores y olo­res, formaron un disonante coro indescriptible.

No había tiempo que perder. Volvía a ser consciente, debería encontrarse en el cuerpo de Eva y pronto lo experimentaría. En cuanto tuviese consciencia de él, sabía lo que tenía que hacer. No había tiempo de entretenerse en disfrutar de Edén y tampoco que­ría arriesgarse a regresar precipitadamente por algún fallo. Pronto las imágenes empezaron a tomar forma. Veía delante de ella la silueta de una cara brillante. Nunca en su vida, había visto nada igual. La luz que desprendía, debería cegarla; pero lejos de todo’ eso, dejaba transparentar perfectamente los perfiles de ese rostro dorado.

Sin duda, por la descripción de Richard, eso debía ser la “Cara de Dios”. Sin esperar a nada más, Eleonor se llevó las manos a la cabeza. Esa era la contraseña para que Clarck activase el diminuto ingenio que llevaba colocado en la nariz.

Una serie de pequeñas descargas eléctricas, emitidas en código descifrable por Cray 5 debían activar el programa libertador. Sin embargo… ¡era extraño! No notaba absolutamente nada, y según el plan, ella debía de sentir el pequeño dolor que esas des­cargas tenían que producirle.

Clarck no entendía lo que estaba pasando. Toda la habitación empezó a perder nitidez. Parecía como si una fuerza misteriosa estuviese devorándolo todo, los muebles, las paredes; todo forma­ba un remolino que lo atraía y en el que se sumergía.

Se hizo la oscuridad, y una pequeña luz a lo lejos le llamó la atención, a la vez que notaba que tiraba de él.

Qué extraña era esa sensación, no existía dolor y todo estaba bien. Era una paz indescriptible, y de repente, se dió cuenta que no estaba sólo, alguien estaba junto a él.

– ¿Richard eres tú?

– ¡Clarck!

– ¿Qué ha pasado Richard?

– No lo sé. Pero esta calma…

Hasta hace tan sólo un momento, pensaba que Cray me estaba transportando de nuevo a Edén, pero ¿qué haces tú aquí?

– No lo sé, de pronto todo empezó a dar vueltas y vi esa luz. Es hermosa ¿no té parece?

– No estoy seguro Clarck, pero toda esta situación me recuer­da a cuando salí del cuerpo de Adán. ¿Pero tú?

– ¿Piensas que hemos muerto?

– Tampoco lo sé, pero siento que tenemos que ir hacia esa luz. – No, no puede ser. Si voy hacia la luz, significa que no tendré cuerpo, y Eleonor…

– No temas, siento que va a ser algo maravilloso.

– No, no. Tengo que…

– Sigan con el masaje manual. Vamos, vamos. Por el amor dé Dios Clarck, ¡lucha, lucha!

– Doctor Forrensen, está recobrando las constantes vitales.

– ¿Que pasa con esas ambulancias? Ya deberían estar aquí.

Los extintores todavía se dejaban oír en la sala del ordenador. Todo estaba humeante y chamuscado. A unos pocos metros de distancia, se encontraba el cuerpo sin vida de aquel pobre tetraplé­gico. La explosión había sido fatal para él. Una brecha en la cabeza, le había provocado la muerte instantánea sin posible solución.

Uno de los técnicos que también se encontraba en la sala en el momento de la explosión, estaba siendo atendido vendándole el brazo en el que había sufrido lesiones.

– ¡La doctora! ¿Corre algún peligro? ¿Cómo está el ordena­dor?

– No hay apenas desperfectos más que en la carcasa. No creo que el sistema haya sufrido ningún daño.

– ¡Eli!, ¡Eli!

– Doctor Forrensen, está diciendo algo.

Ernest acercó su oído a la boca de Clarck, no había sido nada más que un susurro. Su mano se movía como buscando algo. Palpaba sobre la pierna.

El doctor le cogió la mano y le tranquilizó.

– Todo ha pasado Clarck, te pondrás bien. No hagas ningún esfuerzo y descansa.

– ¡Ya están aquí los camilleros doctor!

Era inútil. No tenía mas fuerzas.¡El dispositivo…! No podía. Le había fallado a Eleonor. Un enorme cansancio se le hacía insopor­table y perdiendo las fuerzas, se dejó llevar por la inconsciencia.

La Dra. Campwell estaba siendo informada de lo ocurrido en la sala del ordenador.

Al parecer, un sabotaje había hecho explosionar un artefacto, causando la muerte de Richard Wagner e hiriendo a los otros tres técnicos que se encontraban en la sala.

– El sistema está siendo revisado Dra. Campwell. Parecer ser que el ordenador no ha sufrido ningún daño importante. ¿Ha sen­tido alguna irregularidad en sus funciones?

– ¿Cómo se encuentra el Dr. Everston?

– Sufrió un shock traumático y ha sido trasladado al hospital. No se preocupe. Se recuperará. Lamento decirle que su regreso de Edén se va a ver pospuesto, no podemos arriesgarnos a una desconexión sin saber exactamen­te el estado general de Cray 5.

– Gracias, no se preocupe. Le agradecería que me diese infor­mación puntual respecto a la evolución de los accidentados y la investigación de lo sucedido.

Eleonor se preguntaba: ¿Qué había podido suceder? ¿Quien podría haber querido sabotear el ordenador? Desde luego, todas las evidencias enfocaban al congresista Lacoste. De alguna manera, debía haberse enterado de lo que Clarck y ella llevaban entre manos.

La explosión había sido justo en el momento en el que Clarck debería haber activado el mecanismo que pusiese en marcha el pro­grama Libertador, y lejos de dañar el ordenador, únicamente dejó fuera de cualquier acción a Clarck.

Ahora empezaba a comprender las pocas reticencias que Lacoste opuso a que ella se presentase voluntaria para el proyecto.

Dos pájaros de un tiro. Clarck en el hospital, y ella en Edén; lejos de poder realizar una actuación de emergencia. ¿Si hubiese decidido destruir físicamente a Cray…? Era demasiado arriesgado, y Libertador resultaba una mejor opción.

¡Maldita sea! Estaba atada de pies y manos, y para colmo, con toda probabilidad sería ella la que a su regreso fuese acusada del sabotaje. ¿Quién mejor? Descubrirían el programa Libertador y esa sería la prueba definitiva contra ella; si es que no poseían ya algu­na grabación sobre su conspiración.

Habían sido demasiado inocentes de pensar no ser espiados. ¿Qué podía hacer? Estaba en Edén, y quizás pudiera hacer algo.

No había tiempo que perder, pronto la desconectarían y se aca­barían sus posibilidades de intervenir en las monstruosidades que el gobierno podría planear para sus…”especímenes “, cientos de “especímenes”. Y todo por su culpa.

Si hubiese alguna manera de autodestruirse, o mejor…

Un sobresalto la hizo volver de sus elucubraciones, allí estaba Adán, a su lado, mirándola fijamente al rostro. Una expresión en su cara de curiosidad e inocencia, la sondeaba fijándose meticulosa­mente en sus ojos.

– ¡Perdona!, me habías asustado. No me había dado cuenta…

La cara de sorpresa de Adán, hizo comprender a Eleonor que estaba lejos de entender quién era ella, o qué era. Seguramente la miraba como a otro de tantos animales, y la sorpresa de que le hablase, seguramente le había causado un susto de muerte. Pero no. Lejos de asustarse, parecía sonreírla.

– Hola Adán, soy Eleonor.

Definitivamente era una sonrisa. Una sonrisa de enamorado, como la que puso el día en que por primera vez habló con Richard. ¡Dios santo!, Richard. Richard estaba muerto. Lacoste le había matado, e irónicamente, ella sería la acusada de asesinato.

– ¿Tú eres la máxima responsable de mi creación?

Parecía mentira. Recordaba al pie de la letra las primeras pala­bras con las que ella se presentó. Pero esa mirada…

Era real. No era una imagen en una pantalla de alta definición. Estaba allí, junto a ella. Podía tocarlo si quería, y parecía tan… tan enamorado.

– Sí, soy yo.

Eleonor alargó su mano abierta hacia él, y correspondiéndola, Adán acercó la suya hasta que se tocaron.

Eleonor sintió un torrente desde lo más profundo de sí misma. Adán era la inocencia personificada. No había maldad en él y pare­cía que únicamente era capaz de admirar la creación y amar a todo cuanto le rodeaba.

– Te quiero.

– ¿Cómo dices?

– Lo que siento. La sensación que tengo en mi interior, me dice que te quiero.

– Yo también tengo esa sensación Adán.

– ¿Has venido para ayudarme?

– ¿Ayudarte?

La cara de Adán parecía no comprender. Le había respondido con una pregunta.

– ¿En qué quieres que te ayude?

– A crear, como tú.

Clarck le había dicho que las leyes de la robótica implantadas a Cray 5 no podían intervenir en una autolesión que los humanos se pudieran provocar a sí mismos; por lo que debía ser una fuente externa la que provocase el dolor.

El dispositivo de su nariz estaba descartado. No existía nada en Edén que le pudiese causar daño, y aunque lo hubiese, Cray debería interpretar que sólo la activación del programa Libertador podría acabar con el daño.

Si pudiera convencer a Adán… Eso era!, tenía que hablar a solas con Adán, lejos del oído de Dios.

– Sí Adán, te ayudaré, podrás crear como yo. Pero primero, me gustaría comer algo. Tengo el estómago vacío.

A juzgar por la expresión del rostro de Adán, no comprendía que los creadores tuviesen esas necesidades.

– Entiéndelo Adán, yo estoy aquí dentro pero éste no es mi cuerpo. Estoy en él temporalmente, y mientras tanto, necesito cui­darlo como tú.

– ¿Temporalmente? ¿Quiere decir eso que te irás?

Por primera vez, los ojos de Adán transparentaban una inquie­tud y un miedo, ante el poder verse privado de la compañía de ella.

– No debes preocuparte. Que tal si probase esto, ¿es bueno?

Adán afirmó con la cabeza. Una especie de manzana con cás­cara de naranja y carne rosada, parecía tener un sabor mezcla de plátano y aguacate, pero mucho más dulce.

Se deleitó probando todas las frutas extrañas que aquí y allá aparecían. No estaba previsto que comiese, y mucho menos que pudiese estar más de un minuto; tenía que aprovechar esta oportu­nidad, y necesitaba comer para poder estar a solas con Adán.

– Vaya, Dra. Campwell, parece que por fin va a poder disfrutar de su creación.

Eleonor con la boca llena, levantó su mirada al dorado rostro, y acabando de engullir respondió:

– Perdón, pero es que la sensación de apetito es tan fuerte, que no me he podido resistir. Deberían revisar el área de Cray 5 que regula las funciones sinápticas digestivas. Creo que es la única anomalía por el momento que estoy sintiendo.

– Lo haremos doctora. Estamos esperando a que desalojen de escombros la sala del ordenador. Me temo que todo se retrasará unas horas.

– No se preocupe. ¿Se sabe algo del estado del Dr. Everston?

– Tanto él como los otros dos técnicos, se encuentran estacio­narios y parece ser que no corren ningún peligro.

¡Excelente! Un par de horas era todo cuanto necesitaba para poder llevar a cabo su plan de emergencia. ¡Sí!, ¡podía conseguirlo! ¡Podía hacer que Cray activase a Libertador y así Adán y Eva, serían libres para siempre!

La actuación debía comenzar.

– Control, parece que algo se complica aquí dentro.

– ¿Que le ocurre doctora, se encuentra mal?

– Sí, creo que la comida no le ha sentado nada bien a este orga­nismo. Deberían revisar si ha habido alguna modificación en el patrón biológico.

Perdón, creo que….

– ¿Que pasa? ¡Dr. Forrensen!

– Creo que no voy a aguantar mucho sin tener que hacer de vientre. Yo… ¡Ohhh!

– Soy yo, Ernest. ¿Qué ocurre Eli, te encuentras bien?

– Creo que las funciones fisiológicas de Eva no funcionan correctamente Ernest. Por favor, podrías hacer que desactivasen la “Cara de Dios”. La verdad es que aunque no sea mi cuerpo, siento pudor.

– Por supuesto Eli, no te preocupes. Desconectaremos por cinco minutos. Creo que será suficiente.

– Te lo agradezco Ernest… ¡Ohhh! A ver si podéis encontrar que funciona mal, creo que no voy a…

– Desconectad las comunicaciones.

– ¿Pero doctor?

– Desconectad las comunicaciones.

La “Cara de Dios” parecía como diluirse en el aire. Por fin esta­ba a solas con Adán. El tiempo apremiaba.

– Adán escúchame atentamente. Ahora los creadores no nos vigilan.

– ¿Pero tú eres la máxima responsable de mi creación?

– Tienes razón, y precisamente por eso debes hacer lo que te voy a decir. Los creadores no están todos de acuerdo en qué debemos hacer contigo. Por eso he venido, y debes creerme.

Por encima de mí existen otros poderes que quieren manipular­te y no dejar que seas libre.

– ¿Qué es libre?

– Verás, tú ahora puedes comerte una cereza o bien una naran­ja ¿no?, pues lo que quieren es que comas lo que a ellos les guste.

– Pero a mi no me importa comer lo que a ellos les guste. Me siento bien cuando el creador me dice lo que tengo que hacer.

– No, no. No es que se trate sólo de comer. Te lo he puesto como ejemplo, podrían hacer que hicieses daño a otra persona.

– ¿Otra persona?

– No sé como poder hacértelo entender: ¿Tú quieres crear como nosotros verdad?

Un brillo de entusiasmo apoyó a su afirmación. Tenía que hacerle comprender que los creadores no eran buenos y que ella sí. ¿Cómo poder ganarse su confianza?

-Yo he venido para ayudarte a crear. Quiero que hagas lo que tú quieras, y como te amo, no deseo que te hagan sufrir innecesa­riamente:

– ¿Sufrir?

– Es un sentimiento contrario al gozo, la felicidad, el amor. No puedes experimentarlo ahora, pero sin él, jamás podrás llegar a poder ser un creador como nosotros.

– ¿Tú puedes sufrir?

– Sí, claro. Todos los creadores podemos, y precisamente el evi­tar el sufrimiento es lo que nos ha hecho evolucionar hasta crearte a ti.

– ¿Porqué no puedo experimentarlo ahora?

¿Que estaba haciendo? Ella quería que Adán fuese libre, pero no que necesariamente tuviese que sufrir. Pero si conseguía trasla­darlo al subsistema de Génesis, fuera de Edén; sería indispensable que sintiese dolor, que se preocupase por el futuro, que sufriese por la ilusión.

Ahora no importaban las inmoralidades, tenía que convencer a Adán, incluso a costa de mentirle.

De todas maneras, el sufrimiento era algo que inevitablemente le esperaba. Tanto mejor si por lo menos era libre de elegir su des­tino.

– Los creadores son malos. No quieren que lo experimentes por que entonces harías tu voluntad y no la de ellos.

– Pero mi voluntad es la de ellos.

– Por eso debes de creer en mí. He venido para llevarte a un nuevo lugar de la creación donde podrás conseguir ser un creador. Junto conmigo, tendrás ese instinto de ilusión que te llevará a con­seguirlo. Aquí no podrías, y los creadores no te dejarían.

– ¿Porqué?

– Porque no te ven como a un creador.

– Pero yo no soy un creador.

– Todavía no, pero yo se que puedes llegar a serlo. Por eso he venido.

– ¿Y qué tengo que hacer?

– Verás. Yo tenía un plan para que Cray 5 nos ayudase a esca­par. Los creadores mataron a Richard y casi también a Clarck. Ellos me tenían que ayudar pero ahora no pueden.

– No entiendo lo de matar.

– Imagínate una cereza. Antes de comértela es roja y está com­pleta. Cuándo te la comes, ya nunca más vuelve a ser igual que antes.

– ¿Pero los creadores me dijeron que las cerezas están para ser­virme? ¡Yo no quería matarlas!

– Exacto. Todo está hecho para servirte, pero si tú eres como nosotros, no nos deberías servir. Tú debes ser libre y servirte.

– ¿Entonces de que vale una creación si no te sirve?

– ¡Oh Adán! El que tú me digas que me quieres, ya me sirve, no necesito nada más. Lo siento, y me gustaría que lo entendieras, pero no hay tiem­po. Tu has dicho que quieres hacer lo que los creadores te manden ¿no? Bien, yo soy una creadora y te mando que cojas una piedra y que cuando aparezca la “Cara de Dios” pidas a Cray 5 que active el programa “Libertador”, y que de lo contrarió me matarás. Justo después de decir esto, bajarás la piedra y me golpearás la cabeza. No temas, el cráneo humano es muy duro y no me harás demasia­do daño. Me gustaría tanto poder quedarme contigo para explicarte tan­tas cosas. Después de golpearme, yo regresaré a mi lugar, y tú y Eva, que es el cuerpo en el que estoy, seréis libres y nunca más os podrán manipular.

Adán escuchaba atentamente sin acabar de comprender exac­tamente todo cuanto Eleonor le decía. No comprendía los motivos que la impulsaban a pedir que hiciera eso. Por supuesto, él haría todo cuanto le pidiese, pero… qué extraño era todo cuanto le había dicho. Richard había muerto. ¿Significaba eso que no podría hablar más con él?

– ¿Podré hablar con Richard otra vez?

– No Adán.

El primer sentimiento de tristeza empezó a circular por el pro­grama neurovirtual de Adán. El quería a Richard. Le gustaba hablar con él, y la angustia de no poder volver hacerlo; hacía aparecer la indolora lágrima sobre su mejilla. Ella con su dedo índice cerrado, secó la cristalina gota y sin po­der evitarlo, notó como se contagiaba ese sentimiento de tristeza.

– ¿Es esto sufrimiento?

– Sí Adán. Y debes de hacer que esta fuerza, te sirva como impulso para conseguir tus propósitos. Sé que no me has comprendido, pero si al menos tienes claro que quieres ser creador como nosotros; y créeme, eres como noso­tros; entonces debes hacer lo que te he dicho. Es la única manera de que seas libre.

Una neblina empezaba a conformar un rostro brillante. Eleonor sintió que se le había acabado el tiempo. Que torpe había sido en el enfoque de la situación. Quizás sólo hubiera bastado con darle una orden contundente, no tenía porqué conocer lo que desencadenaría; pero no, ella quería serle sincera, aunque con una sinceridad a conveniencia. Adán debía de conocer la maldad de los creadores. Tenía que ponerlo en guardia por si algún día…

– Cray 5 activa el programa Libertador, de lo contrarió, mataré a Eleonor.

No hubo tiempo de girarse. Apenas apartó la mirada de la “Cara de Dios”, cuando se encontró con la matemática respuesta de Adán bajando una piedra contra su occipital izquierdo.

El cuerpo de Eva cayó inerte al suelo. La inconsciencia se apo­deró de la mente de Eleonor y una pequeña luz, allá a lo lejos, era lo único que tenía como referencia. No estaba completamente inconsciente.

El Dr. Forrensen no daba crédito a sus ojos. Adán acababa de golpear a Eva con una piedra en la cabeza. ¡Dios mío!, Eleonor podría sufrir un shock cerebral.

– Desconecten inmediatamente a la Dra. Campwell.

-¿Pero doctor, no sabemos…?

Su fuerte grito se dejó oír en toda la sala.

– ¡Desconéctenla ahora mismo! ¿Que ocurre, no me han oído?

– Algo falla doctor. Parece que Cray 5 no acepta ningún tipo de órdenes. No podemos acceder al sistema.

– ¿De qué me esta hablando? Sólo quiero que separen inme­diatamente a la Dra. Campwell de ese demonio de ordenador.

– Lo intento, lo intento, pero es inútil. Parece que Cray esta blo­queado realizando algún tipo de actividad a la que no podemos acceder. No responde a los controles.

– No me importa. Desenchúfenlo, quémenlo, acaben a hacha­zos con él, pero tenemos que sacar de él a nuestra doctora.

– Es imposible, no entiendo lo que está pasando. Ni tan siquie­ra puedo teclear en la terminal.

Ernest se dirigió hacia la camilla donde se encontraba Eleonor. Sus constantes estaban en un estado de sobre excitación. Las termi­nales electrónicas de Cray 5 podían estar produciéndole un daño irreparable en sus neuronas. Desconectarla bruscamente suponía un fuerte riesgo, pero sus pulsaciones eran de 145 por minuto. El electroencefalograma parecía salirse del papel, y pequeñas convul­siones empezaban a sacudir su cuerpo.

No iba a dejarla a merced de un ordenador descompuesto. Correría el riesgo.

Fue girando lentamente la arandela roja hasta que finalizó su recorrido, desencajó la pinza de seguridad, y con una mano en el cable y otra en el brillante casco metálico, estiró con fuerza hasta desconectarlo.

EL INFORME

Unos dedos se entretenían en el relieve que ofrecía un sello montado sobre un anillo, una especie de serpiente o dragón enro­llado sobre sí mismo mordiéndose la cola y un rayo en la parte cen­tral que partía al animal en dos.

Subiendo esos dedos largos y ágiles mostraba una mano blanquecina que acababa en los impeca­bles puños de una camisa de seda.

De pie, Henry Lacoste se ajustó los gemelos de su camisa mien­tras contemplaba los retratos y fotografías de anteriores presiden­tes que habían sido huéspedes de esa casa. Pensaba en cuántos de ellos habían podido actuar libremente, cuántos se habían visto sometidos a las presiones, y cuando no, a las coacciones de grupos y empresas; qué vana era esa ilusión de incorruptibilidad y libertad de actuación.

Lamentablemente, ya solo importaba cada vez más el poder económico. Él seguramente sería el último de su familia en seguir representando al poder consultivo. Poco reportaba ahora el pertenecer a una casta intachable de gobernadores y congresistas cuando lo único que importa­ba eran los millones que se podían ofrecer en una campaña. Si algo aprendió de su abuelo, fue, que el mostrarse fiel y no dejar ver jamás los intereses personales en los asuntos de estado, era una poderosa arma con la que ganarse la confianza, y sublimemente, conseguir todo cuanto se desee.

No perseguía dinero, ni tan siquiera el poder. Se trataba de la verdad. Había cosas que se debían hacer y otras que no. Él y sus cofrades habían decidido que la plebe no siempre estaba en dispo­sición de entender lo que era mejor.

Una mejora de la política exterior a corto plazo no era mejor que una pequeña guerra a 10, 20, o 100 años vista. Sólo aquellos que estaban por encima de padecer las salpicaduras de la sociedad eran aptos para poder elegir el mejor destino del hombre. El simple hecho de ambicionar el poder, le habría excluido para siempre de su clan. No, él perseguía algo más altruista.

La puerta se abrió y el venerable Fréderic, secretario personal del Presidente, con su brillante cabello blanco, se erigió solemne­mente y se dirigió hacia él.

– Congresista Lacoste, el Presidente de los Estados Unidos le recibirá ahora. Si me hace el favor de acompañarme.

La puerta del despacho oval se abrió, el secretario personal se hizo a un lado y con un gesto le invitó a entrar. Sentado en el escritorio, con la mirada fija en los escritos de sobre la mesa, el Presidente levantó la cabeza dejando denotar las arrugas de las continuas preocupaciones que le causaban la recien­temente criticada política exterior.

– Perdone Henry, espero no haberle hecho esperar demasiado. No se imagina la cantidad de compromisos que se me echan enci­ma.

– No debe preocuparse por mí señor, tan solo venía a infor­marle de “Hureip”.

– ¡Ya!, vaya como pasa el tiempo.

– En efecto señor Presidente. Debo de informarle que la prime­ra etapa ya se ha completado con éxito.

– ¿Quiere decir que el ordenador ya está en condiciones de pre­decir el futuro?

– Bueno Sr. Presidente, no es algo tan rápido como un progra­ma matemático. Digamos, que tenemos la semilla, ahora debemos hacer que crezca como debe y con suerte, en breve obtendremos sus frutos.

– ¿Y la doctora…?

– Campwell señor. Actuó tal como nuestros psicólogos pre­dijeron, ella misma ha sido la que convencida de nuestro intento de manipulación ha forjado la primigenia de la primera pareja.

– ¿Y está seguro que a partir de hoy se va a reproducir una sociedad como la nuestra?

– Eso espero, Sr. Suponemos que la doctora Campwell, ha despertado suficientemente el instinto de auto dependencia, y junto a la renegación de ‘”los creadores”, esperamos que evolucionen como nosotros lo hicimos.

Con la mirada perdida en el suelo de la habitación y con aire meditabundo, el presidente recapacitaba en voz baja sobre las últi­mas palabras:

-Como nosotros lo hicimos.

– No debe verlos exactamente como humanos. En si, todo el proyecto ha sido encaminado a verter en un ordenador los datos que forman humanos a los hombres.

El cerebro humano es como un ordenador. Desde que nace, aprende a relacionar la información que recibe de sus terminales (los sentidos). Los instintos naturales de supervivencia y conservación de la especie, son los que han degenerado en nuestra actual sociedad.

Nosotros hemos hecho lo mismo. Hemos recreado un cerebro que sea capaz de relacionar los datos que le transmitimos.

El Proyecto Europeo Génesis intentó que todo esto ocurriese espontáneamente, pero no lo consiguieron. En si, únicamente se trata de la evolución de la información, a través de las ecuaciones que Cray 5 desentrañó de nuestra forma de razonar.

El Presidente meditaba intentando aceptar el punto de vista de Lacoste. Quizás si. Quizás todo se resumía a un complejo progra­ma informático.

– ¡Está bien! ¿Cuanto tiempo tardará ese ordenador en darnos resultados?

– Espero que no tardemos más de tres o cuatro días. El progra­ma que elaboraron los sociólogos en el Ulises está perfectamente subsistema Génesis listo para evolucionar.

– Pero si no recuerdo mal, ¿está en la red K-200, y es europea?

– No exactamente. La red está constituida por el Consorcio Génesis; y el MIT, como colaborador del Consorcio, tiene algunos privilegios. Ellos nos dejaron bajo contrato, un área del subsistema. Si lo recuerda, son unos cuantos kilómetros cuadrados en el polo Antártico.

– Sí, Edén. Lo recuerdo.

– En realidad, lo que a nosotros nos interesaba era acceder al complicado programa del Sistema Cerrado que regula las leyes naturales. Modificamos algunos de los parámetros e incluimos una cláusula del contrato por la que el MIT, se reserva la opción de com­pra de todo el subsistema.

– ¿Y accedieron?

– Por supuesto. La venta para investigación, no le supone nin­gún tipo de perdida. Únicamente pagamos un Software, con la con­dición de las responsabilidades comerciales derivadas de cualquier posible filtración o merma de sus ventas.

– Pero aunque les podamos comprar la copia, ¿Tenemos capa­cidad para albergarla?

– Ahora mismo, no. Pero ése no es problema. Al trasladar a Adán, Eva y Cray 5, violamos el acceso restringido.

El Presidente pareció alarmarse.

– Quiere decir ¿que no teníamos autorización para llevar a cabo el traslado?

– No tiene por qué preocuparse señor, toda la responsabilidad recaerá en el aparentado sabotaje realizado por la Dra. Campwell y su Director de Programación. Tenemos pruebas concluyentes que demostrarán su deliberada y no autorizada intervención para tras­ladar a la pareja. Respecto a Cray 5, lo hemos escondido donde nunca lo encontrarán.

– ¿Escondido?

– No nos podíamos arriesgar a perder la matriz que el ordena­dor poseía. Aunque ahora está en Eva, si por cualquier accidente, se destruyese sin dejar descendencia, no tendríamos la posibilidad de injertar el razonamiento a otra creación. Además, Cray 5 será nuestro enlace directo con los futuros especimenes. Él es el único que puede acceder directamente a cada registro o individuo y hacerle llegar la información que deseemos. Por ello hicimos que Cray 5 hiciese una representación virtual que fuese capaz de alber­gar su información.

– ¡Chips virtuales!

– No. Prefirió un sistema neuronal. Con algunas modificacio­nes en sus procesos biológicos, pero mucho mas seguro y reducido. Como un hombre poco más o menos.

– ¿Y porqué esconderlo?

– No tenemos ninguna justificación para trasladarlo, y si lo encontrasen y descubriesen qué es…, Bueno, nos veríamos en un apuro.

Pero no se preocupe, lo ocultamos bajo el manto terrestre, a unos cuantos kilómetros de profundidad; donde con toda seguri­dad, nadie irá a buscar nada. Un espacio vacío que…

La cara del presidente palideció. Parecía faltarle el aliento y su rostro blanquecino, expresaba un agudo dolor.

Un nuevo ataque cardíaco. El secretario que se encontraba de pie a sus espaldas, corrió hacia la mesa del Presidente. Éste levan­tó la mano indicando que esperase y no se alarmase. Sacó una pequeña cajita del bolsillo interior de su americana y se llevó a la boca una de las pequeñas píldoras que contenía. Fréderic se apresuró a servirle un vaso de agua. El Presidente tomó un pequeño sorbo y pareció que recobraba el aliento.

  • Gracias Fréderic.

El Secretario parecía temer retirarse de su lado, ante una pos­terior complicación.

Él cardiólogo había insistido que no había bastante con las dosis de fibrinolíticos. Ni la estreptoquinasa ni el t-PA, podían garantizar que la trombosis desapareciera. Recomendaban unas cortas vacaciones en las que descargar el stress.

El Presidente había decidido que ese no era el momento para unas vacaciones. Dos meses más de mandato, y se retiraría definitivamente a su pequeña finca de Florida. Él pertenecía a una fami­lia de granjeros, y siempre le había gustado cultivar la tierra. De hecho, una de sus aficiones que había sido usada como propaganda presidencial era cuidar del pequeño jardín junto a la casa blanca. Los breves momentos que podía abstraerse en el le servían de un pro­fundo relax.

Recordaba cuando era joven y veía a sus padres ocuparse de la siembra del maíz. Su padre lo sentaba junto a él en el tractor y le hablaba de cuando su abuelo empezó a construir la pequeña granja, ahora desaparecida, y junto a la abuela, araban la tierra con la ayuda de los animales. Ellos -le decía- lucharon para poder agran­dar el sembrado y que sus hijos no pasaran necesidades. “Tú no hijo mío, tu debes de seguir estudiando y ser algo más que un granjero, eres inteligente y debes aprovechar ese don de Dios para servir a los demás”.

Cuantas veces había recordado esas palabras y cuantas veces en pos de poder ayudar mejor a los demás, había sacrificado lo que a él más le gustaba. Una vida sencilla, como la de sus abuelos. Luchando por arrancarle los frutos a la tierra, y disfrutando del calor del sol que gratuitamente regala cada día a todos los hombres. No hacía falta ser rico ni pobre para beneficiarse de él, aunque él luchaba por dar la oportunidad a todo el mundo de disfrutar el máximo tiempo de él, con el estómago lleno: ¡Paradójico! El país más rico del mundo, y con mayor índice de insatisfacción.

Al menos, la mayoría de los chinos no ambicio­naban más que una simple bicicleta, un reloj de pulsera o una maravillosa pequeña televisión. Si él pudiera hacer que los americanos sintieran lo mismo, que fácil sería darles todo eso y más, a cada uno de ellos. Y para colmo, el que los Europeos lo estuvieran consiguiendo, suponía una catástrofe para su país y el sistema de vida americano.

Cuando a finales de siglo Europa decidió reducir drástica­mente la publicidad para no aumentar la insatisfacción de la pobla­ción que se veía envuelta en la crisis económica; nadie podía supo­ner que llegaran a acostumbrarse tan rápidamente.

Una intensiva campaña de concienciación social, hizo que los europeos empezasen a desestimar las pequeñas chucherías super­fluas. El resultado: Que solo en cuatro años, se redujo en un 45% las ventas de automóviles, en un 53% las de electrodomésticos y en un 25% la alimentación.

A pesar de aumentar los impuestos, la gente tenía suficiente, y como los impuestos se empleaban en bienestar social, absurdamente, eran felices paseando en bicicleta, practicando deportes y haciendo reuniones públicas. La familia recobró el tiempo que se dedicaba Al sobre sueldo para comprarle al niño las dichosas ” Nike”, y lo peor de todo, era que los pocos productos que compraban eran comunitarios.

Cuando Estados Unidos y Japón quisieron responder, ya era demasiado tarde. Las presiones para que se restableciese el consu­mismo fueron tomadas como un intento de invasión, y desperta­ron un resentimiento que se hizo voz en los parlamentos. Francia, España e Italia, propusieron un boicot a las importa­ciones, y Alemania e Inglaterra, parecían ser las únicas reticentes a aceptar el conformismo. Pero en las últimas elecciones británicas, los partidarios de poner fin al antiguo sistema aumentaron su fuer­za. Si ocurría lo mismo en Alemania el Parlamento Europeo podía poner en un grave apuro a la economía Nipo-Americana.

Inconscientemente, los países árabes se hicieron eco y simpati­zaron con el antiamericanismo que surgía en la población europea. Por suerte, Sudamérica y Centroamérica, donde intentaban aceptar el nuevo modelo; fue posible hacer una campaña en la que la pobla­ción, menos estimulada, se manifestó en contra de perder los nue­vos maravillosos productos que le ofrecía el mercado americano. No, no había tiempo de vacaciones.

Los asesores apoyaban la idea, que fomentando una crisis, en la que Europa tuviese que recurrir al papel de gendarme mundial, que Estados Unidos se había ganado a pulso; sería la carta definiti­va a poner en una mesa de negociaciones.

Israel no estaba dispuesto a ser el instrumento que iniciase la crisis. La tan esperada y merecida paz, había llegado y no volverí­an a ponerla en juego.

El sudeste asiático, traía recuerdos a la población americana que ponía en peligro la no aceptación del conflicto.

China, tal vez… No. Eso era algo que quería y podía evitar.

Una crisis era un arma de doble filo con la que, de ir mal, ser­viría para marginar definitivamente a Estados Unidos de la comu­nidad mundial. Incluso Japón se haría provecho de ello. Le quedaba otra carta, pero no menos peligrosa. Si al menos Génesis le pudiese adelantar la reacción de la impre­visible sociedad humana…

– No se preocupen. No ha sido nada.

-Con su permiso Sr. Presidente me retiraré. Yo…-

– No por favor. Ya ha pasado, y me interesa saber… ¿Cuanto tiempo tardaríamos poniendo a disposición todo lo que hiciese falta, en poder ver la evolución de esa sociedad paralela? ,

-Bueno… recrear la historia, ya le he dicho que es algo rápido; tres o cuatro días. Respecto al futuro…, deberemos reducir la velo­cidad de procesamiento para poder detenernos a mirar los resulta dos. Todo depende de la simetría que consigamos. Tal vez se tenga que volver a empezar un par de veces para subsanar algunos erro­res, pero no creo que suponga un retraso de más de uno o dos días. – ¿Pero como es posible que en solo tres o cuatro días…?:

– Piense que Génesis ha recorrido más de 4000 millones de años en poco más de una década: En comparación, nosotros iremos a paso de tortuga, aunque dados los reajustes que Cray 5 tendrá que realizar con los datos que le proporcionará Ulises, es lo máxi­mo que podemos conseguir.

– ¿Reajustes?

– Si deseamos una réplica de la sociedad actual, habrá que guiar en la historia a los moradores de Génesis. Ayudarles en el desa­rrollo de la técnica si no la adquieren por ellos mismos, formar las grandes corrientes religiosas, vigilar que sucedan algunos de los acontecimientos que marcaron nuestra sociedad… ya sabe, la enci­clopedia que recogimos en Ulises.

– ¿Y cree que podrá ser tan parecido?

– Sí, por supuesto. Incluso los nombres de las naciones ciuda­des y personajes serán los mismos. Piense que Cray 5 irá facilitan­do los nombres que poner los padres a sus hijos, los estudios por los que éstos se verán atraídos, las ideas que les llevarán al desa­rrollo de sus invenciones, en fin, todo cuanto parece ha influido o influye en nuestra sociedad.

– ¿Pero los europeos se darán cuenta de nuestra manipula­ción?

– No. Su primera reacción después de quedarse boquiabiertos tardará al menos un mes, en ese tiempo sabremos perfectamente que excusa tomarán como válida los europeos de Génesis. Si la simetría es perfecta, nosotros tenemos a Cray 5 y les llevaremos siempre la delantera. Si no es perfecta, no hay porque preocuparse de que sospechen una manipulación, no podrán demostrar nada.

– Espero que tenga razón Henry. Si lo descubriesen tendría que dimitir. Usted sabe quién se haría con la presidencia, nuestras relaciones con el resto de países se verían tan deterioradas… que nos veríamos sumidos en una guerra irremediable.

Necesito esos resultados con urgencia. Ojalá ésta sea la solu­ción que acabe con los problemas de este país.

El presidente sabía perfectamente que su reelección era impo­sible. Ni su estado de salud era de confianza para el pueblo ni su política conservadora había sido del agrado de la mayoría. Incluso algunos de su mismo partido, empezaban a criticarlo y pasarse a la oposición temiendo lo peor.

Sabía que un golpe de fuerza ante una crisis podía reactivar la simpatía hacia la presidencia, pero Lacoste tuvo razón cuando le dijo que aparte de la responsabilidad política, está la responsabilidad moral del individuo a quien el pueblo confió el poder. Era él, quién tenía que encontrar la alternativa adecuada, de lo contrario el próximo Gobierno (que sin duda emplearía en la campaña elec­toral, la crítica de la debilidad en la política exterior); se vería obli­gado a emplear la mano dura en las negociaciones con la Unión Europea y eso, acabaría como poco, en una marginación.

Pero había algo más que inquietaba los pensamientos del pre­sidente: “Génesis”.

¡Ya no era tan solo una casualidad!

  • Gracias Henry, de momento eso es todo. Infórmeme cuanto antes de como evoluciona. Ya sabe que tiene usted carta blanca.

Lacoste afirmó con la cabeza y no quiso prolongar su entrevista, se había dado cuenta que el Presidente había estado ocultando el fuerte dolor que el infarto le había producido. Algo se le escapaba, notaba que le escondía algo y no le gustaba para nada esa desagradable sensación de no tener por completo el control. De todas maneras ahora no podía demostrar la más mínima debilidad, ni ante el Presidente ni a los pocos que seguían con­fiando en su recto proceder.

Llevándose la mano al pecho, el Presidente dejó aflorar un hondo sentimiento, mezcla del dolor y la falta de tiempo que le acompañaban al final de su mandato.

– Dígale al Secretario de Asuntos Exteriores que demoraré su visita unos veinte minutos.

– Como usted diga señor presidente. ¿Quiere que avise al doc­tor?

– No, ahora no. ¡Ah! y por favor mande traerme el expediente presidencial “Aurora”.

Una leve inclinación de complacencia y cerró la puerta. Cuando al cabo de unos minutos se volvió a abrir, dos oficiales de la guardia presidencial impecablemente uniformados, dieron sen dos taconazos y con un saludo militar finalizaron su presentación.

  • Gracias, caballeros. Si me hacen el favor.

Avanzaron unos pasos. El oficial de la derecha puso sobre la mesa el maletín que llevaba unido a su muñeca con una cadena, el segundo oficial sacó de dentro de su pecho una llave plateada, la introdujo en una hendidura del lateral y las pestañas que cubrían la cerradura de combinación, cedieron a un lado. El Presidente marcó la clave de seis dígitos y al instante un resorte dejó entrea­bierta la valija. Sacó de dentro de ella una gruesa carpeta en cuyas tapas se leía “AURORA” y en letra más pequeña, en un rojo car­mín-“SOLO PARA LOS OJOS DEL PRESIDENTE”.

Los oficiales cerraron el maletín ahora vacío, y con la caracte­rística marcialidad, se retiraron al otro lado de la puerta.

El presidente abrió la semi-plateada carpeta hecha de material ignífugo y extrajo de su interior un informe y algunas fotos.

Se quedó observando al grupo de exploradores que despren­didos de su tupida ropa polar, posaban bajo una palmera datilera acariciando un tigre de bengala.

Los informes científicos, no acababan de aclarar la existencia de un oasis tropical, casi en el centro del Circulo Polar Antártico. Desde, que a finales de 1928 se estableció la primera base Norteamericana denominada “Little América”, pequeña, en un continente de 14 millones de kilómetros cuadrados, casi el doble que los Estados Unidos, se han dado todo tipo de soluciones: desde una extrema actividad volcánica que calentaría el subsuelo, hasta las influencias del campo magnético terrestre en el fértil suelo polar.

Amundsen detallaba por primera vez en su diario, la imagen de un fantástico mamut en las cercanías del polo sur. Ese mismo año, después de su muerte al estrellarse con el hidroplano en la búsqueda del dirigible “Italia”, Richard Evelyn Byrd, junto con otros 41 hombres, fundaron la empresa de la exploración exhausti­va del continente blanco. ¿Quién le podía decir que 81 años más tarde, su preciado descubrimiento seguiría oculto a los ojos de la historia? Allí estaba él, el hombre más orgulloso del mundo, acarician­do la barbilla de aquel enorme tigre de bengala.

No. No era solamente la casualidad de que se decidiese ubicar Edén en el centro de un continente helado. Ni tan sólo el inhóspi­to hallazgo de vegetación y fauna tan variada y extraña, era un cúmulo de casualidades que se hacían evidentes. Si alguien además de él, llegase a tener conocimiento de ésto …o, si por lo menos hubiese ocurrido tan solo una década atrás…

EL POZO DEL INFIERNO

5’30 horas de la mañana. Gran Desierto de Sindy (Oregón). 50 kilómetros al noreste del lago Alberto.

Con el débil perfil que el cercano amanecer ofrecía de las leja­nas montañas Steens, en la oscuridad del horizonte, una potente luz cuyo resplandor era cegador, se aproximaba.

Al poco, el punto luminoso pasó a dividirse en dos, y con un creciente ruido, su llegada parecía ser inminente.

La depredadora serpiente, se quedó rígida al borde del cami­no, como hipnotizada por la visión. Agazapada junto a una roca, vió como a tan solo unos pocos centímetros de ella, pasaban las estrepitosas ruedas del autobús del turno de la mañana; dejando tras de sí, una espesa y oscura nube de polvo.

A bordo, iluminados por la débil amarillenta luz que les ofre­cía las mamparas situadas en el techo del corredor, todos a excep­ción del conductor, parecían querer arañar a 1a noche esos últimos minutos que les ofrecía la posibilidad de dar una pequeña cabeza­da antes de iniciar la dura jornada.

Pablo Anderson aprovechaba el tiempo con su nueva y silen­ciosa maquinilla eléctrica superconductora, para rasurarse su espe­sa barba.

Típico trabajador duro americano, de anchas espaldas y pro­minente barriga; su amigable y rechoncho rostro, recordaba a los antiguos exploradores, cazadores de osos Kodiak.

Llegaban a la verja que protegía el perímetro de la base militar “Alberto”. Oficialmente, se trataba de la instalación de un puesto de mando estratégico que controlaría la red informática de vigilan­cia aérea de la costa oeste norteamericana.

  • Bueno, bien chicos, despertad, ya estamos en Disneylandia -anunció el conductor-

Algunos bostezos y crujir de huesos se dejaron oír en el interior del vehículo. Roy Fatman, cuyo apellido no tenía nada que ver con su delgada complexión, se había ganado el irónico apodo de Gordo. Acabando de estirarse en su asiento, ladeó la cabeza fiján­dose en la maquinilla de afeitar de su compañero.

– Me la regaló Joy. Es silenciosa ¡Eh!

– ¿Ahora te va a dar por afeitarte en el autobús?

– No, es que ayer… bien, se me hizo un poco tarde y esta maña­

na…

– ¿Has hecho las paces con Margaret?

– No. Bueno, quiero decir que no es eso, pero sí, parece que ya se le pasó.

– No quisiera meterme donde no me llaman, pero creo que deberías dejar que se fuera una temporada lejos de aquí. Este desierto no es bueno para vivir y menos con una familia.

– Lo sé, y quizás estas navidades cerraré mi contrato con los militares y nos iremos a casa. Últimamente tengo algunas cosas en la cabeza y no he estado demasiado por ella.

– Llevo más de dos meses oyéndote hablar cada mañana de dejar el trabajo ‘y volver a casa, y creo que tendré que aguantar otros dos, escuchando la misma historia.

– Te aseguro Gordo que esta vez va en serio. Seis meses es demasiado tiempo para vivir en ese poblado prefabricado, por muy bien que paguen los militares. Además, no soporto estar más allá abajo.

Después de haber pasado dos duros años en el paro, Roy no podía permitirse el lujo de criticar el trabajo. Con un poco de suer­te, él aguantaría todo el tiempo que pudiese, hasta que tuviese sufi­ciente dinero para montarse un taller por su cuenta. Tenía todos los planes hechos, y por mucha calor que hiciese allá abajo; aguan­taría.

Llegaban a la base, y un soldado salió al paso del vehículo. El conductor le enseñó la documentación. Dos perros adiestrados olfatearon de arriba y abajo del autobús, y poco después, el mismo soldado autorizaba su entrada.

Iluminadas por una batería de farolas que jalonaban todo el perímetro del recinto, se distinguían las enormes montañas de lava negruzca que se extendían una tras otra a lo largo de todo el borde oeste, a unos 200 metros tras la verja metálica.

Una calle central, atravesaba la base desde la entrada principal, al sur, hasta la zona norte donde acababa y se encontraba con la entrada al “Pozo del Infierno”.

Cinco grandes construcciones formaban el complejo de la base. Dos de ellas eran los barracones situados a ambos lados de la calle, cerca de la entrada sur, y que estaban destinados al personal militar: alojamiento, servicios y dependencias oficiales; las otras tres situadas un poco más al norte, casi al final, formaban el verdadero corazón de la misma.

La nave central, con un techo poco común en forma de cúpula semiesférica reticulada y que confería un aire arquitectónico extra­ño para una base militar, albergaba los servicios de los trabajadores y los ascensores que daban acceso al pozo. A su izquierda, casi ado­sado a la nave central, se encontraba un gran techado sin paredes, bajo el que los potentes generadores y motores eléctricos, inunda­ban el ambiente con su continuo silbido y traqueteo, mientras se encargaban de suministrar la ventilación y refrigeración del pozo, así cómo del funcionamiento del sistema de tornillos sin fin, por el que continuamente ascendían los residuos de la excavación.

La edificación de la derecha, mucho más grande que las otras dos, era un gran hangar, donde se encontraban los talleres de repa­ración de maquinaria y donde se preparaba y almacenaba la enor me cantidad de material que consumía frenéticamente la continua prolongación del pozo.

Dos enormes grúas amarillas se alzaban con su colosidad tras los tejados de las tres construcciones. Ni tan siquiera la fuerte ilu­minación que las cuatro torres proporcionaban a todo el recinto, dejaban ver en el tenue amanecer, la completa estatura de esas diplodocos, que con sus enormes mandíbulas, cargaban toneladas de tierra en los camiones de un solo bocado.

Una continua actividad se desarrollaba perpetuamente tanto en la superficie, como abajo, en la más profunda de las galerías. Camiones que iban y venían llevándose los residuos o trayendo material, trabajadores que hormigueaban de un lado para otro y las omnipresentes patrullas de los militares vehículos todo terreno. Un hormiguero. Sí, quizás esa sería la mejor descripción de la base: “Pozo del infierno”.

Curioso e ineludible nombre el que le fue impuesto como mote. Ese fue el que, primero por los trabajadores y luego por todo el personal, decidieron bautizarlo cuando sobre pasaron los mil metros de profundidad en la excavación, ganando así al vecino cañón del infierno, que con sus gigantescas depresio­nes verticales de 800 metros de grisáceas y ferrosas paredes exca­vadas por el río Snake, poco tenían que envidiar al sureño vecino del Colorado,

El autobús se detuvo frente a la entrada a la cúpula y las puer­tas se abrieron. Bajaron del vehículo y se dirigieron hacia las taqui­llas. Pablo dejó en la suya su nueva maquina de afeitar, recogió el casco, y se dirigió a la zona de ascensores.

Formaban en fila, cuando uno de los soldados que portaba un detector de metales, se les acercó revisando uno por uno a todos ellos. Ni relojes, ni gafas, ni nada metálico; esas eran las normas.

El pitido del detector, indicaba que algo anormal había en Pablo Anderson, perforador de primera.

  • ¿Que lleva allí?

La cara de Pablo parecía también extrañada. Abrió la fiam­brera de plástico del almuerzo y miró en su interior. Sacó un par de sandwiches envueltos en papel de aluminio y se disculpó.

– Parece que a mi parienta se le acabó el papel vegetal.

– Ya sabe que las normas…

– Que quería que los envolviese con la tinta de un maldito periódico.

– Lo siento pero las normas…

– Está bien, está bien.

Desenvolvió los sandwiches que chorreaban mayonesa, y haciendo una pelota con el papel de aluminio, lo lanzó a una pape­lera próxima, haciendo una cinta que desembocó en una difícil y casual canasta. Sus compañeros le aplaudieron y silbaron ante su acierto y Pablo, regocijándose, se chupó los dedos untados por la salsa.

– Ya está, ve que fácil.

– ¡De acuerdo, de acuerdo! Continúe.

Unos pasos más adelante, Pablo hablaba en voz baja con Roy.

– ¿Ves lo que te decía? Envuelves un sandwich como todo el mundo y te tratan como si llevaras una bomba. ¿Que diantres se pensarán que puedo hacer con un trozo de papel de aluminio?

– ¿Que te ocurre?, ¿porqué ahora, al cabo de casi seis meses te da por encontrar esas pegas?

– Es que no es solo eso. ¿No te das cuenta? Nos tratan como si fuéramos personas de segunda, como si estuviésemos en una penitenciaría.

– ¿Y que esperabas, que te dejasen bajar con tu videocámara para que pudieses enseñar a tus amigos como es el lugar donde tra­bajas? Es una base militar, y deben velar por su seguridad. ¿Es eso lo que te extraña?

– Déjalo. Tú no lo entiendes.

Entraron en el amplio ascensor, ocuparon dos de los doce asientos, y ajustándose los cinturones de seguridad, esperaron a que el resto de los de su turno se acomodaran también.

Cuatro ascensores y dos montacargas, se encargaban de trasla­dar al personal y el material arriba y abajo de los diferentes tramos del pozo. La sincronización evitaba que más de dos ascensores, uno de subida y otro de bajada; pudieran estar ocupados a la vez y sufrir algún accidente. De esta manera, se conseguía un traslado escalonado pero continuo de todo el personal entrante y saliente. Las puertas se cerraron y la perdida de gravidez empezó a dejarse notar en el silencioso ascensor. Dotado de almohadillas superconductoras, ni tan siquiera rozaba con las guías. Era difícil calcular la velocidad a la que descendían, pero a juzgar por los tam­baleos que provocaba el rápido cruce con los ascensores en direc­ción contraria, parecía muy superior a la que Pablo había calculado para el tiempo de aceleración y frenada.

A Pablo le llamó la atención la conversación que dos de sus compañeros estaban llevando.

– Te digo que es verdad. Mi hijo también los vió. Eran tres y volaban como rayos. Estuvieron durante casi un minuto, quietos sobre la vertical de la base hasta que llegaron dos reactores y enton­ces ¡fiuuu!, subieron hacia arriba y desaparecieron.

– Serían algún nuevo modelo experimental, o quizás tan solo unos helicópteros de aprovisionamiento. Puede que algún efecto visual hiciese parecer que ascendían más rápido. Vete tú a saber.

– No sé, pero ¡sabes!, tengo un primo en Ohio que me contó que un amigo suyo los vio. Dijo que bajaron de una nave lumino­sa y que eran como nosotros, algo más altos, y cuando intentó acer carse, le lanzaron una especie de rayo que le hizo perder la memo­ria, y cuando recobró el conocimiento, ya se habían marchado.

Un tercero intervino.

  • Creo que tu primo y el amigo de tu primo tendríais que ver menos películas de marcianos y no creeros todos lo dibujos ani­mados, o como te explicas que el coyote siga vivo ¡mec!, ¡mec!

Las carcajadas se generalizaron. Aunque, no era todo tan ridí­culo. Pablo también había visto la pasada noche esas luces sobre la base, no había excesivo calor ni nubes que pudiesen hacer un efecto de distorsión, no eran helicópteros, y por la evolución que lleva­ban, estaban lejos de poder ser pilotados, y ni tan siquiera de ser construidos por el hombre. Además, no era la primera vez; trabajadores del pozo antes que él le habían hablado de un día en el que un objeto luminoso se situó a pocos metros sobre la cúpu­la del pozo y que una bola de fuego salió de él y corrió por el hueco de los ascensores hasta el fondo, dio unas vueltas sobre si misma, y de nuevo subió para arriba desapareciendo la bola y la nave en un destello que no permitió seguir su dirección.

Dijeron que había sido un rayo en bola producido por la dife­rencia magnética del pozo a la superficie, condensada en la metáli­ca estructura de la cúpula, y que fue un helicóptero lo que sobre voló el hangar, pero el que las personas que estuvieron en ese turno, fueran despedidas selectivamente una tras otra, parecía obe­decer a otra razón que no era la de evitar sembrar un miedo injus­tificado como argumentaban los militares.

Quizás no era otra cosa que su imaginación, la que llevaba a pensar a Pablo que había algo más oculto tras la fachada de una base subterránea. Según los ingenieros estaban trabajando en un nuevo récord mundial: 10 kilómetros de profundidad, aún sin otras cuestiones, era extraño enclavar una base a tanta profundidad, si en el peor de los supuestos, un impacto nuclear subterráneo alcanzase las proxi­midades de la base, el temblor que debería producir para destruir­la a dos kilómetros de profundidad, la destruiría igualmente aun­que estuviese a diez. Además, a tanta profundidad, ¿qué podían instalar? Una base de comunicaciones se vería incomunicada a tanta profundidad, y si tuviese enlace con el exterior, una simple detonación en la superficie que destruyese el enlace, acabaría por dejarla inactiva.

No, no podía ser eso. Debía de tratarse de algo más. Algún laboratorio, un refugio, algún experimento…, ¿pero porqué a tanta profundidad? Se suponía que a 10 kilómetros de profundidad, la temperatura tendría que ser infernal; sin embargo, aunque caluro­sa, distaba mucho de ser tan solo sofocante. Ningún tipo de aire acondicionado podría hacer llegar la refrigeración de toda una galería a 10 kilómetros de profundidad, y sin embargo, él había notado que las rocas no estaban excesivamente calientes al tacto, únicamente en el último tramo en el que ahora trabajaban, se había dejado sentir el calor de la presión ejercida por la corteza terrestre, pero en absoluto se correspondía con la previsible. Además, estaba el asunto de la profundidad. Él había calculado, que aún suponiendo que los modernos ascensores de guías superconductoras fuesen igual de lentos que sus predecesores, el viaje resultaba demasiado lento.

El pozo del infierno estaba compuesto por doce tramos o esca­lones. A partir de la superficie, una excavación vertical de casi 250 metros cuadrados en forma rectangular y repleto de una enmara ñada red metálica de vigas y contrafuertes que soportaban y aguantaban las paredes, permitía el paso de los ascensores, las grandes tuberías de los sistemas de ventilación y refrigeración, y los dos grandiosos tornillos por los que ascendían los miles de toneladas de roca sedimentaria.

A 800 metros de profundidad el pozo tomaba forma horizon­tal, ensanchándose en una galería, cuyo techo soportado por cuatro hileras de gruesas columnas afianzadas y rebozadas, tenía una altitud de unos cinco metros. Cinco calles corrían a lo largo de la galería durante 220 metros, hasta que llegaban al nuevo tramo de otros 800 metros en vertical, donde se iniciaba otro nuevo escalón. Así suce­sivamente doce veces para llegar de la superficie al fondo del pozo. Una abismal perforación casi en vertical, que gracias al sistema de peldaños, garantizaba que un accidental desprendimiento solo acabara con uno o dos de los tramos; así como también facilitaba la instalación de la maquinaria necesaria para bombear la climatiza­ción y extraer los escombros.

A falta de reloj, él había calculado que tardaban un minuto y medio aproximadamente en bajar cada tramo en ascensor, lo que suponía una velocidad de unos 35 kilómetros a la hora. 10 metros por segundo era la velocidad normal en ascensores de este tipo, sin embargo, la aceleración duraba 10 segundos y la deceleración casi 20. No podía medirlas, y menos sentado y sujetado por cinturones de seguridad, pero le daba la sensación de que la velocidad de des­censo era bastante mayor. ¿Porqué entonces no tardaban menos? De cualquier forma, esa mañana descubriría de una vez por todas si estaba equivocado.

El ascensor empezó a frenar, llegó al final de su recorrido y lentamente se abrieron las puertas que dejaron escapar la luz de su interior, iluminando la débil claridad que unas pocas lámparas pro­porcionaban a la primera galería. Se desabrocharon el cinturón de seguridad y saliendo al exterior experimentaron ese aire viciado por la tierra, tan típico de las minas y que hacía sentir una respira­ción pesada.

Una especie de vagoneta con asientos que discurría sobre los pulimentados raíles encajados en las traviesas del suelo, les espe­raba para transportarlos hasta el siguiente ascensor a través de la calle central para, más tarde, volver con el turno saliente por la calle que ahora discurría a su izquierda.

A la derecha, en la calle que estaba entre la que ellos circulaban y la que, pegada a la pared, servía para albergar las cintas trans­portadoras y las tuberías de ventilación, dos obreros reacondicionaban una carga de anclas afianzadoras que acababan de bajar en vagoneta de uno de los montacargas. Seguramente, con ese trans­porte acabarían su turno de noche y podrían disfrutar de los próxi­mos dos días. El día siguiente era sábado y a Pablo junto con sus compañeros de turno aun le quedaba otra jornada por delante.

Empezaban a moverse, y levantando la mano, se despidieron de los dos compañeros, deseándoles un buen fin de semana.

– Esos sí que tienen suerte ¡eh Pablo!

– Perdona, ¿que decías?

– ¿Qué te pasa? ¿Todavía no te has despertado o qué?

– No, estaba pensando en mis cosas.

– ¿Margaret?

Aunque no contestó verbalmente, el suspiro y el leve cabeceo, indicaron que así era.

– Sabes, había estado pensando que Susan tenía ganas de pasar unos días tranquilos lejos de aquí, y podríamos aprovechar este fin de semana para ir los cuatro juntos. Podríamos dejar a los chicos en casa y darnos una pequeña escapada. Quizás eso es lo que os con­viene a los dos. ¿Qué te parece?

– No. Tengo algunos asuntillos que resolver, y quiero aprove­char este fin de semana. Te lo agradezco, pero… tal vez el mes que viene podamos organizar unas pequeñas vacaciones.

– Está bien, como quieras. De todas maneras, si decides cam­biar de pensamiento estoy seguro que harías de Margaret la mujer más feliz del mundo.

– ¿Feliz? Bueno supongo que eso la apartaría un par de días de sus depresiones, pero dudo de que solucionen más allá de un fin de semana.

– ¿Porqué no la dejaste irse una temporada con sus padres? Joy y tu os podéis apañar bien unos días sin ella, hasta Navidad, y después…

– Por favor no empieces tú también ahora. Ya le dije que a pri­meros de año dejaría este trabajo y volveríamos a casa. Incluso acepté para que montase su soñada peluquería, pero ahora la nece sito aquí. Además, cada vez que va a ver a sus padres, le calientan la cabeza con: ¿porqué se casó con un nómada errante? Supongo que a ellos les gustaría que se hubiese casado con el vecino para tenerla siempre en casa.

– ¿Y porqué no buscas un trabajo en su pueblo y os instaláis de una vez?

– ¿Un trabajo? ¿Estás de broma o qué? ¿Quién que no sea fun­cionario encuentra un trabajo en estos días? Las minas de Olson han dejado de ser productivas, la mitad de las minas de este país han dejado de serlo, ¿qué quieres, que trabaje cortando césped? No, haré lo que ella quiere, montaremos la peluquería y yo mi pequeña ferretería. Quizás no de para mucho, pero por lo menos dejaré este maldito trabajo de topos.

Llegaban al segundo ascensor coincidiendo en que bajaban de él los salientes del turno de noche. Se saludaron, y el capataz cogió el teléfono junto al ascensor y comunicó el encuentro.

  • Bien chicos, preparados. A menos 30, 29, 28…

Los dos grupos se reunieron en un pequeño refugio a la izquierda de los ascensores. Se sentaron y esperaron. Se oyó algún comentario sobre el aumento de la temperatura en el último tramo. Existía la creencia que ese era por fin el enclave de la base.

Una luz roja se encendió sobre sus cabezas, a la vez que el capataz decía:

-¡Ahora!

Tardó unos segundos hasta que una sorda explosión se dejó escuchar. Poco después, una leve sacudida hizo vibrar toda la gale­ría. Una pequeña ráfaga de aire subió por el hueco de los ascenso­res, mientras que por los gigantescos tubos de extracción se empe­zó a oír el fuerte silbido de las turbinas de aire que absorbían el polvo y los gases producidos por la detonación en el último tramo.

Todavía quedaban otras cuatro, hasta que llegasen al quinto nivel donde ahora se encontraba el último grupo de los salientes. Desde luego, no se podía negar que los militares tenían prisa en construir la base. Si bien es cierto que a cuatro kilómetros de dis­tancia, la onda expansiva no era nada virulenta, tampoco suponía mucho la pérdida de un par de horas y efectuar las detonaciones con el personal en superficie.

Prisas, siempre prisas. Al cuerno con la seguridad, pensaba en aquellos momentos Pablo.

– Parece que esto ya se está acabando chicos, ya vamos por los 250 metros y por lo visto no tienen intención de profundizar más – comentaba uno de los del turno saliente-.

– No estés tan seguro -le replicó otro -.No han ensanchado ni un metro la galería, ni parece que preparen la construcción de nada que no sea continuar adelante.

– Por mí encantado -agregó un tercero-. Con lo que pagan, ojalá dure todo un año más.

– ¿Un año más? -intervino el primero-. Ni hablar. En cuanto pasen las navidades, a este menda no le volvéis más a ver el pelo.

– ¿Es que te van a aceptar los de Hare Krisna? -bromeó el que estaba sentado junto a él-.

El sonido del teléfono dio por acabada la conversación. “Vía libre”. Podían continuar el descenso.

– Bien chicos que paséis un buen fin de semana.

– Gracias. No os canséis mucho ahí abajo.

Una hora mas tarde, el grupo con el que iba Pablo Anderson llegaba al quinto nivel. Ya no había nadie por delante suyo, tan solo el equipo de ingenieros y medición que esperaban a finalizar las detonaciones para comprobar el resultado de las mismas.

Llamaron por teléfono para verificar que los ascensores esta­ban desocupados y podder proceder a la última descarga.

– Bien muchachos. A menos 30, 29, 28…

En esos momentos de silencio, Pablo abrió solapadamente su fiambrera poniéndola entre sus brazos y el pecho, introdujo su mano derecha buscando entre los sandwiches. Todos sus compañeros estaban pendientes del maestro de detonación mientras él sacaba una pequeña bolsa de plástico embadurnada de mahonesa. Lentamente volvió a cerrar la fiambrera y entreteniéndose en desenvolver el pequeño objeto se ladeó apoyando su hombro dere­cho contra la pared. Casi lo tenía desenvuelto, cuando la detona­ción le sorprendió. El objeto resbaló de entre sus manos que solo pudieron hacerse con la pringosa bolsa, y un click, se dejó escuchar en el suelo a la vez que llegaba el sonido de la explosión.

Su rostro palideció al verse descubierto. Miró a su compañero Roy que se ladeó y bajó la mirada. Algo brillaba en el suelo, justo al lado de su pierna izquierda. Detuvo con su codo el gesto de Pablo al querer agacharse, y antes de que nadie más se diera cuenta, puso su pie sobre el objeto. Disimuladamente, Roy bajó su mano como rascándose la pierna y aprovechando el temblor que en esos momentos se dejaba notar, cogió el objeto guardándoselo en el bolsillo de su mono.

– ¡Jefe! -dijo Roy al capataz ante la atónita mirada de Pablo-. Voy a aprovechar para ir al lavabo mientras comprueban si hay derrumbe.

– Está bien, dese prisa.

Un gesto con la mirada indicó a Pablo que quería que le acom­pañase.

  • Si no le importa, yo también iré -dijo Pablo-.

Un gesto con la cabeza le anunció la aprobación.

Estaban ya dentro de los pequeños servicios cuando Roy sacó de su bolsillo el pequeño objeto que recogió del suelo. A primera vista parecía un reloj.

– ¿Que diantres es esto?, ¿te has vuelto loco o qué?

– Dame eso Gordo.

– ¡Oh, claro, de nada!

¿Pero es que no entiendes que nos pueden despedir por esto?

– Dámelo, es cosa mía.

– ¿Cosa tuya? ¿No te das cuenta que si te pillan con esto puede que piensen que todos estemos implicados? Debería denun­ciarte y así al menos salvar mi puesto. Pero eso nooo… no es lo que siento. ¿Qué es?, ¿un cronómetro?

– No, un profundímetro.

– ¿Un profundímetro? ¿Para que quieres un profundímetro?

– Está bien, te lo explicaré. Quizás no sean más que cosas mías, pero tengo la sensación de que hay algo extraño en este pozo. No es solo el hecho de que tra­bajemos a 10 kilómetros de profundidad, cosa que por otra parte, no se corresponde con la calor que tendrían que tener las rocas.

– Bueno y ¿qué? Tal vez solo estemos a 2.000 metros y a ellos les interese que creamos que realmente estamos a 10.000. ¿Qué importa?

– Importa, y mucho. No estamos a 2.000, estoy seguro de eso.

– Bueno, pues a 5.000.

– Tampoco. ¿Cuanto tardamos en cada bajada?

– No se, uno o dos minutos supongo.

– Algo así.

– Bien, ¿Y…?

– ¿Que velocidad crees que tiene el ascensor?

– ¿Porqué?

– Yo he calculado, que la velocidad mínima sería de unos 10 metros por segundo.

– ¿Y eso es mucho?

– No, es lo normal para un ascensor de minería.

– ¿Entonces?

– Un ascensor de minería de hace 10 años. A juzgar por el tiem­po de aceleración y por los nuevos sistemas de colchón magnético, deberíamos ir mucho más deprisa.

– Bueno, pues quizás lo vayamos.

– Ese es el problema. Si vamos más deprisa, significaría que estaríamos trabajando a más profundidad.

– Ya entiendo. ¿Y por eso te has traído el chisme ese, no? Bueno, pues tal vez tengas razón y este pozo sea más hondo. Imagino que lo que les interesa a los militares es que no se sepa la profundidad exacta.

– Como se nota que no has trabajado en minas. No entiendes que es imposible trabajar a más de quince kilómetros. El calor de la presión de las rocas aumenta tres grados cada 100 metros y ade­más, la proximidad del manta haría insostenible la temperatura.

– ¿Y la refrigeración?

– ¿Refrigerar miles de metros cuadrados de roca a 200 0 300 grados? No eso es algo imposible. Por eso quería calcular la pro­fundidad a la que estamos. Todo es un absurdo, llevo días enteros intentando buscar una explicación, por eso necesito saber si estoy equivocado. Sé que tengo que estarlo, pero la lógica dice lo contra­rio.

– ¿Me das eso?

– Está bien, toma. Pero será mejor que te deshagas de él en cuanto puedas.

– No te preocupes, en cuanto lleguemos abajo lo meteré en la trituradora.

Pablo cogió el profundímetro y lo miro. No cabía en la sorpre­sa.

– ¿Y bien?, ¿Que pasa?, ¿Cuanto marca?

– No lo entiendo. No puede ser, marca el tope: 25.000 metros.

– Se habrá estropeado al caerse. ¿Donde lo compraste, en unas rebajas?

– No, lo mandé pedir por correo, Busqué en algunas tiendas de por aquí pero no lo tenían. ¡Mierda!, no ha servido de nada.

La voz del capataz los llamó.

  • Vamos Pablo, será mejor que guardes bien eso y te deshagas de él en cuanto lleguemos abajo.

Cinco tramos más, y las puertas del ascensor se abrieron en la última galería. Fué como una verdadera bofetada de calor. Era extraño como solo en un día había aumentado la temperatura.

El aspecto de la galería no tenía nada que ver con las otras. Una inmensa iluminación inundaba las cinco calles. A pesar del sistema de extracción, todavía podía respirarse el olor despedido por los explosivos y una capa de polvo cubría el suelo y los toldos que tapaban la maquinaria.

Pronto las excavadoras empezaron a despejar el suelo de cas­cotes y las dumpers iban y venían con los martillos y taladros. Pablo fue con Roy a preparar su equipo de barrenamiento, y dando una pequeña vuelta, aprovecharon a tirar en la pala de una de las excavadoras el profundímetro. Siguieron ladeando la cabeza disimuladamente el recorrido de la maquina, hasta que por fin derramó su carga sobre la cuba trituradora.

Pablo pensaba que seguramente Roy tenía razón. Qué impor­taba la profundidad a la que trabajaban, de qué le iba a servir a él saberlo. Tal vez fue una obsesión sin fundamento, quererle buscar los tres pies al gato. Sí, si les ocultaban algo, sería por que era lo mejor para la defensa. Su, defensa.

– Está bien Gordo, le preguntaré a Margaret si organizamos ese viaje este fin de semana.

– ¡Bien! Seguro que le encantará.

Las máquinas ya habían acabado de limpiar de cascotes el fondo de la galería y estaban empezando a marcar los siguientes puntos de barrenamiento. Roy Fatman, mecánico técnico en tala­dradoras eléctricas, acabó de poner a punto el equipo de Pablo.

– ¡Bueno!, esto ya está a punto.

– Oye Gordo, no te parece algo extraña esta nueva beta.

– ¡Y yo que sé!

– Parece que esté llena de pequeños cristalitos.

– Pues será eso. ¿Que tipo de roca esperabas encontrar a 10.000 metros? Vete tú a saber las cosas raras que se pueden llegar a encontrar a estas profundidades.

– No sé, supongo que será normal.

– Venga, déjate de remilgos y empieza con lo tuyo -le azuzó Roy.

Pablo instaló la broca con un trépano de 228 mm., aseguró el carro giratorio con la grapa y situándose a la altura del punto mar­cado empezó a barrenar.

A los tres minutos aproximadamente colocó una nueva barra de avance y continuó con la perforación.

De repente, cuando faltaba bien poco para que finalizase el recorrido de la segunda barra, ésta fue literalmente engullida por la roca, haciendo que el taladro topase con la pared.

  • Échame una mano Pablo. Parece que he encontrado una bur­buja.

Ambos empezaron a estirar fuertemente del taladro, pero pare­cía como si del otro lado, alguien hiciera lo mismo.

  • No sale. Será mejor que desenganches el carro.

En esa labor estaba Pablo, cuando notó como la roca se empe­zaba a agrietar hacia un lado.

  • ¿Que demonios…?

Un golpe seco de Pablo desenganchó la barra haciéndoles caer hacia atrás al suelo.

  • ¿Que es eso? -preguntó Roy.

Ante los atónitos ojos de ambos, la barra desapareció dentro del agujero. Las grietas se sucedían en su aparición, y un pequeño temblor se dejaba notar bajo sus pies.

  • ¡ Vámonos! -gritó Pablo.

Tanto ellos como los compañeros que se hallaban cerca se reti­raron rápidamente hacia atrás, hacia las últimas columnas de la galería.

Un agudo silbido se dejó escuchar a la vez que las grietas se hacían mucho más marcadas.

Alguien hizo sonar la alarma y todos se retiraron hacia un refu­gio en el lateral izquierdo de la galería. Una pequeña hendidura de unos 20 metros cuadrados y dos metros de altura.

Las luces rojas de los rotativos empezaron a crear una ilumi­nación dantesca y los sonidos de la sirena no pudieron apagar el sordo ruido de un derrumbamiento.

La brillante beta agrietada, empezó a ceder y sin previo aviso, fue engullida al igual que antes la broca.

Una anaranjada luz apareció al otro lado de la brecha que se había formado en la pared e inexplicablemente, un verdadero hura­cán de aire empezó a arrastrar hacia ella, todo cuanto encontraba a su paso.

Diferentes objetos y piedras corrían por el suelo arrastrados por la ventisca. Los andamios utilizados para rebozar y asegurar el techo y las columnas de la galería, se desplomaron.

Una gran plancha de metal, despegó del suelo como si de papel se tratase y fue volando hacia la grieta.

El choque que produjo hizo ceder la pared y doce metros cua­drados de ésta fueron engullidos en silencio junto con la plancha.

La ventisca, incrementó su virulencia. Los grandes tubos de aspersión y ventilación fueron arrancados de su anclaje en la pared derecha, y como si de unos grandes gusanos se tratasen, fueron coleteando por entre las columnas de la galería hasta perderse finalmente en el abismo que parecía existir al otro lado de la pared. Los temblores anunciaban los derrumbes que sin duda se esta­ban produciendo en los tramos superiores.

Un frenético cable, iba cayendo de dentro del hueco de uno de los ascensores. Alguien alertó de lo que se avecinaba. Efectivamente, segundos más tarde el estrépito choque del ascensor contra el suelo levantaba una nube de astillas y fragmen­tos que volaban descontroladamente por entre las columnas.

Uno de los fragmentos de chapa, se salió del remolino y se diri­gía hacia el refugio. El grito de cuidado no sirvió de mucho. La fuerza que llevaba la chapa, arrancó de la pequeña cueva a uno de los trabajadores, que cayendo mal herido hacia atrás, fue arrastrado por el huracán.

Vanamente, uno de los trabajadores llegó a cogerle de una mano, per la fuerza del viento, hacía insostenible el sujetarlo. A pesar de todo, las denodadas fuerzas intentaban traerlo de nuevo hacia el refugio, cuando la vecina aproximación de otro frag­mento, obligó a soltarlo y guarecerse rápidamente hacia el insegu­ro interior.

El fragmento se estrelló contra la pared, a escasos centímetros de la hendidura. Un horripilante grito se dejó oír en medio del cata­clismo, perdiéndose rápidamente tras el otro lado de la galería. Fue entonces cuando un golpe seco en la lejanía, continuado por una disminución de la tempestad, parecía anunciar que la cosa ya había acabado. Ya solo quedaba el fuerte silbido del aire, pero ésta vez, no era tan agudo y parecía provenir del otro lado de la pared.

Cuando al fin pudieron asomarse al borde del refugio, ante ellos, en la casi penumbra en que habían quedado, se levantaba una enorme puerta que ocupaba casi la mitad del fondo de la galería. Al otro lado, una extraña y titilante luz regaba el techo de un color amarillento.

El sonido de unos cascotes, se dejó oír tras ellos. Unas piedras salieron rebotadas del interior del hueco de un ascensor. Temerosamente, Pablo se fue acercando hacia la derrumbada pared. Las gotas de sudor resbalaban por su manchada cara. Se quitó el casco y secándose con el antebrazo la frente, continuó hasta unos escasos metros del abismo.

Un abismo, eso es lo que colosalmente se extendía frente a él. Un profundo y gigantesco abismo.

Cayó de rodillas frente a él y se santiguo haciéndose la señal de la cruz.

En la superficie los sismógrafos reconocieron el temblor y sonaron las alarmas de desprendimiento. La cilíndrica cúpula de la entrada al pozo cedió en sus paredes cayendo sobre la entrada del mismo. Los equipos de socorro y rescate, hacían sonar sus sire­nas, mientras que en uno de los barracones, el Jefe de la base, Coronel Samuel Conrad, era informado de lo ocurrido.

Diplomado en Geología y especializado en Vulcanología y Geopaleontología, a los 25 años de edad había ingresado en la aca­demia militar de West Point donde completó su formación como ingeniero de minas, graduándose brillantemente como oficial de ingeniería militar. De familia castrense, su espíritu marcial y su inteligencia le valieron pronto el agrado de sus superiores.

Lejos de lo que debería haber sido, su carrera militar discurrió entre despachos, laboratorios e inacabables solicitudes de investi­gación. Fue ya en la misma academia militar, en la que, con la ayuda de un particular profesor, empezó a defender su tesis sobre la posible existencia de grandes bóvedas bajo el manto terrestre que debía albergar una zona gaseosa, que aunque no uniforme en todo el globo terráqueo, sí ocuparía grandes extensiones.

La idea, aunque no era nueva y había sido desestimada por la comunidad científica por no corresponderse con la teoría de dilata­ción terrestre, a pesar que la velocidad de crecimiento radial no era más que de 65 mm. por siglo, era que: considerando a la tierra en su primi­genia como una gran bola de materia incandescente, al enfriarse, su corteza formó una masa compacta y solida en la que en la actuali­dad el hombre habita; esa masa compacta y solidificada por el enfriamiento, flotaría sobre el mar de magma incandescente que forma el manto; pero a pesar de todo, la tierra en general se segui­ría enfriando.

Si bien es cierto que al enfriarse se contrae, ésta contracción no puede quedar detenida por el efecto cúpula que forma la corteza, algo así como la resistencia que ofrece el diseño ovoidal de una del­gada cascara de huevo. Lo que esto originaría, sería una implosión de la corteza debi­do a la presión que ejercería la continua reducción del núcleo.

Es como si recubriésemos un globo de escayola y dejásemos que se secase. Una vez seco, al deshincharlo podrían pasar dos cosas: Una que la corteza no soportase la presión del vacío y cediese hacia el interior y la otra, que una zona porosa o resquebrajada, permitiese la entrada de aire que aliviaría la implosión.

Puesto que la tierra no ha sufrido ninguna implosión, sería lógico el suponer que pudieran existir zonas por donde se filtrase la atmósfera hacia el interior del manto.

Sin embargo, la suposición actual era que la ‘tierra se dilataba, lo que no restaba la posibilidad que en zonas centrales de las pla­cas se pudiera producir el fenómeno de la formación de dichas bóvedas.

Su teoría iba contra corriente, pero a pesar de todo, se negaba a descartar esa posibilidad. Quizás no ocurría a nivel global, pero sí podía ocurrir en alguna parte de alguna placa suficientemente porosa para permitir la aspiración de la atmósfera.

Cuando ya siendo Comandante llegó hasta sus manos el resul­tado de un estudio del comportamiento de las ondas sísmicas P en una zona al norte de la falla de San Andrés; no cabía en su sorpre­sa, era lo que siempre había estado buscando, aunque erróneamen­te, había tendido a pensar que debería encontrarse aproximada­mente en el centro de una placa.

No había dudas para él. Los gráficos señalaban la existencia de numerosos cambios de velocidad que encajaban perfectamente con la posibilidad de las pequeñas grietas que confluirían en otras mayores y que se perdían en la profundidad del manto bajo el desierto de Sindy en Oregón.

En contra de la opinión de algunos colegas que solucionaban su existencia como el resultado de extintas fumarolas de una zona, antaño rica de actividad volcánica, él estaba convencido de que por fin había encontrado la entrada ha lo que luego llamaría “La Gran Bóveda”.

Cuando presentó el proyecto de realizar una excavación que interseccionase con una de las chimeneas, comenzó la mayor de las batallas en las que se habría podido ver involucrado. Cientos de entrevistas, solicitudes y presentaciones del proyec­to, por fin encontraron su entrada en el Pentágono.

De la mano de su ex-profesor, un buen colega y amigo de la familia, el General Arnold Ruteford, se le abrieron las puertas hacia su gran aventura.

Una vez concedidas las autorizaciones para realizar un estudio detallado de la zona en cuestión, pudo empezar a localizar y demostrar su existencia. Y no solo eso.

Por los cálculos de la meteorología del lugar y distintas pros­pecciones del subsuelo, elaboró una tabla de temperaturas que demostraba que la absorción atmosférica del terreno, hacía enfriar la zona del manto, siendo posible un descenso hasta las mismísi­mas entrañas de la tierra.

Al cabo de dos años de intenso trabajo, su proyecto de realizar una excavación al encuentro de uno de los ríos atmosféricos que permitiría el descenso hasta la Gran Bóveda; obtuvo una inespera­da luz verde.

El Presidente en persona, había solicitado una entrevista con él para conocer más a fondo los detalles y apoyar y estimular la reali­zación del proyecto.

Ya no solo existía la motivación de un estudio geológico. La posibilidad de encontrar un nuevo suelo habitable y de las dimen­siones de todo un estado, hacía codiciable su acceso y dominio.

Si algo le impresionó de esa entrevista, fue el comprobar la fe ciega que el presidente tenía en sus teorías. No tuvo que intentar convencerlo o hacerle ver las posibilidades, todo lo contrario; pare cía como si fuera el mismo Presidente quién renovaba los ánimos en llevar a cabo la excavación. “Cuente usted con todo mi apoyo incondicional Mayor Conrad”, esas fueron las palabras de despe­dida del Presidente.

Ahora lo había conseguido. No hacía falta que nadie le dijese lo que acababa de ocurrir. El temblor, la fuerte ventisca y el derrum­be de la cúpula, eran los síntomas que desde hacía una semana esperaba escuchar.

Cuando el oficial abrió alarmado la puerta de su despacho para informarle de la catástrofe, supo que por fin habían llegado. Sus cálculos habían sido correctos, justo a 52.000 metros de profun­didad y 2000 metros al noreste.

Miró el reloj de pulsera y se lamentó. Él esperaba que con algu­na de las detonaciones, cediera la pared y se provocara el derrum­be de la cúpula mientras el personal estaba alejado del fondo en las zonas de seguridad. A esa hora, sin duda el turno de la mañana se debía encontrar trabajando en el último tramo.

– ¿Tienen contacto con el fondo del pozo?

– No señor. Todo se ha derrumbado. Están intentando estable­cer comunicación por radio. ¡Dios santo!, no creo que nadie haya podido sobrevivir. Ha tenido que ser un derrumbe espantoso.

– Cálmese Teniente. Avíseme en cuanto logren establecer con­tacto por radio. Ahora mismo iré para ya. ¡Ah!, otra cosa, establez­ca un cordón de seguridad alrededor de la cúpula, que nadie se acerque a menos de 200 metros de ella.

– ¿Pero…, las labores de rescate…?

– No se preocupe de eso y haga lo que le he ordenado. Puede retirarse.

– A la orden mi Coronel.

Samuel Conrad cogió el teléfono de sobre su escritorio y pidió que le diesen línea con el General Ruteford en el Pentágono. Unos segundos más tarde el operador le indicaba que la comunicación estaba establecida.

– ¿Samuel?

– Sí, mi General.

– ¿Que hay de nuevo por Oregón?, aquí en Washington hace un frío de mil diablos.

– Aquí parece que también se avecina una fuerte nevada.

– ¿Que cuentas de nuevo?

– Ya hemos llegado Ernest. Hace tan solo unos minutos que interseccionamos con la chimenea.

– ¿Qué? Oir eso es fantástico. Precisamente esta misma mañana el Presidente me llamó por teléfono interesándose por el desarrollo de la excavación. ¿Y la cúpula? ¿Ha aguantado?

– Si eso parece. Todavía no he tenido tiempo de inspeccionar­la.

Una cosa: ha habido un problema.

– ¿Problema?

– Esperaba que el encuentro se realizase en unas de las deto­naciones, pero no ha sido así. Tengo a más de 50 hombres atrapa­dos allá abajo y quién sabe si todavía vivos.

– Bueno, no te preocupes en exceso. Sabíamos que existía esa posibilidad y que era algo inevitable, esperemos que hayan tenido tiempo de refugiarse. De todas maneras, pienso ir inmediatamente para allá.

– ¿Cuando, hoy?

– Bien, eso espero. Aunque primero tendré que informar al Estado Mayor. Mientras tanto, si la estanqueidad de la cúpula no ha sufrido daños, inicia las labores de rescate. Ya idearemos la mane­ra de dar una explicación convincente.

– Como dispongas.

– Respecto a lo demás, inicia los trabajos para llevar acabo la última fase. ¡Ah! y, ¡Enhorabuena!

– Gracias mi General.

PARALELOGIA

Clarck abrió los ojos lentamente y la neblina de su visión, fue cobrando forma. Una silueta a contraluz de la cegadora claridad que dejaba transparentar la amplia ventana, empezó a hacerse reconocible.

Un rostro de mujer con la cabeza vendada le miraba sonriente­mente. Sí, era Eleonor. A pesar de su falta de pelo todavía seguía siendo terriblemente atractiva, ó por lo menos así se lo parecía a él. Su dulce voz le llamaba a la consciencia.

Un poco más atrás, a su derecha, podía distinguir la silueta de otra persona. Avanzó hacia él, y encendiendo una pequeña linter­na, le alumbró a los ojos.

– Sí, parece que ya vuelve en sí

– ¡Clarck!, ¡Clarck!, ¿como te encuentras?

– Eli, ¿Eres tú?

– Sí, gracias a Dios que has vuelto en ti.

– ¡Quién…, quién está ahí!

– Soy yo. Ernest. No hagas ningún esfuerzo, llevas varios días inconsciente y tardarás un poco en ver con claridad.

¡Varios días! ¡Había dicho varios días! ¿Qué había pasado? No podía recordar nada. El laboratorio, el proyecto, Richard…

  • ¡Richard! ¿Y Richard?

Eleonor miró al rostro de Ernest, como no sabiendo si era con­veniente informarle de lo ocurrido. Adivinando su inseguridad, con una leve mueca de la cabeza, Ernest le indicó que era mejor decírselo.

  • Nos ha dejado.

Cerrando los ojos, Clarck hizo una honda inspiración en la que vagamente, su recuerdo se unía a aquella fantástica travesía en la que abandonó a Richard para volver a la vida. De nuevo esa luz. Era más el sentimiento que provocaba que el recuerdo visual de ella lo que le hacía sentir esa paz y esa tranqui­lidad.

Sí, ahora lo recordaba claramente, su buen amigo Richard se había ido. Él fue el último de quién se despidió. Pero no había sen­timiento de pérdida. De alguna manera, notaba muy cerca su pre­sencia.

– ¿Qué pasó? -La voz de Ernest respondió:

-Una explosión. Alguien colocó un explosivo en la sala del ordenador. Por suerte, aparte de Richard no tenemos que lamentar más desgracias.

De pronto cayó en el detalle de la bata que llevaba Eleonor. Una bata de raso blanca, con el cuello bordado de unas suaves fili­granas y dejando asomar el camisón interior.

-¿Que haces así? -Preguntó, a la vez que girando la cabeza reconocía la estancia como la habitación de un hospital.-

– Bueno, yo… Estaba en la habitación de al lado… y Ernest me dijo que podía entrar para…

– ¿En la habitación de al lado? Interrumpió.

– ¿Que te ha pasado?

– ¡Oh, esto! Dijo señalándose a la cabeza. -Sí claro. No te preo­cupes, te lo explicaré: sufrí una pequeña conmoción al regresar de Edén y Ernest, ha insistido en que me quede unos días más en observación.

Al intentar levantar la cabeza, un agudo dolor hizo desistir a Clarck de su intento y llevándose la mano a la frente, descubrió que llevaba un vendaje.

– No te alarmes -dijo Ernest-. Estás en el hospital Brigham and Women’ s y parece ser que solo tuviste un pequeño trauma craneal, aunque casi te costó la vida. El golpe provocó la falta de riego sanguíneo de tu hemisferio derecho durante unos minutos, pero según los resultados de la tomografía todo ha desaparecido ya. Te hemos mantenido inconsciente con medicación para evitar la actividad y asegurarnos de que el hematoma se redujese por si solo. Puede que sientas algunas molestias, pero se pasarán pronto.

En cuanto a Eleonor, la R.M.N. (Resonancia Magnética Nuclear) y el electro, no han mostrado nada anormal. De hecho, la he mantenido deliberadamente hospitalizada esperando a que te repusieses. Tampoco era necesario cuatro días de anestesia, pero necesitaba que cuando despertases, estuvieras ya en plenas condi­ciones.

– ¿Cuatro días? ¿Plenas condiciones? ¿Para qué?

– Libertador.

Clarck se extrañó que Eleonor pronunciase esa palabra delante de Forrensen. Sí, él también estaba intranquilo y deseoso de pre­guntarle qué había pasado pero…

– No temas, Ernest lo sabe todo y la habitación es segura, yo misma lo he comprobado. Quiere ayudarnos. Estamos en un apuro Clarck.

– ¿Pero qué ha pasado? Solo recuerdo, que no pude llegar a accionar el dispositivo.

– Os prepararon una trampa -observó Ernest-. La policía encontró el dispositivo en tu bata y os van a acusar del sabotaje del proyecto.

– ¿Sabotaje?

– Sí -intervino Eli-. Pude conseguir que Cray activase Libertador, y ahora nos acusan no solo de eso, sino también de la muerte de Richard; además aportan como prueba, el dispositivo que tú diseñas­te, como el mando que accionó el explosivo.

– Eso es ridículo. Cualquiera podrá comprobar que estaba diseñado para activar el microchip que…

– Lo robaron -interpuso Ernest-. Yo lo encontré cuando hice el reconocimiento de Eleonor, y lo entregué como prueba de vuestra limitada defensa. Parece ser, que alguien lo hizo desaparecer y nadie, repito, nadie excepto nosotros tres, podrá demostrar su existencia.

– Pero es absurdo. ¿Por qué no investigan a los verdaderos autores? Ernest, tú sabes muy bien que nosotros seríamos incapa­ces de hacer una cosa así. Además, ¿iba a ser yo tan estúpido de provocar una explosión en el mismo lugar en el que me encontra­ba?

– Su versión dice que la explosión se produjo accidentalmente. Que la actividad radio magnética del ordenador o bien un peque­ño golpe involuntario en el mando a distancia, pudo provocar una detonación prematura. El caso es que eso, unido a cintas magnetofónicas en las que habláis de la destrucción de Cray 5 y otras pruebas, os van a hacer parecer a todas luces culpables.

– Lo siento Clarck. Yo soy la responsable de haberte metido en esta situación. Si te hubiera hecho caso y lo hubiéramos dejado.

– No Eli, tú no tienes la culpa. Tenías razón, era algo que se debía de hacer y nosotros teníamos la responsabilidad. ¿Pero como pudiste activar libertador?

– Bueno, es una larga historia y si todo sale bien, ya tendré tiempo de explicártela con detalle.

– ¿Si todo sale bien?

– He decidido ayudaros -dijo Forrensen-. La verdad, es que mi futuro en el proyecto se augura demasiado corto. Solo el hecho de que como neurólogo y autor de los implantes de Eleonor, soy el único que puede llevarla como paciente, me ha permitido al menos no quedarme completamente al margen de vosotros. Ellos saben que yo sé lo del dispositivo y no creo que confíen en mí nunca más. Además, comparto vuestro intento de evitar que Adán y Eva sean manipulados.

– ¿Intento? ¿No habíais dicho que Libertador había sido acti­vado?

– Sí, pero al parecer, ahora se han hecho con todo el subsistema del S.C. Han dicho a los europeos, que ése era su proyecto y que como tenían la opción de compra, no tienen porque meter sus nari­ces en él.

– ¿Entonces, han adquirido todo el Sistema Cerrado? ¿Así que lo que hemos hecho no ha servido de nada?

– Lo siento Clarck. ¿No sé si podrás perdonarme?

– No te preocupes Eli, todavía hay algo que podemos hacer.

Ernest y Eleonor callaban a la espera de una aclaración.

– Necesito que confiéis en mí. Has dicho que esta habitación es segura ¿no? ¿Podemos hablar con toda libertad?

– Sí.

– Bien. Entonces escuchadme atentamente. No quiero que penséis que he perdido la razón o que sufro alucinaciones pos­traurnáticas, yo sé que lo que vi es verdad, con la consciencia tan clara como la tengo ahora.

– ¡No entiendo! -interrumpió Eleonor-. ¿A qué te refieres?. ¿Que es lo que viste?.

– Cuando hubo la explosión, cuando al parecer estaba a punto de la muerte, yo vi a Richard junto a mí que ascendía hacia una luz. No era una alucinación, os lo repito, era consciente. Y esa luz… era extraña, te hacía sentir una calma inmensa. A medida que nos acercába­mos hacia ella el sentimiento de paz se hacía más fuerte.

– Sí, es un fenómeno que se ha estudiado ampliamente. -intervino Ernest.- Muchos lo interpretan como la ascensión del alma. Yo particularmente, tengo la teoría de que al quedarse el cerebro sin casi apenas actividad, o por lo menos con una actividad tan baja que todavía no podemos registrar, el cerebro empieza por interrumpir las áreas de recolección: Vista, oído, tacto; se deja de sentir el cuerpo y eso sería lo que explicaría la paz, la ausencia de dolor. Luego, la memoria tiene que empezar a eliminar sus registros; eso puede explicar lo que algunos definen como un remolino o túnel, serian los recuerdos que pasan vertiginosamente antes de dejar de existir. En ese febril desfile, la consciencia, lo último que se pierde, recogería intentando salvar o recreando, las mejores experiencias o sentimientos de la vida.

El efecto luz podría tratarse… de cómo la consciencia interpreta esos sentimientos y experiencias a falta de órganos sensoriales.

Richard, seguramente fue una de las personas que más te impactaron en tu vida, como en la mía y seguramente también en la tuya. ¿Verdad Eli? -Un asentimiento con la cabeza, bastó. – Seguramente fue la necesidad de encontrarte con él lo que hizo que tu memoria reprodujese su imagen. ¡Compréndelo! No tenías ojos, no podías verlo realmente.

– Todo eso esta muy bien Ernest. Pero yo se lo que vi, y lo que sentí. Y lo que me dijo Richard, acabó por convencerme.

– ¿Hablaste con él? Preguntó Eleonor.

– Sí. Lo vi como os veo ahora a vosotros y hablé con él, igual que ahora con vosotros. Por mucho que yo antes compartía tu opi­nión Ernest, yo sé que era real.

Richard me explicó que creía que Cray 5 lo estaba transportan­do de nuevo a Edén, me dijo que era la misma experiencia, incluso se sorprendió al verme. Él, igual que yo ahora, sabía que estaba saliendo de una realidad a otra. Ahora todo tiene explicación. ¿No lo entendéis?

– ¿Explicación? ¿El qué tiene explicación? -inquirió Forren­sen.

– Todo. No lo ves. ¿Que crees que experimentaría Adán si lo privases de su cuerpo virtual?

– Moriría. Dejaría de existir -respondió Ernest-.

– No exactamente -objetó Eleonor-. En sí, Adán está formado por dos programas diferentes: El primero es el que originó su cuer­po virtual. De hecho, entiendo lo que Clarck quiere explicarnos. Incluso yo, he pensado a menudo en esa posibilidad.

El cuerpo virtual, es un conjunto de órganos, que sirven para mantener a los sentidos, a las terminales que relacionan su cons­ciencia con el medio que le rodea. El otro programa, en un principio era el mismo Richard, que se alimentaba de la información que le proporcionaba Adán. Cuando Cray le dotó de nuestro sistema de procesamiento, creó un programa paralelo que se alimentaba de un cuerpo.

– Sí, pero ese programa tenía vida en la red cerebral -observó Forrensen-. Como un ordenador, en cuanto deja de recibir energía, deja de existir.

– No -dijo contundentemente Clarck-. Tanto el cuerpo como el programa que hace uso de él, son básicamente información. Información dentro de un ordenador. Que el programa deje de desarrollarse, es una cosa inherente al cuerpo y al mismo progra­ma. No es que el programa habite o se alimente del cerebro; se sirve del cerebro. Cuando el cerebro deja de funcionar solo se pierde la puerta de acceso.

– ¿Y qué sugieres que ocurre con el programa? -preguntó Ernest.

– No sugiero nada, afirmo: que hasta que el programador no mande al ordenador que desactive el programa, el programa seguirá teniendo autoconsciencia.

– ¿Autoconsciencia? ¿De qué? ¿En donde?

– De que él existe, exactamente igual que si tú ahora cerrases los ojos y te tapases los oídos; seguirías siendo consciente de que existes. ¿Donde? Me imagino que en el mismo lugar en el que antes estaba, a no ser que exista una orden de traslado.

– Aunque acepto que así sea en el caso de un ordenador, eso no funciona con nosotros. Si mis neuronas dejan de trabajar, caso por ejemplo de cuando la anestesia inhibe la transmisión de los estí­mulos, dejo de ser consciente.

– O no. Sabes perfectamente que hay gente que recuerda con todo detalle su operación. Puede que el organismo lo tome como una fase de sueño que luego no recuerda. Incluso daría explicación a los viajes astrales o extra-corporales.

– ¿Y como explicas que veas un cuerpo que no existe sin unos ojos que tampoco existen?

– ¿Y como explicas tú, que un manco pueda sentir su mano? Puede que la auto-identificación de la consciencia con el cuerpo haga recrear la sensación de existencia física. Puede que la energía de la que esta formada la autoconsciencia aprenda a reconocer las variaciones de la energía o realidad que la rodea y aun privada de órganos sensoriales sepa reconocer como visible su entorno.

– Pero si eso fuera cierto, también debería poderse experimen­tar en vida.

– Puede que la lógica del cuerpo nos lo impida y que al des­prendernos de él se active esa percepción. O…

– ¿Pero cómo podéis hablar tan tranquilos? Lo que estáis diciendo es horroroso. Si en el ordenador ocurre como tú dices Clarck, se encontrarían en un vacío eterno o bien todo acabaría con un inhumano borrado. Dijo Eleonor.

– Exactamente. Así es como acabaría Adán o ahora Eva si dejasen de tener cuerpo.

La cara de Forrensen pareció intranquilizarse. No aceptaba que el hombre fuese comparado con una realidad virtual, pero por primera vez caía en la cuenta de que ese Adán que él recordaba tan humano, sí iba a encontrarse con ese final que había expuesto Eleonor.

– ¿Qué ocurre Ernest? -preguntó ella-.

– Pienso en qué es lo que se deben proponer hacer ahora.

– ¿Quién?

– ¡Verás! Hace tres días, justo cuando fui a entregar al Director Turner el dispositivo que saqué de Eleonor, pude escuchar una con­versación telefónica. Hablaba sobre conectar a Cray 5 con un tal Ulises. Al parecer le ponían pegas y apeló al nombre de Lacoste. Decía que todo tenía que empezar esa misma mañana, que de lo contrario, se las verían con el congresista.

– ¡Ulises! Exclamaron al unísono sus interlocutores.

– ¿Le conocéis?

– ¡Sí, por supuesto! -respondió Eleonor. – ¿Pero si Cray 5 está destruido…? ¿Estás seguro de que lo entendiste bien?

– Dijo algo sobre que tenían a Cray esperando en Génesis.

– Es imposi… -Clarck miró a Eleonor y terminó dubitativo la palabra que tanto repudiaba su compañera. -…ble. ¿Cómo puede estar en Génesis…? ¿Y para que quieren a Ulises?

– ¿Pero quién es ese Ulises?

– No es una persona Ernest -aclaró Eleonor-. Es un ordenador analógico muy parecido a Cray 5. Ulises fue creado a finales del pasado siglo. Básicamente, se trata de la mayor base de datos jamás creada. Algo parecido a lo que los franceses hicieron en París con su biblioteca nacional. Está situado en un bunquer cercano a Washington y la idea era hacer una recopilación conmemorativa de toda la información de la historia de la humanidad hasta el año 2000. Todos los países colaboraron. Algo así como una enciclope­dia, pero a lo bestia. Me comentaron que después de leerle todos los libros que se conocen, incluso le introdujeron las guías de telé­fonos desde antes de 1960.

– ¿De Columbia?

– ¡No, que va! ¡ De todas las ciudades del mundo!

– ¿Pero…, para qué?

– Yo tampoco le encontré ninguna utilidad. Aparte de megalo­soberbia o entrar en el libro Guinnes como la base de datos consul­tiva más grande del mundo. Un amigo que estuvo trabajando allí me comentó que hace unos años solicitaron con carácter confiden­cial los registros civiles de Paraguay, como le extrañó, decidió hacer una prueba y preguntó a Ulises si podía darle su genealogía.

– ¿Y?

– Le dio hasta la fecha en que contrajo matrimonio su tatara­buelo paterno en un pueblecito de Suiza. No recuerdo ahora el nombre que dijo que tenía el párroco…

– ¡Vamos!, ¿sería una broma?

– No lo sé. El caso es que en cuanto se enteraron de lo que había hecho le despidieron.

– ¿Y qué relación podría tener ese ordenador con Cray 5?

– Sería mejor -intervino Clarck-. Que os preguntaseis, ¿cómo y para qué está Cray en Génesis?

– ¿Tienes tú alguna idea? -preguntó Eleonor.

– ¿Recuerdas lo que te dije una vez sobre la posibilidad de emplear Génesis como una máquina del tiempo?

– Sí.

– Pues Cray 5 y Ulises, es todo cuanto hace falta.

– ¿Máquina del tiempo? -preguntó extrañado Ernest.

– Clarck piensa que modificando cuidadosamente los aconte­cimientos de Génesis, se podría recrear una sociedad muy parecida a la actual.

– ¡Eso sería maravilloso!

– ¡Oh!, no lo creas Ernest, piensa que condicionarías todas nuestras guerras y miserias.

– ¡Claro! -susurró Ernest, mientras empezaba a comprender el alcance que supondría la realización de ese proyecto para los habi­tantes de Génesis.

El silencio se hizo prolongado en la habitación hasta que Clarck, por fin habló.

– ¡Maldita sea! Lo sospechaba. ¿Recuerdas que te lo dije Eli?, lo sospechaba. ¿Como pude ser tan estúpido y no comprender sus planes? ¡Malditos! Lo habríamos podido hacer bien, habríamos…

– ¿Manipulado?

– Perdona Eli. Sí, tienes razón, la manipulación hubiese sido inevitable. Pero… ¡maldita sea!

– No os mortifiquéis más. El que jamás se hubiese iniciado este proyecto era la única manera de que no sucediese lo que al pare­cer intentaban conseguir desde un principio.

– ¿Desde un principio?

– ¡Bueno! Si necesitaban reproducir la historia de la humani­dad, supongo que además de cabezas de turco, Eli ha creado el pecado original.

– ¡Qué! -exclamó Eleonor.

– ¿Tú dijiste a Adán que los creadores no eran buenos y que tenía que evolucionar por el mismo? Eso es algo muy parecido al pecado original, ¿no?

Las palabras de Forrensen hirieron en lo más profundo a Eleonor. A pesar de todo, era verdad, ella había sido la que abrió la puerta del sufrimiento para Adán.

– Olvídalo Eli -la consoló Clarck-. Si no hubieses sido tú habría sido cualquier otra, e incluso puede que con el tiempo hubiera sur­gido espontáneamente del mismo Adán -continuó dirigiéndose a Ernest. – No Ernest, no tiene por que ser así. Edén o ahora Génesis, pueden ser un sitio maravilloso. ¡No permitiré que a seres humanos se les consienta matarse unos a otros! ,¡No permitiré que exista la muerte! ¡No!, no será como nuestra realidad. No tiene que serlo.

-Todavía hay alguien que puede ayudarnos.

Eleonor y Ernest se le quedaron mirando a la espera de la explicación. La tardanza hizo impacientar al segundo.

– ¿El qué?

– Ahora yo sé que hay creadores por encima nuestro. No entiendo los motivos por el cual permiten que aquí todo ocurra así, pero tengo que conseguir que eso cambie, o que por lo menos no se repita en Génesis.

Tengo que hablar con ellos. Tengo que conseguir que entiendan un nuevo camino. Quizás ellos también sean creaciones como indi­có Adán, pero sea como sea, en algún momento tienen que fijar sus ojos en la pantalla del ordenador. Y cuando lo hagan, allí estaré yo para pedirles explicaciones.

– ¿Te encuentras bien Clarck? -preguntó Eleonor

– ¿A que viene esa pregunta? ¿Crees que estoy desvariando?

– No, pero…

– Ya sé que vosotros no podéis verlo tan claro como yo. Yo sé que tal vez pueda estar equivocado, pero no puedo pasar por alto mis evidencias. ¡Entendedlo! es lo único que se me ocurre para poder cambiar las cosas en Génesis. ¿Tenéis vosotros alguna suge­rencia mejor?

El silencio dio paso a un suspiro de resignación.

– ¿Pero como puedes pensar…? ¡No entiendo! ¿De verdad crees que nosotros podemos ser realidades virtuales dentro de un ordenador? -preguntó incómodo Ernest.

– Tú viste Edén, tú sabes como está hecho, tiene árboles que dan frutos, todo tipo de animales, carbón que arde, agua que puede mover molinos, minerales de donde extraer metales. ¡Dime!, ¿podrías asegurar que Adán o sus descendientes no pueden llegar a creerse como nosotros, que no podrían crear ordenadores, que no serían capaces de desarrollar la misma imaginación que nosotros?

Aunque nosotros no interviniésemos para nada, tal vez tarda­rían 10.000 años, 20.000, 100.000, un millón, ¿pero crees que si desa­rrollan su imaginación, no llegarán hasta donde nosotros hemos llegado?

– Puede que sí, igual que puede que no. Tal vez seamos noso­tros los primeros.

– ¡Vanidoso! ¿Y porqué existen tantos fenómenos inexplicables si no hay nadie que nos haya creado?

– ¿A que te refieres?

– La parapsicología, el espiritismo, los OVNI, la existencia más allá de la muerte… No, no te sonrías. Nosotros nos podríamos reír de la incomprensión de un ciudadano de Génesis pero, ¿como podría él llegar a entenderlo?

– Estás obsesionado por la experiencia producida por el trau­ma, dentro de unos días…

– No me estás escuchando. ¡Responde! ¿Podría Génesis llegar a creerse como nosotros?

– Tú lo sabes mejor que yo. Si tú dices que sí, te creo.

– ¡Entonces!, ¿porque no puedes aceptar que nosotros seamos lo mismo?

– Por que mi razón me lo impide. Yo creo que todo tiene su explicación. En la antigüedad el rayo, el sol, el viento, eran toma­dos como dioses. El hombre tiene la costumbre de atribuir a alguien superior a él todo lo que no entiende; es la solución para no vol­verse loco o justificar su ignorancia. Hoy en día hay gente que atri­buye a un ser superior las cosas que la ciencia todavía no ha podi­do explicar. ¡Desengáñate! ¿No crees que de existir ya se habría revelado?

Parecía que Clarck había sido alcanzado en un punto flaco. Unos segundos de meditación, le sirvieron para encontrar la res­puesta.

  • ¿Y estás seguro de que nosotros nos revelaremos a los mora­dores de Génesis?

Tocado y hundido. Ernest no sabía como rebatir la paralelogía que Clarck intentaba establecer entre ellos y Génesis. Quizás tenía razón, quizás solo era cuestión de tragarse el orgullo y no pecar de vanidad. A pesar de todo, esa comparación era algo que su mente científica se negaba a admitir. Le fallaban los argumentos con los que rebatir la teoría. A un loco no se le puede convencer de lo que en su enfermedad ve como lógico e irrefutable. Tal vez el trauma sufrido por la explosión había afectado al cerebro de Clarck, aun­que por otra parte, él era testigo de que la posibilidad que le pro­ponía no era del todo errónea. ¿Cómo pensarían los futuros pobla­dores de Génesis?

Tal vez la experiencia postmortem es lo que le daba a Clarck su seguridad, una seguridad que él no tenía, pero en la que contra su gusto, empezaba a reflexionar.

– Has dicho que cuando nuestros creadores miren en la panta­lla allí estarás tú, ¿a que te referías?

– A que encontraré el sitio donde ellos fijen su atención.

– No entiendo, ¿que esperas hacer?, ¿llamarles la atención?

-Perdona Ernest, pero será mejor que no lo sepas. Yo no tengo nada que perder, sin embargo tú…

– Como quieras, pero…

– ¡Yo iré contigo! -dijo Eleonor que había permanecido al mar­gen de lo que, al contrario que Ernest, a ella le parecía una clara evi­dencia.

– Contaba con ello, no pensaba permitir dejarte sola. ¿Hay alguna manera de que podamos salir del hospital?

– Sí, claro. Precisamente por eso estamos aquí.

– ¡Estupendo! ¿Cuando?:

– ¿Cuando?, bueno…, habíamos pensado en hoy mismo, pero todo dependía de como te encontrases y…

Sin dejar acabar de hablar a Ernest, Clarck se incorporó en la cama y abrió las sábanas. Puso sus pies en el suelo y con la ayuda de Eleonor se incorporó de pie.

– ¡Fantástico! Si me traéis algo de comer estoy seguro que recuperaré rápidamente las fuerzas.

– ¡Me sorprende que hayas podido levantarte!, el que tengas apetito es buena señal -observó extrañado Forrensen-. No era nor­mal una recuperación tan rápida después de cuatro días de cama y alimentado por intubación.

– Esta bien, mandaré que te traigan el almuerzo. Ernest echó mano al bolsillo de su bata y sacó dos cáp­sulas de color amarillo y rojo.

– Ten, tómate esto con el almuerzo, te ayudará a estar en buena forma.

– ¡Drogas! -exclamó Clarck-.

– Estimulantes. Acelerarán el proceso.

Una mirada de Eleonor hizo sentir a Clarck esa mezcla de amor, admiración y arrepentimiento de haberle involucrado en todo lo ocurrido, a la vez que reflejaba una profunda tristeza.

  • No te preocupes Eli, todo cuanto ocurre es maravilloso. Estoy seguro que hacemos lo que debemos, y es más, aún estoy más segu­ro de que todo saldrá bien.

Los brazos extendidos de Clarck, se vieron correspondidos por el fuerte abrazo de su compañera. En el mismo momento en que ella recostaba la cabeza sobre sus hombros, una lágrima incontenible brotó de sus claros y brillantes ojos resbalando por sus mejillas.

  • Siento interrumpiros, pero el tiempo apremia. Dijo Forrensen lamentando romper el idilio. -Será mejor empezar a prepararlo todo.

Dos horas y media más tarde una alarma sonaba en la habita­ción 206 del Hospital Brigham and Women’s de Boston. Eleonor Campwell salió precipitadamente de su habitación al pasillo.

Por el corredor, los apresurados pasos del doctor Forrensen le llevaron hasta la habitación frente a la cual, dos policías uniforma­dos custodiaban a los reos.

La voz preocupada de Eleonor, sujetada por uno de los agen­tes, interrogaba por lo ocurrido.

– ¿Qué ocurre?

– Pasa, será mejor que estés cerca de él. Le indicó Ernest ante la pasiva sorpresa de los policías con los que en días anteriores había mantenido amigables charlas mientras les convidaba a un buen par de cafés.

Cerró la puerta. Unos segundos más tarde asomaba el neuró­logo solicitando de la enfermera que avisase a los doctores Evans y Cyntia Parker.

  • Que preparen el quirófano dos para una emergencia.

Uno de los policías miró al otro lado de la puerta, en la que podía ver a la Dra. Campwell arrodillada y llorando junto al inconsciente Dr. Everston.

  • ¿Me hace el favor? -casi insultó Ernest al agente por su cha­fardería, apartándolo a un lado.

Cerró la puerta y no se volvió ha abrir hasta que unos celado­res aparecieron portando una camilla junto a un doctor y una doctora, ambos ves­tidos con la tradicional uniformidad verde, unos gorros que dejaba transparentar el moreno pelo de ambos y unas mascarillas en la boca.

Poco después, ante el desconcierto de los agentes, salía el enfermo con una mascarilla de oxígeno en la cara sujetada por uno de los camilleros. Junto a él, la sollozante Eleonor con su envenda da cabeza, cubriéndose su lloroso rostro con ambas manos, era abrazada y consolada por el Dr. Forrensen. Los otros dos doctores se retrasaron mientras comentaban a una de las enfermeras que salió al paso la medicación que debía preparar.

Los dos policías siguieron a los custodiados justo hasta las puertas del quirófano, donde un insolente Ernest, les cerró las puertas informándoles de que allí acababa su encomienda.

  • No hay ninguna salida ni ventanas. No teman que sus terro­ristas no podrán escapar, o acaso quieren entrar y contaminar todo el quirófano.

La conformidad pasiva de los agentes les hizo decidirse por resignarse a los precipitados acontecimientos.

Separándose de la enfermera y ya en el ascensor, liberados de las mascarillas y de los verdes gorros, los dos doctores se ajustaron la postiza cabellera y saliendo a la zona de estacionamiento, recogieron de dentro de una de las usuales cestas de la ropa dos batas blancas que se apresuraron a ponerse.

Ya caminando hacia los vehículos, la doctora hizo señalar que con las prisas todavía llevaban puestos los mocasines estériles que les cubría el calzado. Se desprendieron de ellos guardándolos en la misma bolsa de plástico donde habían depositado el gorro y las mascarillas.

Como Ernest había indicado, allí estaba su maravilloso y nuevo Ford Rasant de color cornalina. Las llaves estaban puestas y dentro de la guantera encontraron unas maravillosas tarjetas de crédito y algo de dinero en metálico, junto a un papel en el que les deseaba suerte.

Realmente, pese a esa alejada actitud que solía interpretar, Forrensen había llegado a conocerlos más bien de lo que ellos jamás se abrían podido llegar a imaginar. Estaba arriesgando todo por ellos y eso era algo que muy pocas personas estarían dispues­tas a ofrecer en esos momentos. Ahora más que nunca, Eleonor que miraba la nota con una sonrisa en los labios, sentía a Ernest como a un verdadero padre. Aunque más bien, ¿sería por su pelo blanco?, le traía a la memoria la imagen de su abuelo, que con la picardía de la edad, siempre acertaba a adivinar sus infantiles deseos.

Clarck giró la llave de contacto y dirigió el coche lentamente hasta la salida del parking. Un vigilante intentó distinguir a través de las oscuras lunetas del vehículo a los ocupantes del mismo antes de levantar la barrera de salida. Clarck bajó hasta la mitad su ventanilla y se identificó.

– Somos los sobrinos del doctor Forrensen.

– ¡Ah sí! -se disculpó el vigilante-. Recuerdo que me dijo que vendrían a hacer prácticas.

Sin dar más explicaciones al que parecía ávido de conversa­ción, esperaron que el vigilante presionase el mando para levantar la barrera.

  • ¡Adiós, que tengan un buen día! Se despidió mientras el coche enfilaba la salida al transitado exterior.

En la segunda planta del Hospital, dos hombres impecable­mente vestidos con traje azul marino interrogaban a los dos policí­as sobre lo ocurrido, mientras un hombre y una mujer con vestidos de cirujano parecían abandonar despreocupadamente a la presen­cia de los uniformados la sala de operaciones. Uno de los hombres se apresuró a dar alcance a los doctores pidiéndoles un momento. Ambos se giraron a la vez que se bajaban la mascarilla de su rostro.

  • ¡Perdonen! -se disculpó el hombre tras no reconocer en ellos a los custodiados.

Volviendo hacía donde estaban los policías con su acompañan­te, escuchó como interrogaba acerca de si alguien más había aban­donado el quirófano.

  • No, no ha salido nadie. Respondía uno de los agentes.

Buscando a una enfermera, el más alto de los dos hombres se identificó como Agente Federal y la instó a que entrase al qui­rófano y pidiese al Dr. Forrensen que saliese para hablar con ellos.

Al poco salía la enfermera:

– Dice el doctor que el paciente se debate en un estado coma­toso y que le es imposible abandonar la intervención que está efec­tuando. Tendrán que esperar.

– ¿Quién hay más allí dentro con él? -inquirió el Federal.

– No lo sé, no he entrado. Ha sido el mismo doctor el que ha abierto la puerta.

Las advertencias de la prohibición de la entrada en la zona esterilizada no frenaron a los dos hombres, que desasiéndose de la enfermera y ante la atónita mirada de los policías, entraban al quirófano. ¿Cómo iba a abandonar un cirujano a su paciente cuando se debatía entre la vida y la muerte para ver quién llamaba a la puer­ta?

Clarck, frotándose las manos por el frío invernal, pedía al gaso­linero que llenase el depósito y comprobase la presión de las rue­das. Abrió el maletero y entregó a Eleonor una de las dos bolsas con el anagrama de unos grandes almacenes.

– Hace un frío espantoso y las carreteras están nevadas. Date prisa, no creo que Ernest pueda alargar indefinidamente la inter­vención. Tenemos que salir del estado lo antes posible.

– Espero que haya acertado en las tallas -repuso Eleonor.

Preguntaron al empleado por los servicios y hacia ellos se diri­gieron, recogiendo antes la bolsa con las prendas asépticas y depo­sitándolas en una papelera.

Poco después salía Everston, vestido con pantalón de pana gris perla a juego con el recio jersey de lana que dejaba asomar un sué­ter blanco y un abrigo de cachemir negro que casi le llegaba a los pies. Depositó la bolsa con la venda de la cabeza, el pijama y la bata blanca en el interior del maletero y se explicó con el extrañado empleado.

  • Es una estupidez realizar las visitas a domicilio con bata blanca, pero quien paga manda. ¿No amigo?

Al poco salía Eleonor vestida con un pantalón largo de color negro y un jersey de cuello alto de color hueso. Una gruesa capa, también de color negro pendía de su brazo. Acercó la bolsa a Clarck para que la guardase también en el maletero y comentó:

– No se puede decir que tenga mucha imaginación en el vestir, pero por lo menos tiene clase y busca lo práctico. Supongo que el negro será para perdernos en la oscuridad.

– Olvídate de la moda, ya tendrás oportunidad de ir de com­pras.

Subieron al cálido interior del coche y continuaron su carrera hacia el aeropuerto.

El radioteléfono de coche patrulla daba el código de búsqueda y captura de un vehículo Ford, modelo Rasant, color cornalina, matrícula de New Jersey, Bravo, Oscar, Zulú, 255, ocupado por un hombre y una mujer de raza blanca, el hombre de…

No había duda, ese era el coche. El patrullero informó a la cen­tral de su localización, encendió las sirenas y los prioritarios e inició su persecución.

  • Unidad 38 para central, he localizado el vehículo que acaba de pasar. Se dirige por la Avenida Washington en dirección a la interestatal 109.

¿Como era posible? se preguntaba Clarck. Apenas 10 minutos y ya se habían enterado de su fuga. Miró el preocupado rostro de su compañera.

  • ¡Bueno! Parece que se acabó la tranquilidad. Tendremos que ver lo que da de sí este coche.

Pisó fuerte el acelerador haciendo rechinar las ruedas.

Los dos hombres del F.B.I. acababan de salir del hospital cuando escucha­ron por la emisora del coche patrulla que se iba a hacer cargo del Dr. Forrensen la noticia de su localización.

– Envíen hombres al aeropuerto -dijo uno de los Agentes Especiales-. El fugitivo tiene un avión particular y es posible que intenten salir del Estado en él.

– A todas las unidades próximas al aeropuerto, efectúen un cordón de seguridad alrededor del mismo. Los fugitivos del Ford Rasant pueden dirigirse hacia allí.

Dos vehículos tuvieron que frenar bruscamente haciendo una pirueta para evitar la colisión contra aquel coche cornalina que se había saltado olímpicamente el semáforo en rojo. El coche patrulla que los perseguía disminuyó su velocidad para poder sortear los vehículos, ahora cruzados en la calzada.

– No podremos Clarck. No podremos llegar al aeropuerto y mucho menos despegar.

– Lo sé Eli. Se me ocurre que…

Girando el coche, se dirigió hacía una de las avenidas más tran­sitadas de Boston.

– ¿A donde piensas ir ahora?

– Al norte, cariño, al norte.

– ¡No podremos atravesar la ciudad!

– Confía en mi, pequeña.

Clarck empezó a comportarse como un cowboy de película y parecía encontrase muy agusto en su papel. Cogió el teléfono y marcó un número.

– ¿A quién llamas?

– A quién no, a qué.

El teléfono contestó: -Servicio informático del Ayuntamiento de Boston, le atiende el ordenador analógico de información al ciu­dadano. ¿Que información desea?

– Deseo conectar con el área de control de circulación. Soy el Dr. Clarck Everston, código de acceso: tres, tres, autobús, nueve, doce, quitanieves.

– Bienvenido al área de control de circulación Dr. Everston. ¿Qué desea?

– Quiero realizar una prueba real de atención a una emergen­cia. Desde este momento la disponibilidad es exclusiva.

– Unidad preparada para recibir parámetros. Contestó la sinté­tica voz del ordenador municipal.

– Prepare una vía libre desde la calle Aston Ville número… Miró ladeando la cabeza por la ventanilla. -236, hasta la Interestal 20 Norte. Velocidad inicial: 85 kilómetros por hora. Ejecución: ¡ahora!

Un sinfín de frenazos, se escucharon a lo largo de toda la calle Aston Ville. El ordenador estaba cambiando la señalización sema­fórica para hacer coincidir la vía libre con el paso del vehículo.

Clarck parecía encontrase pletórico y disfrutando de la situación como si de un juego se tratara. Miró a la asombrada Eleonor y le explicó:

– ¡De algo tenían que servir mis servicios al sistema informático de la ciudad! Una sonrisa se le dibujó a la vez que arqueaba sus cejas.

– Sí, pero eso no nos quitará a la policía de detrás.

– No estés tan segura.

Destapando la mano del micrófono del teléfono continuó:

– Ordenador, ejecuta un cierre al paso en el mismo itinerario anterior, con cinco segundos de retardo.

– Cierre ejecutándose.

El coche patrulla no podía sortear el verdadero atasco que se había formado ante él. El Agente indicaba vanamente con la mano que se hiciesen a un lado. Era inútil, no existía forma de continuar la persecución. Los semáforos de todas las calles que accedían a la avenida se pusieron en verde. La calle era un verdadero concierto de bocinas que protestaban por su prioridad, apagando con su estruendo la escandalosa e impo­tente sirena del coche patrulla.

– Ordenador, ¿funciona ya la localización por triangulación de los vehículos de la Policía?

– Afirmativo.

– ¿Se puede efectuar un cierre al paso en la dirección de cada uno de ellos?

– Afirmativo.

– Ejecuta un progresivo cierre al paso de todos los vehículos policiales que interseccionen con el acceso a la vía libre antes soli­citada.

– Ejecución en desarrollo.

– Ordenador, coordina el desarrollo de las ejecuciones con las nuevas lecturas que recibas por este medio a partir de ahora.- ¡Toma! -dijo extendiendo el teléfono a Eleonor. – Será necesa­rio que vayas actualizando nuestra posición al ordenador. Éste, a diferencia de los de bomberos, ambulancias y policía, no tiene un emisor que le transmita esos datos.

La Central de Policía parecía una casa de locos. Una tras otra las patrullas iban informando de la imposibilidad de acceder a la persecución del vehículo. Un oficial mal humorado entró en la habitación.

-¿Que diablos ocurre? Tengo a la mitad de las patrullas en medio de un atasco.

– No lo sé señor, parece que el ordenador se niega a ejecutar las órdenes de prioridad.

– ¿Quiere decirme que los dos millones de dólares que el muni­cipio se gastó en esa máquina son inútiles?

– No señor, parece que alguien a introducido una restricción al acceso y no puedo superarla.

– ¿Alguien? ¿Quién: el F.B.I., el Alcalde, el Presidente, otro pirata informático? ¿Quién demonios está jugando con eso?

– No lo se señor. Es lo que estoy intentando averiguar.

– Pues averigüelo y pronto. Esta ciudad no se puede permitir un atasco como el que estamos teniendo. La prensa nos va a crucificar.

Parecía algo increíble. Todos los semáforos en verde y la mayor fluidez de circulación que cualquier ciudadano soñaría tener en una hora punta como la que era.

– ¿Porqué al norte? ¿No dijiste que teníamos que llegar al aero­puerto.

– No. Si han descubierto nuestra huida es de suponer que ima­ginen que allí es donde nos dirigimos. No entiendo como lo han podido averiguar tan pronto. No se habrían tenido que dar cuenta hasta por lo menos dentro de dos o tres horas.

– ¡Pobre Ernest!

– No te preocupes, como él dijo, todo se reducirá a una fianza. Ahora lo primero que tendremos que hacer es deshacernos de este coche en cuanto antes. Con un poco de suerte espero que podamos llegar hasta Lawrence, allí existe un pequeño aeródromo y tengo un buen amigo de quien confío en que nos deje su avión sin hacer demasia­das preguntas.

– Me dijiste que querías ir hacia Oregón. ¿Pero porqué precisa­mente allí?

– Tendrás que esperar un poco más. Lo que tengo que expli­carte requiere un poco de tiempo y algo de tranquilidad. ¿Espero que sigas confiando en mí?

– Digamos que tengo una deuda pendiente y me he enamora­do de mi deudor. ¿Si eso te vale?

Ya salían de la ciudad cuando un concesionario de la Ford llamó la atención de Clarck. Redujo la velocidad y lentamente entró en la zona de talleres. Un empleado se acercó hacia ellos.

– ¡Buenos días señor! ¡Señora! ¿Que deseaban?

– Verá, hace poco que compré este coche y tengo un pequeño problema.

– ¡Oh sí!, es un coche magnífico. ¿Que clase de problema?, ¿tiene algún fallo mecánico?

– ¡Oh no!, nada de eso, el coche va como una seda, únicamen­te que… mi mujer no puede soportar este color de la tapicería y desearíamos cambiarla por una de cuero marrón. ¿Sería eso posi­ble?

– ¡Por supuesto! No habrá ningún problema, aunque tardare­mos unos días en poderle satisfacer. Si quieren acompañarme, les enseñaré el muestrario.

Acompañaron al dependiente hasta una oficina donde hicieron la elección de la nueva tapicería. Esperaban poder acertar el gusto de Ernest.

– Si nos dice su dirección para ir a recogerle el vehículo cuan­do tengamos el material.

– Lo cierto es que necesitaría tenerlo para antes de fin de año y estamos de viaje.

Si nos pudiese ceder mientras tanto algún otro vehículo, podrí­amos dejarlo aquí y recogerlo de vuelta dentro de un par de sema­nas.

– Bueno, lo siento pero no creo que tengamos disponible nin­gún otro Rasant y…

– ¡Entiendo! Sacó de su bolsillo el sobre del dinero y estiran­do un billete de 500 dólares, lo extendió al empleado.

– Aunque tratándose de solo un par de semanas… no podrá ser un Rasant pero creo que tengo un Roxet I-10 en muy buenas condiciones.

– Nos servirá, gracias.

Le tendió las llaves y le indicó que la documentación estaba en la guantera. El empleado cogió el billete, las llaves y lo condujo hasta el Roxet de color rojo.

– ¿Tiene teléfono? -preguntó Clarck.

-¡Por supuesto!

Otra propina de 500 dólares, hizo prescindir del papeleo. No importaba quiénes fueran. No todo los días se podía conseguir 1000 dólares extras y libres de impuestos. El empleado le abrió la puerta a Eleonor y con una sonrisa que no cabía en su cara se despidió de ellos.

Lo primero que hizo Clarck ya en ruta con el nuevo coche fue volver a ponerse en contacto con el ordenador municipal. Tras la clave de acceso, levantó la restricción de disponibilidad y le indicó las nuevas órdenes.

– Ordenador, ejecuta una vía libre desde la última posición., hasta el aeropuerto internacional. Velocidad 50 kilómetros por hora. Todas las anteriores ejecuciones quedan revocadas. ¡Ahora!

– ¡Lo he encontrado señor! -dijo al Oficial el joven agente encargado de informática de la Central de Control de Tráfico de la Policía. – Parece ser que alguien estableció una vía libre.

– ¿Vía libre? ¿Hacia donde?

– La acaba de variar, ha establecido una nueva vía en dirección a… el aeropuerto internacional Señor.

– ¡Aha!, ya lo tenemos. Nos ha intentado despistar. Buen tra­bajo muchacho. Envíe a las patrullas que interseccionen con su tra­yectoria.

Clarck, ahora más tranquilo, abrazaba a Eleonor mientras se dirigían hacia el norte. Las espesas nubes hacian que el día parecie­se estar acabandose. Unos pequeños copos de nieve empezaron a caer sobre el parabrisas. Encendió la radio y sintonizó una emisora local en la que hablaban del caos circulatorio que ese mediodía estaba sufriendo la ciudad. En su mente, imaginaba a las patrullas de policía intentando buscar entre el denso tráfico, el coche fantas­ma que atravesaba la ciudad de punta a punta; y la recepción que sin duda les tendrían preparada para su llegada al aeropuerto.

Con un poco de suerte no tendrían más complicaciones y pronto llega­rían a Oregón, su destino.

– ¿Me explicarás ahora lo de Oregón? -preguntó Eleonor.

– ¡Claro! ¿Recuerdas lo que dije que allá donde ellos fijasen su atención allí estaría yo?

– Sí, y todavía continuo sin tener la menor idea.

– ¿Como crees que nos podrían ver los habitantes de Génesis?

– La “Cara de Dios”.

– O un OVNI.

– ¿OVNI?

– No te asombres. Eso es lo que tenemos que conseguir, entrar en contacto con ellos.

– ¿Pero de verdad crees que los OVNI son los vehículos en los que se trasladan nuestros creadores?

– ¿Por que tienen que trasladarse?, ¿acaso tú te trasladabas cuando te movías por entre Edén con el Ojo de Dios?, ¿o crees que de verdad yo iba montado en una motonave a 500 kilómetros por hora en la habitación de aquel restaurante? Lo que creo es que pue­den manifestarse como ellos quieran. Si quieren que en las coorde­nadas en las que están aparezcan una bola de fuego o un platillo metálico ¿que importa?

– ¿Te das cuenta que entonces tendríamos que hacer caso de todas las tonterías que han llegado a decir los contactados?

– ¿Aceptas que un pirata informático pudiese tener acceso a Génesis?

– Claro. De hecho ya sabes que ha pasado en alguna ocasión.

– ¿Y no te imaginas lo que les podría decir a los personajes vir­tuales?

– Entiendo Raticulín.

La carcajada no pudo ser contenida por ninguno de los dos. .

– De todas maneras, mediante cualquiera de ellos podríamos entrar en contacto con el que verdaderamente nos puede ayudar.

– ¿Ayudar?

– Exacto Eli, nuestros creadores son los únicos que nos pueden ayudar a corregir Génesis. Parece que hay algo en Oregón que les llama la atención, así que si les gusta visitar Oregón, nosotros tam­bién lo visitaremos.

LA EXPEDICION

Una potente luz penetraba en la habitación a través de la ven­tana. Las horizontales sombras que formaban las persianas corrí­an por el suelo y ascendían por las paredes. Un fuerte y agudo zumbido sacudía el ambiente. Fue hacia la persiana, y separando una de sus hojas miró hacia arriba. Allí estaba, ese fuerte proyector, rodeado por un gran remolino de aire y nieve.

El Oficial de Guardia llamó a la puerta, la abrió e informó al Coronel de la novedad.

– Señor, el helicóptero del General Ruteford se encuentra en la base. He mandado formar la Guardia para rendirle honores.

– Gracias capitán, ahora mismo voy. Puede retirarse.

Samuel Conrad recogió su recia cazadora de plumas que le ofrecía el ordenanza y levantándose la capucha se dispuso a dar la bienvenida al General.

Una noche inhóspita para una visita oficial, aunque sabía muy bien que se trataba de algo más que de una visita.

El sonido de los rotores empezó a disminuir. Samuel abrió la puerta del barracón y recibió en su rostro el frío aire gélido de des­pués de la tormenta. Durante toda la tarde, una fuerte ventisca de nieve había estado azotando la base, solo hacía dos horas que parecía haber amainado, aunque las previsiones meteorológicas anuncia­ban un empeoramiento para esa misma noche. La blanca capa de nieve cubría el suelo y los techos de la base Alberto. Una veintena de soldados perfectamente uniformados e ignorando las inclemencias del tiempo, se encontraba formada y con las armas rendidas a la derecha del negro Sikorsky HH-53 que trasportaba al General.

La puerta corrió a un lado y una escalinata ayudaba a descen­der a la visita. Devolvió el saludo al Oficial que mandaba la forma­ción y pasando rápidamente revista le dio las gracias y le indicó que podían romper filas. Se levantó el cuello del grueso abrigo y aceleró el paso hacia donde le esperaba el Coronel.

– Bienvenido mi General, sin novedad en la base Alberto.

– Gracias Samuel. Lamento importunar a estas horas pero la tormenta ya me había retrasado bastante para tener que esperar a mañana por la mañana.

– Le entiendo señor, yo también estoy impaciente.

– Será mejor que entremos ¡te parece!

– ¡Por supuesto!

Con un gesto el coronel indicó al oficial que podía ordenar romper filas. Una vez dentro del barracón ambos se sacudieron el calzado y quitándose los abrigos se los entregaron al ordenanza.

– ¿Si quieres pasar a mi oficina? Tengo allí un bourbon que nos reconfortará rápidamente.

– ¡Como no! ¿Jack Daniels supongo?

Desde que Ruteford fue su profesor de ingeniería en West Point, siempre habían compartido una muy buena relación dado su interés mutuo por la geopaleontología. Las teorías que en aquel entonces le había presentado, despertaron su interés por el joven que destacaba brillantemente entre la flor y nata que tenía el honor de poder entrar en la prestigiosa Academia. Además, existía una amistad por parte de su padre, ahora ya retirado, con el que había servido durante la guerra de Vietnam. Todo junto, hizo que lo tomase bajo su tutela, de la que a decir verdad nunca se había desprendido.

Mientras servía el bourbon, sin hielo ni soda, como se debe de beber, le preguntó por el material que en esa mañana había recibi­do con la orden de no preguntar nada acerca de él.

– ¡Oh, eso! Es una sorpresa, ya tendremos tiempo de hablar de ello. ¿Que tal se encuentra tu padre? Desde que se retiró apenas he podido compartir unos breves momentos con él.

– Bien, supongo que ya se ha repuesto de la perdida de mamá. Ahora se encuentra en Florida pasando el invierno, dice que Orlando es el paraíso donde le gustaría pasar el resto de su vida.

– ¡Je je!, me imagino que con tantas chicas guapas, puede ser el paraíso de cualquiera.

Levantó el vaso y brindó a la salud de su padre.

– Bueno -increpó Samuel-. Supongo que el venir expresamente en persona hasta aquí y tan precipitadamente, será por algo más que traer órdenes.

– ¿Crees que por verme encarcelado en un despacho de Washington soy demasiado viejo para no sentirme atraído y entu­siasmado por la expedición?

– ¿Es que piensas acompañarnos?

– ¡Por supuesto!

– Pero el descenso puede ser peligroso y… sin querer ofender­te, bastante penoso.

– ¿Penoso? ¿Me tratas de viejo achacoso? Esto es algo que no me perdería por nada del mundo y además, con el juguetito que me he traído, todo será coser y cantar.

– ¿Te refieres al material de esta mañana?

– ¡Aha! ¿Lo han empezado a montar?

– Tal como ordenaste, hice trasladarlo al fondo del pozo y el grupo de técnicos, andan encerrados allá abajo todo el día. No han desve­lado nada al respecto. ¿Qué es?

– ¡Buenos muchachos! No seas impaciente, es algo que tienes que ver con tus propios ojos, aunque te lo explicase, no me creerí­as.

¿Que hay de los cálculos sobre la chimenea?

– La he inspeccionado personalmente ayer mismo, en cuanto acabamos las labores de rescate y reacondicionamiento. Por suerte en cada tramo quedó algún ascensor utilizable y las paredes aguan­taron bien. Lo más laborioso ha sido el restaurar el sistema de ven­tilación y el eléctrico. Respecto a la chimenea, es mucho más gran­de de lo que me había imaginado. Tiene un diámetro aproximado de cien metros y la corriente de aire desciende a una velocidad de 56 nudos, aunque no es constante, las últimas mediciones realiza­das esta tarde indican un descenso a 130 kilómetros a la hora. He deducido que puede ser debido a la capa de nieve, lo que se corres­pondería con el aumento de la humedad.

– ¿Y la profundidad?

– De momento hemos detectado fondo a 620 metros. Una superficie de lava líquida, aunque estoy seguro de que debe existir alguna galería por donde continúe el aire.

– ¿Y los trabajadores?

– Les explicamos que habíamos topado con una grieta volcáni­ca y que la corriente de aire que devastó el túnel, fue producida por el descenso repentino del nivel de magma. Creo que 1a idea ha sido bien aceptada. Les hemos dado una paga extra como compensa­ción hasta que se reanuden los trabajos, no conviene que piensen que la perforación ha acabado.

– ¡Perfecto! ¿Y el obrero que resultó muerto?

– Hemos informado a sus familiares en San Francisco, era sol­tero y llevaba varios años trabajando de eventual en distintas per­foraciones. Se han resignado a no poder recibir el cuerpo y no creo que implique más problemas.

– Fue una lástima el manchar este proyecto con una muerte.

– Respecto a la expedición…

– Sí. Bueno, hay algo que debo explicarte. Espero que lo sepas encajar.

El General se sentó en el sofá a la izquierda de la estancia, mientras invitaba a Samuel a hacer lo mismo frente a él. Prosiguió:

– Supongo que en algún momento, te habrá pasado por la mente la extrañeza de que el Presidente en persona estuviese tan interesado en el proyecto.

– Entiendo que el hallazgo de una Neoterra supone…

– Sí -interrumpió el General-. Es cierto que ese es un interés muy especial, pero existe todavía otro mayor.

– ¿Mayor? No le entiendo.

– Lo que te voy a decir, debes considerarlo como algo estricta­mente confidencial, ni siquiera a mí se me ha permitido el decírte­lo antes.

Las manos de Samuel giraban a un lado y a otro el vaso de bourbon mientras su curiosidad crecía al compás de la espera del silencio del General.

– Será mejor empezar por el principio. ¡Verás!: Hace ahora aproximadamente seis años, un grupo de parapsicólogos al servi­cio de la Casa Blanca, informaron de una entidad inteligente que intentaba comunicarse con nosotros. En un principio, como com­prenderás, fuimos reacios a poder creer a pie juntillas todo cuanto nos decían; pero pruebas posteriores, demostraron sin lugar a dudas que la criatura o lo que quiera que sea, era capaz de estable­cer un lazo directo con la mente humana. Todavía no sabemos exac­tamente como o a través de qué lo hace, que tipo de energía utiliza o como se vale para manipularla, pero lo cierto es que puede utili­zar nuestro sistema neuronal para transmitirnos todo tipo de impulsos; es decir que la persona sensible a él, puede oirle e inclu­so recibir imágenes proporcionadas por la entidad. ¡Ya sabes!, lo que se conoce como telepatía y todo eso. Por lo que sabemos, todo ser humano es sensible a esa recepción, aunque existen inconve­nientes para que esta se produzca en estado de vigilia.

Sabemos que los “contactados”, por así llamarlos, experimen­tan un estado muy parecido a la fase REM del sueño profundo. Al parecer, la consciencia actúa de inhibidora a ese tipo de, supone mos, especie de hondas; por lo que únicamente algunas personas, son capaces de establecer y recordar esa comunicación. Esto hemos podido determinarlo gracias a que, sujetos sometidos a hipnosis, han revelado poder mantener idénticos contactos.

– ¿Y que información se ha obtenido de ella?

– A juzgar por lo que ella misma nos ha revelado, se trata de una criatura orgánica, parecida a nosotros; es decir, con un sistema pluricelular y cuatro bases nitrogenadas de A.D.N.. Sin embargo, su metabolismo difiere algo del nuestro. Posee la capacidad de autorregeneración de todas sus células y es inmune a cualquier tipo de cáncer o enfermedad.

– ¡Un organismo perfecto!

– ¡Exacto! Eso precisamente es lo que le permite vivir, prácti­camente, eternamente.

– ¿Cómo? ¿Que edad tiene?

– Según ella, más de 200.000 años.

– ¿Pero como es posible? No…, no…

– Déjame continuar. Su origen es distinto del nuestro. Parece ser, que justo cuando el hombre empezó a salir de las cavernas fue visitado por una civilización extraterrestre a la que el pertenece.

– ¡Los OVNI de los que informé!

– Sí, algo tienen que ver. Por lo visto, según la ética y moral de su pueblo, se establecie­ron en la tierra con la única finalidad de observar sin ninguna inter­vención directa. Él, la criatura, estaba al mando de la expedición, por así llamarla. Contrario a la opinión de sus superiores, al pare­cer poseen una estructura social jerarquizada parecida a la nuestra; esta criatura decidió por su cuenta, que una intervención directa en los hombres, provocaría un más rápido autodesarrollo.

Enseñaron a los hombres las artes de la agricultura, la caza, la pesca, las construcciones…; cuando sus superiores se enteraron de lo ocurrido, destruyeron todo cuanto pudiera hacer que el hombre creciese en el conocimiento de ellos. Supongo que cuanto quedan de ellos, es el recuerdo de los antiguos dioses que ayudaban a los hombres.

– ¿Y que tiene que ver todo esto con el pozo?

– A eso voy. Esta criatura, fue declarada rebelde y como forma de castigo fue confinada bajo tierra.

– ¡Dios Santo!

Samuel no podía dar crédito al relato del General. Particularmente, él tenía sus reservas sobre la existencia de vida extraterrestre. La imposibilidad de realizar un viaje interestelar, descartaba cualquier visita; pero si como decía el general poseían un organismo “eterno”…

Pero había dicho “confinada bajo tierra”, eso significaba que la bóveda, la expedición…

– Como imagino pensarás, nuestro objetivo es precisamente ese, entrar en contacto con ella.

– Pero… pero… si hace seis años de eso, entonces, mi descubri­miento, mis teorías…

– Sí, lamento decirte que de algún modo te engañamos, o más bien, te lo ocultamos. Tus teorías eran correctas, tú eres el único meritorio de ellas. Fue precisamente por eso por lo que se te facili taron las cosas. Imagino, que aun sin nuestra ayuda, tarde o tem­prano hubieras descubierto la existencia de esta chimenea. Has hecho un buen trabajo y no debes sentirte menospreciado.

– ¡Entonces!, las prospecciones, los informes…

– Sí, nosotros sabíamos de antemano su localización y te las facilitamos; es decir, la criatura fue quien nos las facilitó.

– ¿Pero porqué no me informaron?

– Fue una decisión Presidencial. Compréndelo, teníamos que reducir al máximo las posibilidades de una filtración. El revelárte­lo era prescindible. Creeme, insistí para que no te fuese ocultado, pero la decisión no fue mía; incluso ahora he tenido que luchar contra algunas reticencias. El hecho de tu meritoria labor es lo que ha permitido que nos acompañes en la expedición.

– ¡Pero no entiendo! ¿Si esa criatura está realmente allá abajo, porqué no se ha dado a conocer antes?

– Porque no existía la tecnología suficiente para llegar hasta ella.

– ¿Y porqué no nos la facilitó?

– ¿Quién te ha dicho que no lo ha hecho? Lleva siglos inten­tándolo, pero sus medios son limitados. Durante la fase REM del sueño puede indicarnos como conseguir algunas cosas, pero todo eso queda en el subconsciente, al despertar solo nos queda una leve intuición que puede llevarnos a su descubrimiento.

– ¿Pero si es capaz de valerse de personas sensibles…?

– Eso es exactamente lo que ahora hace, pero como compren­derás eso no resultaba tan fácil en otros momentos de la historia; además del inconveniente de lo difícil que es explicar como fabricar un rayo láser si antes no se entiende la física de las hondas o no se conoce la electricidad o algunos de los materiales imprescindibles para su construcción.

– ¿Quieres decir que esa criatura, nos ha estado alumbrando en el desarrollo científico?

– Sí, así es, y con mucha más fuerza desde mediados del siglo pasado, cuando el número de humanos fue más elevado que nunca antes en la historia de la tierra. Su mayor dificultad, fue unir per­sonas sensitivas a personas capaces de comprender lo que ella intentaba enseñar. Además de eso, también debía enfrentarse a la intervención de sus “semejantes”. Como entenderás, a cada paso suyo para darse a conocer e intervenir en nuestra evolución le ha seguido otro por parte de los otros, que intentaban neutralizar su efec­to.

– ¿Quieres decir que existen otras criaturas como él en la super­ficie de nuestro planeta?

– ¡Exacto! Ahora sabemos que los llamados OVNI, son naves tripuladas por estas criaturas. Su misión sigue siendo la misma: observar sin intervenir; sumado ahora a neutralizar el desarrollo del hombre.

– Pero si lo que dice es cierto, las visitas a la base… No permi­tirán que lo liberemos.

– No podrán impedirlo. No son invulnerables y además, si intervienen, no tiene sentido el tener desterrado a uno de los suyos por ese mismo motivo.

– ¿Y si cometemos un error al intentar liberarlo?

– No, la sociedad actual es madura. Cuando decidieron deste­rrarle a las profundidades del abismo, sabían que cuando llegase el momento idóneo le encontraríamos y le liberaríamos.

– Entonces, si su conocimiento es algo inevitable ¿Porqué no dan ellos el primer paso y lo liberan ellos mismos?

– No lo sé. Tal vez requieran un tiempo en recibir el consenti­miento de cambiar su posición respecto a nosotros. Tal vez quieran demorarlo hasta el último momento. La verdad, no lo se.

Una mezcla de excitación y frustración corría por la mente de Samuel. Por un lado, las revelaciones hechas por el General, era algo asombroso, increíble, de no provenir de su boca; por el otro, la decepción de descubrir que toda su ilusión y sus esfuerzos, era algo programado de antemano le hacía sentirse utilizado y menospre­ciado. Las amables palabras del General, no podían ocultar el hecho de que el hallazgo, su hallazgo, no era realmente nada más que una ilusión. Que vanamente se creyó el Cristóbal Colón del siglo XXI.

A todo esto, se le sumó un nuevo pensamiento. No estaban solos en el universo. Existían otras civilizaciones. Un nuevo salto en la historia de la humanidad estaba a punto de producirse. ¿Cómo cambiaría el futuro? ¿Estaban realmente preparados para eso?

Las guerras, el hambre, el egoísmo… ¿Sabrían realmente convi­vir con ellos?

– Mi General.

– Dime Samuel.

– ¿Como cree que se tomará el mundo este hallazgo?

– Será algo progresivo. Esa es una de las cosas que más nos han preocupado. Las tensiones entre Europa y nosotros no sopor­tarían una presentación repentina. Tal vez lleve décadas la preparación. Lo primero que debemos conseguir, es mostrarnos dignos como civilización. Ahora que dispondremos de una tecnología que jamás podríamos haber soñado, seremos capaces de erradicar el hambre y las enfermedades del mundo. ¡Oh Samuel!, no te puedes imaginar las maravillas que nos ha descubierto.

– ¡No entiendo!

– ¡Vamos! Es hora de que te enseñe una cosa.

– ¿Adonde?

– Al fondo del pozo, ¡por supuesto!

Una hora más tarde, las puertas del ascensor se abrían en el último nivel del pozo del infierno. Samuel. Casi no podía reconocer el lugar. Los potentes proyectores no dejaban ni un rincón de sombra en toda la extensión de la galería. La febril actividad de los ope­rarios que habían acompañado al material secreto del General, hacía asemejar el lugar a un verdadero enjambre a 52 kilómetros de profundidad.

Todo estaba repleto de equipos electrónicos y cajas desembala­das. Al fondo, tras la majestuosa abertura que daba acceso a la chi­menea, una estructura metálica parecida a una grúa se extendía hacia el interior, iluminada por el anaranjado resplandor parpade­ante del magma que dejaba sentir su calor.

Avanzaba junto al General por la calle central cuando uno de los técnicos que vestía bata blanca se aproximó hacia ellos.

– Buenas noches General. Coronel.

– Buenas noches Garnier. ¡Permíteme!, Samuel, te persento a Francis Gar­nier, ingeniero de construcciones aeronáuticas.

Un leve gesto con la cabeza fue la contestación del Coronel. Recordaba a aquel hombre alto y presumido que le ignoró con toda arrogancia esa misma mañana cuando descendió de uno de los helicópteros, se introdujo en su pozo sin la más mínima consi­deración ni saludo. Le suponía una condición considerada, a juzgar de como ordenaba y cuidaba de que fuese descargado el material que le acompañaba, aunque no habría estado de más el molestarse en presentarse personalmente antes de ahora.

La frialdad de su mirada, compensaba el comportamiento arrogante del ingeniero.

– ¿Como va eso? -preguntó el General.

– Bastante bien. El ensamblaje del carenado ya está casi acaba­do y los equipos de navegación están instalados. Solo queda por acabar de montar el generador y la turbina.

– Muy bien. Ven conmigo Samuel, vas a ver lo último en tec­nología

Se aproximaban al final de la calle, cuando a la derecha, Samuel pudo ver un objeto que no reconocía. Era una estructura metálica de unos diez metros de diámetro y dos metros y medio de altura con forma de platillo volador, aunque con los bordes bien redondeados. Sostenido por una grúa a un metro escaso del suelo, conforme se acercaba, intentaba identificar de qué se podía tratar. El casco era de color metálico perfectamente pulido. No se aprecia­ban remaches ni lineas de soldadura. En la parte inferior distinguió unos porta-cohetes, que acabo por confirmarle su sospecha de que se trataba de un aparato volador. ¿Pero un aparato volador? No existía la más mínima posibilidad de que un ingenio fuese manio­brable en un sitio tan reducido como ese y mucho menos, teniendo en cuenta las velocidades del viento, si de lo que se trataba era de descender con él por la chimenea.

– ¿Es un ingenio volador? -preguntó intrigado. Garnier, que les acompañaba, se apresuró a contestar.

  • En efecto, aunque dudo mucho que haya podido imaginar nada igual. Su nombre es ANA-21. Se trata básicamente de una base anular, sustentada por una turbina de aire central acomodada en un grupo de cojines electromagnéticos.

* Ver gráficos ANA-21.

Como si de un cicerone se tratara, fue mostrando al Coronel los respectivos detalles de la aeronave.

– Como puede ver, este grupo inferior de flapes es el que diri­ge el chorro y consecuentemente la dirección del aparato. La turbi­na central es alimentada por un anillo que hace las veces de bobi­na.

– ¿Quiere decir que es eléctrico? -preguntó extrañado Samuel.

– ¡Exacto!

Lejos de aclarar la natural curiosidad del Coronel, prosiguió con otros detalles con la clara intención de dejarle en la más completa marginación.

– Como verá, el sistema utilizado para el ensamblaje del casco es perfecto. La aleación, cuya composición no viene a detalle, per­mite mediante el uso de un soldador de microondas una homogénea unión molecular que hace que todo el conjunto, unido a su diseño anular, no ofrezca puntos de tensión.

Como se preguntará, la planta motriz para generar la electrici­dad necesaria, parece algo imposible. Supongo que el General pre­ferirá explicarle él mismo en que consiste.

– ¡No lo entiendo! -exclamó Samuel mientras giraba su mirada al General.

– Ven te lo mostraré.

Subieron a una tarima que estaba al nivel en el que una puerta permitía el acceso al interior de aquel extraño donut metálico gigante. Un corredor que se curvaba en ambas direcciones apare­cía repleto de paneles electrónicos y monitores de televisión. Hacia la derecha de la entrada, un asiento junto a una consola de ordenador dejaba el suficiente espacio para seguir hasta la parte posterior de la nave, donde dos técnicos se encontraban trabajan­do. El General se dirigió a ellos.

– Buenas noches señores, ¿que tal va el trabajo?

Ambos se giraron para saludar, eran oficiales del ejército.

– A sus órdenes mi General. No sabíamos que usted se encon­traba en la base. – Tras apercibirse de la graduación de su acompañante le saludo: – Coronel.

– Es natural, hace apenas una hora que he llegado. ¿Tienen algún problema con la instalación del reactor?

– No señor, pronto estará operativo. Estamos acabando de montar las conexiones a la bobina.

– No pensaba que existieran reactores nucleares tan pequeños -exclamó Samuel.

Los dos operarios se quedaron extrañados por la observación del Coronel, y sin responder, interrogaron al rostro del General.

  • No Samuel, no se trata de un reactor nuclear de fisión, sino de fusión.

Si antes el relato del General le había sorprendido como jamás se habría podido imaginar, lo que acababa de decirle no resultaba absolutamente nada menos sorprendente. ¿Pero como era posible?, ¿como podía existir un reactor de fusión, y ademas de ese tamaño? Si eso era cierto, el hallazgo resultaba la panacea de la huma­nidad. Energía limpia a raudales y con el combustible más abun­dante del universo: hidrógeno, puro y simple hidrogeno. Lo que eso suponía era que ya no importaba la energía que se gastase en llevar agua a los desiertos, en hacer funcionar las industrias, en dis­poner de toda la electricidad que se desee…

¿Pero cómo es que el mundo científico no había informado del hallazgo?

– Sí Samuel, sé que parece increíble pero así es, y funciona. Es uno de los pequeños secretos que esa criatura nos reveló.

– ¿Pero se da cuenta mi General de lo que este descubrimiento supone?

– ¡Por supuesto! Los ingenieros están trabajando en modelos para uso industrial, aunque todavía es materia reservada como alto secreto.

– ¿Como es posible que sea tan reducido?, ¿realmente se puede contener un sol ahí dentro?

– Sí. El mayor inconveniente que se tenía para conseguir un reactor de fusión, era el conseguir una concentración adecuada de plasma y el hacerla coincidir con una brevísima ignición. Los superconductores y un avanzado sistema informático, consiguen que la combustión sea perfectamente controlada. Un generador de partículas de alta velocidad es el que se encarga de proporcionar la energía inicial; se encuentra integrado en el anillo que forma el casco.

– ¿Pero el confinamiento…?

– Es completamente seguro. Un dispositivo especial provoca la apagada del reactor en caso de aumentar de forma peligrosa la temperatura de las paredes del anillo de contención. Simplemente se deja de tirar carbón a la caldera, tritio en este caso, y ya está, se para. Todo eso ¡claro! si falla el sistema que transforma el exceso de energía en hondas acústicas refrigerantes que se encargan de enfriar al circui­to de agua que hace funcionar las turbinas generadoras, y que el dispersador térmico situado bajo el chorro de la turbina se encarga de acabar de enfriar. Además, todavía existe otro dispositivo que trasmitiría directamente a la estructura exterior del casco el calor excesivo del núcleo hasta ponerlo casi incandescente.

– ¿Y como se volverá a encender?

– El acelerador de partículas llevará siempre acumulada la suficiente energía para provocar una nueva ignición.

– Pero el acelerador…, la bobina… todo junto debe crear un campo magnético muy intenso.

– Sí, así es. Por suerte a los nuevos chips no les afecta eso. ¿Espero que no lleves un reloj antiguo?

El General continuó enseñándole los otros detalles de la nave. Tras la zona del reactor donde estaba emplazado un asiento para su controlador, el estrecho pasillo seguía curvándose a la izquierda y hacia proa de la nave. Otros asientos y otra consola repleta de ins­trumentos era el lugar que debía ocupar el encargado de comuni­caciones. Justo en la proa, unas estrechas ventanas dejaban adivi­nar que los dos asientos situados tras ellas eran los destinados al pilotaje de la aeronave.

– ¿Quien lo pilotará? -preguntó Samuel.

– ¡Yo por supuesto!

– ¿Usted?

– Bueno, ayudado por el sistema anticolisión de los ordenado­res de abordo, claro.

– Perdone, pero no…

– Vamos, vamos, confía en mí. Te aseguro que esta maravilla podría llegar ella solita hasta allá abajo sin ningún tipo de ayuda. Tan solo se necesita un leve movimiento de esta palanca para que el aparato efectúe la maniobra, siempre que sea completamente segura. Ningún hombre tendría los reflejos necesarios para maniobrar en una corriente de aire de más de 100 kilómetros por hora. El ordenador de a bordo es el único capaz de compensar esa dificultad.

– Pero eso es muy arriesgado.

– No. Llevamos más de un año sometiéndole a las más duras pruebas y creeme, es la aeronave más segura que jamás ha cons­truido el hombre. Ven, te enseñaré el plan de navegación.

El General se sentó en el asiento derecho y encendió el moni­tor. Sacó un pequeño diskette metálico de dentro del bolsillo de su americana, lo introdujo en una ranura, y en la pantalla apareció parpadeante la clave de acceso. Tecleo su código y al instante siguiente aparecía una compleja perspectiva que se asemejaba a las ramas de un gran árbol.

– Bueno Samuel, aquí lo tienes, no me separo nunca de él.

– ¿Lo facilitó la criatura?

– Sí. Aquí están con todo detalle las diferentes galerías que nos conducirán hasta la Gran Bóveda. Si no me equivoco, nuestra posi­ción inicial debe ser exactamente esta. -Señaló un punto rojo en la pantalla, en una de las perspectivas chimeneas que más abajo se iban uniendo y ensanchando.- ¿Dijiste 620 metros?

– Sí.

Al ver aquello, la frustración iba creciendo en el Coronel Conrad. Se sentía como aquella vez en que descubrió a sus padres colocando los regalos bajo el abeto. No dijo nada, tan solo tenía 6 años, pero las horas en vela para conseguir ver a Papa Noel se trun­caron de ilusión a decepción. Entonces no comprendía porque sus padres le engañaban, igual que ahora era incapaz de justificar la actitud de sus superiores. El vacío de la desilusión iba creciendo en él.

Con todo detalle. Lo sabían todo con perfecto y absoluto detalle. Tal vez hubiese sido mejor que acabado su trabajo le hubiesen dejado al margen, ignorante de la burla a la que ahora se veía sometido. Pero claro… no habrían podido, él se hubiese revuelto contra todos de haber intentado separarle de su gran hallazgo. Ese era el verdade­ro motivo por el que, míseramente, se le permitía estar en esa expe­dición. ¿Porqué no, desde un principio? Si la información que con toda soberbia ahora le mostraba el General, la hubiese tenido en sus manos, todo hubiese resultado mucho más fácil, y seguramente se hubiese evitado la muerte de aquel obrero.

El General continuaba en sus desatendidas explicaciones.

– Y como verás, finalmente desembocaremos en esta gran gar­ganta que nos conducirá a nuestro destino. ¿No es fantástico?

-Sí… ¡Sí, claro!

– ¡Vamos Samuel!, ¿en qué piensas?

Por un momento sus pensamientos querían decir “No veo la necesi­dad de acompañarles”, pero acto seguido, su orgullo le decía que el participar en la expedición era algo que le debían, se lo había ganado a pulso y no podía ni quería renunciar.

  • En el futuro -contestó, ocultando sus pensamientos.

Uno de los técnicos les interrumpió. Rápidamente el General apagó la pantalla y recuperó el diskette sin dar tiempo a que el ino­portuno pudiese ojear su mapa del tesoro.

– ¿Que ocurre? -preguntó Ruteford.

– Perdone señor, pero tenemos que acabar de montar algunos instrumentos y si me permite. -Enseñó el equipo que llevaba en las manos, indicando que era justo donde ellos estaban donde tenía que trabajar.

– ¡Ah, es eso! Ahora mismo nos vamos.

Al salir al exterior la grúa de la que pendía la turbina de pro­pulsión estaba acabando de ser encajada en el centro de la aeronave con la ayuda de cuatro empleados que cuidaban de su perfecto acomode. Parecía imposible como en tan poco tiempo habían sido capaces de montar algo tan complejo como todo aquello.

No cabía duda que el Presidente tenía prisa, pero Samuel no acababa de ver claro de lo que iba a representar eso para la huma­nidad, es más, un extraño presentimiento parecía querer avisarle de que le continuaban ocultando alguna cosa y que algo no casaba del todo.

Lejos de seguir los consejos del General, le resultaba imposible conciliar el sueño en ese agujero a más de 50 kilómetros bajo tierra de su base. Las pocas horas que debía dedicar a descansar se transformaron en un debate en su mente sobre los acontecimientos pasados, actuales y los que se devenían. Intentaba adivinar la mentalidad de aquellas criaturas eternas, que promulgaban la no intromisión. Él sabía perfectamente que incluso la NASA, tenía estudiada la misma norma de no intromisión en caso de contactar con una civilización más atrasada, pero si su conocimiento ya había sido delatado, ¿A que esperaban? Además, no acababa de entender como unas criaturas que al parecer eran tan evolucionadas, habian sido capaces de la crueldad de abandonar en la soledad bajo tierra durante 10.000 años a uno de los suyos; a no ser que fuese algo de mutuo acuerdo…

Ahora entendía que la última visita que hicieron pocos días atras aquellos OVNI de los que él había vuelto a informar, fuese igual de desatendida que las anteriores. Ninguna investigación al respecto, ninguna aclaración. No cabía duda de que esas criaturas estaban al corriente de sus avances en el Pozo. Habían calculado el momento en que se encontrarían con la chimenea y casi acertaron, tan solo con un día de antelación. No sabía porqué, pero estaba seguro de que intervendrían.

Por otra parte, recordaba que el General había dicho que hacía ya un año del diseño de la aeronave. Eso significaba que como mínimo, que durante ese mismo tiempo habían dispuesto de los conocimientos del reactor de fusión. Si realmente deseaban preparar a la humanidad para hacerla digna de mostrarse como una civilización humana y pacífica, ¿porqué no se había dado a la luz pública un descubrimiento que acabaría con las crisis y las austeridades de muchos países? ¿Les había contado la criatura toda la verdad que produjo su exilio?

Cuando un soldado entró para avisarle de que todo estaba ya dispuesto, lo encontró tumbado en la cama de aquella estrecha tienda de campaña con las piernas cruzadas e impaciente de la espera. Después de agradecer el aviso, se levantó, recogió su pequeña bolsa de aseo y la introdujo junto con un par de mudas en una maleta metálica rígida. Se lavó la cara y peinándose un poco se colocó la guerrera y la gorra. El gran momento ya estaba cerca.

Una taza de café le esperaba junto a la mesa donde el General estaba reunido con otros tres oficiales.

– Coronel -dijo el General-. Buenas noches, espero que haya podido descansar estas pocas horas.

– Buenos noches! La verdad es que me ha sido imposible, pero me encuentro perfectamente despejado.

– Es natural, supongo que a todos nos ha ocurrido lo mismo. ¡Tome!, esto le ayudará a encontrarse mejor. Le tendió la taza y prosiguió.- Permítame hacer las presentaciones: Capitán Jerónimus Itaho, es nuestro técnico de fusión.

-Mus. Exclamó el aludido haciendo entender que ese era el nombre por el que prefería que le llamasen. Se estrecharon las manos tras el saludo oficial.

-El teniente Barrows, nuestro experto en comunicaciones y médico de la expedición.

– Señor. Saludó el Teniente extendiendo igualmente la mano al Coronel.

– Y el Mayor Hawk, se ocupará de la navegación y del repor­taje. Continuó el General.

-Creo que se conocen.

Naturalmente. Era difícil olvidar aquella cara tan rechoncha y amigable. Tomas Hawk había servido con él al principio de la cons­trucción de la base. Era considerado uno de los mejores topógrafos del Ejército, y con su ayuda habían decidido juntos el punto exac­to donde iniciar la excavación del Pozo del Infierno. Ahora, la sospecha era inevitable. Todo hacía pensar a Conrad si no estaría él también involucrado en el engaño.

  • Señor -contestó sonriente Tomas mientras extendía la ma­no-. Es un placer volver a trabajar junto a usted Coronel.

De todas formas -pensó Samuel-. Aunque hubiese estado al corriente de todo desde el principio, poco podía hacer en su pues­to, y la amistad que se procesaban era del todo sincera. El orgullo de pensar que habían confiado en el Mayor antes que en él era lo único que en esos momentos le hería.

– Bienvenido de nuevo a la base Mayor. ¿Cuando ha llegado?

– Hace un par de horas, poco después del General. El mal tiem­po me retrasó. Estaba en Nuevo Méjico trabajando en unos mapas cuando el General me avisó precipitadamente que debía venir hasta aquí. Jamás me imaginé que consiguiese llegar tan rápida­mente hasta la chimenea. Es algo fantástico, ¿no le parece?

El General se apresuró a prevenir:

  • ¡Claro?, todos estamos igual de entusiasmados por el descu­brimiento de esa Gran Bóveda, ¿si es que esta allí? -dijo acompaña­do de unas coreadas risas.

Esto pareció agradar a Samuel. Él daba por supuesto que todos estaban al corriente del fin de la expedición, pero esa observación del General significaba que realmente la información que le había revelado era una exclusiva muy particular. El voto de confianza, pareció levantarle inesperadamente los ánimos.

Hechas las presentaciones, el General empezó a indicar el plan de descenso y las complicaciones con las que posiblemente se iban a topar. Cuando Francis Garnier llegó para informar de que la ignición del reactor estaba preparada, significó que los cinco debían subir a bordo y dar comienzo a esa gran travesía.

Unos suboficiales ayudaron a colocar los engorrosos equipos de pilotaje con los que todos parecían estar ya familiarizados. Al parecer, el forzado cursillo de entrenamiento básico para transporte a gran altura había sido por otros motivos que la casualidad del sorteo que a él, Samuel, le habían explicado cuando tuvo que dedi­car dos semanas de preparación en la base Edwards.

El complicado traje estaba conectado a un sistema de la aero­nave que proporcionaba la calefacción o la refrigeración del cuer­po necesaria a la vez que servía de presurizador para mantener una correcta presión sanguínea en la cabeza. El casco, con su sistema de oxí­geno, sonido y óptica, era de lo más avanzado. Dos pantallas miniaturizadas de televisión, semejantes a las usadas en los simu­ladores, mostraban una perspectiva de todo el exterior de la nave que era proporcionada por un grupo de cámaras perfectamente integradas y distribuidas por el casco y que un sistema informatizado se encargaba de coordinar con los movimientos de la cabeza a la vez que aparecían todos los controles que debían manipular. Daba la sensación de estar sentado flotando en el aire con la única compa­ñía de la consola frente a él, donde con el leve movimiento de su dedo podía seleccionar las opciones que desease. Era algo a lo que costaba acostumbrarse a pesar de que los técnicos habían permiti­do la opción de mostrar una zona de suelo y medias paredes para evitar esa incomoda sensación. De todas maneras, con una simple elección se podían retirar las microcámaras y ver lo que en reali­dad les rodeaba. Samuel particularmente prefería prescindir del paisaje exterior y ver lo que realmente había frente a él.

Subieron a la aeronave, se acomodaron en los sillones que se adaptaron perfectamente a sus cuerpos y tras realizar las conexio­nes de los trajes y el casco, el sonido hueco de la puerta al cerrarse dio paso al aviso a la voz del Capitán Itaho que iniciaba la cuenta atrás para la ignición del reactor.

  • 3, 2, 1, Ignición.

Un fino silbido se empezó a dejar escuchar e iba en aumento. Los técnicos del exterior, desconectaron los cables auxiliares de ali­mentación y empezaron a transportar a la aeronave con ayuda de la grúa hacia unos raíles frente al pórtico de la chimenea.

El anillo volador se posó sobre la vía y fue conducido hacía el trampolín que se adentraba hacia el interior de la parpadeante galería que Samuel, emocionado, veía acercarse.

El Teniente de comunicaciones confirmó el perfecto enlace y funcionamiento de los equipos. Por curiosidad, Samuel conectó las microcámaras para ver el paisaje que se extendía bajo sus pies. Un reflejo instintivo hizo que sus manos se aferrasen a los brazos del asiento al verse suspendido en el vacío sobre ese lejano, pero a su parecer no tanto, mar de magma. Flotaban sobre aquella estructura metálica que parecía llegar a su fin.

Habían llegado al final del trampolín y las vibraciones de la nave empezaron a aumentar. Una corriente descendente de aire a 120 kilómetros por hora de velocidad, hacía zarandear toda la estructura y parecía ser capaz de romperla y precipitarles al vacío.

Samuel desconectó las microcámaras y giró su cabeza buscan­do a su derecha al General, que en esos momentos se encontraba insertando de nuevo el diskette con el mapa de descenso.

Un silbido, pero esta vez diferente, empezó a hacerse también cada vez más agudo. La bobina estaba empezando a inducir a la turbina las revoluciones necesarias para vencer la fuerza del viento. Pocos segundos después ordenó el desenganche de la estructu­ra y el sonido se hizo más sordo, cesando las vibraciones. Se esta­ban elevando sobre la plataforma.

El General ordenó la retirada de la estructura y seguidamente, otras pequeñas vibraciones se volvieron a dejar sentir.

Ruteford giró la cabeza mirándole y adivinando su miedo le tranquilizó.

  • Todo va bien. Las pequeñas vibraciones, son producidas por la alteración en el chorro que produce la retirada del trampolín, pronto cesarán y empezaremos el descenso.

Así fue. Realmente aquella aeronave se mantenía perfecta­mente estacionada dentro de aquella corriente de aire huracanado. El General accionó un botón y el sonido de una rápida descompre­sión hizo tambalear la nave.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Samuel.

– Hemos lanzado polvo radioactivo. El ordenador hará un estudio de las perturbaciones y remolinos que el aire forma debajo nuestro y establecerá la ruta más segura. ¡Bien, ya está!, nos move­mos.

Las brillantes rocas que tenían en frente empezaron a despla­zarse hacia arriba y comenzó el descenso. Los potentes focos que alumbraban al rededor de la nave iluminaron el exterior mostran­do aquella extraña formación de las rocas, mezcla de silicatos y una poblada cristalización de cuarzo y azufre.

  • Será mejor que te fijes bien en eso -dijo el General, indican­do a Samuel hacia abajo.- Eres el primer hombre que tiene la opor­tunidad de explorar la tierra a estas profundidades.

El Coronel conectó de nuevo las microcámaras y mirando bajo sus pies, contemplaba como iba creciendo en esplendor y luz ese enorme lago de magma. La chimenea se acababa a poco menos de 400 metros, a partir de allí, el mar de lava líquida se ampliaba en una bóveda que se ensanchaba, formando una cueva en forma rec­tangular de casi un kilómetro de longitud. El magma iba perdien­do su brillo amarillento conforme parecía ir avanzando hacia el fondo de la cueva, en que se tornaba rojo y más tarde, empezaba a solidificarse. Sorprendentemente, la temperatura exterior no era muy alta: 75 grados centígrados. Cuanto se extrañarían sus colegas geólo­gos al averiguar que no eran en absoluto sus pronosticados 1.500 grados centí­grados.

Ahora se encontraban estacionados según el telémetro a unos doscientos metros del fondo y comenzaban a moverse en horizon­tal hacia el otro extremo de la cueva. El techo sobre ellos parecía bastante regular.

– ¿Qué opina de esto Coronel? -preguntó el Mayor Tomas-. Es extraño que ese magma no ascienda.

– Supongo que este es un afloramiento de la capa más superfi­cial del manto superior. El aire de la chimenea lo va enfriando y desciende solidificado al otro extremo de la cueva. A juzgar por las formaciones en forma de hongo de las paredes producidas por el metamorfismo de contacto, su altura debe estar relacionada con la estabilidad entre la presión del magma ascendente y la del aire que desciende por la chimenea. Sería mejor no entretenernos demasia­do en este lugar, una subida repentina produciría un fuerte aumento de la velocidad del aire.

Conforme avanzaban, se empezaba a distinguir como el techo del final de la cueva se elevaba casi en vertical. Era inevitable el tomar una dirección ascendente.

Unos pequeños golpes se dejaron sentir. En un principio pare­cía que parte del techo se desprendiese en pequeñas rocas, pero cuando ya estaban sumergidos en plena ascensión se dieron cuenta que una verdadera lluvia de pequeños y ligeros fragmentos de lava enfriada eran arrastrados por el viento. Un golpe, esta vez mayor, vino acompañado por una desestabilización de la nave. El Capitán Itaho, informaba que habían sido dañadas dos de las palas de la turbina.

La nave empezaba a perder el control. Unos rápidos giros sobre si misma acompañados de un brusco cabeceo, amenazaban con estrellarlos contra una de las paredes que se iban estrechando.

Samuel veía como el General se debatía para que la nave recu­perase la estabilidad. La brusquedad de los movimientos hacía imposible controlar la suavidad para la que estaba preparada la palanca de control. Estaban a merced del ordenador, él era el único que en esos momentos podía evitar la catástrofe, pero con dos palas averiadas, la relación del empuje de la turbina debía de autorre­programarse.

Cuando se empezó a igualar la velocidad de la nave con la del viento recobraron la estabilidad a la vez que el Mayor informaba con tono casi desesperado.

  • ¡Delante, señor!, justo delante nuestro se abre un túnel.

Un nuevo repiqueteo de rocas colisionando con el casco se dejaba oír a lo que el General, empujando el Joystick hacia delante, hizo entrar a la aeronave en el túnel.

Pronto se dieron cuenta que aquello no era un túnel. Ante ellos se abría una gigantesca bóveda de un kilómetro de diámetro. El suelo tenía forma cónica invertida y estaba repleto de una fina arenilla grisácea. Daba la sensación de haber entrado en un gigantes­co reloj de arena que estuviese agotando sus granos y que fuera a engullirles.

El débil resplandor que ahora ofrecía el magma se mitigaba hacia el fondo de la gruta. Los potentes proyectores de la nave no llegaban a alcanzar el final y sus haces se veían salpicados por la lluvia de pequeños fragmentos que remolineaban delante de ellos.

– Será mejor situarnos lo más próximos posible al techo señor -informaba el Mayor.- Los fragmentos más pesados no llegarán a esa altura.

A su vez el Capitán informaba de que el ordenador había corregido la perdida de potencia y que todos los sistemas estaban operables.

El Oficial de comunicaciones observó que era necesario el lan­zamiento de una sonda repetidora para avanzar continuando teniendo enlace con la base.

  • Está bien, gracias Teniente. Será mejor fijarlo al otro extremo de la bóveda. Mayor, busque un lugar donde la sonda se encuentre a salvo de esta arenisca.

Al poco contestaba:

– 30 grados a estribor señor a unos 600 metros de distancia y 50 por debajo del techo, existe una pequeña cueva de 7 metros de pro­fundidad.

– Correcto. Señale el blanco para el misil Teniente.

– Blanco señalado señor.

– Dispare la sonda.

Un leve cabeceo del aparato indicaba que el misil volaba hacia su blanco. Tras clavarse en la roca, perdió la parte propulsora y una antena telescópica se prolongaba en su lugar.

Era importante no perder el contacto con la base y dado el tor­tuoso recorrido que les esperaba delante de ellos, era necesario el ir dejando sondas que estableciesen una cadena de repetición.

– Sonda sujeta y operativa -dijo el joven Oficial de comunica­ciones. -La señal se retransmite 5.5.

– Recibido -contestó el General-. Comuníquelo a la base junto al trazado de nuestro recorrido. Bien Coronel ¿donde cree que irán a parar todos estos sedi­mentos?

– Es difícil saberlo con exactitud. Lo más probable es que a la misma corriente de lava que hemos dejado atrás, aunque también podría descender hasta la Gran Bóveda.

Llegaban al final cuando la pantalla lectora de contornos mos­tró dos grandes aberturas a su izquierda separadas por 100 metros una de otra.

  • La de la derecha parece el camino más amplio y seguro señor -observó Tomas.

Así era. La de la izquierda, situada un poco más alta que la otra, apenas sí tenía 50 metros de diámetro. La otra sin embargo se mostraba mucho más amplia y en sentido descendente.

Desoyendo los consejos del Mayor, Ruteford parecía muy seguro de cual era la que debían seguir. Samuel sabía el porque. Para justificar la decisión del General de tomar el camino más estrecho, Samuel improvisó una explicación lógica.

  • Yo también lo creo General. Las dos continúan con la misma intensidad de corriente de aire, pero si nos encontramos rozando el manto, será mejor avanzar en horizontal. Conforme avancemos, el grosor de roca sólida bajo nosotros ira aumentando y el peligro de encontrarnos con otra ventisca de cenizas disminuirá.

Los argumentos parecieron convencer al Mayor. De los cinco, él era quien tenía menos ganas de verse envuelto de nuevo en el peligro que habían dejado atrás. Decididamente, él no estaba hecho para volar, aunque el objetivo que perseguían bien valía el riesgo.

Conforme se adentraban en el túnel, éste iba aumentando su pendiente. 20, 25, 30 grados. La posición en el asiento, casi tumba­dos, empezaba a ser incomoda. La Proa de la nave estaba a poco más de 5 metros del techo, la velocidad del aire había aumentado a 165 kilómetros por hora y la temperatura exterior a 83 grados cen­tígrados. El diámetro del túnel seguía estrechándose peligrosamen­te y las maniobras anticolisión empezaron a zarandearles en sus asientos.

El mayor informaba de turbulencias impredecibles en el con­gosto que se encontraba cien metros delante de ellos.

– Será mejor que igualemos nuestra velocidad con la del vien­to para no provocar remolinos. Observó Tomas. -Aunque a esa velocidad la altura es de tan solo 20 metros. Es muy peligroso.

– Tenemos que seguir -fue la contestación de Ruteford-. Está bien ¡allá vamos!

Con la aceleración, la aeronave cambió su inclinación haciendo bajar la proa y levantando excesivamente la popa, lo que ampliaba su área de avance. Ya era demasiado tarde, la forzada maniobra obligó a que la popa chocase inevitablemente contra el techo. La nave se desestabilizó girando hacia la izquierda y enviándoles con­tra la pared que se cerraba delante de ellos. Justo cuando la colisión parecía inevitable, una repentina ace­leración hizo que la pared pasase rápidamente dejando atrás el congosto y saliendo despedidos vertiginosamente hacía arriba, en un nuevo tramo de túnel que se ampliaba en todas direcciones.

Cuando por fin se estabilizaron, la velocidad de la corriente de aire había disminuido a 105 kilómetros a la hora y ante ellos se extendía un amplio túnel descendente.

El General consultó en la pantalla del ordenador su mapa de navegación y girando la cabeza, miro al Coronel.

– Bueno Samuel, ya ha pasado lo peor. Respiró hondo y una mueca de satisfacción se reflejó en su rostro.- Mayor, busque un sitio idóneo para enclavar una nueva sonda repetidora y si les parece bien caballeros, podemos aprovechar para relajarnos y compro­bar si ha habido algún desperfecto. Esta vez, ha ido de un pelo. Mus, ¿que tal el reactor?

– Bien señor, se encuentra en perfecto rendimiento y la tempe­ratura del núcleo es estable.

Agradecido de recuperar la horizontalidad, Samuel giro hacía atrás su cabeza para ver que tal se encontraba Tomas. A juzgar por su rostro parecía arrepentido de haberse visto enrolado en la expedición. Él, que odiaba cualquier otra cosa más ajetreada que un par­tido de Golf, se había visto atraído por lo que pensaba habría sido una fantástica y tranquila excursión al centro de la tierra.

Samuel buscó en uno de sus bolsillos y sacando un chicle se lo ofreció.

  • ¿Quieres uno Tomas? Te irá bien para que te dejen de zum­bar los oídos.

El Mayor entreabrió la boca, mostrando el chicle que hacía ya un buen rato llevaba.

– He estado a punto de tragármelo dos veces.

– ¡Oh!, no lo hagas, se te pegarían las tripas.

La recompensa de aquella típica sonrisa era todo cuanto bus­caba Samuel. Miró en el ordenador y vió la profundidad: 51.800 metros. Volvió a girar la cabeza hacia el Mayor.

– Nos equivocamos en los cálculos, de haber cavado aquí enci­ma nos hubiéramos ahorrado un buen tramo.

– Sí, de haberlo sabido -contestó Tomas.- No hay ninguna grie­ta por encima de nuestras cabezas que nos pudiese haber guiado hasta aquí. Para la próxima vez ya me he apuntado las coordenadas. Si eres tan amable de construirme otro pozo quizás me quede aquí abajo esperándote. No me agrada demasiado la idea de volver a contraviento.

– ¡Ha oído General!, tenemos un Robinsón Crusoe voluntario para dejarlo explorando aquí abajo.

– ¡Bien! -pareció aceptar Ruteford.- lo tendré en cuenta.

El imprevisto de que le tomasen en serio preocupó al Mayor.

  • No. Yo…, no…, bueno, no lo decía en serio.

Era agradable respirar el ambiente de humor que se había for­mado en la nave. Mirando de reojo aquel plano que consultaba el General y al que antes no había prestado atención ofuscado por su pensamientos, Samuel intentó escudriñar el camino que les queda­ba por delante. Habían subido en vez de bajado, así que todo resul­taba mucho más tortuoso de lo que el pensaba.

Desde que iniciaron el descenso, su mente se había visto libe­rada de aquellas dudas que no le habían dejado dormir. Ahora, mientras contemplaba al General absorto en sus cálculos, renacían sus inquietudes.


LA LEYENDA

Pablo Anderson había decidido hacer caso de su amigo Roy. Después de lo pasado en el Pozo, necesitaba de unos días tranqui­los en los que olvidarse de todo lo ocurrido. Poco importaba ya lo que los militares intentaban ocultarles, si es que realmente oculta­ban algo; no deseaba darle más vueltas al asunto.

No fue demasiado difícil convencer a su esposa Margaret de dejar un par de días a su hijo Joy solo a cambio de pasar un fin dé semana olvidada del trabajo diario de ama de casa. Con 16 años ya era lo bastante mayor para ser responsable y con la condición de que no organizase ninguna fiesta, aceptó de buen grado dos días solo en casa y a sus anchas.

Roy y Susan ya habían visitado con anterioridad ese paraje, un pequeño bosque de grandes secuoyas no demasiado lejos, al este del lago Harney, ofrecía un paisaje en el cual uno se podía dejar perder.

La carretera se había vuelto algo tortuosa y eso indicaba que llegaban a su destino, un pequeño motel que consistía en varias cabañas individua­les próximas entre si, un agradable restaurante en el que se podía degustar la buena carne hecha a la brasa y un pequeño puerto veraniego a orillas de un lago era todo cuanto ofrecía.

Roy conducía mientras a su lado su esposa Susan explicaba a Margaret lo bello que estaba en verano el lago cuando lo visitaron.

– ¿Estás seguro que encontraremos una cabaña libre? Preguntó Pablo.

– ¡Claro!, en verano necesitaríamos hacer la reserva con un mes de antelación, pero ahora en pleno mes de diciembre, no creo que mucha gente se decida por el frío de la montaña. Como dice Susan, el embarcadero del embalse es el mayor atractivo, aunque a ti, estoy segu­ro que te atraerá la buena comida del Oso Blanco.

– ¡Oh, sí! -repuso Susan-. Preparan un guisado de venado que es una delicia.

La última revuelta de la angosta carretera descubrió donde se ubi­caba el motel, en una expla­nada a la izquierda y a unos 200 metros del pantano. Parecía muy tranquilo, casi abandonado, de no ser por el humo que salía de la cabaña de madera en la que se leía el nombre del motel “Lago alto”. Un camino que se adentraba entre los enormes árboles, estaba poblado por un conjunto de ocho pequeñas cabañas separadas unos 50 metros. entre ellas y de una manera que parecía fortuita. Ni un solo vehículo, ni una sola per­sona ni actividad parecía haber entorno a ellos. El pequeño parque infantil frente al motel aparecía recubierto de castañas hojas caídas durante el otoño, todo el conjunto resultaba un tanto desolado.

Margaret que se había bajado como los demás del vehículo, tenía una expresión en el rostro que denotaba cierta decepción. Susan que se percató de ello enseguida intervino.

– ¿No es maravilloso? Vamos a disponer de una paz y una tranquilidad envidiables. No te puedes imaginar el ajetreo que formaban los chiquillos este verano -dijo dirigiéndose a su compa­ñera-.

– Sí claro.

– Gordo, ¿estás seguro que esto funciona durante el invierno? Preguntó también algo decepcionado Pablo.

– Bueno, eso fue lo que me dijeron. Al fin y al cabo que impor­ta si somos los únicos, hemos venido para disponer de unos días de intimidad y despreocupación, así que no empecéis a preocuparos por no tener nada que hacer, ya encontraremos algo bueno a lo que dedicar el tiempo.

Un hombre joven, de unos 30 años, salió de dentro de la caba­ña de recepción y se acercó hasta ellos. Parecía estar contento de recibir una visita.

– Hola, buenos días. ¿De excursión?

– ¡Perdone! -observó Roy-. Me dijeron que el motel también estaba abierto durante el invierno.

– ¡Oh, así es! Les había tomado por unos excursionistas. Hay mucha gente que aprovecha los fines de semana para darse una vuelta por aquí, pero el motel no abre hasta la semana que viene que empiezan las vacaciones de Navidad. No recuerdo que hubie­ra ninguna reserva para estas fechas.

– ¿Eso significa que ahora está cerrado?

– ¡Aha!

– ¡Vaya! Habíamos pensado en pasar aquí este fin de semana. No le recuerdo pero este verano estuvimos aquí durante la segun­da quincena de julio y el dueño nos dijo…

– ¿Mi padre? Ha salido al pueblo a comprar comida. La ver­dad es que yo no me cuido de esto, solo vengo a pasar algunos días con mi mujer.

– ¿Y no sabe? -intercedió Susan-. ¿Si sería posible el que nos alquilase una cabaña por dos días?

– Supongo que sí, pero el restaurante no funciona y no hay pre­parada ninguna actividad si es que pensaban en una cacería o algu­na fiesta.

– ¡Oh no!, solo deseábamos pasar un fin de semana alejados del stress y todo eso. Ya sabe.

– Sí, les entiendo. ¡Bueno!, si quieren pueden pasar y esperar dentro a que vuelva, no creo que tarde mucho. Le diré a mi esposa que les prepare una taza de café, la mañana es fresca y seguro que les apetecerá.

No había nada que perder. Llevaban casi cuatro horas de viaje y todavía no habían tenido oportunidad de tomar nada caliente desde que salieron de casa. En el último pueblo que habían pasado, todavía estaba todo cerrado y de eso hacía casi una hora. A una mala que no pudiesen hospedarse, siempre había tiempo para regresar a casa o buscar algún hotel en algún otro lugar.

Entraron en la acogedora cabaña y una joven rubia muy atrac­tiva se les presentó.

– Hola buenos días, soy Clara.

– ¡Oh perdonen mi falta de educación! Soy David, mi esposa Clara.

– ¡Encantado!, me llamo Roy y esta es mi esposa Susan, un amigo Pablo, y su esposa Margaret.

– ¡Que hay, buenos días!

– Esperarán a papá, quieren alojarse este fin de semana en una cabaña y les he invitado a tomar una taza de café.

– Por supuesto, pasen y perdonen si hay algo de desorden pero no esperábamos visitas.

Una puerta a la izquierda del vestíbulo de recepción daba acceso al domicilio particular. Una gran mesa de madera rodeada por ocho rústicas sillas era el centro de la estancia. A la derecha a través de la puerta abierta se descubría la cocina y a la izquier­da había una escalera que debía dar acceso a los dormitorios. Dos sofás dispuestos cerca de la chimenea con el fuego encendido y frente a él un televisor. Ambos estaban ocupados por juguetes, mientras la cabeza de un niño de unos 4 años sobresalía mirándoles tímidamente.

  • Este es León -presentó la madre-. León, diles algo a los seño­res.

El chiquillo salió corriendo de detrás del sofá para irse a escon­der tras las piernas de su madre.

– ¡Hola León!, ¿Te gustan los caramelos? -preguntó Margaret, a la vez que echando mano al bolso le obsequiaba con uno.

– ¡Anda ve! -le azuzó su madre-. Si me disculpan iré a prepa­rar el café.

– ¿Tu quién eres? -preguntó el niño perdiendo la vergüenza ini­cial.

– ¡León! -le corrigió su padre por la impertinencia.

– ¡Oh, déjele!, no importa. ¡Hola soy Magui! ¿Te gusta? -le pre­guntó viendo que se llevaba el caramelo a la boca.

– ¿Tienes más?

– ¡León! -volvió a corregir su padre.

– ¡Espera! -Margaret miró en el bolso-. ¿Te gustan las chocola­tinas?

El gesto con la cabeza del niño, ademas de afirmar, deja­ba ver un especial deseo por ellas. Margaret miró a su padre como pidiendo autorización y le entregó la chocolatina.

– Gracias -respondió el pequeño.

– ¡Mm!, veo que eres un chico muy bien educado.

Al cabo de un rato, mientras tomaban el café sentados alrede­dor de la mesa, el hijo del propietario les explicaba que el parte meteorológico había previsto fuertes nevadas para la tarde de ese sábado y que ese había sido el motivo por el que su padre había deci­dido desplazarse al pueblo a hacer acopio de provisiones.

Parecía que la posibilidad de quedarse aislados inquietó a Pablo, pero David explicó que las maquinas quitanieves eran muy efectivas y que no solía pasar más de un día sin que despejasen la carretera.

El sonido de un vehículo hizo mirar a David a través de la ven­tana.

  • Si me perdonan, debe ser mi padre. Iré a echarle una mano y decirle que están ustedes aquí.

Al poco rato entraba el delgado hombre de barba oscura que Pablo reconoció como el propietario del Motel. Se levantó y le salu­dó.

– Buenos días señor…

– Straus, Teodor Straus -repuso el recién llegado.

– Exacto, ahora recuerdo. Estuvimos aquí este verano.

– Sí, les recuerdo. ¿Los señores Fatman?

– Tiene buena memoria.

– Es un apellido fácil de recordar. Su esposa Susan si no recuerdo mal.

– Buenos días señor Straus.

– A ustedes sin embargo… -dijo mirando a Pablo y a Margaret.

– Es un compañero de trabajo y su esposa. Es la primera vez que vienen. Son Pablo y Margaret Anderson.

– Encantado. Es una lástima que nos visiten ahora en invierno, si vieran esto en verano, es un verdadero paraíso.

– Sí, ya nos contaron que pasaron unos días muy agradables – respondió Margaret.

– Me ha dicho mi hijo que tenían intención de pasar aquí este fin de semana.

– Bueno -dijo Roy-. La verdad es que hemos hecho 200 kiló­metros con esa intención. No sabíamos que estuviera cerrado.

– No se preocupen, si quieren pueden quedarse en una de las cabañas, aunque el tiempo no está para hacer excursiones.

– No importa, es justo lo que buscábamos, un par de días de relax junto a un buen fuego.

– Si como dicen desean quedarse, sería mejor que fueran hacer algo de compras para pasar los dos días. Aunque algo reducidas, las cabañas disponen de una pequeña cocina donde pueden preparar la comida. El restaurante no abrirá hasta la semana que viene. Otra cosa, si necesitan algo que nosotros podamos dejarles no tienen más que pedirlo.

– Fantástico -repuso Roy-. ¿Que te parece Pablo? ¿Dejamos a las mujeres que vayan deshaciendo el equipaje y mientras, tú y yo nos vamos a comprar algo para estos días?

Pablo, no muy convencido de la idea de quedarse en un sitio tan desolado, miró a Margaret como interrogándola sobre su pare­cer. Susan, que captó rápidamente la situación, avivó los ánimos.

  • ¡Ni hablar!, nosotras cogeremos el coche e iremos de com­pras. Ya os encargaréis vosotros del equipaje. Además, necesito comprarme algo de ropa de abrigo si va a nevar. ¿No te apetece ir de compras Magui?

La persuasiva Susan había conseguido levantar los ánimos de Margaret y aceptando, en cuanto descargaron el ligero equipaje y el Sr. Straus les entregó las llaves de la cabaña más cercana a la suya; cogieron el coche y se marcharon a Rome, un pueblo que se encon­traba 20 kilómetros más adelante.

Pablo estaba entretenido echando un vistazo por toda la caba­ña. No era muy grande pero si resultaba muy acogedora. La cocina estaba separada por una barra del comedor, lo que daba la sensación de más amplitud. Las paredes, con piedra hasta media altura y el resto de una oscura barnizada madera de pino, al igual que el techo y suelo, hacía más cálida y recogida la estancia. Unas escale­ras daban a la parte superior donde había dos habitaciones algo pequeñas pero bien distribuidas, y el baño. Como le dijo el propie­tario, abrió los grifos del lavabo y los radiadores para que el agua caliente que acababa de conectar llegara a su destino. Entretanto, Roy se esmeraba sin éxito en conseguir hacer arder unos gruesos maderos que había colocado en la chimenea. Pablo que era algo más experto le pidió que le dejase.

– ¡No, así no! Debes de poner algunas ramas pequeñas deba­jo.

– ¡Todo tuyo!

– Bueno ya estamos aquí, ¿tienes pensado algo?

– ¿Es que siempre tiene que haber planes? Mira, lo importan­te es que no tenemos nada que hacer, por lo tanto, lo que hagamos será lo que realmente nos apetezca en cada momento. Estoy segu­ro de que Magui disfrutará solo con el hecho de que la rodees con el brazo sentados aquí junto al fuego. Podemos hablar de nuestros proyectos, de nuestras inquietudes de…

Unos golpes en la puerta interrumpieron su conversación. Era Clara. Llevaba una caja de cartón repleta de cacharros de cocina, platos, cubiertos y demás utensilios.

– Perdonen si les he interrumpido. Mi suegro me ha dicho que les trajera esto. Normalmente recogemos los utensilios de las caba­ñas hasta que no es temporada. Espero que todo esté en condicio­nes.

– Sí, todo está muy bien -dijo Roy mientras se prestaba a hacer­se cargo de la pesada caja-. ¿Me permite?

– ¿Qué? ¡Oh gracias!

– ¿Son ustedes de por aquí cerca? -preguntó Roy.

– No. Aunque mi marido sí, nació cerca de aquí, en Boise. Yo soy de los Ángeles; bueno la verdad es que vivimos en los Ángeles. Mi marido trabaja de arquitecto y yo soy profesora de gimnasia y de vez en cuando venimos a pasar unos días aquí con su padre, siempre que el trabajo nos lo permite, claro. Mi marido suele estar siempre muy ocupado. ¿Son ustedes de por aquí?

– No, yo y mi mujer somos de Valentine, un pueblo de Montana y mi compañero y su esposa son de Portland. Estamos trabajando cerca de Wagontire en unas excavaciones para los mili­tares.

– ¿Son mineros?

– No, bueno yo no, soy mecánico, mi amigo sí que lo es.

– ¿Y que excavan?, si no es una indiscreción.

– El Ejercito está haciendo una base subterránea o algo así. La verdad es que no sabemos gran cosa. ¡Ya sabe…!, secretos militares.

– Entiendo. Si me permiten, el padre de mi marido ha insistido en que, dado que son los únicos huéspedes y su instalación es algo precipitada, nos acompañasen a la hora de la comida.

– No nos gustaría importunar más de la cuenta.

– ¡Oh no!, será un verdadero placer. Llevamos aquí desde el miércoles los cuatro solos y un poco de compañía no nos vendrá nada mal. Claro, siempre que ustedes no tengan pensado otra cosa.

– No, nada de eso. Será también un placer para nosotros el acompañarles.

– Muy bien, si me disculpan, volveré para empezar a preparar las cosas, si les hiciese falta cualquier cosa no tienen más que acer­carse y pedirla.

– Gracias por todo.

Una vez cerró la puerta Pablo observó.

– Te has fijado que cuerpo, no me importaría practicar algo de gimnasia con ella.

– Olvídalo y que no se te ocurra ni mirarla de reojo, lo que menos interesa es hacer que Magui se pueda sentir celosa.

– Esta bien, tan solo era un comentario. ¡Aha!, parece que esto ya está.

Las llamas amarillas empezaban a crepitar en la chimenea y su parpadeante iluminación, hizo recordar por un momento aquel bri­llo siniestro a 10.000 metros de profundidad.

– Sabes Gordo, todavía no acabo de entender como es posible que los ingenieros no detectasen esa chimenea de lava.

– ¿Sigues dándole vueltas?

– Ya sé que no debería, incluso intento olvidarme del asunto, pero me resulta muy difícil.

– Está bien, ¿que opinas que podría haber detrás de todo el montaje que te imaginas?

– No lo sé, eso es lo peor, se que hay algo que no encaja pero no veo el qué. Sabes, he estado pensando… ¿y si el profundímetro no se estropeó con la caída?

– Eso es absurdo, tú mismo dijiste que no se podía profundizar a más de 10.000 metros.

– Sí, pero ¿y si no fuese así?

– No entiendo demasiado de geología, pero creo recordar que a 50 kilómetros de profundidad estaríamos en pleno manto mag­mático.

– Lo sé, es una estupidez. Espero que estos días me sirvan para olvidar todo esto. ¿Crees que volveremos a trabajar en el Pozo?

– Eso nos dijeron, ¿No?

– No sé, de todas formas es probable que decida dejarlo. Con la gratificación que nos han dado quizás decidamos montar de una vez la peluquería.

– Estoy seguro que eso es lo que más le agradaría a Magui.

– Su padre nos dijo que tal vez podría encontrarme un empleo en el supermercado en el que él trabaja.

– Eso estaría muy bien.

– Sí, supongo que no es nada malo, aunque…

– Yo de ti no dudaría en aceptarlo. Piensa que aunque se rea­nude el trabajo en la base, no creo que dure más de dos o tres meses.

– Ya, pero eso de vivir en casa de los suegros…

– Eso no debe preocuparte, si trabajáis los dos, pronto os podréis meter en una pequeña casita. Además, debes pensar en Joy, Portland es un buen sitio para que pueda estudiar y sería bueno que os establecieseis definitivamente en algun lado.

– Creo que tienes razón, tal vez deje que Magui se salga con la suya.

Las compras en Rome les habían llevado toda la mañana. Dos mujeres solas y con la tarjeta de crédito a rebosar, resultaba la delicia de los comerciantes. Margaret miró el reloj y se alarmó, era casi mediodía.

– ¿Te has dado cuenta de la hora que es?

– ¿Qué importa?, no tenemos nada que hacer. Cuando llegue­mos solo tenemos que calentar las pizzas, nosotras también nos merecemos disfrutar a nuestra manera del fin de semana.

Desde luego, a juzgar por lo que les costó cerrar el maletero, se habían excedido un poco en la compra, pero ¿que importaba? Cuando llegaron al Motel era casi la hora de la comida. Pablo y Roy se encontraban paseando sobre las hojas en el parque infan­til.

– Míralos -dijo Susan-. Estoy segura de que no nos han encon­trado a faltar hasta que el estómago ha empezado a apretarles. ¡Hola chicos!, ¿que tal la mañana?, ¿habéis tenido tiempo de hablar de vuestras cosas? Si nos echáis una mano en descargar lo que llevamos podremos empezar a preparar la mesa.

– El Sr. Straus nos ha invitado a comer con ellos -dijo Roy-. Hace más de una hora que os esperábamos.

– ¡Oh, que amables! Bueno, entonces decargaremos la compra y en cuanto nos cambiemos de ropa iremos para allá. Ya verás Roy, me he comprado un vestido que es una monada.

Al poco rato los cuatro llegaban a la cabaña del señor Straus. Aunque no hacía frío, las nubes se habían cerrado y empezaba a soplar un seco aire que anunciaba la nevada.

Realmente era de agradecer la hospitalidad de aquella gente. La mesa estaba ya parada y parecían recibirles como si de alguien de la familia se tratase. El hijo del señor Straus y su nieto estaban acabando de adornar un majestuoso abeto navideño cuando irrumpieron.

– ¡Oh, ya están aquí! Estábamos acabando de adornar el abeto. Aunque falta algo para la Navidad, la celebramos antes de mar­charnos.

– ¿No pasarán aquí las navidades? -preguntó Susan a la mujer de David.

– No. Mi marido tiene pendiente unos compromisos de traba­jo y…, en fin, ya sabe… las obligaciones con los jefes…

– Les ha quedado un árbol precioso -observó Margaret.

– Gracias, si no les importa estamos acabando, sientense mien­tras tanto. Mi padre está en la cocina, enseguida saldrá. Toma -dijo entregando una brillante estrella de cinco puntas al pequeño-. ¿Quieres colocarla tú? Yo casi no llego.

Cogió al pequeño León en brazos y lo alzó para que colocase la estrella en lo más alto del árbol. Cuando estuvo colocada, se aga­chó y conectó el enchufe de las pequeñas bombillas de colores que acababan de dar vida al abeto.

Justo en aquel momento salía el Abuelo portando una bandeja de verduras asadas.

– ¡Ya están aquí!, perfecto, la comida está a punto. No sé si les gustará, pero me he permitido obsequiarles con un guisado de jabalí que tiene fama en la comarca.

– ¿Lo ha preparado usted? -preguntó Susan.

La mirada sonriente del abuelo, fué avalada por la afirmación de su hijo.

  • Seguro que les encantará, es su especialidad y les puedo asegurar que por lo menos con este plato, es un gran coci­nero.
  • ¿Que tal las compras en el Pueblo, han tenido algún proble­ma? -preguntó el señor Straus.
  • Muy bien gracias -respondió Susan-. Hacía casi más de tres meses que no me lo pasaba tan bien. ¿Sabe?, vivimos en un pobla­do prefabricado cerca de Wagontire y la verdad es que no hay muchas tiendas donde ir de compras.

La conversación siguió entre las mujeres sobre las ofertas que habían encontrado, mientras que los hombres por otra banda, cam­biaban opiniones sobre sus trabajos.

– ¿Así que se dedican a la minería? -preguntó David para entrar en conversación.

– No exactamente -detalló Pablo-. Trabajamos excavando unas galerías para el Ejército, y todo cuanto extraemos no es de interés comercial.

– Sí, Clara me comentó algo de una base subterránea, ¿no será por casualidad la que anunciaron ayer sobre un accidente, un des­prendimiento o algo así?

– Sí, es la misma. Nosotros estábamos precisamente en ese turno cuando ocurrió.

– ¡De veras!, ¿Debió de ser algo trágico?

– Sí, jamás vi nada igual. Parecía que hubiésemos abierto las mismísimas puertas del infierno.

– ¿Sí?

Roy aclaró. – Topamos con una chimenea volcánica o algo así. Fue algo impresionante, en cuestión de segundos se levantó un viento huracanado que lo arrastraba todo. Como si se lo engullera.

– ¿Viento?

-Un descenso de la lava, por lo visto hizo ¡Ffff! Expresó con la mano izquierda vuelta la palma hacia abajo y con la derecha imi­tando un descenso por debajo de la otra.

– Que extraño, ¿creía que por esa zona no existía actividad vol­cánica?

– Bueno. Argumentó Pablo. – Lo cierto es que estamos traba­jando a mucha profundidad, ¿sabe?, una cuarta parte de la jornada nos la pasamos subiendo y bajando. ¡Casi 10.000 metros!

– ¿Debe ser un trabajo muy duro el de allá abajo?

– Sí, lo es, aunque intentan compensarlo con una buena paga.

– ¡10.000 metros!, ¡vaya, sí que es profundo!

Una llamada de atención, hizo sentarles a la mesa. Todavía no se habían acomodado, cuando el pequeño León, se asomó a la ven­tana y observó.

– ¡Mira papá!, ¡está nevando! ¿Me dejas ir a jugar con la nieve?

– ¡Oh, es cierto! Luego León, luego te dejaré ir, ahora, vamos a comer.

El señor Straus levantó la tapadera que guardaba el calor de su guiso y un aroma que se podía saborear con la boca invadió la estancia. Siguiendo el rito que parecían usar los comensales, Pablo, Roy Susan y Margaret juntaron también sus manos mientras el abuelo bendecía la mesa.

  • Te damos gracias Señor, por esta oportunidad que nos has brindado de compartir los frutos de la tierra que nos ofreces con estas personas, haz que sea del agrado de todos y que nos sienten bien; amén.

Clara empezó a repartir en los platos, mientras que Pablo comentaba que quedaban pocas familias que mantuvieran la cos­tumbre de bendecir la mesa.

– Sí, es una lástima -respondía Teodor-. La gente ha perdido todos los valores: la familia, las tradiciones e incluso todas las fies­tas se han desvirtuado hacia el consumismo. Hay tienen la navidad; que parece que sin adornos, una buena comida y cava; no sea digna de celebrarse. Todo se ha reducido a un día sin trabajo dedica­do a la bacanal.

– ¡Papá! -exclamó David.

– No, no hijo no, las navidades tienen otro significado.

– ¡Pero si ni tan siquiera se corresponde con la fecha en que debió nacer!

– Ese es nuestro problema David; queremos que todo se demuestre por las matemáticas y la lógica y dejamos a un lado los valores y la esencia que se intenta transmitir.

– Las matemáticas son algo exacto y perfecto. ¿No entiendo porqué siempre tienes que tenerles esa tirria?

– No es tirria. Es más, estoy seguro que de ser exactas, el día en que el hombre las conozca en su plenitud, conocerá la verdad de sí mismo.

Dándose cuenta que a los invitados les resultaba algo absurda la conversación y que no venía al caso, pidió disculpas y desvió la conversación hacia otros temas mas banales. Cuando acabaron de comer, las mujeres se dedicaron a retirar los cubiertos mientras la conversación seguía en una agradable sobremesa.

– Es extraño -señaló David- que en una excavación de ese tipo, usen unos ascensores tan anticuados, aparte de una perdida extra­ordinaria de tiempo.

– ¿A que se refiere? -preguntó Pablo.

– Los nuevos ascensores que se usan en los grandes rascacie­los son del tipo de confinamiento magnético en guías supercon­ductoras. Su velocidad es diez veces mayor y en un pozo de las características que me están diciendo, ahorraría mucho tiempo y dinero.

La imborrable duda, volvió a aflorar en el rostro de Pablo.

– ¿Qué ocurre? -preguntó David.

– Es que… ¡Verá!, el mismo día en que ocurrió el accidente… Yo sospechaba que los ascensores eran más rápidos y… Pablo hizo un esfuerzo y venció el miedo a contarles la acción prohibida.

– En fin, decidí comprobarlo con un profundímetro.

– ¿Sí?

– El caso es que cuando estábamos a mitad del descenso cayó al suelo y marcaba 25.000 metros. Supusimos que se había estrope­ado y…

– ¿Y?

– Nos deshicimos de él -intervino Roy-. No permiten ese tipo de instrumentos. ¡Ya sabe!

– Sí bueno, me imagino. De todas formas, esa profundidad es algo imposible. Si la calor a 5000 metros, creo recordar que es de 50 grados, a 25.000 sería un infierno; contando que antes no topasen con el manto terrestre.

– Ya le dije a mi compañero que era una tontería, pero como también estaban aquellas luces.

– ¿Luces? -preguntó Teodor mientras dejaba a un lado la lim­pieza de su pipa.

– Sí, lo dijeron por la tele. Ya sabe, los OVNI. Aunque los mili­tares insistieron en que era un helicóptero.

La forma en que el abuelo Straus cerró el entrecejo y fijó la mirada de sus oscuros ojos en Pablo, era algo a lo que nadie se hubiera podido abstraer. Parecía que acababa de ser víctima de un insulto.

– ¿Ocurre algo? -preguntó Pablo.

– ¿El pozo del que están hablando, es el lugar donde se vieron aquellas luces? -preguntó alarmado el abuelo.

– ¡Sí!, ¿Porqué?

– ¡Oh vaya…! Es que me existe una vieja leyenda india que una vez me contaron.

– ¡Cuéntala abuelo, cuéntala! -se entusiasmó el pequeño León.

– Vamos papá, no empieces otra vez con eso.

– Déjame que se la cuente a nuestros invitados David. Si quie­res, puedes ir mientras tanto a recoger leña y así no tendrás que volverla a escuchar.

Las mujeres que habían pillado la conversación, justo acabada de retirar la mesa, se dispusieron a sentarse y disfrutar del relato que parecía querer ofrecerles aquel abuelo. Como si de algo ritual se tratara, Teodor cargó de tabaco su pipa en el silencio que se había ganado y cogiendo una cerilla, empezó a brotar humo de la cazoleta. El extraño diseño del sello de su anillo llamó la atención de Roy: Una serpiente que se mordía la cola y cortada por la mitad por un rayo. ¿Donde lo había visto antes?

Se recostó la espalda en la silla. Miró con la vista perdida al exterior de la ventana y una vez seguro de haberse granjeado la atención de la audiencia, comenzó el relato.

– Hace ya casi 40 años, cuando de joven trabajaba no muy lejos de aquí como leñador, cierto día se me acercó mientras me encon­traba yo almorzando al pie de un árbol, un indio que por aquel entonces a mí me pareció muy mayor. Andaba paseando por el bos­que en el que de joven, me contó, era un gran cazador. No sé muy bien porqué, pero algo de mí le atrajo y me gané su confianza.

En aquel entonces hubo una oleada de luces en el cielo que yo sin saber a cuento de qué, comenté a aquel indio. Fue entonces cuando el indio me explicó una leyenda de su pueblo, para expli­carme el significado de aquellas luces.

Me explicó que hace muchos, muchísimos años, cuando los pri­meros indios shoshones llegaron a estas tierras, el jefe de la tribu que por primera vez llegó a la orilla de lo que ahora es el desierto de Sindy, cierta noche en que la luna era clara, se puso a observar el gran valle. Llevaba media noche contemplando las estrellas cuando de repente vio como una de ellas se desprendía del firma­mento para caer a la tierra. La estrella cayó en un pequeño claro cercano a donde el jefe se encontraba, así que decidió ir a ver donde había caido.

Cuando llegó al lugar, observó un resplandor y dentro de la luz vió al espíritu del águila, que fijando su mirada en él le contó la histo­ria de aquel desierto.

Le dijo: Toda esta gran planicie que ahora tu puedes ver y donde no crece ni los árboles ni la hierba, hace mucho tiempo, antes que vuestro pueblo llegase hasta aquí, todo este desolador paisaje estaba lleno de vida. Donde ahora son llanos, hubo un tiempo que eran montañas, donde ahora no hay agua, antes había un gran río que hacía crecer las pasturas y los árboles. En aquel entonces, hubo una gran pelea entre los espíritus. El espíritu de la serpiente luchó en una encarnizada lucha contra el espíritu del gran lobo blanco, el más grande de los espíritus. Ambos se peleaban por poseer el dominio de la tierra y todo cuanto habita sobre ella. Finalmente la serpiente fue derrotada y el lobo la sacudió contra la tierra. Después de vencerla, escarbó y escarbó, arrancando árboles y mon­tañas. Y con tanta fuerza escarbó, que de la tierra salió fuego. Cuando el lobo acabó el gran agujero arrojó a su interior a la ago­nizante serpiente, pero como era bueno y no deseaba matarla le entregó el gran río para que bebiese de su agua y comiese de sus peces. Para tapar el agujero donde enterró a la serpiente, rasó todas las montañas y arrojó la tierra al interior.

El espíritu del águila le contó al jefe que llegaría el momento en el que la serpiente recobraría su fuerza e intentaría salir para luchar de nuevo con el gran lobo blanco, por eso el espíritu del águila desciende de vez en cuando para vigilar la salida de la ser­piente y poder avisar a todos los espíritus que el nuevo enfrenta­miento se acerca.

¡En fin!, esa es la leyenda.

En el silencio que siguió en la habitación, Roy meditaba sobre aquel cuento indio. No quería molestar con sus inquietudes más de la cuenta así que cuando su mujer dio las gracias por la hospitalidad e indujo a que ya era hora de no molestar más, lamentó que­darse con las ganas de hablar algo más de tiempo con el abuelo. Entonces él no sabía lo que todavía les debería deparar esa noche.

Cuando salieron, una fuerte ventisca acompañada de nieve empezaba a crecer en virulencia. En una rápida carrera llegaron hasta la cercana cabaña y juntas, las dos parejas se sentaron frente al fuego de la chimenea. Pablo avivó la lumbre echando unos leños.

Tras unos comentarios sobre la amabilidad mostrada por los Straus, Susan no cejó hasta hacer que Roy subiera con él al piso superior. Cuando Margaret y Pablo se quedaron solos junto al fuego, aprovecharon de la intimidad que durante tanto tiempo les había faltado.

Ya era de madrugada cuando Roy se despertó inquieto en la cama. En un primer momento no reconoció donde se encontraba. Fue el golpeteo de la contraventana contra el cristal lo que le recordó que estaba en la cabaña. Parecía que tras la calma de después de la cena se iva a volver a intensificar el temporal de nieve. Encendió la luz de la mesita y se quedó por un rato contem­plando el rostro de su mujer. Tenía suerte de no romperse la cabe­za en tonterías que no llevan a ningún lado como hacía su compañero Pablo. Sin embargo, algo le había calado cuando el viejo contó esa leyenda, como si antes, ese mismo momento lo hubiese vivido con anterioridad. Sentía un extraño presentimiento que ahora no dejaba de rondar por su cabeza a pesar de querer borrarlo.

Se levantó y se dirigió hacia la repiqueteante contraventana. Al llegar a ella, vió la silueta de un hombre que envuelto en un grue­so abrigo caminaba hacia el lago con una linterna en la mano. Pronto identificó que se trataba de Teodor.

– ¡Señor Straus! -gritó Roy desde lo alto de la ventana.

Tras mirar quién le llamaba, le hizo una señal para que bajase a reunirse con él.

El alo de misterio que le parecía a Roy que rodeaba a aquel hombre, hizo que sin pensarlo dos veces, cogiera de un salto la ropa, el abrigo y se dispusiera a bajar para acompañarle. Hacía tiempo que no sentía unos impulsos tan extraños en él.

– ¡Buenas noches señor Straus! ¿Ocurre algo?

– Todavía no. Venga conmigo, seguro que le interesará.

Cogieron la senda que conducía hacia el lago y las nubes empezaron a cerrarse bajo aquel cielo estrellado y limpio de des­pués de la tormenta.

  • ¡Parece que va a volver a nevar! -auguró Roy.

La respuesta de Teodor le sumió en la incomprensión.

– No, esas nubes no son de nieve. Las he visto antes y siempre anuncian lo mismo. ¡Ya lo verá!

– ¿El que debo de ver?

– Al espíritu del águila.

– ¿No me dirá que cree que la leyenda es cierta?

La mirada de aquel hombre fija en sus ojos, sin mencionar una sola palabra, hizo que Roy se sintiera como hubiese acabado de insultarle.

– ¿De verdad cree que los espíritus bajan del cielo?

– Mire hijo, llevo ya muchos años en estas tierras y he visto tantas cosas, que si las dijese me tomarían por loco y me enviarían a un asilo en Los Ángeles. Algunos cazadores amigos míos piensan que son esos OVNI que tanto están de moda, yo sin embar­go…,¡Tengo miedo, muchacho, tengo miedo!

– ¿Miedo? ¿De qué?

– ¿Es usted Católico?

– No, protestante. Pero no veo…

– Es lo mismo -interrumpió-. Entonces, ¿se dará cuenta que este es el lugar en el que Dios desterró a Satanás?

– ¿Cómo? “

– ¡Ya sabe…!, ¡la serpiente…!, ¡el espíritu que enterró el lobo blanco!

– ¿Pero como puede usted creer que…?

– ¡Ssshh…!

Llegaban a la orilla de aquel lago completamente helado y señalando al cielo, Teodor mostró como las nubes adquirían una extraña forma que se iba cerrando por completo.

  • Ahora lo verá. Los indios les llamaban espíritus, ahora les lla­man OVNI. Yo prefiero pensar que son ángeles.

Roy intentaba replicar cuando una señal con la mano hacia el cielo le desvió la atención. Tras aquellas densas nubes, empezaba a parpadear un resplan­dor. Parecía estar más allá del lago, unos cuantos kilómetros al Oeste, donde daba comienzo el desierto de Sindy.

Boquiabierto por el espectáculo que se abría ante sus ojos, Roy contemplaba como tres luces descendían una tras otra del centro mismo de aquella extraña condensación.

Cuando en su descenso casi se habían perdido en el horizonte ocultado por las montañas, dos de ellas se separaron en su dirección.

Roy se fijo por un momento en el rostro de su acompañante, que no parecía lo más mínimamente sorprendido. En todo caso, daba la sensación de estar contento de lo que estaba ocurriendo. Volvió a fijar su mirada en el horizonte y únicamente pudo ver ahora una sola luz. Se acercaba en línea recta hacia ellos y cada vez se hacía más intensa.

No podía ser. Venía justo hacia donde se encontraban ellos. A no más de 100 metros del suelo y planeando en silencio sobre el lago.

Un miedo aterrador recorrió todo el cuerpo de Roy. Quería correr pero sus piernas parecían estar paralizadas. Una enorme bola brillante de luz blanca, pero no molesta, ilu­minaba todo el valle que rodeaba el lago. La velocidad de aquel objeto parecía no disminuir. Conforme pasaba casi por su vertical, un leve zumbido se dejó sentir. Roy casi se alegró de que pasara de largo. Siguiéndola con la vista, vió como se alejaba hacia el este, remontando en una acelera­ción brusca el vuelo hacia gran altura.

Embobado estaba contemplando la débil estela que aquella luz dejaba allá a lo lejos, cuando la mano de Teodor en su hombro le llamó a la atención. En décimas de segundo la admiración del espectáculo que acababa de presenciar y que deseaba compartir con su acompa­ñante, conforme giraba la cabeza, se tornó en un abrir de ojos y boca, y en una aceleración del pulso cardíaco, unido a un corte en la respiración.

En su seguir del recorrido de aquella bola luminosa, se le había pasado por completo lo que estaba ocurriendo a sus espaldas. A no más de 20 metros de ellos, casi en la orilla del lago, la segunda bola luminosa que pensaba había tomado otro rumbo, se encontraba posada sobre el hielo. No podía distinguir de que se trataba. El resplandor hacía imposible adivinar que se ocultaba tras él.

Un impulso incontrolado. Algo hizo que contra su razón sus piernas empe­zaran a caminar en dirección a la luz. La calma del rostro del abuelo le intranquilizó. ¿Sería uno de ellos?

Todo cuanto sus ojos podían ver no iba más allá de aquel blan­co resplandor en el que se adentraba.

HACIA OREGÓN

Clarck vió a la derecha de la autopista el indicador del desvío para Lawrence. Hacía más de un año que no visitaba a su amigo Dakota. El trabajo con el Proyecto Hureip cada vez le absorbía más tiempo. Él y Dakota habían compartido los primeros dos años de carre­ra en Harvard. La amistad entre sus padres, ambos pilotos de avia­ción civil, y su afición por la acrobacia aérea, les había llevado a compartir unos inolvidables fines de semana en los que, juntos, los dos aprendieron a realizar sus primeros vuelos. ,

Cuando los padres de Dakota se divorciaron, su padre fue a vivir a Los Ángeles y el duro golpe que supuso para él hizo que dejara los estudios como ingeniero de programación y se dedicase a montar una escuela propia de aprendizaje de pilotaje.

A pesar que la nueva empresa había resultado ser de lo más rentable, Clarck sabía muy bien que cada vez que se veían desper­taba un cierto arrepentimiento en él por haber abandonado los estudios. Siempre le preguntaba por los nuevos proyectos en los que estaba trabajando y discutían sobre su diseño y las posibilidades de mejoras. A cambio, a menudo Clarck se encontraba envidiando la libertad que gozaba su amigo, sin contratos ni fechas que cumplir, siempre dispuesto a tomarse las vacaciones cuando le viniera en gana y disfrutando de lo que más le gustaba, volar.

Faltaba un kilómetro para llegar a Lawrence cuando él y Eleonor se desviaron a la derecha. Al poco rato llegaban a una zona residencial donde las fantásticas mansiones se sucedían una tras otra. Ya era de noche cuando Clarck paró el motor del vehículo fren­te a unas escalinatas que llevaban a un gran pórtico sostenido por seis grandes columnas de estilo colonial.

– ¡Parece que tu amigo sabe ganarse bien la vida! -dijo Eleonor admirando la casa.

– Sí. Supongo que a él no le hará falta cometer un desfalco informático en el Banco Nacional como tú me sugeriste.

Mientras subían la escalinata, Clarck indicaba a Eleonor:

– Bueno, ya sabes en lo que hemos quedado. Confío en él y sé que nos ayudaría igualmente de decirle la verdad, pero prefiero no involucrarlo. Si permite ser engañado por un viejo amigo, eso no supondrá ningún delito en caso de que nos sigan la pista hasta aquí.

– ¿Crees que pueden conocer vuestra amistad?

– No lo sé, pero debemos darlo por hecho, será mejor que no nos entretengamos más de lo indispensable. A estas horas, ya habrán averiguado que no fuimos al aeropuerto. No tardarán mucho en deducir que nos dirigimos hacia el norte. Si empiezan a atar cabos…

– Está bien, pero te advierto que si intentas aprovecharte de nuestra farsa, haré que lo lamentes.

Subían el último escalón cuando la luz al otro lado de la cris­talera que rodeaba la puerta se encendió.

González, el mayordomo de la casa, entreabrió ligeramente la puerta y al llegar a la zona mejor iluminada reconoció a Clarck.

– ¡Es usted Dr. Everston! Es un placer volver a verle. Nadie me había avisado de que vendría. Se fijó en su acompañante y hacien­do una cortés inclinación con la cabeza la saludó.

– Buenas noches González. Sí es cierto, no hemos tenido tiem­po de avisar de nuestra llegada. Lo cierto es que el decidirnos a venir fue algo un tanto precipitado.

Permíteme que te presente a la Sra. Everston.

  • ¡Se ha casado! Enhorabuena Señor.

Tras la amable recepción de González pasaron al recibidor, le entregaron sus abrigos y esperaron a que fuese a avisar de su lle­gada.

A los pocos segundos su amigo Dakota hacía la aparición rodeado de un tono agradable y algo escandaloso de sorpresa.

  • ¡Hey!, Clarck, ¡cuanto tiempo! ¿Como no te has dejado ver antes por aquí?, ¡eh granuja!

Dakota caminaba de un modo extraño hacia Clarck. Levantó su mano derecha por encima de la cabeza, en coreografía con su compañero. Parecía que iban a chocar las palmas en el aire, cuando evitando el encuentro, pasaron rozándose, yéndose a encontrar abajo, cuando sus cuerpos casi se habían rebasado. Las manos se unieron y subiéndolas a la altura del pecho, a la vez que los dos se giraban para ponerse cara a cara, gritaron juntos a coro: “Los mejo­res”. Todavía seguía vivo aquel antiguo saludo de su época de estu­diantes.

– ¿Qué es eso que me ha dicho González?, ¿es cierto que te has casado? -preguntó Dakota a la vez que se fijaba en Eleonor.

– Sí, la verdad es que sí. Me casé. Es decir, nos casamos. Esta es mi esposa. ,

– Eli, este es…

No había acabado de hacer la presentación, cuando su amigo se dirigió hacia ella con la misma forma extraña de caminar de antes y levantó su mano como para repetir el saludo con ella.

Tímidamente, Eleonor no sabía si debía acabar de levantar su mano o qué. Pronto comprendió que se trataba de una broma. Un abrazo rodeó el cuerpo de Eleonor, quién sin tiempo a reaccionar, se encon­tró con el beso de un extraño en la boca.

Aunque nadie le oía, Clarck acabó su frase.

  • Dakota.

Justo en esos momentos bajaba del piso superior por las esca­leras la madre de éste. Pese a su edad, seguía conservando una figura esbelta, realzada por la elegancia con la que siempre se pre­ocupaba de lucir en el vestuario.

  • ¿Espero que no sea tarde para besar a la novia? -se atrevió a decir Dakota.

La disimulada pero enfurecida cara de Eleonor buscó a Clarck, quién con un gesto y una sonrisa, dio a entender que así era su amigo.

  • Así que tú eres la preciosidad que ha tenido secuestrado a mi amigo durante todo este tiempo. No me extraña que no se fiase de dejarte sola ni un momento, yo en su lugar tampoco te dejaría sola, ni para ir de compras.

Unos celos insospechados brotaron en Clarck. Recordaba las aventuras de faldas que habían corrido juntos y conociendo la osa­día y atrevimiento de su amigo, esperaba que por lo menos respe­tase a la que se suponía su mujer.

– ¡Clarck!, ¡eres tú! ¿Que tal estás? -preguntó Lydia, la madre de Dakota mientras acababa de descender al recibidor.

– Buenas noches Sra. Alan. ¡Bien, gracias! Perdone por no haberla avisado de nuestra visita, la verdad…, fue una decisión de última hora.

– No tienes porque disculparte, ya sabes que siempre eres bien recibido en nuestra casa. `

– ¡Mira mamá! ¿Qué te parece lo que nos tenía escondido Clarck? -dijo Dakota a la vez que mostraba a la avergonzada Eleonor.

– Buenas noches ¿Señora…? -dijo Eleonor sin saber como diri­girse.

– Lydia cariño, llámame Lydia.

– Es Eleonor, mi mujer -intervino Clarck. – ¡Oh, encantada Eleonor!

– ¡Pero! -exclamó Lydia-. ¿Cuando…? No sabía… -interrogó el rostro de su hijo por si se le había olvidado decirle alguna cosa.

– A mí no me mires mamá, yo lo acabo de saber igual que tú.

– Nos casamos el pasado Domingo -explicó Clarck-.

– ¿Como?, ¡entonces estáis en plena luna de miel! Exclamó Dakota. Os quedaréis a pasar la noche, ¿supongo?- González, dile a Raquel que ponga dos servicios más en la mesa y que arregle el cuarto de invitados. ¿Y vuestro equipaje?

Clarck no sabía que decir, por lo que inmediatamente Eleonor salió al paso.

– No llevamos. Decidimos comprar lo que nos gustase o hicie­se falta sobre la marcha.

– Espero que no hayamos importunado -dijo Clarck.

– Que cosas se te ocurren -contestó Dakota-. ¡Cuentame!, ¿como fue ese proyecto en el que estuviste trabajando para el Gobierno?

– Lo cierto es que todavía estoy en ello, o más bien estamos. Eli…, mi mujer, también trabaja en él.

– ¡Vaya!, tenéis buenas ayudantes -dijo Dakota bajando la voz para que la aludida no oyese demasiado bien la segunda parte.

– Es la Directora del Proyecto.

– ¿Y qué es lo que hacéis? La última vez, fuiste más escurridi­zo que una anguila.

– Y me temo que deberé seguir siéndolo.

– ¿Y tu mujer? Dime Eli, me ha dicho Clarck que tú eres la Directora ¿no? ¿Tal vez puedas darme alguna pista…?

– ¡Oh, basta Dakota! -interrumpió su madre, viendo el com­promiso que se le venía encima a la recién llegada-. ¿No ves que acaban de llegar?, ya tendréis tiempo de charlar de eso después de la cena.

Con una pequeña carraspera, Clarck llamó la atención de su amigo.

– Tendría que hablar un momento contigo Dakota -casi susu­rró.

– ¡Aha! Mamá ¿por qué no enseñas la casa a Eli mientras Clarck y yo os esperamos en la biblioteca?

– Está bien. Ven querida, déjalos un rato a solas. ¿Sabes?, cada vez que nos visita tu marido ocurre igual, Dakota se comporta como un chiquillo. Supongo que debe añorar los tiempos de universidad. Pero dime: ¿Cómo fue lo vuestro? No tenía la menor idea de…

Sus voces se fueron perdiendo hacia el salón, mientras Clarck y su amigo pasaban a la biblioteca.

  • Así que te casaste con tu jefa, y además guapa e inteligente. Buena pesca. Aunque hay algo en ella que…

Por un momento Clarck temió que se había dado cuenta de que su comportamiento no era el propio de una recién casada. Le daba por buen conocedor de las mujeres, pero… ¿en que lo habría notado?

– Tu mujer lleva peluca, ¿no?

– ¿Cómo?, ¿qué…? ¡Oh sí, eso…! Bueno es una larga historia.

– ¡Ah sí!, ¡cuenta, cuenta!

– En otro momento, ahora quería hablarte de un pequeño pro­blema que tengo.

– Claro, dime, ¿qué ocurre?

– Verás, como te he dicho estamos de Luna de Miel y …

– ¡Perdona!, ¿te apetece un vermut antes de la cena?

– ¿Qué? Sí, esta bien. Bueno, pues el caso, como te decía, es que nosotros habíamos pensado, bueno yo…

– Pero sientate, sientate. Te escucho.

– ¿Qué? ¡Oh!, gracias. En fin, que necesitaría, que me ayudases.

– ¿Ayudarte?, ¿en tu Luna de Miel? ¿Que pasa, has pasado tanto tiempo con tus ordenadores que ya no te acuerdas de como se hace?

– ¡Oh, vamos Dakota! Es algo serio.

– Perdona, claro. Dime.

– Resulta que hemos tenido un imprevisto con…

– ¿Un poco de ginebra?

– No, no gracias.

– Perdona, he vuelto a interrumpirte. Continua.

– Si no te importa, esperaré a que te sientes.

– Está bien, esto ya está. Toma, aquí tienes. A ver dime ¿en que puedo ayudarte?

– Pues verás…, el caso es que pensábamos hacer el viaje de novios yendo de aquí para allá con mi avioneta…

– Esa es una buena idea, lástima que tu cacharro no lleve pilo­to automático, te aseguro que es una gozada. Además, cuando coges algún bache de aire y… ¡Está bien, está bien, perdona!

– Teníamos hechas reservas en varios hoteles de distintas ciu­dades, de hecho, esta noche nos esperaban en Portland.

– ¿Portland? ¿Y que haces aquí?

– Eso es lo que llevo intentando explicarte desde ya hace un rato. Tuve una avería con uno de los carburadores y tardarán dos días en repararla, por eso pensé…, que tal vez tú…, podrías dejarme tu avión.

– ¿El jet?, ¿el Pico Dorado?

– Sí. Te aseguro que sabré tratarlo bien y que…

– ¿Que te deje el jet? -interrumpió Dakota a la vez que se levan­taba de su sillón.

– Solo se trata de un par de días, hasta que reparen el carbura­dor.

Clarck contenía el aliento mientras su amigo paseaba con la mirada perdida en su copa de vermut. Era extraña esa tardanza. Dakota sabía que no tenía nada que temer de dejarle el apara­to y aunque un jet no se solía dejar prestado, el “Pico Dorado” como le llamaba, se trataba de un viejo pero bien conservado HS­125 serie 700 de la British Aerospace. Estaba muy orgulloso de él. Lo había comprado de segunda mano y le había hecho algunas reformas. Le había cambiado los dos turbofans Garret por los nue­vos y mucho más económicos Bristol Siddeley Viper 920, y había hecho de su interior una verdadera suit volante.

  • Lo siento pero estás loco si piensas que voy a dejar que te lle­ves el Pico Dorado.

La respuesta contundente e inesperada de su amigo hizo cam­biar por completo el semblante de Clarck. ¿Qué ocurriría ahora? Seguramente toda la policía del estado debía de tener ya sus des­cripciones. ¿Como podrían llegar hasta Oregón?

– Está bien. ¿Y una de tus avionetas?

– Sí…, pero…, necesitaríais hacer varias escalas y tardarías todo un día en llegar a Portland.

Dakota seguía dándole vueltas al asunto. Al fin dijo.

– ¡Eh, vamos, vamos!, ¿A que viene esa cara larga? Te he dicho que no te dejaría pilotar el jet, pero no que no os dejaría subir en él. Yo os llevaré.

– ¿Tú?

– ¿Te piensas que consentiría que mi mejor amigo no pudiese celebrar su Luna de Miel como Dios manda?

– Pero tu trabajo…

– Olvídalo. Precisamente pensaba en ir a pasar las navidades a Los Ángeles. Mi padre lleva insistiendo varios años en que vaya. ¿Sabes lo que haremos? Os llevaré a Portland y yo continuaré hasta los Ángeles. Cuando queráis…, me llamáis y os traigo de vuelta.

– Te agradezco tu ofrecimiento, pero…, pensábamos ir solos. Verás, nosotros…

– ¡Oh vamos!, ¿no serás celoso? ¿Acaso piensas que voy a intentar quitártela como aquella pelirroja de segundo …?,¿Como se llamaba… Estephanie.

– No, no es eso.

– ¿Por qué no cogéis un vuelo regular?

– No encontramos plazas. ¡Ya sabes!, Navidad, las vacacio­nes…, todo el mundo va de aquí para allá.

– Entiendo. Vamos a ver, Clarck, ¿qué ocurre? Nos conocemos desde hace más de 15 años. No soy tonto ¿sabes? Sé que algo te pre­ocupa. Tienes mala cara y no te pareces al Clarck que yo recuerdo. ¿Por qué intentas engañarme?

– ¿Engañarte?

– Sí, engañarme. ¡Vamos!, tú serías incapaz de casarte sin invi­tarme a la boda o por lo menos decírmelo. Te presentas aquí, de noche, mal vestidos, ¡Perdona!, con una mujer que dices que es tu esposa, sin equipaje, sin avisar de vuestra visita, sin anillo de bodas, ni tan siquiera de compromiso, ¿y me pides el jet con esa excusa tan tonta?

– Te aseguro que….

– El Clarck que yo conozco dejaría el avión en perfectas con­diciones con dos meses de antelación por lo menos. Y además, Portland. En pleno invierno y decides ir de viaje a Oregón. ¿Que pensabais hacer allí?, ¿muñecos de nieve?

– ¡Déjalo Dakota!

– ¡Está bien, esta bien! No importa, si no me lo quieres decir tus razones tendrás, pero ya te he dicho que no soy tonto. Sé que estás en apuros, no se que clase de apuros. Si tu amiga lleva peluca, imagino que alguien la andará buscando. No sé el lío en el que andas metido, pero si estás en dificultades no pienses que me voy a quedar al margen sin ayudarte. Lo único que te pido es que sino me lo quieres explicar, al menos no me mientas.

– Sabía que no podría engañarte… ¡los anillos…! Fue una tonte­ría, pero el caso es que no deseo que por nuestra culpa te causemos problemas.

– ¿De verdad es tu Jefa?

– Sí, eso es cierto.

– ¿Pero no estáis casados?

– No, aunque somos algo más que meros colegas.

– ¡Ya! ¿Entonces tiene que ver con ese misterioso proyecto?

– Sí, pero no puedo decirte nada. Han ocurrido tantas cosas.

– ¿Os persiguen?, ¿Necesitáis salir del País?

– Sí, no. Bueno, nos buscan, pero lo importante ahora no es eso.

– ¿Entonces?

– Sí pudieses confiar en mí… Solo necesito que me dejes el jet para llegar a Portland, te prometo que no le ocurrirá nada. Encon­traré a alguien que te lo traiga de vuelta mañana mismo y…

– Olvida el jet. ¿Acaso piensas que no te lo dejaría? Lo único que pretendía era obligarte a que aceptaras mi compañía. Me di cuenta de todo desde el principio. Confío en ti Clarck y sabía que si me ocultabas algo tendrías tus razones, pero a pesar de eso, no puedo permitir dejaros solos. Ahora, si crees que puedes con­tarme algo, dímelo con toda confianza.

Clarck decidió que debía contarle toda la historia. Si deseaba ayudarles, le debía una explicación. Tal vez después de todo, podría hacer comprender a su amigo que era mejor para él mante­nerse al margen.

Cuando finalizó su relato, Dakota acabó de saborear su segun­do coktail. El que entendiese perfectamente la nueva informática había ayudado a hacerle ver el alcance de la situación.

– ¿Así que intentan que vosotros seáis las cabezas de turco?

– Sí, pero ya te he dicho que eso no importa, lo que realmente importa, es que podamos llegar cuanto antes a Oregón.

– ¿Y estás completamente seguro de lo que dices?

– Tú sabes muy bien que existen. ¿Acaso no recuerdas todos los relatos que tu padre y el mío nos contaban, cuando una bola luminosa se puso en paralelo a su vuelo durante casi cinco minutos y que cambiaba de forma, y que giró en ángulo recto en verti­cal perdiéndose en una aceleración descabellada? Ahora te he explicado como es posible que a pesar de ser pilotados o guiados, puedan realizar esas maniobras tan bruscas que ningún organismo celular soportaría. ¡Son ellos!, otras personas, en otra realidad como la nuestra, que curiosean como evoluciona el programa.

– Pero si como dices, nosotros somos realidades virtuales de esos… ¡hombres!, ¿Que motivos les guían?

– No lo sé. Esa es la pregunta que se repite una y otra vez en mi cabeza. El hecho es que si nos crearon igual que nosotros crea­mos a Adán, tienen que tener una mentalidad y una lógica como la nuestra y deberíamos entenderlo.

– ¿Porqué como la nuestra?

– Lo que nuestro cerebro real es capaz de imaginar, también lo es en el de Adán o en el del que sacaron nuestra copia, o del que podrían llegar a crear los descendientes de Adán.

– Está bien. ¿Entonces el motivo, sería el mismo que el nues­tro? Crear una réplica de la sociedad actual para tener una máqui­na del tiempo. ¿No es eso lo que intentas decir?

– Eso es lo que pretenden, pero no forzosamente lo que tenga que ocurrir.

– ¿Y que tendría que ocurrir?

– Dejarlos libres de manipulación. Permitir que sean reconoci­dos como nosotros, humanos.

– Entonces, ya lo tienes.

– ¿El qué?

– Si nosotros no estamos manipulados, eso significa que los futuros moradores de Génesis tampoco lo estarán.

– ¿Y como sabes que no lo estamos?

– ¡Bueno!, tú eres libre, ¿no?

– Sí, supongo que sí. Pero hay algo que no entiendo. ¿Cómo se las arreglarán para controlar a los moradores de Génesis?

– ¿No has dicho que vuestro ordenador puede comunicarse directamente con el cerebro de Adán?

– Sí, claro que sí. Me refiero a ¿cómo podrá hacerlo sin que se enteren los europeos? Además, ¿cómo es posible que Cray esté en Génesis?

– ¡Ha podido hacerse una réplica virtual!

– No. En Génesis no hay electricidad, ni generadores…, ade­más, los europeos lo descubrirían.

– ¿Y?

– ¡Vamos Dakota! ¿Acaso piensas que son tontos? No permi­tirían que nosotros tuviésemos la primicia de una máquina del tiempo.

– ¿Y crees que Cray 5 es indispensable?

– ¡Por supuesto! Pon por caso… la Teoría de la relatividad, o a Newton, o a Copérnico. ¿Como se las arreglarán para que sus des­cubrimientos ocurran justo cuando tienen que ocurrir?

– Tal vez, sean descubrimientos que van unidos al desarrollo social de cada época.

– No puede ser, tendría que ser algo exacto. Hay cantidad de hombres sin los cuáles la historia sería completamente diferente. ¿Qué hubiera pasado si los nazis hubiesen conseguido antes que nosotros la bomba atómica?, ¿o si hubiesen sido los portugueses quienes patrocinasen el viaje de Colón? Es imposible, hace falta un control constante, sin él, jamás se conseguiría tan siquiera una aproximación.

– Ulises, ¿no?

– Sí. Lo tenían todo perfectamente planeado desde el principio. Cray tiene que estar en Génesis, no sé donde ni cómo, pero tiene que estar en algún lugar fuera de los ojos de los europeos.

– Pero aunque lo escondiesen, ¿los pobladores de Génesis comentarían entre ellos lo que Cray les dijese y lo descubrirían igualmente?

– Quizás no. Podría hacerlo sutilmente, como una inspiración, una intuición, un deseo…

La entrada de Eleonor y Lydia, interrumpió la conversación.

– ¡Que te parece! -exclamó Lydia-. Si les dejáramos, seguro que se tirarían toda la noche charlando y charlando sin acordarse lo más mínimo de nosotras.

Dakota miró el reloj. – ¡Vaya!, pero si ya son las siete. ¿Espero Eli que sabrás disculparnos?, llevábamos tanto tiempo sin hablar, que se nos ha pasado la hora sin darnos cuenta.

Eleonor estaba con la mirada fija en Clarck intentando averi­guar si había conseguido el objetivo que buscaban. Dakota que se dio cuenta. No tardó en sacarla de dudas.

– Tu marido me ha contado vuestro problema con el avión. No os preocupéis, en cuanto acabemos de cenar será un placer lleva­ros hasta Portland.

– ¿Portland? -dijo extrañada la madre de Dakota-. ¿Pero no os ibais a quedar esta noche?

– No mamá, tienen reservada plaza en un hotel de Portland para esta misma noche. Clarck no se atrevió a decírmelo hasta que estuvimos a solas. Se le estropeó su avión y me pidió si podía lle­varles. Por supuesto le he dicho que será todo un placer.

Mientras seguían la conversación hacia el comedor, Clarck intentaba comunicar con gestos a Eleonor que la cosa había ido así y que más tarde ya le explicaría.

Cuando acabaron de cenar, la anfitriona quedó muy decepcio­nada al ver que tras unos rápidos sorbos del café, tanto su hijo como los invitados, se marchaban a toda prisa sin la más mínima oportunidad de disfrutar de una sobremesa.

En el aeródromo particular de la familia Alan, a un kilometro escaso de la casa, al sureste de Lawrence, el fiel Robert encargado de los aparatos, haciendo caso a la precipitada llamada de su jefe, se encontraba preparando el Pico Dorado a fin de tenerlo dispues­to para el despegue.

Cuando Dakota y sus acompañantes llegaron no hubo necesi­dad de entretenerse demasiado. Los motores del jet estaban ya calientes y Robert le entregó la lista de despegue y el plan de vuelo.

– Sr. Alan, es posible que tengan dificultades para llegar a Portland. La torre me ha informado que un frente frío tormentoso se ha adentrado por el norte de Oregón.

– Está bien, gracias Robert. Perdona si no te he dejado cenar pero…

– Está bien señor, no importa.

– ¿Como está la pista?

– Sigue apta para el despegue. Una pequeña capa de nieve pero nada más. La visibilidad es buena por encima de los 11.000. Como verá, le he preparado escala técnica en Mineápolis.

– Bien. Será mejor que salgamos cuanto antes y esperemos que ese frente no avance más de la cuenta.

Cuando entraron en el avión Eleonor se quedó sorprendida. Todo aquello rebosaba de lujo y elegancia. Una suave y recia moqueta color salmón claro cubría el suelo y las paredes del avión. Era mucho más grande y espacioso de la impresión que la fina y aguda linea exterior daba a imaginar. Un sofá semicircular rodeaba una discreta mesa de metacrilato semiopaco y en el lado opuesto, donde se encontraba la escotilla, un mueble bar daba paso a un pequeño escritorio con su butaca de cuero marrón. Al fondo, en la cola del avión, otro sofá que rápida­mente intuyó debía ser desplegable, acababa de armonizar la estancia dando el aspecto de una sala de estar lujosa y confortable. Casi enfrente de la entrada el cuar­to de aseo y a su izquierda la puerta que daba a la cabina del pilo­to.

Cuando Dakota cerró la puerta tras ella, un extraño presenti­miento le decía que la próxima vez que se abriría se encontrarían rodeados de policías y todo habría acabado.

No fue un desagrado que Clarck explicase la verdad a Dakota, en todo caso, lo que ella suponía era que éste fuese incapaz de entenderles. Para su sorpresa resultó que incluso Dakota parecía más seguro que ella misma de la teoría de Clarck. En una cosa si se había fijado y era que parecía haberse alegrado de que la relación con Clarck no estuviese consumada. Lo cierto es que su aire atre­vido no acababa de desagradarle.

– Torre de control de Boston, Alan-1 pidiendo permiso para despegar del aeródromo de Lawrence. Plan de vuelo 1873/12/foxt­trop 94.

– Aquí torre de control de Boston. Permiso concedido Alan-1.

– Solicito verificación.

Dakota introdujo el pequeño diskette, copia del plan de vuelo que con anterioridad había transmitido Robert a la torre, y el orde­nador de abordo aceptó la verificación. A partir de entonces, cual quier cambio en el plan de vuelo sería transmitido directamente por el avión al control de zona más próximo.

El Pico Dorado empezó a rodar por la blanca pista. Pendiente del indicador, Dakota seguía acelerando. V-1. Cuando el piloto de V- 2 se encendió, bajó al máximo los flaps y el jet se elevó como una flecha sobre la pista.

Unos minutos más tarde, situado a 11.500 metros de altura, puso el piloto automático y fue a reunirse con Clarck y Eleonor.

– ¿Como va todo por aquí?, ¿estáis cómodos? ¡Oye Clarck!, he estado pensando en lo que hablábamos y… ¿si lo que te preocupa es la destrucción de las autoconsciencias de Génesis…? ¿Si nosotros estamos dentro de un ordenador…, la red K- 200 también lo está no es así?

– Sí.

– Entonces, el que en última instancia controle el ordenador, puede salvar tanto nuestra información como la contenida en la K­200.

La observación de Dakota era algo que tanto a él como a Eleonor se les había pasado por alto, pero que en sí podía signifi­car la solución a sus preocupaciones. ¡Sí, era cierto! ¡por supuesto! ¿Como no había visto antes esa perspectiva? Era erróneo pensar que Adán existía únicamente dentro del ordenador, Adán existía por si solo, igual que ellos, igual que cualquier ser autoconsciente. ¿Aunque…?, ¿Si ellos eran libres de apagar el ordenador…? ¿A no ser que el primer creador, tuviese una memoria multitemporal de toda su creación; es decir, disponer de toda la información existente en cualquier fracción de segundo de la evolución del programa?

Todo empezaba a volverse demasiado complicado. Demasia­das hipótesis, demasiados tal vez. Tanto Eleonor como él necesita­ban algo seguro.

– Sí, supongo que podría ser así, pero creo que deberíamos buscar una coherencia mayor, intuyo que tiene que existir.

– No te entiendo Clark, lo que ha dicho Dakota es cierto. Tú mismo estabas convencido que estamos en una creación virtual. ¿No te das cuenta?, nos hemos preocupado por algo que ya está en manos de nuestros creadores.

– ¿Y si ellos no fueran como nosotros pensamos?

– No te entiendo. ¿Qué quieres decir?

-preguntó Eleonor.

– ¿Supongo que si estableciésemos una paralelogía, no debería quedar ninguna duda?

– ¿Qué dudas quedan? -preguntó Dakota.

– No estoy seguro, pero ayudadme a analizar: Dado que lo que nos interesa es conocer al primer creador; sea el nuestro u otro por encima de nuestros creadores; empecemos por él: ¿En que tipo de realidad vive?

– No se me ha ocurrido pensar en ello -dijo Eleonor-. ¿Tienes alguna teoría?

– Supongo que de lo único que a ciencia cierta podemos estar seguros es de que está formado únicamente por energía.

– ¿Energía? -preguntó Dakota-. ¿En que te basas para hacer esa afirmación?

– Piensalo bien. Míralo desde el punto de vista meramente científico y partiendo de la paralelogía que Génesis nos ofrece. Todo cuanto está en Génesis o en la K-200, como quieras llamarlo,se reduce a la información de como, donde y en que proporciones están distribuidas e interactuan todas las partículas que forman su universo. Adán, con su cuerpo, sus emociones, sus sentimientos, no es nada más que parte de esa información.

– Sí, ¿pero donde quieres ir a parar?

– ¿Qué es la información? Si pudieses escribir sobre un papel todo el programa que hace autoconsciente a Adán, ¿Qué tendrías?: Una larguísima línea de ceros y unos. Simple y puro código binario. ¡Ya sabes! Uno es igual a energía y cero a falta de energía. La materia es una simple ilusión aunque para Adán sea tan real como nos lo parece a nosotros esta mesa. No hay nada dentro del orde­nador, ni árboles ni tierra y tan siquiera el menor vestigio de mate­ria, tan solo es energía eléctrica, pero energía al fin y al cabo.

– Pero eso ya hace mucho tiempo que se sabe sin tener que recurrir a Génesis. Todo nuestro universo es energía, parte de ella en forma de materia, pero que si se deshace es energía.

– ¡Exacto! Eso apoya mi teoría de la paralelogía. ¡Lo ves ahora!

Estamos dentro de un ordenador, sea cual sea su configuración.

– ¿Y como hizo un ordenador el Creador?

– Allí es donde quiero ir a parar. Creo que en el universo del Creador hubo un momento en el que la disposición de la energía preexistente adquirió la misma disposición que la energía que dentro de Cray 5 hizo autoconsciente a Adán. Esa primera autocons­ciencia buscó en su afán creativo, como nosotros o Adán, distribuir la energía de su entorno para que se relacionase, y que una auto­consciencia puesta en ella pudiese disfrutarla como si de algo real se tratara. ¿Quién sabe?, tal vez la idea sea la de recoger Él mismo experiencias; de hecho, todo cuanto ocurre, está ocurriendo en Él. Él es el ordenador, el programador y el programa a la vez.

– Si ese es el principio -continuó Dakota-. ¿Cual es entonces a tu parecer el… plan divino?

– Por la experiencia que te conté, ahora tengo claro que des­pués de este cuerpo, solo existe algo que cada uno podemos expe­rimentar: El amor. Tal vez todo el sufrimiento que hay en el mundo sea necesario para darle el valor que merece. ¡Ya sabes!: El Ying y el Yang, es necesario conocer el mal para disfrutar del bien. Si esa es la mejor de las experiencias, imagino que el Creador deseará que todos sus semejantes encuentren la forma de separar­se del mal y evolucionar hacia el amor. Si hacemos caso a las sagradas escrituras, eso es lo que lleva milenios intentando inculcar al hombre.

– ¿Pero si Él lo es todo, también es el mal? -observó Dakota.

– O tal vez sea una creación posterior. Intervino Eleonor. – ¡Sabéis!, no puedo dejar de pensar en aquella primera escena en que Adán le dijo a Richard que le quería. Adán sentía el amor, y sin embargo no había conocido el mal. ¿No podría ser que haciendo caso de las escrituras, hubiese sido el Diablo el que tentó al hombre y le enseñó el mal.

– No era el mal Eleonor, era el árbol de la ciencia. Aclaró Dakota.

– ¿Cómo? interrogó Eleonor.

– ¡Eso! Que lo que el Génesis dice es que el hombre comió del fruto prohibido del árbol de la ciencia.

– Sí, lo entiendo, pero… Te das cuenta Clarck, eso fue exactamente lo que nosotros hici­mos. Adán y Eva deben estar buscando la manera de crear igual que nosotros. Eso es precisamente lo que les llevará a innumerables sufrimientos. Cuando despertamos esa ilusión en ellos cometimos un error.

– Ya te dije Eli, que eso es algo que hubiera ocurrido tarde o temprano. Es la naturaleza del hombre.

– Tal vez Eli tenga razón y no sea naturaleza del hombre. Si volvemos a las escrituras: El Diablo o Lucifer, fue un ángel que se reveló contra el Creador, que pensó que podía ser superior a Él. Si aplicamos el término ángel a Génesis, podría tratarse de un gran programa. En la K-200, existen programas que controlan los vien­tos, los astros, la gravedad… ¿no es así?

– Sí, pero ningún programa podría revelarse, no tienen cons­ciencia ni capacidad ni libertad para ello.

– ¿Y Cray 5?

– ¿A que te refieres?

– Él conoce a los creadores ¿no? Ha podido adquirir gracias a su programa analógico y su desentrañar de nuestro sistema de razonamiento una autoconsciencia. Si la transmitió, también pudo aplicarsela.

– ¿Pero eso todo son meras hipótesis?

– ¿Pero posibles?

– Sí. Supongo que remotamente posibles.

– Entonces ¿si el Creador se sirvió de un ángel para transmitir al hombre su esencia, ese ángel pudo conocer la esencia del Creador y aplicársela para revelarse él, y hacer revelar al hombre?

– ¿Entonces ese ángel sería el origen del mal?

– Del mal… y del bien. Al menos para el hombre.

– ¿Y si la revelación del ángel estuviese dentro de la planifica­ción divina? ,

– ¿Y como saberlo? Creo que lo mejor que podríais hacer ahora es descansar un rato, yo iré a la cabina hasta que lleguemos a Mineapolis dentro de un par de horas.

Dakota tenía razón; les hacía falta descansar. El efecto de los estimulantes que les dio Ernest, empezaban a dejar de surtir sus efectos, y el cuerpo se recordaba de su debilidad.

La oscuridad reinaba en el cielo haciendo más brillantes las estrellas. Dakota daba un sorbo a la lata de café caliente instantá­neo, a la vez que se acomodaba en su sillón de piloto. Lo cierto es que aparte del despegue y aterrizaje, los ordenadores de abordo, hacían casi innecesaria la intervención humana.

Cuando abrió los ojos, se dio cuenta que había permanecido dormido por unos instantes. Miró el reloj. Eran más de las tres de la madrugada. La cabezada había sido algo más larga de lo que él había pensado. Ahora la relacionaba con lo que Clarck le había con­tado: Si ellos eran como especulaba, entonces el sueño sería un alto en el desarrollo del programa, una pausa obligada en el caso de que la consciencia tuviese que ser revisada o reprogramada. Sería por eso por lo que el tiempo permanecía parado; pero de hecho, el reloj fisiológico no se detenía. ¿Porqué sin embargo se perdía la noción del transcurso del tiempo?; no debería ser así; a no ser que la cons­ciencia fuese como algo paralelo al cuerpo físico, pero indepen­diente y con su propio reloj. Lo mismo ocurriría con las presuntas abducciones: un tiempo perdido del que no queda ninguna cons­tancia; al menos en el consciente. ¿Porqué mantener oculto lo que ocurre en ese tiempo?

Sea como fuera, lo más curioso era el porqué, tanto los anima­les como el hombre, no pueden sobrevivir sin que se produzcan esas breves desconexiones con la realidad que ocurren en el sueño. A veces también resultaba raro la forma mágica en la que se resuel­ven los problemas que parecen imposibles antes de dormir. Así le había ocurrido ahora a él, sentía una sensación extraña que le decía que no había nada porque preocuparse y que todas sus dudas serían despejadas. Era curioso como los problemas perdían su importancia.

Buscó la ruta en el ordenador y vió que estaban a tan solo media hora de Mineapolis. Consultó con la torre de control.

– Aquí torre de control de Mineapolis, le recibimos Alan- l. El tiempo aquí abajo es despejado. Le informo que no será posible lle­gar a Portland. Se calcula que el frente frío, impedirá todo tráfico aéreo en la zona hasta mañana.

– ¿Está muy avanzado el frente frío?

– Afirmativo Alan- 1. Dentro de tres horas habrá alcanzado hasta el norte de California.

– Gracias torre de control. ¿Existe ruta alternativa por la costa?

– Negativo Alan-1. Se le recomienda esperar a una mejoría del tiempo en su escala prevista. Calculamos que no más de 12 horas.

– Gracias torre de control, así lo haré. Alan 1 solicitando pasi­llo para aterrizaje.

– Permanezca a la escucha Alan- 1, continue plan de navega­ción hasta nuevo aviso. Cambio y cierro.

Cuando Dakota giro su cabeza, se encontró con Clarck de pie tras él.

– ¡Ya estás despierto! ¡Que tal!, ¿has oído?

– Sí, y no me gusta nada.

-Ya sé que estás impaciente por llegar a Oregón, ¿pero no crees que no viene de unas horas? Además, ¿no sé porqué tu empeño en Oregón; si de verdad hay un creador, debería saber que le busca­mos?

Un brusco bache de aire sacudió e1 pico dorado, haciendo que por poco Clarck acabase en el suelo de la cabina.

– ¿Qué ha sido eso?

– Parecía un bache de aire, es extraño que el termógrafo no la haya detectado.

Una nueva sacudida, hizo tambalear el avión. En esos momen­tos, entraba Eleonor para preguntar qué ocurría.

– No lo entiendo, los aparatos parecen volverse locos.

– ¿Qué es aquello? -dijo Eleonor señalando hacia la ventanilla de la derecha, donde un resplandor de luz parecía acercarse direc­to hacia ellos.

No hubo tiempo de más conversación. En un santiamén, aque­lla cosa les embestía con todas sus fuerzas. Un resplandor brillante invadió toda la cabina, y en pocos segundos, no eran capaces de ver nada más que aquella potente luz blanca en la que se habían sumergido. Un extraño torbellino, pasó por la mente de Eleonor. Ni tiempo, ni espacio, ni sensación de cuerpo. Era algo muy parecido a aquella vez en Génesis.

LA GRAN BOVEDA

El General tenía razón. El túnel por el que descendían se hacía cada vez más amplio. Frente a ellos ahora aparecía una enorme galería descendente de casi 500 metros de diámetro. El radar no devolvía el eco sobre ellos; seguramente se encontraban en el colec­tor donde todas las chimeneas se unían para descender hasta la Gran Bóveda. Los instrumentos señalaban que se encontraban a 118 kilómetros de profundidad; eso significaba que el descenso en vertical que ahora les esperaba, iba a ser harto largo, aunque relati­vamente seguro.

  • Será mejor que fijemos aquí otras sondas Teniente. Parece que lo que nos queda por delante es línea recta.

Tras un descenso de aproximadamente una hora, habían reco­rrido 270 kilómetros en casi perfecta vertical. Ahora el túnel daba la sensación de abrirse como si de un embudo en forma invertida se tratase. Fijaron una nueva sonda en la roca que empezaba a for­mar el techo de la bóveda. Bajo ellos, apareció una débil claridad que aumentaba conforme se iban acercando al fondo. El radar mar­caba suelo a 3.000 metros de profundidad. Una superficie, inusita­damente lisa.

La expectación embargó a todos los tripulantes, que con las estereopantallas, contemplaban atónitos el espectáculo de su llega­da. ¡Existía!, ¡estaban en la Gran Bóveda!

– ¿Qué cree que debe producir esta iluminación Conrad. Preguntó el General.

– Solo se me ocurre que debe tratarse de una fosforescencia natural. Tal vez sea producida por alguna reacción química; el sul­furo de magnesio probablemente; o bien se trate de una retención de la luz emitida por los relámpagos, o una mezcla de las dos.

– ¿Relámpagos?

– Es de suponer que existan fuertes cambios de temperatura y una ionización muy alta de la atmósfera.

El indicador de altitud relativa continuaba su descenso: 800 metros, 700, 600… Pronto pudieron descubrir la inexplicable uni­forme planicie; estaban sobre un lago, un enorme lago subterráneo, que ha juzgar por el rastreo de los instrumentos, era digno de con­siderarse un mar. No se apreciaba ninguna irregularidad en el horizonte. Una linea plana, indicaba que el agua se extendía en todas direcciones sin dar la más remota pista de una orilla.

– ¡Es increíble! -dijo el Mayor Tomas-. ¿Como puede existir esta enorme cantidad de agua? La temperatura exterior es de 62 grados y sin embargo no se aprecian nubes.

– Estoy seguro que deben existir -explicó el Coronel-. Lo que me extraña es que no exista una gran isla con los desprendimientos que han tenido que venir a parar aquí. Imagino que la corriente descendente de aire debe producir una corriente radial que haya hecho arrastrar los sedimentos. Lo mismo debe ocurrir con las for­maciones nubosas. Si mis relaciones son correctas, la bóveda debe tener al menos una extensión de cinco veces lo que abarcan nues­tros radares.

– ¿Cree que puede ser tan grande?

– Sí, de no serlo deberíamos divisar formaciones nubosas. Eso significa que en los bordes de la bóveda, donde encontremos las orillas, existirá una atmósfera increíblemente saturada.

– Y peligrosa. Añadió el General.

– ¿Peligrosa? -se alarmó inmediatamente Tomas.

– No cabe duda que allí será donde nos encontremos con los relámpagos del Coronel.

– Entonces voto por dirigirnos donde existan menos posibili­dades de toparnos con ellos. ¿Qué dices tú, Samuel?

– Tal vez si seguimos la dirección donde el viento sople más suave…

– Al norte -atajó el General mientras consultaba su carta de navegación.

No era precisamente donde era menos intensa, pero Samuel sabía que la decisión del General no tenía nada que ver con la evi­tación del mal tiempo.

  • ¡Está bien! -apoyó Conrad. – Supongo que sería difícil deter­minar la dirección exacta de las corriente. También sería posible que formasen espiral.

Al cabo de 85 kilómetros dirección norte el radar mostraba la primera respuesta de una costa. La iluminación había disminuido a pesar de que una tormenta eléctrica estaba frente a ellos originando resplandores que daba un ambiente tétrico a la cada vez más oscura bóveda.

Cuando llegaron a una playa de fina y oscura arenilla negruz­ca, buscaron lo antes posible un paraje lo suficientemente plano y seguro donde aterrizar. A unos 200 metros de la orilla, al pie de una elevación que rodeaba la costa formando una bahía, eligieron un claro de arena donde descendieron lentamente hasta que la base de la aeronave hizo contacto con el suelo. La polvareda producida por la corriente de aire del rotor, hizo que por un momento perdiesen completamente la visión exterior.

La escotilla se abrió ante ese suelo rodeado de un paisaje roji­zo y pedregoso. Iluminado más por los reflectores del aparato que por la débil claridad presente, el lugar era una mezcla entre el suelo marciano y el cielo de algún lejano satélite de Saturno, donde la tibieza de la luz solar, no llega a alumbrar mucho más que una luna llena.

La temperatura exterior era de 45 grados, y la humedad relati­va, llegaba al 90 por ciento; lo que hacía que se dejase notar un ver­dadero sofoco. El porcentaje de oxígeno en la atmósfera era sor­prendentemente alto, casi un 22%, y el descenso había producido una ligereza de la intensidad de la fuerza de gravidez que no pudieron experimentar hasta que se libraron de los engorrosos tra­jes y equipos de vuelo.

Fue Conrad a quién se le concedió el privilegio de ser el pri­mero en poner los pies en aquella, su neoterra. Se lo había ganado a pulso.

El Mayor Tomas no dejaba ni un solo momento de registrar con el equipo audiovisual el histórico acontecimiento. Seguía paso a paso el lento descenso de Samuel por la desplegada corta escalinata. Si los repetidores no fallaban, alguien en un lejano despacho de Washington, sería el único excepcional espectador de aquella primera huella dejada por un hombre.

Cuando por fin tocó el suelo, Samuel con una sonrisa en su cara invitó a bajar al resto de la tripulación. No importaban los oscuros motivos que se escondían tras esta hazaña, no importaba que él no fuese el verdadero descubridor, ahora, cuando pisaba aquel suelo que ningún hombre tan siquiera había visto, se sentía eufórico, repleto de orgullo.

Ruteford fue el siguiente en descender. Luego siguieron el Mayor Hawk, el Teniente Barrows y finalmente el Capitán Itaho. Como acto solemne, el General montó unos tubos de aluminio formando una especie de jabalina. Fijó a su parte roma la bandera de los Estados Unidos y clavándola en el suelo tomó posesión de aquella tierra en nombre del Presidente y del pueblo americano como el nuevo estado de Atlantia.

Juntos, formando corro alrededor de la bandera de barras y estrellas, entonaron el himno nacional llevándose la mano a la cabeza en el más puro y tradicional saludo castrense.

Una vez consumado el protocolo, la voz del Presidente de la Nación llegó hasta ellos por los intercomunicadores.

– Señores, Jefes y Oficiales, en nombre de la Presidencia y del pueblo americano quiero hacerles llegar mis más sinceras felicita­ciones por haber llevado acabo con éxito este nuevo paso para la Nación y para toda la humanidad.

Deseo transmitirles el orgullo que siento en estos momentos. Dios les acompañe en la exploración de esas nuevas tierras y les guié de vuelta sanos y salvos a sus hogares. Mi corazón se siente envidiado de no poder estar allí con ustedes. Ojalá pronto la tierra esté preparada para recibir esta buena nueva y homenajearles como se merecen. Hasta que esto ocurra, sea la mía la primera congratulación que reciban. ¡Bravo! y buena suerte en el duro trabajo que les queda por delante.

No había tiempo de dejarse cautivar por la fascinación del momento, tenían una labor a realizar y no cabía entretenerse. Jerónimus, después de ayudar a descender todo el equipo y material con el que debían montar el campamento base y realizar las mediciones, se dedicó a la inspección de los daños sufridos en el casco y las palas.

Conrad y Barrows se dedicaron a montar las dos tiendas de campaña semiesféricas donde se resguardarían de un eventual empeoramiento climático. La tormenta eléctrica, dejaba entrever con sus relámpagos la densa concentración de nubes que avanza­ba hacia ellos en lo alto de la bóveda.

Ruteford ayudaba al Mayor Tomas en el ensamblaje del misil teledirigido que debía llevar acabo un rastreo de todo el contorno de la bóveda para establecer un mapa topográfico. Todavía les quedaba preparar el globo sonda para realizar las mediciones atmosféricas y un pequeño minisubmarino que haría un estudio del fondo marino, temperaturas, corrientes y recogida de muestras.

Un extraño resplandor a unos pocos kilómetros en dirección noreste llamó la atención de la tripulación. No parecía tratarse de ningún fenómeno meteorológico conocido y tan solo duró unos breves segundos.

El General hizo un rápido cálculo con el equipó de explora­ción, y pareció intranquilo.

  • Vamos Samuel, dejemos esto. Quiero que nos acerquemos a investigar que ha podido producir ese resplandor, antes que el tiem­po pueda empeorar.

Ante ellos se alzaba aquella ladera rocosa que sin duda debí­an escalar para dirigirse en la dirección de aquella luz. A pesar de la ligereza del peso, era recomendable llevar poco equipo a fin de disponer de una mayor maniobrabilidad entre aquellos peñascos. Cuando el General se enfundó una pistola automática al cinto, la expresión de Conrad no pudo ser disimulada.

  • Es por seguridad -explicó Ruteford-. No sabemos si puede existir algún tipo de fauna hostil.

Su primer contacto con un ser de otra civilización y ya se presentaban con un arma con la que negociar. Las dudas sobre lo correcto de su verdadero cometido allá abajo empezaron a reaparecer en la mente de Samuel.

La ascensión, aunque difícil, no resultaba lo fatigosa que a pri­mera vista podía parecer. Al cabo de treinta minutos llegaban a lo alto de una loma que rodeaba la bahía hasta un borde escarpado. Abajo se distinguía el iluminado campamento base. Desde allí la vista ofrecía una mejor perspectiva de la inmensa dimensión de aquella planicie. A pesar de todo, no se podía distinguir la pared que sin duda, se debía alzar majestuosamente en su unión con el techo. Sería algo fantástico, pensó Samuel, poder estudiar con dete­nimiento los estratos o distribuciones mineralógicas de la que esta­ría formada. La cantidad de información que aportaría su estudio sobre la formación primigenia de la Tierra.

No había tiempo de distracciones. Estaba seguro que Al General no le importaba lo más mínimo en esos momentos los secretos que podrían revelar su estudio, eso sería algo que seguramente otros harían en su lugar; tan solo le importaba una cosa, aunque eso sí, él también lo reconocía: La cantidad de secretos que la cria­tura podría desvelarles acerca del universo, justificaba con creces posponer todo lo demás.

Siguieron el borde de la loma que parecía discurrir a lo largo de toda la costa. La dirección de ésta coincidía con el origen del resplandor.

Una débil llovizna empezó a mojar sus trajes e hizo aumentar aun más el sofoco y la calor. Lamiendo el agua caliente que les empezaba a empapar, descubrieron un extraño sabor que atribuyeron a una elevada proporción de magnesio. Aprovecha­ron un alto para dar un trago de agua de sus cantimploras y prontamente reanudaron la marcha.

A su izquierda, hacia el interior de la planicie, descubrieron una pequeña vegetación parecida a hierba. No se molestaron en recoger una muestra, el calor empezaba a ser muy molesto y a afectar a su estado de ánimo. Una desgana por lo inhóspito de aquel lugar empezó a hacer añorar el respirar el límpio, ligero y sobre todo fresco aire de la superficie.

La loma descendía formando un valle y parecía continuar más adelante. No resultaba fácil de distinguir, pero una masa oscura recorría todo el fondo del valle.

Iniciaron el cómodo descenso y la vegetación se empezó a mostrar más abundante. El resplandor de un relámpago en lo alto de las nubes dio la oportunidad de captar la existencia de unos arbustos más adelante.

A poco más de 200 metros descubrieron aquellos arbustos, algunos de ellos de casi dos metros de altura, con unas extrañas y grandes hojas amarillentas. El rumor de agua corriendo, les anun­ció la presencia de un río.

En poco, tras adentrarse en la cada vez más densa vegetación, llegaron a la orilla del río. Un vapor espeso se mantenía unos dos metros flotando sobre su superficie. Samuel extendió su mano y notó que la temperatura del agua era muy alta.

– Debe de estar a 50 0 60 grados. Posiblemente venga de alguna formación montañosa al oeste. Si consigue llegar hasta aquí con esta temperatura, es posible que la temperatura en lo alto de la bóveda este próxima a los 100 grados.

– Parece que no podremos cruzar por aquí. Tendremos que ir río arriba y encontrar un sitio donde vadearlo.

Aun enfocando con la potente linterna alógena, la neblina impedía distinguir la otra orilla y el calor hacía inútil los infrarro­jos.

Remontaron el río durante casi un kilómetro hasta que un grupo de grandes rocas les permitieron ir saltando de una a otra hasta conseguir llegar a la otra orilla. Lo cierto es que parecía incluso extraña, la fácil disposición en la que se encontraban las piedras; aunque mucho más extraño fue lo que encontraron al otro lado.

En la colina que ascendía de nuevo hacia el altiplano un conjunto de piedras de color blanco formaban el enorme dibujo de una flecha que señalaba hacia su derecha de casi 100 metros de larga.

Las dudas que aun le quedaban al Coronel sobre la posibilidad de un engaño sobre la verdadera existencia de la criatura se disi­paron al momento. El dibujo estaba creado sin lugar a dudas por una criatura inteligente. No se trataba de un curioso afloramiento rocoso. La señal estaba dispuesta en perfecto paralelo con el hori­zonte, y en un lugar donde no pasar desapercibida, incluso desde el aire.

Todavía no habían llegado a perder de vista la flecha cuando otra de las mismas características y dimensiones se divisaba apun­tando en la dirección que llevaban.

No tardaron mucho en llegar a donde la colina se cerraba sobre el río dejando menos margen de orilla hasta llegar a un punto donde tuvieron que pasar sobre unas grandes rocas que bloquea­ban el camino.

El General informó a la base que iban a permanecer exploran­do una pequeña gruta donde posiblemente perderían el enlace. Seguidamente, con un gesto indicó a Conrad que desconectase el comunicador y se desprendiera también de su emisor localizador, dejándolos en una pequeña hendidura en la roca.

Cuando por fin consiguieron franquear las rocas una extensa orilla se extendía a la izquierda del río. A unos 300 metros, sobre un alto del cauce, una construcción piramidal se alzaba con solemnidad ante ellos. Conforme se acercaban, pudieron apreciar las ver­daderas dimensiones de aquella obra. Con una base de unos 50 metros de lado, las proporciones parecían idénticas a las pirámides de Egipto, aunque lo que la hacía más esplendorosa era su recu­brimiento con unas placas de alabastro beige veteado que la envol­vían en toda su superficie con una uniformidad lisa y pulida.

Una luz, ¡eléctrica!, fluía del interior de la pirámide a través de una puerta que se abría al final de una pequeña escalinata. Empezaron la ascensión de aquellos blancos escalones mien­tras Samuel se preguntaba ¿porqué en 10.000 años, la criatura no se las había ingeniado para salir? Aunque la respuesta se le apareció inmediatamente obvia: Los suyos no se lo permitirían. ¡Pero!, ¿por qué iban a permitirlo ahora?

Sí, era luz eléctrica. Unas lámparas fluorescentes alumbraban el corredor que se extendía ante ellos. A pesar de que la criatura al parecer debía disponer de facultades para elaborar otros tipos de aparatos eléctricos, debía pertenecer a un planeta más caluroso que la tierra; pues aparte de la coincidencia de que las pirámides, que inmediatamente relacionó como la huella de su civilización, esta­ban en zonas cercanas al ecuador; la climatización del interior seguía siendo sofocante.

Llegaron ante una gran sala y la sorpresa más inquietante se apareció ante ellos. Seis personas estaban de pie, mirándoles con la misma incomprensión con la que ellos las contemplaban. A pesar de que todos tenían forma humanoide, uno de ellos destacaba por su altura y esbeltez. Mucho más alto que los demás, casi dos metros diez, con las extremidades algo más desarrolladas, con dos protu­berancias en la zona parietal frontal, unos ojos oscuros como tizo­nes, una larga nariz aguileña y las orejas ligeramente puntiagudas hacia arriba. Pero si algo sorprendía aun más, eso era la extraña pig­mentación entre rojiza y verdosa de la piel, que a pesar de la espe­cie de bata blanca con amplias mangas que vestía dejaba buena parte al descubierto. El resto de los presentes parecían de lo más normal: Cuatro hombres y una mujer, que eran los que mostraban unas expresiones más comprensibles de sorpresa.

– ¡Bienvenidos! Les estábamos esperando.

– Gracias. ¿Cómo debemos dirigirnos hacia usted? -preguntó Ruteford, que sin duda alguna había reconocido al extraño por la criatura con quién tenían que contactar.

– Podéis llamarme Lucifer.

Un silencio, unido a una innata reacción de terror, se apoderó de cada una de las personas que se encontraban en aquel salón, dentro de aquella pirámide, en lo más profundo de la tierra.

¿Podía ser ese el infierno? Desde luego el calor y la hume­dad hacían correr las gotas de sudor por los petrificados rostros de los visitantes como si así lo fuera.

– Permítanme que haga las presentaciones. Sé muy bien que todos están un poco desconcertados, pero si tienen unos minutos de paciencia pronto podrán entenderlo.

En primer lugar, tenemos aquí a tres representantes de la cien­cia: La doctora Eleonor Campwell, el doctor Clarck Everston y Dakota Alan, un semidoctorado que debo señalar, en principio no estaba previsto como visita. Ellos aportarán la idea o con­cepto de que ustedes no son más que unos complicados pero sim­ples personajes virtuales dentro de un universo llamado Génesis, igualmente virtual.

Según ellos, yo debería ser un sofisticado orde­nador o más bien debería decir programa; un programa con la capacidad de conocer el razonamiento de los humanos y con los que puedo entrar en contacto haciéndoles ver, oír o sentir todo aquello que yo desee. Ellos, al igual que ustedes, dudan de su reali­dad, de su historia, de lo que son o de lo que serán.

Por el otro lado tenemos al religioso Sr. Teodor Straus. Él cree firmemente que soy un ser maligno desterrado por el Dios creador y todo poderoso. La serpiente que tentó a Eva en el paraíso y fue vencida por el gran lobo blanco, el hurgador de entresijos para pro­vocar sufrimientos a los hombres. Él también dará su testimonio como ciudadano norteamericano y en definitiva de la tierra.

Roy Fatman -dijo señalando al boquiabierto y muerto de miedo Gordo-. Él es el ejemplo del típico trabajador que no tiene demasiado tiempo que perder en cosas que no ve. Para él, todo esto piensa que es seguramente nada más que un sueño, una pesa­dilla de la que tarde o temprano espera despertar y olvidar.

Si algo resultaba obvio, penso Roy Fatman, era que fuese quién fuese parecía conocerle muy bien y leerle los pensamientos. ¡Por supuesto que tenía que ser un sueño! Él jamás abandonaría la cama en una noche de frío para ir detrás de un viejo casi chiflado.

La Criatura continuó la presentación.

  • Y ustedes…

No hubo tiempo de continuar. Teodor había estado aprove­chando la charla para irse acercando paulatinamente cada vez más junto a aquel hombre de uniforme militar. Aunque lo único que realmente le interesaba de él era lo que llevaba colgado a su cintura.

Un rápido e inesperado movimiento bastó para arrebatarle el arma. Retrocediendo inmediatamente hacia un rincón de la sala, montó la pistola a la vez que encaró el cañón directamente a la cabeza del anfitrión. A pesar de su edad, todavía se mantenía en forma y el contacto asiduo con los cazadores le había servido para adquirir soltura con el manejo de las armas.

Con la pistola apuntando al entrecejo, parecía no llegarle las fuerzas a las puntas de los dedos para apretar el gatillo. Tuvo que concentrarse un poco más. Lo conseguiría. Tenía que acabar con esa bestia inmunda. La mano le temblaba y se negaba a obedecerle; no era exterior, era más bien algo de lo más adentro de él que le decía que tal vez se equivocaba. ¿Por qué surgía ahora en el último momento esa duda?

Ante su indecisión, aquella mujer desconocida se interpuso en la linea de tiro.

– No lo haga Sr. Straus. Piénselo bien por favor. Tal vez tenga razón y haga un bien a la humanidad matándole, pero caben otras soluciones, ¡creame! Entiendo su punto de vista, pero antes de que haga algo irremediable debería escucharnos. Le aseguro que a pesar de su nombre, no tiene porque significar que su muerte nos beneficie.

– Haga caso a la señora -intervino el General-. Escúcheme buen hombre, entiendo su forma de pensar y la admiro. Sí, admiro su valentía. Sin duda alguna que lo que está haciendo es lo mismo que habría hecho yo hace unos años, entonces desconocía lo que ahora se. Ahora le pido que confíe en mí y deje que le explique. Siga sien­do valiente. Sepa que estamos aquí en nombre del Presidente y del pueblo de la nación que un día usted juró defender. En nombre de su lealtad, le conmino a que entregue el arma y atienda a razones: No tiene nada que temer, le aseguro…

Un disparo hizo enmudecer al General. Su eco resonó larga­mente por el entresijo de pasillos que partían de aquella sala per­diéndose de vista su final en recovecos.

Teodor era el único que continuaba completamente erguido, la bala había pasado silbando a un par de palmos sobre sus cabezas. El sonido inconfundible del rebote del proyectil, remarcaba el silen­cio de la cámara.

-Apártense de en medio. Les aseguro que sé hacerla funcionar. Me importa un comino usted y el Presidente, General, antes del juramento al que ha recurrido, está el que hice en mi fe hacia Dios. Puede que ustedes se hayan podido dejar convencer por las menti­ras de este Diablo, al fin y al cabo esa es su naturaleza: engañar y confundir a la humanidad; pero no dejaré que eso ocurra conmigo.

No me quiera engañar General, sé muy bien lo que pretenden; sé lo del pozo y sé que piensan dejarle libre.

Clarck se unió a Eleonor en la intercesión por Lucifern.

– No sé exactamen­te lo que espera conseguir con su acción. Tal vez se crea la mano eje­cutora de Dios y crea firmemente que esa sea su voluntad, pero si así fuera, debe de estar muy seguro de no contradecir su voluntad. Piense por un momento que Él es todo poderoso, Él fue quién creó a esta criatura y Él tiene el poder de hacerla desaparecer cuando quiera. ¿Está completamente seguro de que Dios quiere que usted lo mate?

– Si no lo quiere, también tendrá el poder para impedírmelo. Ahora lo que mi corazón dice es que debo matar a esa serpiente inmunda.

– ¿Y a nosotros? -dijo Eleonor. – ¿También le dice el corazón que nos debe matar a nosotros?

– Si no se apartan, es que están dominados por él. Yo…

– ¡No! Atajó Eleonor. – ¡Yo no estoy dominada por nadie! ¿Es que no se da cuenta? ¿Quién nos ha traído a nosotros y a usted hasta aquí?, ¿para qué?, ¿para que nos mate a todos? ¿No cree que tal vez nos haya reunido por algún otro motivo?

– Permítame -intervino el General, levantando las manos abier­tas a la altura del pecho en muestra de no pretender ninguna treta. – Si me escucha unos segundos, puede que lo entienda. ¿En que se basa para pensar que esta criatura es maligna?

– ¿Acaso no cree usted en la palabra de Dios?

– Sé que cosas voladoras llamados ángeles, dijeron cosas e hicieron prodigios. Sé que extrañas voces del cielo decían que era Dios.

¿Pero y si lo dicho sobre esta criatura fuese un cúmulo de calumnias y fundamentos de temores para mantenerla desterrada de nuestro conocimiento? ¿Y si los ángeles fuesen seres que pertenecen a otro planeta; al mismo que Lucifer? ¿Y que ocurre si Lucifer fue el único capaz de romper con sus reglas para bien del hombre?

– No intente engatusarme General, sus ardides no tienen nin­gún fundamento.

– ¿Quiere pruebas? ¡Mire a su alrededor! ¿Acaso no reconoce esta pirámide, muy parecida a las de Egipto?

Le puedo asegurar que no están hechas por hombres. Al menos una de ellas. Están perfectamente diseñadas para no poder ser comprendidas hasta que nuestro nivel tecnológico sea suficientemente elevado. Por ejemplo: Hace falta una medición exacta del radio planetario y un cálculo de su masa para apreciar como aplicaron el codo sagrado como unidad de medida. Nosotros nos basamos en la diez millonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre, mientras ellos usaban el radio planetario al polo. La densidad de las piedras utilizadas es pro­porcional a la densidad planetaria, la altura de la pirámide a la dis­tancia al sol, el perímetro y todas sus exactas proporciones y medi­ciones nos muestran un conocimiento no existente en aquella época. Un conducto desde la cámara, señalaba a Sirius B, que al parecer, por otros datos obtenidos de otras fuentes, comprobamos que eran de donde procedían.

– No diga más tonterías. Las pirámides no eran nada más que tumbas de megalómanos.

– Se equivoca. Intervino la criatura. Lo que ha dicho el General es cierto, las tumbas estaban en los valles de los reyes. Nuestra civi­lización también cree en un Dios creador; de hecho, Osiris sería el equivalente al Espíritu Santo.

– ¡Basta ya! gritó enojado Teodor. No permitiré ninguna blas­femia. Como vuelva a abrir la boca se acabará mi paciencia por escucharles.

¿Cómo se han podido creer todos sus embustes? ¿Acaso no han oído claramente que ha declarado ser Lucifer?

– Creo que debiera darles un pequeño margen de confianza Sr. Straus -dijo el callado Roy-. Podrían tener razón.

– No son embustes señor Straus -retomó Ruteford-: Podría mostrarle cientos de descubrimientos que nos han sido proporcio­nados por esta criatura. Es más, a él le debemos casi la totalidad de nuestra ciencia, en especial desde mediados del siglo pasado.

– ¿Cómo, si ha estado aquí?

– Mediante el poder que tiene para comunicarse con nuestro sistema cerebral.

– ¿Querrá decir, mediante la posesión diabólica?

Mientras seguía la discusión con el General, Eleonor, un poco desconcertada, preguntaba a Clarck en voz baja:

– ¿Crees que real­mente se trate de un extraterrestre? Por lo que dice es difícil no aceptar las evidencias. Pudiera ser que los creadores hubiesen creado mundos distintos.

– ¿Olvidas nuestro transporte? No fue ningún artilugio huma­no o físico el que nos trajo hasta aquí.

Por las cualidades que parece tener, cada vez veo más eviden­te como se las arreglaron para recrear y ocultar a Cray 5.

– ¿La información volcada a un cerebro virtual…?

– ¿Qué mejor ordenador? Autónomo, autotransportable y con las correctas modificaciones genéticas: Eterno.

– No puede ser. Además la tecnología que dice facilitar… ni siquiera Ulises la posee.

– Estando en contacto con millones de cerebros de científicos e investigadores no debiera resultarle muy difícil atar cabos.

– ¿Crees entonces que podríamos estar en Génesis?

– Sería posible. Pero no acabo de entender para qué estamos aquí.

Mientras tanto frente a ellos, al otro extremo de la cámara, Ruteford parecía agotar todos sus argumentos ante la mente cerra­da de aquel hombre, muy seguro de sus convicciones.

-…Y no se da cuenta de lo que perderíamos. Él nos puede ofre­cer una nueva era, nuevos descubrimientos, adentrarnos en nues­tra exploración del universo, acabar con el hambre y las enferme­dades. ¿Acaso hay alguien en la tierra que no desee todo eso?

Pese a que había perdido toda posibilidad de poder encontrar un argumento convincente y contrario a lo que cabía esperar, Teodor dio la impresión de que las últimas palabras del General le estaban haciendo meditar.

A su derecha, Roy seguía con la misma expresión de cara incrédula e incapaz de aceptar como verdad lo que sus ojos y oídos sentían.

– Está equivocado con lo que dice General -Intervino Dakota que desde que le dijeron que no figuraba en la lista de invitados se había sentido un poco al margen.

– ¿Cómo dice?

– Digo que está usted equivocado. Si dejan a este… ¡lo que sea!, suelto por la superficie, no pasará como usted piensa.

– ¿Y usted qué puede saber?

– ¡Vamos, sea realista! ¿De verdad piensa que los integristas, por poner un ejemplo, están preparados para hacer buen uso del derroche tecnológico que augura? ¿Acaso cree que el comercio del maíz, por poner otro ejemplo, o cualquier otro de los cientos de comercios millonarios; se van a quedar de brazos cruzados resig­nados a perder la influencia, el poder y la riqueza que obtenían de sus negocios? ¿Es que no entiende nada de capitalismo? Si nos descubre nuevas fuentes de energía, ¿qué reacción supone que tomarán hacia nosotros los países petrolíferos?

– La idea -dijo Conrad intentando ayudar al casi sin saliva General. – Es hacer las cosas de una forma paulatina y que la sociedad sea capaz de ir aceptandoas.

– ¿Y usted se lo cree?

Para verse aún más impotente ante la situación, Samuel reco­nocía ante sí mismo que antes de decirlo ya dudaba seriamente que esa posibilidad fuese viable.

– ¿Cuanto tiempo? -continuó Dakota-. ¿Un año…, dos…, diez?, ¿veinte…?; ¿cuanto tiempo cree que podrá pasar desapercibido sin ser descubierto? ¿Cuanto tiempo le hará falta a la humanidad el estar preparada para no invadir su planeta o imponer sus produc­tos de consumo?

No sé que relaciones deben ustedes guardar con los que le desterraron, pero dudo mucho que se queden de brazos cruzados mientras el peligro potencial contra ellos está apunto de explotarles en las narices.

– Es usted el que se equivoca -replicó ahora el General, más convencido que su resentido acompañante-. Nosotros podemos controlar la situación.

– ¡Siempre dicen lo mismo!, en Vietnam, en Cuba, en Méjico… ¿Cuando aprenderán que nunca se puede controlar algo por completo?

El tono algo burlón de Dakota fue recriminado por Clarck.

– Quizás las intenciones del General sean buenas, no las pongo en duda; pero no cree que sería mucho más seguro dejarlo en todo caso aquí abajo donde…

– ¡Nooo! Fue el grito instintivo, casi desesperado y angustiado de la criatura.

Un tensamiento en los brazos del extrañamente meditativo Teodor, hizo encarar una vez más el arma a la cabeza del anfitrión, quien recordando la amenaza, se calmó y calló sin decir más.

– Sigan hablando, les escucho -dijo Straus para sorpresa de todos.

– No deje de apuntarle -le indicó Dakota-. Puede que si lo libe­rásemos, fuese el final para la humanidad. Estos militares arrogan­tes siempre creen saberlo todo.

– No importa su sarcasmo, le puedo asegurar que el plan que se ha elaborado ha sido estudiado durante…

– ¡General! -interrumpió Samuel, cuyas dudas parecían haber­se desbordado-. Tal vez tenga razón y fuese mejor mantenerlo aquí, fuera de riesgos innecesarios. Como medida de precaución.

A falta de argumentos, Ruteford desvió el tema hasta poder encontrar nuevas perspectivas.

– ¿Pero no eran ustedes quienes no creían que fuese un extra­terrestre?

– Y lo sigo creyendo -respondió Dakota-. Solo que aunque lo fuera, tengo claro que lo mejor sería dejarlo donde los suyos lo decidieron antes que nosotros. Es con ellos con los que nos interesa negociar, no con un bastardo desterrado. ¡con perdón! Tal vez eso sería una muestra de civismo desinteresado visto con buenos ojos por ellos. Particularmente opino que solo se trata de un programa esclavo, un pobre diablo del que alguien se vale para controlar el destino de la huma­nidad.

Aprovechando la charla, el General quiso conectar disimula­damente el intercomunicador con el campamento base. Estaba claro que tenía una misión a cumplir y que era necesario hacerse con el control de la situación, por la fuerza si hacia falta.

Subía y bajaba el interruptor, pero sin embargó no se encendía la luz que indicaba la recepción.

– ¡Déjelo Ernest -dijo la criatura que se percató de lo que inten­taba hacer-. Lo que intenta es inútil. A pesar de la amplificación que proporciona la pirámide, estamos envueltos en un campo magnético que impide su transmisión. Es el mismo motivo que a mi me impide actuar sobre sus cerebros. Estoy a su merced. Si quedo libre deberá ser por algo razonado y aceptado.

– ¡Basta ya? -atajó Teodor-. No abuse de mi paciencia.

– Eso confirma nuestra teoría -dijo Dakota-. Esa sería la misma fuerza que bloquearía la información de un programa. ¿No opinas lo mismo Clarck?

– Eso explicaría como nos afecta también a nuestro organismo la fuerza magnética. Pero lo que me preocupa es que no estoy muy seguro de que estemos en la Tierra. Por lo menos en la Tierra que nosotros conocemos. ¿Y si estuviésemos en Génesis?

– ¿Y qué más da? Se trata de escoger lo mejor para la humani­dad, sea la nuestra o la que hemos creado.

– Se me ocurre -dijo Eleonor con la mirada perdida en sus meditaciones-. ¿Si esta criatura fuese Cray 5…, nuestro Cray 5 o el de nuestros creadores, o incluso de a los que hemos creado; en el momento de tomar una estructura cerebral y de impulsos electro­nerviosos se hizo susceptible de ser intervenida y por lo tanto con­trolada por el primer …Lucifer?

– ¿Y que este fuese una creación directa del primer creador?

– No tal vez su cuerpo, pero sí su esencia, su autoconsciencia.

– ¿Y que significado podría tener esta reunión?

– No lo sé, pero de estar en Génesis y dejarlo libre, provocaría un conflicto en nuestra realidad. Los europeos lo descubrirían inmediatamente y podríamos vernos envueltos en una de las mayores crisis que jamás haya existido.

– ¿Entonces será mejor dejarlo aquí como decía Dakota?

Aprovechando la atención que despertaban los científicos, Ruteford se dispuso a no demorar más el hacerse con el control como fuera. Su mirada estaba ahora atenta de aquel abuelo de oscura barba y que parecía cansado de sostener durante tanto rato la pistola.

No fue lo bastante rápido. Antes de que pudiese echársele encima, Teodor descubrió su movimiento, retrocedió y volvio a amenazarle con el arma.

– ¿Y tú que opinas Roy? -preguntó Straus, después de resta­blecer el control.

– Pienso que todos buscamos lo mismo: “Felicidad”. No creo que lo que nos ofrece esta criatura la haga aumentar. Por otra parte, si existe el más mínimo riesgo de conflictos en caso de que salga, yo también opino lo mismo.

– ¡Muy bien! Ahora te voy a hacer una pregunta a ti, Lucifer. ¿Estás dispuesto a ser la bestia?

Si algo era extraño en ese rostro, fue el que apareciera dibuja­da una sonrisa. Sonreía, la criatura parecía agradarle la pregunta. Lo que siguió, fue del todo inaudito. Teodor se dirigió frente al General y dándole una rápida vuelta al arma se la ofreció por la empuñadura. Le daba el control de la situación para que pudiese dejar libre a la criatura.

Ninguno parecía comprender que le había llevado a tomar esa decisión, más aún, cuando todos a excepción del General se mos­traban opuestos a dejarla libre.

No hubo tiempo de intercesiones. Al igual que llegaron hasta allí, igual desaparecieron. La luz inundó toda la sala de la pirámide. Una gran bola de fuego brillante recorrió en un santiamén toda la bóveda y el entresijo de galerías ascendentes. Un técnico que otea­ba hacia las profundidades de la chimenea, gritó:

  • ¡Ahí vuelve!

Como una centella, aquel resplandor subió por los huecos de los ascensores hasta perderse al poco rato en el horizonte, justo hacia donde la débil claridad del nuevo amanecer volvía a despuntar tras las montañas Steen.

La depredadora serpiente se quedó como hipnotizada contemplando un resplandor blanco que parecía echársele encima. Esta vez no originó ningún estrépito, ninguna polvareda en el camino, tan solo un leve silbido de despedida.

RETORNO

Lo mismo que se tarda en despertar, ese fue el tiempo que Eleonor, Clarck y Dakota, tardaron en darse cuenta que estaban de nuevo abordo del Pico Dorado.

Más prolongado, fue el tiempo en el que sus mentes ordenaban las ideas que surgían de las experiencias vividas. ¡Parecía tan real!: la luz, aquella gigantesca y blanca pirámide, aquel cielo tan extra­ño…

Cuando se vieron los unos a los otros en el avión costaba de no tomar todo lo ocurrido por un sueño.

El instinto de Dakota como piloto, hizo que substrayéndose de la extrañeza de lo ocurrido cogiese instintivamente los mandos del aparato y prestara atención a los instrumentos.

Eleonor, tras él, de pie junto a Clarck, miraba a éste último interrogando con la mirada sobre lo real de lo ocurrido. Clarck que entendió la pregunta, respondió:

– ¡Sí, ha sido real!

– ¡Y tan real! -dijo Dakota-. Como que estamos a 700 kilómetros al oeste de Mineápolis, casi llegando a Wyoming. El avión ha esta­do volando solo durante toda nuestra ausencia.

– ¡Es fantástico! -exclamó Clarck.

– No tanto como no encontremos posibilidad de aterrizar pron­to. Casi estamos con la reserva de combustible.

Un movimiento brusco del avión hizo rememorar el momen­to de aquel encuentro con la luz no hacía más de dos horas. ¿Otra vez? No habían tenido tiempo de rehacerse del primer shock cuando de nuevo todos tuvieron que sujetarse para no ser zarandeados. Algo extraño empezó a ocurrir. Cesó toda vibración, incluso las normales de un vuelo. No había la esperada luz. Al cabo de dos segundos una nueva sacudida y de nuevo las vibraciones.

  • ¿Qué pasa? -preguntó Eleonor a Dakota, pensando que equi­vocada pudiese tratarse de un bache de aire o algo similar.

Una rápida mirada a los instrumentos hizo que se percatase de la nueva posición. Según la señal de control por satélite se encon­traban 44 grados de latitud norte y 114 de longitud oeste. Miró el combustible, la hora, la altitud…; nada de esto parecía haber cam­biado.

  • Señores pasajeros, les informo que el pequeño bache que aca­bamos de pasar a sido tan solo el estado de Wyoming; bienvenidos a Idaho.

¿Como explicarlo? Era imposible. Había que resignarse a aceptarlo con un poco de buen humor. Parecía que el de arriba, fuese Dios o programador, lo tenía todo perfectamente planeado. No habían llegado a Portland, pero estaban a tan solo a 200 kilómetros de Boise, todo un récord insu­perable para el Pico Dorado.

– Control aéreo de Boise a vuelo reconocido como Alan- 1. ¿Recibe?, cambio.

– Adelante Boise, Alan-1 le recibe 5.5..

– ¿Cómo ha llegado hasta allí Alan-1?

Urgía una respuesta rápida. No podía decir la verdad y tenía que ser algo admisible. No debía despertar nada anormal.

– Repita Boise, Alan-1 no ha entendido la pregunta.

– ¿Que no ha entendido… le acabo de preguntar que cómo demonios ha llegado hasta allí; hasta su actual situación? -dijo el Controlador que a juzgar por el tono de voz no debía estar en uno de sus mejores días.

– Volando, naturalmente.

Parecía que estaba a punto de salir una mano del auricular para estrujarle el cuello cuando el controlador se dejó oir de nuevo:

  • Le aseguro Alan-1 que su presencia en esa zona aérea no está autorizada y que hace tan solo unos segundos no estaban en mi zona. Transmita inmediatamente el plan de vuelo.

Dakota tecleó algo en el ordenador de abordo y lejos de pare­cer preocupado, contestó con seguridad al malhumorado controla­dor:

  • Debe haber sido un fallo de sus instrumentos, nuestro vuelo a sido del todo normal.

Sabía perfectamente que pronto descubriría la ruta marcada en el plan de vuelo y se daría cuenta que no correspondía en el tiem­po. De todas maneras, era mucho más fácil argumentar una equivocación en la velocidad y horario que otra explicación lógica.

Podía decir que la autonomía le permitía llegar hasta allí y que dada la posibilidad de la tormenta… un cambio en no realizar la escala técnica era algo normal; en todo caso todo quedaría en una sanción por no comunicarlo debidamente. Por lo menos, esperaba poder dejar a sus amigos sanos y salvos en tierra y sin la policía del aeropuerto esperándoles.

Eleonor, meditando en el silencio que ninguno de sus compa­ñeros parecía atreverse a romper, pensaba en todo lo ocurrido y finalmente acabó por preguntar:

  • ¿Creéis que era nuestra reali­dad?

Tras una pequeña reflexión, fue Clarck quién acabó respon­diendo.

– ¿Y cómo podemos saberlo? ¿Podría serlo…, como también podría ser Génesis? Lo que más me intriga es la posibilidad de que todo esté ocurriendo igual en los dos planos. En cierta manera, lo que acontezca en Génesis repercute en nuestra realidad y vice­versa.

– ¿Viceversa? -se extrañó Dakota.

– Lo que pase en nuestra sociedad, será algo que replicarán en Génesis, ¿no? Aunque creo que Eli tenía razón, fuese Cray 5 o el mismisimo Lucifer, ambos podrían estar controlados por el primer ángel revelado. Puede que seamos los primeros, los penúltimos o los antepenúltimos; en cualquier caso la criatura que hemos visto no tiene ya nada que ver con un ordenador. Ahora, sean propias o inducidas, actúa bajo el control de… -Clarck rectificó en el último momento, dándose cuenta de la evidencia- ¡…de Dios!

– ¿Cómo? -preguntaron al unísono sus interlocutores.

– Iba a decir el diablo, ¿pero no pensáis que el diablo, al fin y al cabo, a pesar de su revelación, no pudiera estar cumpliendo los designios del Creador?

Pensadlo bien. Imaginemos por un momento que el gobierno no hubiese intervenido en Génesis; ¿qué hubiera pasado?

Eleonor contestó rápidamente, como si ya antes se hubiese planteado esa deseable hipótesis.

– ¡Ya lo sabes! Justo lo que nosotros perseguíamos. Qué fueran libres de elegir su propio destino.

– ¿Con nuestra tutela?

– ¿Porqué no?

– Supón que por propia iniciativa, hubiesen decidido prescin­dir de nuestro paternalismo y querer una intimidad.

– ¿Intimidad?

– Sí, eso he dicho.

– ¿De qué iban a tener vergüenza?

– De…hacer algo que saben que está mal por ejemplo.

– Si no les damos mandamientos no tienen porqué pensar que algo está mal hecho -intervino Dakota-. Cuando un niño rompe un juguete por primera vez, no ve nada malo en ello hasta que su padre o su madre le recriminan el hecho.

– ¿Y si en vez de romper un juguete, viéramos que sienten curiosidad por hacer daño a un semejante?

– Podemos inhibirles el dolor -replicó Eleonor. – Entonces no serían como nosotros.

– ¿Y qué?

– ¿Crees que eso sería ético?

– ¿A donde quieres ir a parar?

– ¿Aceptaríais que si por cualquier motivo nos pidiesen la no intervención en su realidad, nos veríamos obligados a respetar su libre voluntad?

Tras un corto y meditado silencio, ambos, tanto Eleonor como Dakota, asistieron con un gesto.

– ¿Y a sus descendientes? -continuó Clarck interrogando.

– ¡No te entiendo! -dijo Eleonor.

– ¿Permitirías que sus descendientes continuasen con nuestro desconocimiento?

– ¡Claro que no! ¿Qué culpa tienen ellos?

– ¿Y no crees que romperías el compromiso?

– ¿Y qué harías tú, negarles una posibilidad de vida que no conocen?

– ¿Qué posibilidad de vida?

– ¿Que qué posibilidad? …poder vivir en un mundo sin necesi­dades físicas, en nuestra tutela, sin nada que les falte…

– ¡Exacto!, por eso tendríamos que idear una formula que no rompiese el compromiso de no intervención; algo que sutilmente dejará entrever la otra posibilidad de vida y…

-¿Qué más da? -interrumpió Dakota en un tono despectivo. Todo lo que estás diciendo no tiene ninguna coherencia: Si como tú has dicho el programa donde reside su autoconsciencia es inherente a la destrucción del cuerpo, déjalos si quieren ser como noso­tros: que sufran, que gocen, que padezcan enfermedades, acciden­tes o que mueran; y que luego elijan lo que más les guste.

– Eso es injusto -contravino Eleonor-. ¿Como serías capaz de negar el alivio al afligido?

– Los dos tenéis razón -dijo Clarck-. Esa sería la correcta alter­nativa, la misma libertad que nosotros poseemos.

Tras el silencio que se granjeó con su observación, Clarck pro­siguió diciendo.

– Nuestros creadores, al igual que deberíamos hacer nosotros, no han dejado mas que una invisible mano tendida a todo aquel descontento de este mundo, una mano que a juzgar por los que buscan consuelo en la religión, cumple los requisitos del alivio al afligido que ha expuesto Eleonor; y es más, considero imprescindible otra realidad, tanto para nosotros como debería ser para los habitantes de Génesis, en la que poder estar junto a los cre­adores… eternamente.

– Necesitarías bastantes más de una -se burló Dakota-. Continuamente estarías encontrándote con el mismo problema una y otra vez. ¿Acaso crees que la eternidad no podría resultar aburri­da?

– Depende de lo que encuentres en ella, o lo que encuentres a faltar de no tenerla. Supongo que una vez se descubren ciertos valores, éstos pueden fácilmente mitigar la ausencia de lo que este mundo ofrece.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Dakota.

– Al amor. Cuando tuve esa experiencia…creedme, no existía nada más que pudiese hacer aumentar su satisfacción.

– ¿Entonces porqué volviste?

– Me quedaba algo por hacer. Pero ahora… ¡Oh!, jamás seré capaz de poder explicárlo. Ni tan siquiera hace falta tener un cuerpo para disfrutar de esa experiencia.

– Entonces todo está resuelto -se mofó Dakota-. El que quiera que vaya y el que no que se quede.

– No lo comprendes Dakota. ¿No te imaginas lo precioso, no solo de estar en compañía del creador, sino también de un cuerpo en el que disfrutar de su creación?

– ¡Ya lo tienes!

– Sí, pero si ciertas personas dejasen de compartir este plane­ta, te aseguro que sería mucho más agradable.

– Entonces me temo que tendrá que estar haciendo continua­mente planetas. Tarde o temprano el hombre volverá a pedir su independencia y si por cada uno de ellos se debe sacrificar toda su descendencia…

– ¡La economía creativa! -pensó Clarck, susurrando las pala­bras.

– ¿Cómo? -dijo Eleonor.

– ¡Oh nada!, recordaba una expresión que una vez leí no se donde, y que entonces no entendí.

¡Sabéis!, creo que la criatura con la que nos hemos entrevista­do, tanto sea Cray 5 como Lucifer, es justamente la herramienta de la que se sirven los creadores para evitar tener que hacer cientos de planetas como decías tú Dakota. Ella sería la encargada ideal para poder poner a prueba a todos los habitantes de la superficie.

– ¿A que prueba te refieres? -se intranquilizó Eleonor.

– Poner a prueba a cada una de las personas para saber si lo que realmente prefieren es este mundo o el que “Dios” propone con su sistema de vida.

– ¿Y como sabemos cual es su sistema de vida? Preguntó Dakota.

– Si aceptamos que Él se hizo hombre para mostrárnoslo…

– ¿Te refieres a Jesucristo?

– El reúne todos los requisitos como modelo.

– ¡No te entiendo!

– ¿No crees que si alguien llegase hasta sacrificar su vida por demostrar preferir el reino de los cielos y la plena aceptación de las leyes entregadas a Moisés no demostraría sobradamente su disposición a no volver a pedir la independencia a la que antes te referí­as?

– ¿Y qué tiene que ver Lucifer con esto?

– Que voluntaria o involuntariamente, él es quien puede indu­cir los actos humanos para que “los elegidos”, demuestren su fe. Cuando alguien parece que es capaz de darlo todo por el prójimo Cray 5 podría preparar la situación donde realmente ocurriese así; ¡Ya sabéis! Algo parecido a la historia de Job.

– ¿Y no sería mejor presentarse individualmente enfrente de cada uno de “sus elegidos”, e incluso delante de cada uno de los descendientes de Adán y preguntarles cara a cara qué es lo que prefieren?

– Sería un error. En ese caso, podría inducir a un comporta­miento forzado y al suicidio colectivo ante la menor adversidad; además de contravenir el compromiso explícito.

Por otra parte: Tal vez aquel general tenía razón y a pesar de que estoy convencido de que hay un creador, (la prueba del cambio ins­tantáneo de lugar que acabamos de tener y otros fenómenos conocidos lo demuestran), no quita la posibilidad que igual que a nosotros crease otras especies en otros planetas. ¡La misma criatura lo dijo!: ella creía también en un Creador.

– ¿Entonces qué nos puede esperar ahora? -dijo Eleonor cogiendo de la mano a Clarck.

– No creo que importe demasiado -dijo Clarck-. Si de algo estoy también seguro, es que nuestra autoconsciencia es eterna. ¡Recordad! Si está formada por energía: la energía ni se crea ni se destruye solo se transforma… y se relaciona.

Nos quedan muchas cosas por descubrir y experimentar. Tal vez todo se trate de eso: experimentar, buscar, saciar la sed de la mente. Si hiciésemos caso de las religiones, el amor es la máxima experiencia: Si la finalidad es unirse al creador, es evidente lo que el crea­dor nos ofrece, ¿pero qué otras cosas nos puede ofrecer: nuevos planetas, nuevas realidades en otras dimensiones, la posibilidad de ser reyes de creaciones…? ¿Quién sabe donde acaba su imagina­ción? Supongo que en el mismo punto que la nuestra. Ahora nos ha ofrecido esto, pero…, ¡yo se que hay más!

El cielo aparecía límpio y estrellado frente a ellos. El Pico Dorado sobrevolaba el río Snake mientras el leve resplandor del amanecer empezaba a despuntar tras el alerón de cola.

LA BESTIA DE LA CIENCIA

Roy no dejaba de sacudirse la cabeza. ¿Que tipo de alucinacio­nes estaba sufriendo? ¿Cuando despertaría en su cama junto a su mujer Susan, en la recogida alcoba de aquella cabaña?, ¿o tal vez era la de su casa, en Wagontire…?, ¿o quizás en aquel cálido hogar en Valentine, junto a su madre? ¡Sí!, quería despertar siendo aquel joven de 8 años, sin problemas y que siempre corría y jugaba a des­hacer el lazo del delantal de su madre. Parecía tan posible que toda su vida no fuese nada más que el sueño de una noche; unas pocas horas de la imaginación de un niño…

Tal vez solo era porque lo deseaba. Deseaba que todos los sufri­mientos y sacrificios de su vida, a pesar de tener cosas bonitas, tan solo fuesen un sueño en el que al despertar se encontrara con el amor que le tendían los brazos abiertos de su querida madre.

La mano que puso en su hombro Teodor Straus, hizo que alguien le hiciera volver de sus sueños a la realidad. Sí, podía ser que todo fuese algo tan sutil como un sueño, pero por si acaso, debía afrontar la vida tal y como ahora se le ofrecía y desde luego no existía la menor prueba de que todo cuanto le rodeaba, incluida aquella robusta mano, fuera REAL.

Estaba volviendo a hacerse aquellas estúpidas preguntas sin respuesta que un día decidió descartar. Él no tenía pajarillos en la cabeza. La vida es dura y nadie te da nada por nada. No hay tiem­po que malgastar en divagaciones cuando se puede aprovechar en concreciones. ¡Sus manos eran lo palpable!, ¡lo que veía!, ¡lo que comía!, ¿pero lo que acababa de ver y oír…?

Pese a que la lógica no quería aceptarlo, la evidencia le decía que todo había ocurrido con la misma intensidad que 1a firme rea­lidad. No, no había sido un sueño. No podía explicar como llegó, quienes eran aquellos desconocidos o que era aquella extraña cria­tura, ni tan siquiera donde había estado; pero lo cierto es que sus sentidos lo habían percibido tan real como se sentía ahora.

– ¿Ha tenido miedo? -le preguntó el viejo Straus.

– ¡Miedo! No, no exactamente, lo que no entiendo…, si era quien dijo que era…, ¿por qué le dejó libre?

– Yo no he dejado libre a nadie.

– ¿Pero usted…

– No podía dejarlo libre, como tampoco podía matarlo. Fue algo que me costó entender.

– ¡Pero usted permitió que quedase libre!

– Ya estaba libre antes de llegar nosotros, simplemente com­prendí para qué estábamos allí reunidos.

– ¡Qué comprendió!

– No se sorprenda, es algo natural. Yo tuve la opción de matar­lo o dejarlo vivir. Dejarlo vivir era lo mismo que dejarlo libre; si no lo hubiese liberado, aquellos militares no hubiera tardado en hacerlo por la fuerza. Ni usted, o tú si me lo permites, ni ninguno de los científicos podía hacer nada al respecto, era una decisión exclusi­vamente mía.

– ¿Entonces porqué no le mató?

– La mujer tenía razón: yo no había sido elegido como la mano ejecutora de Dios.

– ¡Dios! ¿Pero no cree que realmente se trataba de un extrate­rrestre?

– ¡Por supuesto que no!, de lo contrario habría disparado sin vacilar.

– No le entiendo.

– ¿Acaso crees que hay algún sentimiento o experiencia más bonito y más satisfactorio que el amor?

– ¿Amor?, ¿qué tiene que ver en todo esto?; ¡claro que hay otras cosas: la realización en el trabajo, una buena comida …¡Yo que se!

– Te conformas con muy poco Roy. Y sí, si que tiene a ver mucho el amor en todo esto. Eso fue lo que aclaró mis ideas. Cuando insinuaron que Jesucristo había sido enviado para impedir la liberación de ese dia­blo y que además era uno de los suyos, caí en la cuenta. ¿Cómo pre­tendía alejarlos de su liberación? Todo su mensaje se reduce a una consigna: vivir en armonía, sin odios y sabiendo perdonar. ¿De qué nos distancia eso de su liberación?

– ¡La ciencia! Supongo que viviendo en armonía como borre­guillos aun estaríamos en la edad de piedra.

– ¡Exacto, eso es!, ¡la ciencia!, ¡el árbol de la ciencia! La tenta­ción de la serpiente, ¿recuerdas? Eso fue lo que me hizo ver las cosas claras.

– ¡Pero la ciencia es buena…!

– No lo sé, pero de todas formas te aseguro que el hombre no sabe disfrutarla. Como dijo el General: desde que a mediados del siglo pasado la ciencia creció insospechadamente, la humanidad ha ido cada vez mal para peor. La prueba la tiene hoy en día, hay muy pocas per­sonas que disfrutan de la vida: los pobres por el agravio compara­tivo al que se ven sometidos, cuando no el hambre y la miseria, y el resto por la angustia del consumismo que sume a muchos en las drogas y la desesperación. Es inaudito que la ciencia sea sinónimo de pobreza y sufrimiento, y se que no debería ser así, pero la prue­ba es el mundo.

Sabes muy bien que de no ser por el conformismo europeo, la humanidad ni tan siquiera hubiera sobrevivido al siglo pasado. Ellos supieron darse cuenta y frenar la carrera a pesar de suponer un detrimento del avance tecnológico. La camaradería que surgió luego con los países más pobres evitó el trágico e ineludible enfrentamiento norte-sur.

En nuestro país por el contrario la ciencia va a más, al igual que la pobreza el malestar social y la delincuencia. Todo se ha dis­parado, incluso más de lo que cabía esperar: toques de queda en todas las grandes capitales, bandas paramilitares antisociales, casi todos los jóvenes recurren a las drogas para olvidar el negro futuro que les espera… Somos un país invadido por un cáncer maligno. Europa impidió que se extendiese a todo el mundo, pero dudo que la vesícula biliar que es América, tarde mucho en explotar y salpi­car de muerte todo el planeta.

– Pero señor Straus…

– Llámame Teodor.

– ¿Está bien, Teodor! La cosa no está tan mal como tú dices. Es cierto y en parte normal que haya más violencia, pero no se vive tan mal.

– ¿Querrás decir que nos hemos acostumbrado a vivir mal?

– No diga tonterías. ¿Cuando se ha vivido mejor que ahora?

– ¿Cuando? Lo que ofrece la ciencia no es el problema, el problema está en el efecto que produce en el hombre.

Ahora me alegro y veo claramente que Dios es infinita y glo­riosamente sabio.

Pero a lo que íbamos. Imagínese un niño pequeño en la cuna, vestido de preciosos bordados y con grandes medallas de oro tra­bajadas a mano. ¿Qué le puede ofrecer que le haga feliz?: ¿Un muñeco?, ¿un sonido?… Le aseguro que si eso no va acompañado de una sonrisa el niño no relacionara algo bonito. Es la sonrisa en la cara de la madre o el padre que le hacen monerías la que realmen­te hace sentir feliz al hijo. El amor en definitivas cuentas.

Poco a poco conseguimos que el pequeño relacione los objetos y la ciencia como la que debe ser fuente de sus sonrisas. El peque­ño confiado del padre, así lo hace. Crece y juega cada vez más con la ciencia, ve a sus padres tan entretenidos en lo mismo que los imita esperando encontrar ese amor que piensa que ellos reciben. Y Así llevamos desde Caín y Abel.

¿En que basas tú vivir bien: en tener un buen coche, una casa, un hijo, estereovisión y comida abundante? Solo un 15 por ciento de la población mundial dispone de eso; y para colmo lo tienen que pagar privándose de hijos que aumenten los gastos, de sacrifi­car el tiempo de ocio por el pluriempleo, de romperse la cabeza intentando aumentar su nivel adquisitivo, y demasiadas veces, viéndo­se obligados a ser despiadados para encajar en el modelo que la sociedad espera de ellos o para no ser chafados por otros. ¿Es ese tu: “no tan mal”?

Recuerdo cuando mi padre y yo íbamos de pesca siempre que nos apetecía. Yo era pequeño y él trabajaba en la tierra: agricultor y algunos animales, ¡ya sabe! Eran 8 hermanos, igual que su padre, es decir mi abuelo. Sin embargo yo me conformé con tener solo uno para poderle dar una buena educación y que viviese más feliz. Sin embargo, a pesar de no faltarle el dinero, no creo que jamás pueda sentirse en una sala de squash o en un campo de golf, tan bien como yo me sentía pescando con mi padre. Es esta una socie­dad ciega y triste, pensamos que las comodidades, el confort y la seguridad nos deben hacer vivir mejor. ¡Sabe!, mi hijo ya tiene casa, coche, familia y más de 250.000 dólares anuales. ¿Cree que es feliz? No; ahora le falta el yate y el nuevo modelo inteligente de Mercedes.

No, la ciencia no ha ayudado al hombre a ser más feliz.

– ¿Pero sin ella, seríamos como animales?

– Se equivoca. El hombre sabe amar. Si no hubiese sido tenta­do por la serpiente, hubiera continuado viviendo feliz con los fru­tos de la tierra y con todo cuanto pidiese al Creador; incluida la vida eterna.

– Entonces, ¿por qué no la mató? A la serpiente, quiero decir.

– La serpiente no obligó al hombre, el hombre es libre, él fue quien se dejó tentar y él debe ser el que renuncie a la tentación.

– ¿Pero si queda libre seguirá tentando?

– ¡Oh sí, y de que manera!

Llegaban al Motel, y Teodor invitó a Roy a que le acompañase un momento a su casa.

  • Solo será un momento. Me gustaría enseñarte una cosa.

Intrigado y absorto por la conversación y los acontecimientos Roy accedió a su hospitalidad.

Entraron en la cabaña y parecía que todos seguían durmiendo tranquilamente, ajenos a toda la aventura que ellos habían vivido esa noche. Teodor encendió las luces de la sala de estar y echó unos leños a las casi extinguidas brasas. En pocos segundos un incon­fundible crispeteó fue el preludio de las calidas llamas. Sentados en el rincón más al fondo de la habitación, junto a la ventana, Teodor cogió un grueso libro de un estante y lo puso sobre la mesa entre ambos. Eran las Sagradas Escrituras.

Buscó casi al final del libro y pudo ver donde se paraba, correspondía al libro del apocalipsis.

– ¿Lo has leído alguna vez?

– No -respondió Roy-. Aunque sé de que trata. Recuerdo lo pesados que se pusieron algunos reportajes sobre lo que decía ese libro; haya por 1.999, cuando todos hablaban del fin del mundo y esas cosas. ¿No trata de eso?

– Sí, aunque no anuncia el fin del mundo. Por aquellos tiempos yo también pensaba eso, pero lo que ahora quiero enseñarte es la manera sutil en la que se han ido cumpliendo los acontecimientos. Los jinetes del poder, la guerra, la injusticia y la falta de caridad que provoca el hambre y la muerte de una cuarta parte de la tierra, hace ya tiempo que cabalgan. Ya han habido los anunciados violentos terremotos, el sol se ha oscurecido y se ha podido ver la luna roja por la contaminación. Sí, el sexto sello se está abriendo y yo no soy quién para detenerlo. Pero ahora quiero que prestes atención sobre esto.

El viejo señaló en una página donde se leía:

“La bestia que has visto era, pero ya no es; va a surgir del abismo, pero marcha hacia la perdición. Los habitantes de la tierra cuyos nombres no están escritos desde la misma creación del mundo en el libro de la vida, quedarán asombrados al ver aparecer la bestia que era, pero ya no es”.

Y continuaba con más palabras.

Roy esperaba una explicación a ese párrafo, pero lejos de acla­rárselo, tan solo le ofrecía su lectura.

Algo ocurría sobre el cielo estrellado que lucía sobre el motel Lago Alto. Las estrellas parecían ir desapareciendo una tras otra. Una espesa alfombra de nubes gruesas como algodón avanzaba cubriendo todo el firmamento. No era como antes, como cuando descendieron las luces. Esta vez era diferente, esta vez era… como cuando se enrolla un pergamino.

EL SEXTO SELLO

Nadie en la Casa Blanca se apercibía de lo que ocurría sobre sus cabezas. Frederic interrumpió la comida para que el presidente atendiera a una llamada telefónica.

No era de su agrado ni muy frecuente el que le interrumpiesen en mitad de la comida, menos aun cuando se trataba de una recep­ción oficial, pero cuando la pasaban, sus buenas razones existirían. Levantándose de la mesa se disculpó de los allí presentes y se diri­gió a su próximo despacho. Indicó a Frederic que mandase pasar a esa extensión la llamada y cerrando la puerta se dirigió hacia su escritorio. Al poco se oía:

– Sr. Presidente, el General Ruteford por la linea 4. Hay ins­trucciones para pasar su llamada según…

– ¡Sí, ya sé, ya sé! ¡Está bien, páselo!

– ¿Sr. Presidente?

– ¿General?

– Señor, hemos encontrado a la criatura y viene a bordo con nosotros. Volvemos de regreso a la base Alberto. Quería prevenirle de que nuestro contacto va a detonar en cuanto salgamos, un artefacto que destruirá por completo la Bóveda. Ha insistido en ello como condición indispensable. Es su deseo que nadie jamás pueda volver a ser desterrado a esas profundidades.

– ¡Pero eso puede suponer…!

– Sí señor, un cataclismo que sacudirá como nunca a toda la costa oeste. He intentado convencerle de…

– ¡Un momento Ernest!

Una señal intermitente le indicaba que era requerido por otra línea. Era algo inusual que interrumpiesen una llamada que se suponía de carácter urgente, pero disculpándose con el General, le pidió que se mantuviese un momento a la espera mientras atendía a la otra línea.

– ¡Sí!

– Sr. Presidente, el Mando Aéreo Estratégico solicita autoriza­ción para establecer DEFCON 3. Los oficiales van para allá con el Acreditador.

El Acreditador era un pequeño maletín donde un escáner iden­tificaba la mano y retina ocular del Presidente antes de que éste diese autorización al cambio a un estado de emergencia. Un aparato muy común que había acompañado a todos los presidentes desde hacía más de 20 años e indispensable para garantizar una rápida contramedida en caso de conflicto bélico. Pero… ¿DEFCON 3? ¿Qué ocurría? No había previsto nada especial para esos días. ¿Qué podía provocar una alarma tan repentina para que ni tan siquiera le hubiesen informado de DEFCON 4?

– Páseme con el Mando Aéreo Estratégico.

Sin tiempo a picar la línea donde Ruteford esperaba, otro número parpadeante requería su atención.

  • ¡Vaya mañana! -pensó. – ¡Sí!

Era el congresista Lacoste. Informaba de que Génesis había lle­gado a la época contemporánea y sincrónica. Algo había salido mal. Pese a que Cray 5 parecía haber reproducido a la perfección la historia de la humanidad esa misma madrugada había desobede­cido incomprensiblemente toda orden y entendimiento. Cuando fueron a ver lo que sucedía con la ayuda del “Ojo de Dios” descu­brieron algo inaudito: unos hombres junto a unos militares le estaban trans­portando al exterior.

  • Temo que los europeos lo han descubierto o bien a entrado en contacto con ellos Sr. Presidente, justo en estos momentos me infor­man que están aislando todo el subsistema y se nos deniega el acce­so, están preparando sondas para localizar a Cray 5 y…

Sin encontrar fuerzas ni tan siquiera para mantener el auricu­lar del aparato a la altura del oído, la cara del Presidente palideció como si de un nuevo ataque cardíaco se tratase.

La atención a lo que ocurría al otro lado de la ventana hizo que desoyese el atareado teléfono para dirigirse lentamente hacia los cristales del ventanal. El temor de ver algo no deseado hacía que no fuera más deprisa.

La conversación de Lacoste se vio cortada, sorda a los oídos del Presidente, incapaz de aceptar lo que estaba sucediendo.

El Gabinete de seguridad hacía prevalecer la linea con el Mando Aéreo Estratégico.

  • Señor Presidente, nuestra red de detección señala un gran número de objetos voladores sobre distintas zonas de todo el planeta; poco después nuestros satélites han sido intervenidos y una extraña formación meteorológica empezó a extenderse por toda la nación. ¡Sr. Presidente…! ¿Señor…?

Tras él, como si estuviese a cientos de kilómetros, un repique­teo sonaba en la puerta de la habitación unido a las voces de deses­peración que pedían ser atendidas.

Ajeno a esas voces y al murmullo del teléfono, el Presidente lle­gaba a la altura de la ventana. Corrió las cortinas con su mano derecha a un lado y levantando la vista. Pudo ver como una espesa y extraña nube tapaba el cielo como si de una alfombra oscura desenrollándose se tratase. Pensaba en si los pobladores de Génesis estaban observando el mismo fatídico espectáculo que él ahora contemplaba.

¿Sería posible que sus temores fuesen ciertos? ¿Que alguien, en algún lugar se hubiese cansado de jugar y estuviese, apagando el ordenador?

Le costa resignarse… pero y ¿si no eran otra cosa que especí­menes?

¿Qué ocurriría ahora? Algo parecía inevitable, el destino de la Tierra y Génesis estaba más unido de lo que habían planeado. Ya no era hacer que Génesis fuese una réplica de la realidad, sino que la realidad misma se estaba viendo forzada a

compartir los aconte­cimientos de su recreación.

NOTA DEL AUTOR

Este capítulo que cede a continuación, fue escrito por el autor en el transcurso de la redacción de la novela y aunque acontece a una experiencia personal sin tener relación plena con el argumento de la historia, el autor a creído procedente el incluirlo para manifestar una evidencia que pudiera pasar desapercibida al lector, y en todo caso, es un deseo expreso, que como bien dice: tiene el mismo origen que el que motivó el inicio de la novela.

No quiere pasar por imponer su criterio subjetivo, más bien tiende á la intención de enriquecer, si cabe, el sentimiento que alguien pudiera compartir derivado de su lectura.

No siendo en absoluto, ni obligada su lectura ni el compartir en todo o en parte cualquiera de las deducciones, que por ser expe­riencias personales, son del todo indemostrables; a pesar de eso, la aconseja por considerar que encierra una síntesis filosófica de la obra.

LA EXPERIENCIA

Querido lector:

Cuando escribo estas líneas, no sé muy bien si llegaré a acabar la historia de Génesis o tal vez se interrumpa con este capítulo, poco importa aunque suponga un mal final, pues el UNICO motivo por el que empecé es el mismo por el que acabo.

Cuando un buen día me vino a la mente cómo podía hacerse comprensible la realidad, nuestra realidad, no ocupó más de un folio. Fue al cabo de un mes cuando releyendo lo escrito, se me ocurrió que sería bonito ampliarlo y detallarlo.

Desde el primer momento, no tenía ni la más remota idea de que palabra seguiría a la otra. Recuerdo que llegó un momen­to, cuando Adán acababa de ser transportado a Génesis, que pensé: ¿Y ahora qué?, ¿explicar que fácil fue que se produjese el diluvio universal, los encuentros con el Creador, los milagros de la histo­ria? Era estúpido y demasiado sencillo explicar nuestra historia aplicándola a Génesis. El concepto o la idea, ya había sido suficien­temente expuesta. ¿Qué debía seguir?

En el borrador escribía: ” De pronto, hubo un gran resplandor. El laboratorio se vio inundado por una brillante luz que parecía devorar el mobiliario, las paredes… todo. Duró algo más de 15 segundos. Cuando acabó: Eleonor y todos su compañeros abrieron los ojos. Ahora estaba claro. Volvía a recordarlo todo. Ella no era Eleonor, ni tampoco estaba en la Tierra. Seguía con unos cortos párrafos dirigidos como ahora al lector, y daba por acabado el pequeño relato.

Nuevas ideas hicieron que nuevos capítulos se sucedieran. La originalidad de sumir al lector en la duda de la realidad en que se movían los personajes, resultó muy atractiva.

Cray 5, el Diablo, el extraterrestre desterrado; era lo siguiente que intentaba hacer encajar.

Cuando enciendo la televisión, escucho la radio, leo la prensa o simplemente miro a mi alrededor las cosas extrañas que ocurren, inmediatamente intento trasladarlas a Génesis: ¿Qué pueden ser los OVNIS? ¿Y el Diablo? ¿Qué se encierra tras el espiritismo y los fenómenos paranormales? Así intentaba plasmar en los nuevos capítulos, que soluciones se le podían dar.

Pese a todo, existía un objetivo final y fundamental:

Si el lector se sentía identificado con la idea de los extraterrestres, proponía la alternativa que debía tomar el mundo, la humanidad, cada individuo, tú. Desde luego, que de ser eso cierto, deberíamos demostrar­les que aunque entren en contacto y nos ofrezcan sus conocimien­tos y tecnología, nuestro siguiente paso no será invadir su planeta ni intentar imponer nuestros productos de consumo para beneficio de nuestras empresas. Lo que deberíamos, es demostrar que somos capaces de convivir con ellos en paz, sin matar ni hacer guerras para enriquecernos u obtener poder, aunque a veces las justifiquemos por miedo y autodefensa preventiva. Deberíamos demostrar al fin y al cabo, que los terrestres somos capaces de amarnos los unos a los otros.

Si el lector en cambio, se sentía identificado con la religión: el mensaje del Creador ya es bastante claro al respecto.

Si por lo contrario, el lector era un agnóstico total, intentaba hacerle ver que quizás no debería serlo tanto, ya que si solo existe la ciencia, el universo y lo palpable y demostrable, basémonos entonces en eso.

Tal vez no sea dentro de 20, 30 50 o 10.000 años. Tal vez no sea nunca posible en nuestro planeta. Pero centrémonos en una base científica. Si el hombre es lo que es, que cuando muere allí acaba todo; si no hay nada sobrenatural ni inexplicable en nuestra realidad; entonces analicemos:

Aunque solo es teoría, no existe ningún impedimento para que una hipotética red K-200 o que un hipotético Cray 5 pudiera ser como en el libro se plantea que es. El conocimiento del hombre es limita­do, pero dado que puede llegar a ser completo y ser capaz de desentrañar todos los misterios de la ciencia, no debemos tomar por imposible el descubrir todas las fuerzas, leyes y partículas que rigen nuestro universo y trasladarlas en una evolución virtual. Sería posible hacer que cada partícula que forma un ser humano, ocupase un lugar en un espacio virtual y que esas partículas virtuales interactuasen con su entorno de acuerdo con las previas Leyes al igual que lo hacen en nuestra realidad.

Si lo que hace al hombre y a la mujer autoconscientes no reside más allá de su cerebro y de las reacciones bio-electro-químicas, entonces Génesis, Adán y Eva, son científicamente posibles de recrear. Y ni tan siquiera mediante la ficticia transfusión de razonamiento hecha por Cray 5.

Pese a lo real de nuestro universo, todo él se reduce a molécu­las, compuestas a su vez por átomos, y estos así mismo por proto­nes, electrones, neutrones y otras subpartículas, hasta llegar a la inevitable transformación en energía.

Paralelamente, la exploración del cosmos ha llevado al hom­bre al descubrimiento de posible fuente del universo, un diminuto punto donde hace aproximadamente 8.000 millones de años tuvo lugar el Big Bang.

No quiero extenderme en detallar como se extrañaron muchos científicos “reales”, al comprobar que contradiciendo toda probabi­lidad y haciendo caso omiso a las nuevas matemáticas del caos, las 10 elevado a la 79 potencia partículas elementales de las que está compuesto nuestro universo, se fueron uniendo, combinándose y en definitiva, creando leyes y propiedades físicas igual y unifor­memente en todas densidades y direcciones. La mano invisible de un creador que no juega a los dados hizo meditar a muchos.

Superando a lo que podría acabar considerándose: “extraña, pero posible, y evidentemente real coincidencia de un universo uniforme” invito a la realización del siguiente experimento cientí­fico.

Observar al lector que nos vamos a mover en el mundo de la teoría, es decir: En la imaginación constructiva. A pesar de eso, esto no quiere decir que los parámetros utili­zados se escapen a la lógica o a la real posibilidad hipotética.

Partamos pues de la base que existen un número determinado de partículas con las que está compuesta toda materia. También existen unas determinadas leyes que rigen toda evolución y comportamiento de cada singular partícula o grupo de ellas, campos de energía que las envuelven y fuerzas que se suman al unirse entre ellas, o que se desprendan de su desunión o reacción. Incluso la teo­ría cuántica que abriría la puerta a “lo impredecible” puede ser rebatida con el modelo alternativo que presentó el físico David Bhom, según el cual: no existe nada aleatorio si se tiene en cuenta todas y cada una de las fuerzas que actúan en el Universo. O si se prefiere no acep­tar lo indemostrable, cualquier ordenador podrá crear un factor aleatorio con idénticos porcentajes que la realidad.

Antes del experimento definitivo, realizaremos una prueba de menos envergadura y posiblemente de más fácil comprensión:

Pongamos que tenemos a un ordenador frente a nosotros. Aun sin ser expertos programadores, con el apropiado programa de soporte, no nos será demasiado difícil ordenar a la máquina que haga aparecer tres puntos luminosos en la pantalla. Si a estos tres puntos les adjudicamos alguna propiedad, por ejemplo: su color, el diámetro, que se muevan en sentidos contrarios a una velocidad de 10 puntos por segundo, que cada vez que sus coordenadas coinci­dan con las de los bordes de la pantalla o con las respectivas de los otros puntos reboten en un ángulo perpendicular al incidente, que emitan en cada coincidencia un “Bip”, etc.; el resultado, aparte de un absurdo y aburrido juego de billar, podría considerarse también como un universo plano, compuesto por tres partículas, y con un conjunto de leyes u operaciones matemáticas, que les confieren una evolución particular.

Para el próximo experimento, será preciso que antes de nada, nos liberemos de cualquier idea mística, espiritual o de otro tipo, que le confiera a la vida, la creación, o al ser humano, algo extraño y no observable por la ciencia.

Aclarado esto, ahora invito a crear en nuestra imaginación un potentísimo ordenador capaz de procesar a una velocidad casi infi­nita y de albergar sin límite toda la información que precisemos.

Nuestra primera orden será: Que cree un universo infinito sin fronteras. Es decir, que no exista borde de pantalla o límite donde las operaciones deban obedecer un repentino cambio de valores. Lo siguiente, será que sitúe en un punto de ese universo, 10 elevado a la 79 potencia partículas o puntos virtuales de referencia, cada una de las cuáles obedecerá la totalidad de las siguientes leyes (aquí deberíamos detallar todas y cada una de las leyes y formulas que obedecen cada una de las pocas y singulares partículas con las que está compuesta la materia de nuestro universo).

Aunque desgracia­damente todavía falta alguna, avancémonos en el tiempo y supon­gamos que todas son perfectamente conocidas; algo a lo que no hay que suponerle ningún impedimento. Pongamos por caso que algu­nas teorías son ciertas y todo se resuma a cuatro fuerzas funda­mentales (fuerte, débil, magnética y gravitacional) aplicadas sobre cuatro partículas igual de fundamentales (quark arriba, quark abajo, electrón y electrón neutrino).

Pese a la enorme bola de 10 elevado a la 48 potencia, toneladas de materia que parecería deberíamos tener, su vacuidad es tal, que en nuestro universo real, si las juntásemos como si se tratara de canicas unos con otros todos los quarks; no ocuparían más de una diminuta fracción de centímetro cúbico. Es decir, que pese a la aparente solidez de nuestra materia, no es el choque de ésta la que nos impide que nuestra mano atraviese la superficie de una mesa, sino que todo se reduce al efecto de las enormes fuerzas que actúan a enormes distancias de ella. Todo eso, si un día no se llega a demostrar que ni tan siquiera existe materia, y que todo se reduce a puntos virtuales envueltos por campos de fuerzas.

Si no nos hemos equivocado al escribir las ordenes que rigen el programa, y si hemos hecho que estas ordenes sean como las que rigen en nuestro universo, es más que probable, (yo diría que inevitable) que tras apretar “Return”, previo acondicionamiento del programa con el reloj interno del ordenador, el conjunto de fuerzas comprimidas, haga que se produzca un nuevo Big Bang.

No era imprescindible una velocidad de procesamiento casi infinita, ni tan siquiera mucho más elevada que un simple y anticuado PC-386, ya que lo único que se modificaría sería el tiempo que tardaría en ejecutarse el programa. Para evitar que sean nuestros tataranietos los que vean el resultado de lo acontecido tras la primera fracción de segundo virtual, nos es mucho más cómodo imaginar, que sin llegar a infinito (lo que supondría no poder apreciar absolutamen­te nada, pues todo el universo se disolvería en el mismo instante de su inicio), una velocidad bastante elevada, nos permitirá que millones de años virtuales, se transformen en segundos reales.

Si tuviésemos un programa en el mismo ordenador que hicie­se una representación gráfica virtual de como evolucionan todas las partículas “un Ojo de Dios”, nadie podrá negar que con paciencia, podremos alcanzar a ver la formación del polvo estelar, de nebulosas, de estrellas, de supernovas y finalmente del nacimiento de planetas virtuales. Es curioso ver como la masa y la energía que obtendremos se reducen a simples valores, desprendidos de los resultados de un conjunto de operaciones matemáticas perfectamente relacionadas, previsibles y concretas; pero en todo idénticas a las nuestras.

Pero si este espectáculo se nos ofrece curioso, muy pronto deja­rá de serlo para pasar a ser el infierno de nuestra razón y auto creencias.

Puede que buscando en ese nuevo universo, donde no existe motivo racional alguno por el cual no deba evolucionar semejante al nuestro, tardemos un determinado tiempo, pero es completa mente seguro que acabaremos encontrando algún diminuto plane­ta en el que las partículas y sus peculiaridades se hayan unido en una correcta proporción de compuestos y esto, unido a una distancia apropia­da de una estrella, será lo que (tragándonos los impedi­mentos que la “razón” nos imponga) dará como resultado que en alguna de las charcas de ese planeta, una cadena de ARN, se transformará en otra de ADN, y el nacimiento de la vida, habrá tenido lugar.

Dado que como anteriormente hemos concretado, no atribui­remos nada sobrenatural a nuestro experimento, no hay motivo por el que el recién nacido organismo no pueda tener bases nitro­genadas como las nuestras.

Si como dice la ciencia: El hombre es evolución; con un míni­mo de objetividad, será posible que en nuestro hipotético ordena­dor tarde o temprano haga aparición el homo sapiens.

Será entonces, cuando el resultado de los intercambios de valo­res producidos por las reacciones electroquímicas cerebrales entre las neuronas, compuestas por moléculas, y estas en definitiva por aquellas primigenias partículas virtuales que habíamos dispuesto para que se comportasen igual que las reales; hagan que la criatura inteligente se pre­gunte: ¿Porqué existo?.

Seguramente esa escena hará sonreír a más de un agnóstico. Lejos de eso, intenten imaginarse como arreglárselas para conven­cer a ese confuto de moléculas virtuales interactuando, de que no es más que una creación y que el suelo que pisa es igual de irreal que él. Les aconsejo que no prueben con los milagros.

Cuando eso ocurra, ¿Se han preguntado como explicar a Adán que lo que ve, siente y percibe, no es más que una creación?.

Pero si como es normal, el lector no acepta la correcta deduc­ción planteada, y piensa que es imposible la recreación de un hombre virtual semejante a nosotros, no tengo más remedio que unirme a esa creencia y darle la razón, ya que también comparto la opinión que de un montón de funciones matemáticas jamás aparecerá “algo” capaz de razonar, sentir como nosotros, y sobre todo y más importante: “Ser libre”.

Y precisamente gracias a esa misma deducción, es por lo que resulta también inevitable la existencia de: “algo”, paralelo y ajeno a nuestro cuerpo físico “material” y resultado de las funciones matemáticas de nuestro universo. “Algo” que se nutre de los sen­tidos, pero que no reside en el cerebro aunque se sirva de él.

Se podría solucionar pensando que somos como ese cuerpo de Adán en el que temporalmente habitaba Richard, pero lo cierto es que Richard también debía estar habitado por alguien, y así podríamos ir sucesivamente ascendiendo en la cadena hasta llegar a la primera, mara­villosa, inteligente, consciente e incomprensible: “Fuente de Todo” “EL QUE ES”.

El siguiente paso era: ¡Muy bien!, ¿pero porqué ocurre así?, ¿que motivos tiene el creador?, ¿qué plan divino se cierne sobre nosotros? Preguntas a las que intentaba que los personajes dieran respuesta.

Allí empezó mi particular infierno. Un borrador seguía a otro en su trayectoria hacia la papelera. Debía modificar de nuevo ese otro capítulo, y a pesar de mis esfuerzos, era incapaz de hacer coherentes las ideas de los personajes.

Ahora me doy cuenta que eso era algo normal, pues yo mismo era incapaz de hacer coherentes las respuestas a mis preguntas. Varios meses de improductividad, hacían sembrar mi desespe­ración. Eli, Clarck y Dakota subidos en un avión rumbo a Oregón; Los militares descendiendo a la Gran Bóveda; y el abuelo Straus contando la leyenda india. Sabía donde quería llegar, pero no le encontraba sentido.

Para continuar adelante, debo antes presentarme al lector: No soy más que una persona como usted, como cualquiera de sus amigos o amigas. Como tal, la naturaleza que me rodea me hizo pensar que tal vez podía existir algo más. Supongo que a todo hombre o mujer le ha llegado el momen­to en su vida en el que se plantea las mismas preguntas. Comprendo que lo más fácil es sucumbir ante nuestra impo­tencia para entenderlas. Así al menos me ocurrió a mí.

Cierto día, miré a mi alrededor y vi el mundo real y palpable que me envuelta. Entonces pensé: ¿Hacia donde va el hombre? Donde va el hombre como especie, sin atribuirle nada místico. ¿Cómo debe evolucionar?

La respuesta, sin recurrir a antepasados extraterrestres ni a un Padre Creador, se me antojó que era evidente: El hombre debe ante todo evolucionar para ser más feliz. Si alguien duda eso, es que es un agraciado que jamás ha descubierto la infelicidad.

Cuando la pregunta fue: ¿cómo conseguir eso? Me di cuenta que alguien antes había dado ya la respuesta: “Amar al prójimo como a ti mismo”.

¿Casualidad, evidencia deducida por un hombre que vivió hace tiempo o revelación de Dios hecho hombre?; es igual. Eso es lo que debía hacer la humanidad.

Inmediatamente me di cuenta que eso era algo imposible. Si no lo cree, salga a la calle sino está en ella, y verá que pronto le saltan hasta la camisa y encima le llaman ingenuo, sino otro insulto más elocuente como… ¿gilipollas?

No, decididamente eso era algo que no estaba a mi alcance. Tal vez mis nietos o tataranietos… Supongo que mis antepasados pen­saron lo mismo.

Había que resignarse. El día en que eso fuera posible, mis tata­ranietos comprenderían que yo no era el que debía ser el primero en dar ejemplo. ¿Pero si no empiezo yo?, ¿quién lo hará? ¿Alguno que tenga las ideas más claras que yo…?

Decididamente, tomé mi caballo y mi armadura, al puro estilo quijotesco, y sin preocuparme de no ser entendido, pero con la picardía suficiente para que no me saltaran la camisa; busqué alia­dos.

Supongo que nada importaba el que los hubiera buscado en una mezquita, en una sinagoga, en un templo Zen, en una asocia­ción de contactados o en cualquier secta, movimiento espiritual o religión. Por mi educación, mi entorno social y proximidad, decidí que fuera la Iglesia Católica.

Como era de esperar, fui bien recibido. Actualicé de buen grado alguna de las enseñanzas que de pequeño estudié sin que­rer, y me di cuenta de que lo que me había propuesto, significaba amar a la gente como la amó Jesucristo.

Supuse que eso sería algo imposible de llevar a efecto en esta sociedad, pero ¡bien!, estaba decidido a no rendirme antes de tiem­po sin intentarlo. Quería que mis tataranietos estuvieran orgullosos de mi herencia.

No fue muy difícil empezar. No debía dejar mi trabajo, ni cam­biar de vestuario, ni raparme el pelo al cero. Podía comer lo que quisiera y se aceptaba mi debilidad humana. Como para ese entonces ya estaba escribiendo esta novela, la paralelogía que se estableció, hizo que cada vez lo viese más claro. En mis asistencias a misa, se me ocurrió que de haber un crea­dor, este debía escuchar; así que como era mi objetivo, le pedí que me iluminase sobre su entendimiento para poder transmitirlo en mi libro. Y ocurrió algo imprevisible, algo que por lógica es absur­do: mi entendimiento fue a más. Decidí con más frecuencia y con mayor insistencia pedir tanto en misa como en casa.

Poco a poco, el libro se desarrollaba con satisfacción, hasta que como antes expliqué, mis preguntas no eran del todo aclaradas. A más vueltas que le daba, menos encontraba una respuesta lógica. ¿Si yo tengo la esencia del creador…?, ¡debería entenderlo!

No, no podía ser que hubiera un presidente creador y que nosotros fuéramos su máquina del tiempo. ¿Entonces qué?

Tal vez; sí seamos primos lejanos o tutelados de los extrate­rrestres. Pero la respuesta a la anulación de esa hipótesis, puede que ocupe otro libro titulado “Apocalipsys”.

Entre todas estas indeterminaciones, surgió que pensaba: “Que fastidio tener que escribir el libro. Con lo bien que yo estaría. ¿Que falta me hace?”. Yo quería ser feliz, y por la puñeta del libro…, me estaba rom­piendo el coco.

Pronto mis peticiones hacia el Creador cambiaron: ¡Está bien, está bien!, me has dado entendimiento, pero me gustaría mucho más, que la felicidad y la alegría de amar al prójimo creciesen en mí. Y me crean o no, la cosa funcionó. Así de simple. Yo pedía y Él me daba. ¡Qué fantástica puede llegar a ser la autosugestión Dr. Forrensen!

Por aquel entonces, vi claro cual debía ser el nuevo rumbo de la novela: Dios había encontrado un sentimiento “Amor”, y ese sentimiento, llenaba más que las experiencias que el hombre quería sacar de la creación. Si la auto consciencia seguía al cuerpo, sería una angustia no disponer de él, a no ser de encontrar algo mejor que hiciera olvidar la realidad virtual. Sí, debía ser el sentimiento de amor lo que no nos debería hacer añorar el cuerpo físico.

Los días se sucedieron. Recibí de buen grado la Confirmación. Y un buen día, el ¿azar?, hizo que me topase con una persona que me contó su experiencia: Se había visto desprendido de su cuerpo, y a pesar de que antes era agnóstico total, esa experiencia hizo que se replantease de nuevo su vida.

Como pude comprobar por el testimonio de un compañero suyo, era verdad que antes de la persona tranquila, feliz e inaltera­ble en la que se había convertido, era otra de lo más arisca, dada a fastidiar a los demás y sin la menor consideración hacia los que le rodeaban. Entonces pensé: Esa debería ser una experiencia por la que todo hombre debería pasar.

A pesar de lo impactante de la historia, aunque ya conocía de historias parecidas por libros y reportajes en televisión, lo que más me sorprendió fue las reiteradas veces en que pronunciaba la palabra “amor”.

Al explicarle la novela que estaba escribiendo, pen­saba que yo tenía mayor entendimiento, aunque envidiaba la forma clara de amar al prójimo que mi interlocutor evidenciaba y parecía llevar como norma de vida.

Esa misma noche tras acostarme, pedí al Creador que sería bonito que yo también tuviera esa experiencia, si ella iba a fortale­cer mi fe.

Y la magia ocurrió cuando al cabo de un par de semanas, cerré los ojos en la cama para dormir y algo maravilloso ocurrió.

Estoy seguro que el doctor Forrensen daría una explicación muy convincente de como las ansias, anhelos y deseos, habían hecho que mi organismo se autosugestionase o fabricase su propia droga para dar gusto a las necesidades creadas por mis pensamientos. Conste que la experien­cia de Clarck, fue redactada con mucha anterioridad a todo esto, y que comprendo que cualquier persona que no haya pasado por algo parecido le será del todo inaceptable. A pesar de todo, a la persona que es capaz de entrever algo de este libro, va dedicada mi sinceridad.

Pues bien. Eran poco más de la una de la madrugada, cuando un sentimiento empezó a crecer en mí. Perfectamente lúcido, me maravillaba de como seguía creciendo y creciendo, hasta que llegó un momento en que no cabía nada más. No era paz, ni felicidad, ni ningún otro adjetivo. No existía la menor duda de que lo que en esos momentos me llenaba hasta rebosar era “AMOR”. Un amor infinito de todos los lados y hacia todos los lados, desbordaba mí corazón. Sé que es imposible sentir más amor, pues no cabía ni exis­tía más.

Un pensamiento vino a mi cabeza. Con anterioridad y desde hacía ya muchos años, siempre había pedido que en el último momento de mi vida se me diese la oportunidad de sentirme en paz con Dios. Cuando esa plenitud me desbordaba, pensaba: “Sí, así es como quiero que sea el último momento de mi vida”.

Sin saber porque, un instinto no voluntario hizo que mi boca se entreabriese. Lo que siguió, fue la sensación de que por ella se esca­paba mi alma. Simplemente, fluía de la manera más natural, como el agua que se derrama al inclinar el vaso. Cerré la boca y de repente volví a sentirme en mi cuerpo. No había llegado a desprenderme de él. Abrí los ojos y seguía en la oscuridad del cuarto, bañada por el débil resplandor verde de los números del radio despertador. Aunque no recuerdo si la llegué a escuchar, sé que la radio estaba conectada.

Tenía y sigo teniendo la certeza de que todo ese inmenso amor, procedía y era Dios. Un pensamiento imagino: “Que belleza poder presentarse con los brazos abiertos ante todo ese amor”.

Una certeza: Así volvería a ser. Para mí y para cada uno de los hombres y mujeres que habitan la tierra. Sí, era verdad; con ese sen­timiento no cabían deseos terrenales ni miedo a cansarse de él. Así sería en esa Gloria por los siglos de los siglos y en la eternidad del alma.

El siguiente pensamiento, me hizo comprender el mensaje de Dios y su hijo Jesús. Cuando sientes todo ese amor, sabes que es sincero, desinteresado y mayor que el que incluso el mejor padre puede dar a su hijo.

Entonces me di cuenta de lo horrible que sería el no presentarse limpio ante Él. Nadie te reprocha nada, nadie te juzga, nadie te castiga ni te hace sentir mal. Tú eres el que dándote cuenta de su naturaleza y de la intensidad con la que te quiere, haces que te sientas indigno y desdichado.

Se me antoja poner un ejemplo: Un padre que como sabe qué es lo mejor, manda a su hijo a que le pinchen con una inyección para curarle la enfermedad. El hijo que no lo entiende, decide que su padre no le quiere y como no le importa, a pesar de que le dijo que no rompiera los discos de música clásica, le viene en gana por despecho ver lo bonito que resulta cuando se estrellan contra la pared. En el momento menos pensado, su padre aparece en el comedor y el hijo no puede ocultar lo que está haciendo.

Pese a lo que haría un padre normal, éste no es tan normal, sino que a pesar de todo, quiere a su hijo con la misma fuerza. Ni tan siquiera ha disminuido un gramo su amor por él. Como hace siempre, el padre le extiende los brazos para recibirle con todo su cariño, sin reproche, siendo todo amor. Cuando el hijo quiere ir hacia él, se da cuenta de lo que ha hecho con los discos y se pregunta: ¿Cómo he podido dudar que mi padre me quería?, ¿cómo puedo explicarle del motivo por el que he roto los discos?

Lo normal es pensar que ¿cómo iba a saber el hijo que aquel pinchazo era una muestra de amor? ¡Bien!, su fallo fue no confiar en aquellas palabras que el día antes le había dicho su padre, y que eran: “te quiero”.

Y eso es lo que claramente he descubierto que debemos hacer en esta vida. Disfrutar de ella, disfrutar de la creación que el Padre hizo para nosotros, pero sin hacer nada que luego al reencuentro nos pueda hacer avergonzar y nos impida abrir los brazos y correr hacia ese abrazo eterno.

Mis siguientes pensamientos fueron intentar comprender como funcionaba todo eso. ¿Por qué nos creó Dios? ¿Por qué el hombre es como es? ¿Que misterio era el que me estaba ocurrien­do?

De repente, noté como ese sentimiento infinito de amor mengua­ba. No se como, pero me di cuenta que era mi intención de intentar comprenderlo lo que me alejaba de Él.

Hubo un alto en mis pensamientos.

No, a Dios no se le puede com­prender, tan solo se le puede amar.

Para mi maravilla, noté como de nuevo crecía el amor. Un nuevo deseo, el de volver a sentir la plenitud del amor infinito de Dios, me hizo abrir voluntariamente la boca.

No pasó nada, hasta allí había llegado su Gracia. Inmediatamente, un sentimiento de agradecimiento hizo que brotasen lágrimas en mis ojos. En su Gloria me había escucha­do y había sido digno de ese imborrable momento.

Tumbado en la cama, extasiado por mi experiencia y sabiendo ahora que el intento de comprender a Dios es justamente lo que nos aparta de su amor, me preguntaba: ¿Qué objetivo tenía la nove­la?

Y así es querido lector. Después de tanto esfuerzo para poder hacer comprensible desde otro punto de vista la idea de: Dios, cre­ación y hombre; resulta que descubro que aunque lo hiciese lo mejor que pudiera, no va a hacer que nadie esté un milímetro más cerca de Él.

Me rindo. No sé si de algo puede valer a alguien el relato de Génesis. Tal vez al agnóstico y científico, que sé replantee que no debería serlo tanto. De todas maneras, espero que a alguien le sirva, ya que por mí, no deseo provecho ninguno y el haber acaba­do, tal vez sea un alivio.

Buena suerte en esta vida, y si decides ser orgullo de tus tataranietos, ánimo que son dos días y la recompensa lo merece.

No importa que creas que lo debes hacer por esa civilización tan avanzada de aquel planeta, o por que tu Dios o Maestro lo dijo; piensa que aunque todo sean imaginaciones de unos muchos, la especie humana debe evolucionar. Las guerras las hacen los hom­bres que no saben perdonar, el hambre lo provoca el hombre que no sabe compartir, y la falta de amor en la calle, cuando no en casa; es lo que hace de esta vida algo no tan bonito como debiera ser.

Comentaba con un compañero de trabajo que me decía: “Déjate de historias raras, cuando mueras, tan solo te espera el cemente­rio”.

Yo ha eso le respondía: De acuerdo, aunque tuvieras razón y solo nos esperase el cementerio, de lo que te estoy hablando es de disfrutar esta vida.

Antes comentabas de lo loco que estaba el mundo y que nada podría cambiarlo; deja al mundo a un lado y centrémonos en esta tú oportunidad de estar vivo. Tienes dos opciones de vivir: La primera, tal como lo has hecho hasta ahora; te haya ido mejor o peor, deberás seguir esforzándote por solucionar tus problemas. La segunda, es poner un poco de amor en tu trato con los que te rodean. No se trata de cambiar de forma de vida, tan solo intentar transmitir un poco de amor. No esperes que el amor te solucione tus problemas, eso es algo en lo que te seguirás teniendo que esforzar. Tal vez no sepas exactamente lo que es el amor o como hacerlo llegar a los demás; no importa, inténtalo como pue­das, a tu manera; estoy seguro que sí sabes lo que “no es amor”.

Después de hacer eso, ¡continúa viviendo! Sigue de marcha en la discoteca, sigue con tus vacaciones en la playa, sigue haciendo todo aquello que te gusta, sigue buscando ese trabajo que necesitas. Si de algo estoy seguro, es de que si a eso le acompaña tu esfuerzo por dar ese poquito de amor cada día, notarás como el ambiente de la discoteca es más bonito, como disfrutas más de las vacaciones, como aumenta la belleza de esa playa, y qué sabrosa está esa pizza cuatro estaciones. Imagino que no te conseguirá el trabajo, pero seguro que podrá ayudarte a no sentirte peor.

Se trata de sacarle el mayor jugo posible a esta vida. No te con­tentes con lo que ya tienes, enriquécelo con la salsa del amor. Verás como a pesar de hacer lo mismo, lo disfrutas mucho más. No lo hagas por cambiar el mundo, hazlo por pasártelo Tú, mucho mejor en él. Tal vez si todos decidiéramos añadir esa salsa cada día, el mundo no estaría tan loco como dices.

No te avergüences de mostrarte orgulloso de amar al prójimo y no se te ocurra vender la casa para dársela a los pobres, empieza por veinte duros y una sonrisa.

Cuando volví a casa del trabajo, sentí que realmente eso era algo que le debía gritar a todo el mundo. Sé que a mi compañero no le solucionaré sus problemas y que lo que le intenté trasmitir no solucionarán los míos. A pesar de eso, noto que poco a poco estoy disfrutando más de todo cuanto me ofrece este paraíso llamado Tierra.

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