Viaje al Corazón de Marruecos

 

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INTRODUCCIÓN

 

Escribo este relato por Amor y reconocimiento a la gente de Marruecos.

 

Uno puede creer que viajar no es para él, o que  no merece la pena pues todos los rincones del planeta ya están descubiertos por alguien. O que no es necesario, ya que a través de los documentales de la tele ya ha visto qué hay en esos lugares. Además, gracias a Internet, libros de viajeros y revistas especializadas podemos hacernos una idea de cómo son las culturas de esos pueblos, qué comen, cómo viven…

Pero lo importante de viajar no es en absoluto lo que vas a poder encontrar diferente fuera de ti, sino que te brinda la oportunidad de encontrar respuestas interiores, encontrarte a ti mismo. Al salir de la monótona y segura comodidad diaria que nos brinda nuestro trabajo, la familia, etc, damos la oportunidad al Universo, Dios, Alá o como se le quiera llamar, para que esas necesidades interiores, muchas veces dormidas, desconocidas, ocultas o amordazadas, encuentren la oportunidad de  tener una respuesta.

Mi experiencia durante este viaje ha sido precisamente el descubrir que en cuanto se creaba una necesidad en mi interior, en el exterior, el Universo entero se confabulaba para colmar y desbordar mis expectativas.

Posiblemente podría haber ocurrido en otras tierras, con otras gentes, de forma diferente, pero ha sido como ha sido, en Marruecos, entre pequeñas y grandes poblaciones de su interior, con personas musulmanas y bereberes que indistintamente conviven sin señalar sus diferencias, que se consideran hermanas entre ellas y que son receptivas a las necesidades de cuantas almas se les acercan.

Mi viaje ha sido por ello un viaje al corazón de Marruecos, a la esencia de la hospitalidad de sus gentes y a la magia de la autotransformación. Bienvenidos a mi historia. Quiera Alá que estas palabras puedan servir para despertar sed en vuestros corazones e invitaros a no rendiros en esa eterna y humana búsqueda de la esencia de la vida.

Con mi pensamiento en Anouar, hermano de El Mahjoob, joven poeta árabe con quien compartí horas de convivencia, charla, oración y comunión en Ouzoud una pequeña aldea en el corazón de Marruecos. Quiera el futuro que nada ni nadie corrompa su blanco corazón.

 


Previo al viaje

Era Junio de 2014 cuando Eva, mi compañera de viaje en esta vida, y de la que estoy completamente enamorado, me pidió que la acompañara en su expedición a Marruecos.

Eva, pese a su fortaleza, ya que es toda una señora de cuarenta y cinco años, de metro ochenta de estatura, morenaza, de ojos castaños y pelo habitualmente alborotado, castiza madrileña que declara con orgullo haber nacido en el barrio obrero de Carabanchel, sigue teniendo en su interior un irrefrenable temor a los espacios cerrados.

Mi amor, como yo la llamo, consiguió por fin y providencialmente encontrar un hueco para cursar el Máster de Periodismo de Viajes a distancia que imparte la Universidad Autónoma de Barcelona. El año pasado, 2013, estaba trabajando como técnica de desarrollo local para el ayuntamiento de una importante ciudad de Barcelona y pese a disfrutar de su trabajo y poder renovar contrato un año más en un momento de grave crisis laboral, decidió dejarlo todo para enfocarse en aquello que le apasiona: viajar y relatar sus experiencias.

2014 fue por ello elegido como año sabático aunque el inicio de un blog de viajes y una llamada comunicándole que se acababa de producir una baja en el máster que hacía años ella perseguía y que podía optar a la vacante y matricularse, cambió el sabatismo por una apretada agenda de estudios y publicaciones del blog.

Con ayuda de cuantos la rodeamos y queremos consiguió por fin crear su blog para viajeros: “Donde vamos Eva” y a su vez ponerse a la altura de sus compañeros periodistas sin serlo ella.

Cuando Eva vio en el calendario académico del máster que incluía una actividad de un taller que se desarrollaba en Marruecos a lo largo de diez días y que debía viajar en avión, empezó su pánico a verse encerrada.

Decidió que planificaría una ruta alternativa en coche por tierra. Pasaron algunos meses, pero seguía sin concretar cómo llegar a Fez, unirse allí al grupo de compañeros de máster para viajar con ellos en una ruta que finalizaba en Marrakech y emprender después el regreso en solitario a casa, en Barcelona; pero quien conoce a Eva, sabe que no es una mujer planificadora fuera de su trabajo y que le cuesta horrores encontrar tiempo para sentarse y preparar los detalles.

Yo por mi parte tenía mis particulares planes para su ausencia, aunque todavía no había decidido si quedarme en casa hasta su regreso arreglando un pequeño jardín junto a la piscina, visitar unos días a mi nietecito que acababa de cumplir tres años o hacer una ruta a pie por los países del norte de África. Tenía desde hace tiempo ganas de viajar solo, sin fecha de regreso, con poco equipaje y descubriendo la hospitalidad musulmana, así que cuando vi que Eva se empezaba a agobiar por la forma de llegar a Fez, decidí que acompañarla en el vuelo podría ser una pequeña prueba de fuego para el otro viaje que tenía en mente.

Tener mi mano agarrada y mis palabras le infunden tranquilidad. Así había conseguido anteriormente que se introdujera en oscuros y estrechos túneles de castillos belgas, subir angostas torres en la Selva Negra alemana o superar la cotidiana actividad que para muchos es subir o bajar en ascensor. Aun así, pese a mi apoyo, sigue prefiriendo la alternativa de los escalones hasta el noveno piso en que vive su hermana antes que sentirse atrapada en una caja colgada de un cable.

Finalmente acordamos que haría con ella el viaje en avión desde Barcelona a Fez y que una vez llegados al aeropuerto nos despediríamos hasta volver a encontrarnos para la vuelta en Marrakech. Ella viajaría con sus compañeros y profesores de máster en la ruta que tenían programada mientras yo correría mi particular aventura.

Mi objetivo era desembarcar en Fez sin dinero, sin VISA y sin móvil, con tan solo una muda, algo de aseo, un cuaderno y un bolígrafo para viajar ligero. Quería demostrar, demostrarme a mi mismo, que la voluntad lo es todo.

La oportunidad de escuchar a viajeros como Miguel Silvestre o Miguel García en las jornadas viajeras de FITUR (Feria Internacional del Turismo que se celebra cada primeros de año en Madrid) diciendo que lo único necesario para viajar son la voluntad de dar el primer paso, y que luego por si solo vienen el segundo y el tercero, me dieron ganas irrefrenables de ponerlo en práctica.

Arreglar el problema de incluir un pasaje en los vuelos junto a Eva resultó mucho más fácil y rápido de lo que imaginábamos. En poco menos de 48 horas se gestionaron los pasajes extra para poder acompañarla. Teníamos reservados asientos consecutivos uno al lado del otro en las primeras filas del avión para ser mejor atendidos ante cualquier golpe de ansiedad.

La idea de viajar sin dinero no es nueva. Muchos jóvenes y menos jóvenes han cogido alguna vez su mochila y emprendido un viaje abierto, sin saber bien dónde dormir, qué comer o que ruta escoger.

En la cultura anglo-sajona es costumbre que muchos jóvenes emprendan en solitario un viaje aventurero low-cost por otros países y culturas antes de iniciar sus estudios universitarios o justo después, a fin de conocer mejor el mundo y sus propias posibilidades en él.

El Grand Tour, como lo llamaban los nobles británicos, y de donde precisamente deriva la palabra turismo. Una costumbre arraigada desde aproximadamente el año 1730 y que consistía en acompañar al joven aristócrata en un viaje que empezaba en Calais y recorría diferentes rutas de Europa repletas de arte y cultura, dejando frecuentemente que recorriera en soledad las últimas etapas de regreso.

Resulta sorprendente que yo, a mis 51 años, decidiera emprender semejante aventura disfrutando de una cómoda y sedentaria vida. A algunas personas puede que les parezca una locura transitoria o algo “pueril”, pero creo que todos tenemos una lista, nunca escrita y secreta, de cosas que hacer.

Siempre me he sentido un alma inquieta, sediento de conocimientos y experiencias por lo que tras mi prematura jubilación como técnico en tecnologías de la  información dispuse de un precioso tiempo que dediqué a estudiar biotecnología en la Universidad Autónoma de Barcelona ya que me apasiona entender el funcionamiento biológico de los seres vivos Más tarde aproveche mi estancia en la localidad barcelonesa de Igualada para iniciar estudios de ingeniería y lo mismo hice durante mi corta estancia en la localidad leridana de Tàrrega donde realicé parcialmente un curso de diseño gráfico.

Alguien me dijo una vez que debía enfocar la creatividad para poder destacar en algo, pero soy incapaz de ello. Nunca he perseguido el reconocimiento y me puede la curiosidad. Lo mismo me gusta tocar el piano que pintar, editar vídeos de viaje para el blog que comparto con Eva, jugar on-line o escribir. Así que, ¿por qué no hacer “la locura” del trayecto de Fez a Marrakech sin dinero?

Y llegó el momento de preparar la mochila. Los días previos fueron bastante distraídos ya que ofrecimos alojamiento a algunas compañeras del máster que viajarían con nosotros, Mariana que había volado desde México D.F., deseosa de descubrir la gastronomía local, Diana que llegaba de Colombia y Ana, la más cercana, de Navalmoral de la Mata (Cáceres) que se nos unió el último día. Eva como siempre se prodigó como cicerone con ellas mostrándoles lo más atractivo de la zona, mientras yo intentaba superarme en mis dotes culinarias para agasajar a las invitadas.

 

En la tarde del día 15 de Junio debía decidir qué poner en la mochila. Las botas de trekking las llevaría puestas, así que tras serias dudas, decidí incluir unas sandalias. Una toalla enrollable de esas nuevas que no ocupan espacio, una pastilla de jabón, cepillo de dientes, un peine, una cuchilla de afeitar, ¿espuma?, no, era prescindible, ¿masaje aftershave?, no, también podía sobrevivir sin él. Nada más de aseo. Añadí unos pantalones y dos camisetas, un bañador, dos boxers, dos pares de calcetines, una libreta, lápiz, boli, el pasaporte y…, y ya estaba todo.

Dejé el chubasquero, la crema solar, las gafas de sol, el gorro, el móvil, la cámara de fotos y hasta el billete de 50 euros para una emergencia y tranquilidad de Eva. Quería viajar ligero y sin seguridades. Pesé en la báscula del baño la mochila así como la ropa y calzado que me pondría al día siguiente, no llegaba a cinco kilos, ¡perfecto!.

En el cuaderno de viajes (una libreta de papel reciclado de la que tan solo había usado la primera hoja) sobrescribí en lo ya escrito un título que resalté con grandes mayúsculas: VIAJE A MARRUECOS. En ese cuaderno iría detallando los pormenores del día a día empezando por el día menos uno.


DIA MENOS UNO

 

Hoy es domingo 15 de junio de 2014, mañana a las 9’30 de la mañana estaré acompañando a Eva al aeropuerto de Barcelona, T1. He regado las plantas y cuidado el jardín para que no sufra en mi ausencia. He preparado lo que me pondré mañana y me llevaré en la mochila. Todo pesa 4,600 Kg. Al final dejo el móvil, no quiero viajar pendiente de él, de comunicar el día a día. Es un viaje para mí; solo para mí. Estoy un poco ansioso porque llegue lo que sea que descubra”.

 


PRIMER DIA

 

Tuvimos un vuelo tranquilo. Eva cogida a mi mano superó con relativa facilidad su claustrofobia y justo a la hora prevista aterrizamos en Fez.     Llegó el momento de la separación así que mientras su grupo de estudio se reunía para recibir instrucciones, yo me encarrilé en solitario hacia la aduana para sellar por primera vez mi pasaporte en ese país.

Buscaba la carretera que partía de Fez hacia Marrakech desoyendo las continuas ofertas de taxistas que se aproximaban uno tras otro interesándose por dar descanso a mis pies, mientras ellos, mis pinreles, ansiaban sentir el tacto y calor de esas nuevas tierras. Por supuesto que encontraría la forma de no hacer los casi 500 Km de carretera que separan estas dos ciudades caminando, pero en ese preciso momento necesitaba sentirme dueño de mis pasos.

Ante mis visibles dudas sobre qué dirección tomar al aproximarme a la primera rotonda, una hombre se me acercó como leyendo en mi cara que no tenía ni idea de adonde me dirigía.

  • ¿Español?. ¿A dónde vas? – dijo en un perfecto castellano.
  • A Marrakech. – le respondí.
  • Justo aquí tienes la parada del autobús. – me señaló un poste con la señal azul del bus.
  • No, gracias. Viajo a pie, sin dinero.

Su cara de sorpresa e incredulidad y mi sonrisa dio paso a una breve pero intensa charla. Su nombre, me dijo, era Luciano. Nació en Italia, su castellano lo aprendió en Granada donde había trabajado en la recolección de la aceituna en varias ocasiones. Regresaba de su país natal a su casa en Marruecos, donde llevaba viviendo 20 años. Luciano estaba casado y deseaba por encima de todo, según me dijo, reunirse con su mujer y su hija después de llevar unos meses trabajando y ahorrando dinero en Italia.

Un taxista nos ofreció sus servicios. Luciano negoció con él, ofreciéndole a mi parecer muy poca cantidad, 10 dirhams, (aproximadamente 1€ al cambio). La primera negativa se convirtió después en la primera oportunidad real de transporte hacia Fez junto a otras dos personas. El trayecto fue muy corto, ya que el cruce con la carretera de Marrakech está a tan solo  un par de kilómetros de los doce que dista el aeropuerto de Fez.

Luciano me indicó que ya estábamos en la carretera hacia Marrakech, pero me recomendó que si era la primera vez que visitaba Marruecos, no pasara por alto contemplar la belleza de la medina de Fez.  Lo cierto es que en mi afán por iniciar cuanto antes la andadura olvidé que lo más importante no era evitar desviarse de la ruta sino disfrutar de las oportunidades que ésta me brindaba, así que no podía perder esa oportunidad y decidí hacerle caso.

A menudo viajamos programados por un itinerario y un calendario que cumplir, y hasta yo, con toda mi intención de viajar lo más libre posible, sin darme cuenta caí en algunas ocasiones en ese pecado. Llamo pecado a no saber escuchar donde nos quiere llevar el destino, a desestimar aquellas pistas sutiles que el Universo nos facilita continuamente para hacernos descubrir más aun de lo que esperamos.

En ocasiones esas pistas se presentan como un mal entendido, una casualidad o un error, como el que me llevó días después al bello paraje de la cascada del río Oum er Rbia. Otras como una directa invitación que a veces pasamos deliberada y estúpidamente por alto. Por eso tengo clavada como una espina lo cerca que estuve de otra cascada cuando también llegué por error a Beni-Mellal o del lago de Bin el Ouidane donde rehusé incomprensiblemente la invitación, por desviarse esa trayectoria de mí programada ruta.

Por ello durante este viaje he aprendido a prestar más atención al presente y aceptarlo sin temor a cambiar los planes de un futuro del que no sabemos nada, aunque creamos saberlo todo.

Tras despedirme de Luciano para dirigirme a Fez, éste insistió terriblemente en poner en mi mano 20 dirhams para que me tomara un té al llegar a la medina, y por más que me negué a aceptarlos, al final me quedé con ellos en la mano. Empecé a caminar con ganas hacia una carretera que se había convertido en calle, repleta de comercios, talleres, casas…  y de la que no se atisbaba el final.

No tuve reparo en hacer autostop  y ahorrarme un poco del calor del sol de mediodía. Casi de inmediato se paró un mercedes blanco ocupado por dos personas que tras indicarles que me dirigía a Fez me abrieron la puerta de atrás invitando a llevarme.

Al poco hicieron una nueva parada, y en el asiento del acompañante subió una pareja que desplazó al ocupante a sentarse apretujado junto al conductor. Yo por mi cuenta estaba siendo invadido por cuatro mujeres que reclamaban su sitio en el asiento posterior y me arrinconaban hasta una incómoda postura lateral con la puerta izquierda trasera pegada a mis espaldas.

¡Bienvenido a Marruecos Carmelo!, pensé. Era mi primer y muy estrecho contacto con los lugareños o mejor dicho, lugareñas, que pese a ir cubiertas de pies a cabeza, parecían no tener ningún pudor en el contacto físico. Al menos en cuanto a transporte se refiere.

Aprendí posteriormente que esa era una práctica habitual, por lo que me llevó a reflexionar que paradójicamente las mujeres árabes eran más liberales en ese sentido que las mujeres occidentales que de seguro hubiesen  puesto reparos en verse apretujadas por extraños. Supongo que la necesidad y la costumbre pulen los modales.

Llegamos al centro de Fez en poco más de un cuarto de hora. Empezó el desfile de bajarnos del vehículo cuando me percaté que con sumo disimulo los dos hombres y una de las mujeres entregaban algo de dinero al conductor que parecía no molestarse en contar. Descubrí, tarde para mi vergüenza, que se trataba de un taxi, y fue aún más tarde cuando constaté que los mercedes que no sean modelos deportivos, incluidos algunos que no son blancos, son en realidad taxis.

Cuando expliqué que viajaba sin dinero hubo algo de incomprensión y buscaron a alguien cercano por la acera, un limpiabotas que parecía hablar algo de castellano. Insistí en hacerles entender que yo, de money, rien de rien.

Estuve tentado de entregarle los 20 dirhams de Luciano, pero me los había dado para que me tomara un té a su salud. Finalmente entendieron que era un bicho raro extranjero del que no obtendrían beneficio y el taxi continuó su carrera con otras personas que ya estaban subidas en él.

Crucé una avenida hacia un pequeño jardín con bancos, y como tampoco llevaba reloj, tuve que preguntar la hora. Las 13:30. Ya que salimos de Barcelona a las 11’30, calculando el desfase horario, resultó que en tan solo tres horas había recorrido 1500 kilómetros sin desgastar la suela del calzado y sin apenas sudar. Bienvenida sea la tecnología. ¡Así sí se puede viajar!

Tras una anotación de mis primeras experiencias en el cuaderno de viajes, pregunté a los lugareños cómo dirigirme a la medina que es algo así como nuestro “casco viejo”. Me indicaron que debía girar a la derecha un poco más adelante y seguir todo recto. No me dió tiempo de cruzar la primera calle. Una monovolumen oscura se paró ante mí, me abrió la puerta y me gritó: ¿a la medina? Afirmé con la cabeza a la vez que intenté explicarle en castellano, inglés y francés, un poco de cada, que si era un taxi no llevaba dinero. “Bien, bien, no importa, suba”.

No estoy ahora muy seguro de si lo dijo en castellano o lo entendí así por sus gestos, el caso es que estaba subido en un vehículo confortable, con aire acondicionado y dispuesto a llevarme a donde yo quería ir. “¿A qué hotel tu ir?” Y tras explicarle mi situación que parecía no creerse, decidió pasearme por callejuelas en las que aprovechaba para hacer no sé qué recados.

Nos paró un policía motorizado y yo me percaté que no me había abrochado el cinturón de seguridad, pero creo que lo paró por algún otro motivo, porque tras un intercambio de frases y palmadas al policía; sí, sí, palmadas del conductor al policía, como si fueran viejos conocidos, que a lo mejor lo eran, acabaron despidiéndose amistosamente.

– No pasa nada. ¡No problema! – Me calmó.

Volvió a subir al vehículo y continuamos hasta un pequeño hotel donde llamó desde la calle a gritos a ¿la gerente? Tras unas explicaciones en árabe, o vete tú a saber, pareció darle unas instrucciones o información. Al poco volvimos a ponernos en ruta hasta llegar por fin a la medina, que rodeada por su muralla empezaba a descubrirse como una ciudad dentro de la ciudad.

El chófer me dejó al inicio de la parte baja del zoco algo decepcionado e incrédulo sobre mi insolvencia.

Pregunté por la ubicación de la mezquita que Luciano me instó a visitar. Ahora, mientras escribo el relato, una vez de regreso a casa, intrigado por su recomendación, he descubierto por fotos de Internet que efectivamente era el edificio que a mí me pareció, pero como no me permitieron el acceso por estar cerrado, creí erróneamente que se trataba de algún palacio privado. No obstante, mi continuo preguntar hizo que al final me indicaran otra mezquita que, al verla, pensé… ¡pues no es para tanto!

¡¿Quién dijo que en Marruecos hablan casi todos algo de castellano?! Supongo que en el norte, en las ciudades limítrofes a nuestras fronteras con mayor tránsito y comercio con España existirán hispano hablantes pero puedo asegurar que de Fez a Marrakech si no sabes árabe, bereber o francés es mejor que tengas buenas dotes de lenguaje corporal.

También es cierto que existen muchos guías, taxistas y comerciantes acostumbrados a los turistas, españoles incluidos, y poseen toda una colección de frases para captar clientes, pero una vez les sacas de “Barcelona, ah… Catalán, Mesi buen futbolista, ¿tu del Barça?”, te acabas dando cuenta que su vocabulario es insuficiente. Debo reconocer que en tan solo una semana conseguí sacarle más jugo a esas olvidadas clases de francés de la EGB que en todos estos años, incluidos algunos viajes a Francia en los que es más fácil emplear el socorrido y común inglés que un mal francés.

Descubrí, y durante el viaje constaté, que las mezquitas suelen estar siempre cerradas y que las abren poco antes de las oraciones, así que, mientras esperaba, decidí cumplir con la invitación de Luciano y tomarme un té.

Ahora sé que el lugar donde me llevó el errático deambular y que finalmente elegí para sentarme a beber es la imagen más bella y conocida de la medina de Fez, ya que a cuantos les mostré mi primer esbozo del cuaderno de viaje la reconocieron a pesar de su mediocre calidad. Fue al día siguiente en la localidad de Ifrane cuando sonreí al ver la misma imagen que dibujé plasmada en una foto-postal de Fez.

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Boceto del cuaderno de viaje de la Puerta Bab Bou Jeloud

(entrada a la medina de Fez)

            Té verde con hierba buena. Servido en tetera metálica y vasos de cristal frecuentemente ornamentados para los turistas. Siempre muy azucarado como es costumbre en todos los bares y casas en que tuve la oportunidad de degustarlo.

A lo largo de mi viaje lo he tomado a todas horas: por la mañana para desayunar acompañado de Msaman (una especie de torta o crepé hojaldrada aceitosa que preparan desde primeras horas en unas planchas), con el almuerzo acompañado de una “torta” más gruesa, seca y granulosa que suelen abrir por la mitad y rellenar con quesitos en porciones, en el aperitivo, durante la comida, y antes, durante o después de cenar. El té a la menta es la bebida popular por excelencia de Marruecos.

Paladear esa aromática infusión mientras perfilaba en papel la fantástica arcada que daba acceso a las comerciales calles de la medina unido al continuo ir y venir de taxis y turistas que parecían tener esa plaza como punto de referencia, hacía que mi mente no pudiera pensar en nada más, estaba…concentrado en el presente.

Parece fácil perderse entre las calles de la medina, sombreadas con toldos y techados, repletas de diminutos comercios de apenas un metro cuadrado que ofrecen mil y una vez repetidos los productos de artesanía, frutas, especias, dulces, comidas, marroquinería y otros tantos objetos varios.

No quedaba un solo espacio, aparte del reservado para el deambular de los peatones que no fuera aprovechado por uno u otro comercio para mostrar sus productos. Uno puede pararse en medio de ese bullicio, cerrar los ojos, concentrarse en los olores y reconocer más de 10 diferentes sin moverse del sitio. Aunque más que reconocer puede que se trate de distinguir, ya que algunos son exóticos y hasta que no abres los ojos no adivinas qué transportaba en la carga ese burro que acababa de pasar junto a ti cargado de flores lilas.

Las calles son larguísimas, y sin llegar al final de una, decidí coger un enrevesado callejón, de los que solo pasan dos personas, para tomar la calle paralela en dirección contraria,  repleta al igual que la otra de tiendas y comercios. Fue en ese callejón donde sentí que debía dar media vuelta y entregar a esa silenciosa mendiga que ponía su mano en alto sin demasiada esperanza, los 10 dirhams que me sobraron del té. Deshacerme de ese dinero, el único que poseía en esos momentos, me hizo sentir aún más libre.

Retomé la andadura de vuelta a la puerta donde degusté el té. No paraban de ofrecerme productos dispares. En cuanto posabas con la mirada tu interés en algún objeto, no dudaban en intentar adivinar tu nacionalidad para saber en qué idioma explicar sus magníficas cualidades y excelente precio.

Me sentí confiado en las infinitas posibilidades de la vida cuando en una de las paradas en la que vendían ropa, sábanas, colchas etc. tras comentarles que, lamentablemente para ellos, no llevaba dinero y explicarles por encima mi situación, no dudaron en ofrecerme trabajo para vender en su tienda.

  • El jefe tiene mucho dinero. Si tú querer trabajar él paga a tí 3000 dirhams al mes y dar de comer. Puedes dormir aquí, en tienda.

Y lo mejor de todo es que la oferta, a juzgar por la cara del jefe que estaba a su lado, no parecía ir en broma. La decliné tras agradecer el gesto y explicar que al día siguiente abandonaría la ciudad. Me sentí en potencia como el protagonista de la novela de Paulo Coelho “El alquimista”.

Mis pasos continuaron el deambular de tenderetes sin estar seguro si era la primera o segunda vez que pasaba por esa calle. Recordé que en una gran explanada que explor un poco más arriba de la segunda mezquita había montado un escenario y un buen número de furgones repletos de militares estaban aparcados a la sombra de unos árboles esperando algún acontecimiento especial, así que decidí acercarme y preguntar. “20th edition FÈS, musiques sacreés du monde”, eso ponía en un cartel de los vecinos jardines Jnan Sbil.

La explanada estaba bordeada en su parte amurallada por unos largos escalones que servían de gradas improvisadas a las personas que empezaban a sentarse. Hoy sé que se llama Plaza Boujaud y que durante mucho tiempo fue el mercado donde se reunían comerciantes ambulantes para vender e intercambiar artesanía y antigüedades principalmente. En la actualidad se ha transformado en un centro oral y cultural.

En poco más de una hora el lugar se llenó de cientos de personas que conforme aflojaba la calor del sol acudían al lugar.

La casualidad hizo que una conversación en catalán llamara mí atención. Dos mujeres debatían sobre qué podrían ser  aquellos frutos que vendían en ramilletes verdes y que la gente comía como aperitivo. Por suerte yo había tenido antes la osadía de pedir uno de ellos en uno de los tenderetes donde los vendían, así que no resistí la tentación de entrometerme y desvelarles de qué se trataba con mi catalán natal.

són cigrons verds.- (son garbanzos verdes).

Fue gratificante poder tener una conversación sin necesidad de pensar en su traducción. Así me enteré que la multitud venía porque se celebraba en Fez un festival de música reconocido mundialmente, y que ellas habían viajado expresamente desde Barcelona para asistir durante toda esa semana a los diferentes conciertos que se repartían por distintos lugares de la ciudad. Les comenté la actuación previa a nuestro encuentro de un grupo de músicos bolivianos a los que ellas no pudieron escuchar por estar en otro concierto e intercambiamos algunas anécdotas locales. Finalmente nos despedimos para seguir disfrutando por separado de la nueva actuación que se iniciaba.

Nunca me a atraído particularmente la música étnica y menos aun la bereber, sin embargo, esa tarde, sintiéndome afortunado de vivir ese momento, cerré los ojos y mi cuerpo pareció transformarse en un junco que el aire hacía bailar de lado a lado al ritmo de la guitarra, el violín y los tambores.

Me gustó. Me gustó mucho. Disfruté de la música, la brisa y el trinar de millares de golondrinas que sobrevolaban la plaza. Parecía que también los pájaros acudían de todas partes para unirse a la fiesta y danzar sobre nosotros con sus vuelos.

Ignoro si otros días a esas horas era normal esa jauría de golondrinas, pero atestiguo que poblaban el cielo como si se tratara de nubes de estorninos en migración.

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Boceto del cuaderno de viaje de la Plaza Boujaud

                Niños jugando. Mujeres comprando los diferentes productos que vendedores ambulantes ofrecían desde sus carros: pipas, dulces, garbanzos, tortas con quesitos. Hombres también jugando, intentando colocar una rosquilla de plástico atada por un cordel al extremo de una caña, en el cuello de unas botellas.  Aguaderos vestidos de un llamativo rojo con exóticos gorros,  portaban odres de piel y guarnecían una repleta cacharrería dorada para ofrecer su agua, siempre dispuestos a fotografiarse a cambio de una propina con cuantos turistas se fijaban en ellos. Y de fondo, la suave brisa fresca acompañada de las armoniosas notas de los músicos.  Me sentí enormemente afortunado de vivir esos momentos.

Estaba próxima la hora de apertura de la mezquita, así que me encaminé hacia ella. Me descalcé al llegar a su entrada. Un hombre desde el interior se me acercó a preguntarme – ¿mousli? -. Lo tuvo que repetir varias veces hasta que entendí que me preguntaba si era musulmán. Le dije que no, que por mi educación era cristiano, pero que entendía que esa era la casa de Dios en su cultura y por ello quería orar en ella.

Me invitó a entrar. La mezquita estaba completamente vacía de personas pero repleta de alfombras. Me indicó un lugar donde podía sentarme y rezar a mi manera y así lo hice. Me senté en el suelo, crucé las piernas y puse las manos abiertas sobre mis rodillas. Cerré los ojos y sentí un gran agradecimiento por todo cuanto me había sucedido aquel primer día. Me sentía en casa.

Cuando acabé, con las piernas medio dormidas de la postura, hablamos un poco de lo que me había llevado hasta ese lugar y mis pobres planes de futuro. Se contrarió un poco cuando le explique que carecía de dinero y no conocía a nadie en la ciudad. Supongo que fue mi sonrisa cuando le dije que “Alá proveerá” lo que le llevó a invitarme a sentarme en otro lugar.

– Tú ahora aquí, espera. Nosotros ahora rezar, luego volver.

Volví a sentarme sobre la alfombra reclinando mi espalda en uno de los pilares y poco a poco, tras la conmovedora llamada del almuédano o muecin invitando a la oración, la mezquita se fue llenando de personas.

La llamada ya no se hace desde los alminares a capela, sino que los sistemas de megafonía han sustituido completamente esa costumbre que solo he observado, y me ha deleitado, en la aldea de Ouzoud.

Contemplar cómo realizan al unísono la oración los musulmanes fue todo un privilegio y un honor. Situados todos de pie en dirección a La Meca, sin dejar apenas hueco, hombro con hombro, fila tras fila, con la primera de ellas pegada a la pared oeste, presidida por el Imán o Imam, en respuesta a sus palabras, todos se inclinan poniendo las manos en sus rodillas y recitan silenciosamente sus plegarias. Se vuelven a incorporar  para poco después continuar con el rito sentándose sobre sus pies y llevando la cabeza y las palmas de las manos al suelo repetidamente tras las diferentes consignas del Imán. Todo en el más absoluto silencio y respeto. Quedé conmovido por esa práctica diaria, que realizan cinco veces al día. Mucho tiempo, pensé, dedicado a confiar en el Universo que para ellos es Alá, el Todo. Finalmente, todos de pie, se despiden mutuamente girando la cabeza a la vez. Primero a la derecha y luego a la izquierda, repitiendo en cada giro las palabras salam alaikum (la paz sea contigo).

La misma persona que me invitó a entrar, comenzó a hablar con varios hombres y en grupo se dirigieron hacia mí. Me preguntaron si tenía donde dormir, a lo que respondí que no. Dos de ellos me indicaron que los acompañase.

A no más de 50 metros había una pensión. Tras hablar con el encargado le dieron muy discretamente unos billetes doblados que no se molestó en contar ni comprobar, como si el usar dinero fuera algo impuro. Me  informaron que esa noche podía dormir allí.

Me preguntaron también si tenía hambre. Les dije que en aquel momento no, pero me señalaron una tienda frente a la pensión donde dieron instrucciones al ventero de darme cuanta comida pidiese.

Fue más tarde que al interesarme por la identidad de mis benefactores averigüé que uno de ellos regentaba la barbería frente a la pensión pero que vivía lejos de allí.

Cuando regrese a Marruecos tengo que invitar a cenar a todas aquellas buenas personas y dejaré al barbero una buena propina tras el afeitado.

La habitación era espartana, dos camas duras, tal y como es costumbre allí, entre cuatro paredes patinadas por los años sin pintura y una ventana casi pegada al techo cuya única función era ventilar, y que por cierto no realizaba demasiado bien. Tenía más aspecto de celda cisterciense que de  habitación de hotel.

Los lavabos (dos), de uso común para cuantos dormíamos en el edificio, se situaba en un patio interior, bajo un enorme y oxidado espejo centenario. Justo al lado, el retrete que hacía a su vez de plato de ducha.

Decir quiero que a lo largo de mi viaje no me he sentado en una taza  de inodoro ni dispuesto de papel higiénico más que en el hotel Ryad de Jenifra y el de Marrakech donde pase los dos últimos días con Eva. Tanto en sus bares como en las casas que me hospedaron, lo normal es una plataforma de porcelana con un agujero y una cubeta de plástico junto al grifo, que sirve a la vez para limpieza personal y retrete. Sin embargo, en ningún momento he lamentado ni sufrido demasiado esas incomodidades, más bien me han servido para valorar y juzgar, de excesivos, esos sobrecargados baños de nuestras casas occidentales.

– ¿Le pongo huevo al pan? – me preguntó el tendero tras indicarle que no comía carne. – No gracias, solo la patata cocida y un poco de aceite – respondí.

Mi predilección por la alimentación vegana no me impide saborear en un momento dado cualquier otro plato que me atraiga a pesar de que lleve carne, pero esa noche decidí que tras la especiada sopa de tomate que me había tomado no necesitaba nada más que un poco de pan como complemento sólido. Fue al cabo de dos días que descubrí que esa sopa se come prácticamente en todo Marruecos, ya que es la más popular y económica (tan solo 3 o 5 dirhams). Esta compuesta por un caldo de color rojizo que imagino le da el tomate. Contiene algunos fideos y garbanzos como tropezones. Altamente  especiada, se le suele además agragar zumo de limón. Pueden distinguirse varios sabores de hierbas como el apio, el cilantro o el perejil así como pimienta, azafrán y jengibre. Volví a degustar esa misma sopa en otras dos ocasiones en las que me encontré con otros sabores e incluso con restos de un cuello de pollo o arroz. La receta es bastante popular y  abierta a interpretaciones.

Tras la cena regresé a la pensión y acabé de subir los últimos peldaños que separaban la planta de mi habitación con la terraza del establecimiento. Estuve como veinte minutos en aquel maravilloso lugar. Frente al edificio se encontraba el bar donde esa misma tarde tomé el té a la menta y desde donde dibujé la magnífica puerta de entrada a la medina que ahora se mostraba igual de transitada. Un sinfín de peatones bajaban y subían de sus calles mientras un caos de cohes y taxis intentaba ser ordenado por unos agentes de tráfico.

Me pregunté si mi amor andaría cerca. Sabía que al día siguiente el grupo del máster visitaría las famosas tenerías donde curten y tiñen las pieles, pero ignoraba si tenían la noche libre y podían estar paseando justo en ese momento por esas mismas calles de la medina.  Al menos, durante esa tarde, un joven que regentaba un cibercafé me permitió enviarle un mensaje por facebook para tranquilizarla y explicarle que mis necesidades estaban cubiertas.

Mi primer día en Marruecos había sido maravilloso. Cerré los ojos y me deje cimbrear de nuevo por el fresco aire de la noche, recordando el vaivén que me produjo la acompasada música tradicional marroquí. Acabé las anotaciones del primer día en el cuaderno de viajes con una frase: “Gracias Universo”.


SEGUNDO DIA

Me despertó la claridad del día y mi impaciencia por vivirlo.

Dado que no llevaba reloj, ignoraba la hora exacta. Tras asearme deje la llave de la habitación al nuevo empleado que esa mañana ocupaba el reducido cuarto de la “recepción” y abandoné el alojamiento. Todos los comercios estaban cerrados. La ciudad aún no había despertado. Únicamente se escuchaban  algunos vehículos que iniciaban el reparto. Las calles, ahora sin apenas tráfico, parecían otras.

Fui caminando la larga avenida que comunica la medina con el centro de Fez saboreando el frescor matutino, viendo como jóvenes acudían a los colegios y poco a poco se reanudaba la actividad. Un hombre que empujaba un carro de naranjas, de mal aspecto pero sabrosísimas, fue quien amablemente y sin intercambiar palabras me invitó a desayunar. Llegué a la plaza donde el día anterior me dejó el abarrotado taxi, así que una vez cerciorado de la correcta ruta, emprendí mis pasos dejando atrás la ciudad para ir dirección a Marrakech.

Durante mi caminar contemple el mal estado de las infraestructuras. Edificios públicos deteriorados, farolas oxidadas, muchas aceras con daños, inacabadas o inexistentes,  que se hacían más frecuentes a la par que me alejaba del centro. Parecían estar acordes a las casas que las jalonaban o quizás era tan solo que las más lujosas se permitían su cuidado y mantenimiento mientras que otras eran abandonadas o carecían de mimos.

Me comentaron al final del viaje que muchas de esas casas que se dejan sin acabar, y de las que he podido ver en exceso como algo común a lo largo de mi tránsito por las diferentes ciudades y pueblos que recorrí, estaban así porque de esta forma están exentas del pago de impuestos a la comunidad hasta su finalización, aunque a mi particularmente, su elevado número me hace pensar que existen otras circunstancias.

¡Mira que sospechaba que era recto!, pero aquel joven me aseguró que el camino a Marrakech era girando a la derecha.

Por suerte para mí, a pocos kilómetros tuve la fortuna de que alguien hiciese caso de mi solicitud de autostop. Se trataba de Mohamed Ouzami, un trabajador de la construcción que conducía una pickup hacia su lugar de trabajo. Mi primera experiencia al subir a bordo fue un pinchazo. No sabía muy bien que me había clavado hasta que al mirar mi brazo izquierdo contemple una espina. Miré en el asiento pero aparte de un arnés no había vegetación. Me la saqué y resultó ser el aguijón de una abeja. Mohamed me señaló el lugar donde se encontraba el ahora moribundo insecto. Lamenté haberla asustado, bajé la ventanilla y la saqué del vehículo.

Cuando le comenté mi ruta para ir a Marrakech se mostró algo contrariado y me explicó que esa carretera iba hacia Rabat. Al parecer la opción preferida para ir de Fez a Marrakech en vehículo es por la costa, es decir por Rabat, Casablanca, etc. aunque eso suponga más de cuarenta kilómetros adicionales, pero yo sin embargo había elegido la ruta más corta atravesando las montañas del Atlas. Paró el vehículo al darse cuenta de mi confusión y tras indicarme el cruce donde había cometido el error, no sé si por sentirse responsable del picotazo o por simple bondad, decidió dar media vuelta, recorrer los pocos kilómetros en dirección contraria hasta donde me había recogido y hacer todavía unos pocos más hasta el cruce donde erré. Me bajé y me indicó el camino correcto.

– Tienes que ir todo recto dirección Ifrán.

Durante el breve camino que recorrimos juntos, me comentó que tenía familia en Barcelona y se alegró de esa coincidencia. Siempre pasa que si alguien vive o ha visitado una  ciudad, ya sea grande o pequeña, donde conoces a otra persona, esperas absurdamente la posibilidad de que se conozcan entre ellas. No obstante le explique lo lejos que estaba mi casa de Barcelona ciudad, pero a pesar de ello le facilité mi dirección postal por si a él o su familia quería el destino brindarme la posibilidad de devolverles el favor.

Repasando ahora los vehículos que me socorrieron en mis solicitudes de autostop a lo largo de todo el viaje, he deducido una fórmula mediante la cual se puede calcular que la probabilidad de que alguien pare es directamente proporcional a la cercanía de una gasolinera elevada  al cubo e inversamente proporcional al valor del coche que circule en la dirección correcta.

El siguiente vehículo en ayudarme en mi travesía fue un mercedes dorado. Y no, no era un modelo deportivo, por lo que se deduce…  ¡Exacto! Se trataba de otro taxi.

Fue precisamente esa mañana cuando averigüe que no importa el color del mercedes, si es viejo y grande se trata de un taxi.

En un principio pensé que se trataba de un padre y su hijo. Muy amablemente el conductor me ofreció para comer una nectarina que estaba muy dulce. Cuando recogió más adelante a un matrimonio pensé que seguían socorriendo autoestopistas, pero cuando se apeó el joven, entendí el motivo de las risas de éste cuando les explicaba al poco de subir que viajaba sin nada, nada de dinero.

Llegamos por fin a un pueblo que ahora, gracias a googel maps, he sabido que se trataba de Imouzzer Kandar, donde el taxi finalizaba su recorrido como si de un bus de cercanias se tratara.

Me sentí algo en deuda con el conductor, así que eché mano de la mochila, saque uno de los dos pares de calcetines que llevaba de repuesto sin estrenar y se los entregué. Cuando le dije que en España costaban cinco euros pareció gustarles más y los aceptó. El trueque todavía funciona bastante por esos lares.

El pueblo no parecía tener mucho que ofrecer y quería aprovechar la mañana para llegar hasta Ifrán, así que tras pedir agua para beber y callejear pocos minutos, decidí continuar mi marcha. Muchos jardines a los lados de la larga y arbolada calle que poco más adelante se transformaba en carretera.

Al igual que en Fez y como sería común en todas las poblaciones que visité, los jardines son, no solo abundantes, sino concurridos y bien cuidados. Se transforman en lugar de encuentro social, donde acuden niños a jugar, mujeres a charlar y hombres a jugar a las damas. No necesitan demasiadas infraestructuras, les basta un muro de piedra bajo para sentarse en él, colorear con hojas sobre la blanca piedra unas manchas verdes que reproducen los cuadrados negros de un tablero, y usar piedras o trozos de baldosas como piezas para jugar a las damas. Quedé absorto viéndoles jugar en Azrú, una población a la que llegaría al día siguiente tras encontrarme esa misma noche con una increíble casualidad del destino. Parecía que los primeros 5 o 6 movimientos de la partida de damas siempre fueran los mismos. Eran un rápido y continuo ir y venir de manos que apenas podía seguir con la mirada. No era hasta que se complicaba algo la apertura, que los jugadores paraban el ritmo. ¡Maravilloso!. Su técnica en el juego era tan alta como los buenos jugadores de mus o dominó en las tascas españolas.

Un profesor de árabe y francés fue quien me recogió de la poco transitada carretera. Se dirigía con su utilitario hasta Ifran, donde me dejó en manos de otro profesor que paseaba por allí. Al parecer se conocían y me presentó para que me acompañara al centro. Éste último, lo era de francés y matemáticas y accedió a mostrarme el camino que coincidía en parte con el suyo. Me explicó anécdotas de su profesión, como por ejemplo los “problemas” que suponían las nuevas tecnologías. En el último examen que realizó, vio como una de sus alumnas escondía bajo su velo, unos auriculares que conducían hasta un móvil oculto en la entrepierna. Me sonreí y recordamos juntos la evolución desde nuestras comunes antiguas chuletas de rodillo.

En Marruecos los más jóvenes ansiaban tener móvil y  ordenador. La occidentalización y la globalización llegaban hasta su último rincón. Así me lo confirmó posteriormente Eva al contarme que  en medio de una travesía por el desierto, el camellero le mostró orgulloso su móvil a la vez que le pedía agregarla como contacto en facebook.

Llegué al centro de Ifran sobre las 13’30 bastante cansado de la caminata. Me tumbé en un uno de los bancos de la plaza aprovechando la cómoda sombra de unos pinos. Pensaba en Marruecos como un país árido sin apenas vegetación, y parecía estar en plenos Alpes suizos. Unas barreras que impedían el paso al casco urbano en caso de nieve me hicieron entender lo equivocado que estaba.

Ifran es una de las ciudades más turísticas para la clase alta marroquí. Me hizo recordar a Baqueira en mi querida Vall d’Arán, aunque aquí el techado de los edificios en vez de usar  pizarra negra han optado por llamativas tejas naranjas.

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Boceto del cuaderno de viaje de las casas de Ifran

No sé el rato que dormí en aquel banco, pero resultó muy gratificante. Un joven de veinte y pocos años fue quien me despertó pidiendo una limosna para comer, recordándome así mi propio apetito.

Con renovados ánimos me dirigí hacia un restaurante cercano. Me costó muchísimo hacerme entender. Al final tras hacerles entender mi oferta de realizar alguna labor a cambio de comida, me dijeron que no tenían nada para mí. Probé mejor suerte en la cafetería de al lado, y tras un desfile de tres encargados diferentes, mi fallido ofrecimiento de trabajo a cambio de comida, acabó al menos obteniendo el regalo de una bolsa con dos bollos rellenos de chocolate.

Regresé a la plaza arbolada donde saboreé uno de ellos, guardándome el otro para más adelante. Decir que estaba rico en tales circunstancias es tan obvio como decir que a un camello le gusta el agua de una charca en pleno desierto.

Dispuesto a probar mejor suerte, me dirigí a un hotel cercano ofreciendo mis habilidades. Pero antes de llegar al hotel me encontré con Pau, cuyo nombre en árabe soy incapaz de reproducir con mi teclado.

Pau destacaba de un grupo de tres hombres, por su perfecto castellano. Se trataba de guías que aguardaban sentados junto al hotel a la espera de turistas. Tras descubrir mi nacionalidad, empezó ofreciéndome un apartamento para dormir, después se ofreció para llevarme hasta unas famosas cascadas, pero acabamos conversando sobre mi situación y de su hija de 14 años que vive en Berga (Barcelona) a la que llevaba 7 años sin ver en persona, si bien según me decía, mantenía contacto por Internet. Pau regresó a Ifran, su pueblo natal, tras separarse de su mujer catalana, profesora de física.

Al entender mi falta de liquidez, me acompañó y presentó a un empresario local para el que podía trabajar, pero el hecho de partir al día siguiente en mi ruta hacia Marrakech hacía difícil encontrar algo que le interesase para poder realizar esa misma tarde. No obstante el empresario me dijo que si no encontraba por el pueblo alojamiento y comida, confiara en él para disponer esa noche de cama y alimento.

No existían apenas más lugares donde ofrecer mis servicios, así que ante una corta e infructuosa búsqueda, decidí seguir el consejo de Pau y visitar las cascadas.

Pau me acompañó hasta las afueras de Ifran y me mostró el parque donde da inicio un sendero de pocos kilómetros que llevan hasta ellas. Niños riendo, saltando y bañándose en una gran charca natural, familias sentadas en alfombras junto a su burro haciendo pic-nic. Todo el paraje estaba cubierto de una frondosa sombra que acompañaba el discurrir de un ancho riachuelo. Grandes árboles retorcidos. Piedras cubiertas de musgo. Agua por doquier. Sonido de aves. Deambular de guías que llevan sobre su engalanado caballo a turistas locales y extranjeros sorprendiéndoles e introduciéndoles en las charcas y remansos del río. El paseo por esa parte del que ahora se que se trataba del Parque Nacional de Ifran me transmitió la sensación de que ése era uno de esos trocitos de la tierra en los que uno se puede sentir como en el paraíso.

Sentí que los cientos de años de gente disfrutando de esa naturaleza habían cargado el lugar de una mágica energía positiva,  a la que si uno se muestra receptivo, puede percibir esa armoniosa fuerza que lleva a un sentimiento interior de gozo difícil de describir.

No es en absoluto que en nuestro país no tengamos sitios como ese, todo lo contrario, pero creo que la perspectiva de su belleza está en nuestra capacidad de percibirla. A menudo suelo embobarme y distraerme con la cámara de vídeo, de fotos o el móvil para compartir y recordar (no se cuando) la belleza del lugar. O peor aun, me pongo a pensar en las tareas pendientes o en problemas por resolver y eso me impide apreciar la belleza gratuita que justo en ese mismo momento me da la naturaleza.

Necesitaba parar mi mente, quitarle importancia a todo lo que no era percibir mi entorno, centrarme en el presente, y experimentar lo que me ofrecía el exterior, llenarme de esa sublime energía. Por último, saborear la miel de dátil que me ofreció a catar un vendedor, colmó mis sentidos.

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Boceto del cuaderno de viaje del remanso de una cascada en Ifran

 

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Boceto del cuaderno de viaje de una cascada en Ifran

Regresé a Ifran, pero no pude localizar a Pau ni al empresario que me ofreció alojamiento y comida. Un amigo suyo, que también me presentó esa tarde, siempre sonriente y servil, sordomudo, y que sobrevive vendiendo cigarrillos sueltos a un dirham (dos si es de marca), intentó infructuosamente ayudarme a buscarlo por todo el pueblo y hacerme finalmente compañía en la espera.

Oscurecía y empecé a sentirme cansado y desanimado, así que pregunté a la dependienta de un comercio si sabía de algún sitio donde me pudieran dar cobijo esa noche. Me indicó que me dirigiera a la mezquita, y así lo hice.

Me dirigía por una calle hacia la mezquita cuando un coche me pitó repetidamente a la vez que un brazo y una cara sonriente asomaban por su ventanilla derecha gritando mi nombre

  • ¡¡Carmelooo!!

Tardé un poco en reaccionar y darme por aludido. No podía creer que alguien por aquellas tierras pudiera conocerme. Finalmente reconocí aquella cara sonriente y se me llenó el corazón de sorpresa. El acompañante del conductor era Luciano. No podía dar crédito a aquella casualidad. ¿Cómo me vio? ¿Qué hacía él aquí?  Conducía su cuñado y atrás iban su mujer Yamna, su hija Caterina, la hermana de su mujer y una sobrina. Al parecer habían alquilado el coche para celebrar su regreso y habían cenado en un restaurante de esa localidad. Luciano se preocupó enseguida por si tenía sitio donde dormir esa noche y si había comido algo desde que me dejó en aquel cruce de Fez. Lo tranquilicé y le dije que no tenía porque preocuparse.

  • Bueno, pero mañana vienes a mi casa ¡eh!. Tu sigue la carretera hacia Marrakech y llegarás a Azrú donde yo vivo, busca el centro del pueblo, allá hay un hostal que tiene dibujado un árbol, un Cedres, se llama así Cedres.
  • ¿Cedro? – le indiqué la posibilidad.
  • Sí eso es, cedro. Tu espérame allá que yo iré a buscarte.

Insistió en darme de nuevo 20 dirhams, pero esa vez estaba determinado a rehusar su ayuda monetaria. Cuando le explique que ya me tome el té a su salud y que el resto se lo di a una mendiga en Fez se mostró algo contrariado y me informó de que le había dado demasiado y que lo acostumbrado para los mendigos era darle tan solo uno o dos dirhams.

Nos despedimos y continué andando hasta la mezquita.

El ambiente frente a la mezquita no tenía en absoluto nada que ver con las desiertas calles del mediodía, ahora bullían de actividad y todos los comercios, restaurantes y un concurrido mercado estaban rebosantes de ajetreo. Ignoro si era común a esas horas todo el año o bien era porque se preparaban para la festiva vida nocturna del próximo Ramadán.

Acabada la oración tras la puesta de sol, interrogué  a uno de los fieles que salía de la mezquita por la posibilidad de dormir allí. El hombre habló con otros feligreses explicándoles mi petición. Se me acercaron preguntando si lo que quería era dinero para un hotel a lo que respondí que no, pero si podía dormir allí mismo si me dejaban o en cualquier otro sitio cubierto. Negaron con la cabeza. – Aquí no es posible. – Me dijeron. Finalmente, la misma persona a quien me dirigí por primera vez, se llamaba Muleidris, me tomó de la mano y me invitó a acompañarle. Lamenté profundamente la falta de un fluido francés para comunicarme con él con mayor facilidad. Me llevó hasta uno de los restaurantes próximos y dado que le dije que no había cenado, le indicó al propietario del establecimiento que necesitaba comer.

No sé muy bién si pagó Muleidris, si me invitó el propietario del restaurante o si cargó la cuenta a la mezquita, pero quedé agradecido por la ensalada muy completa con arroz, patatas, maíz, zanahoria, remolacha… y un pan. Me guardé la mitad del pan para más adelante, junto con el bollo de chocolate. Estaba engordando. ¡Ah! Y por supuesto un té verde con menta.

Entre tanto Muleidris regresó a otra oración en la mezquita y al rato volvió para acompañarme de nuevo.

Llegamos caminando y casi a oscuras a su humilde pero acogedora casa. Estaba visiblemente todavía más cansado que yo. Su edad avanzada, rondaría los 70 y su buena panza hacía que sus pies se cansaran más de lo aconsejable, pero aun así, se desvivió por darme toda la hospitalidad posible. Me ofreció un cuenco con aceite de oliva y partió un pan para mojar en él, todo ello acompañando por supuesto de un té a la mente, del que repetimos varias veces hasta acabar la tetera. El sabor del aceite era comparable a los de mejor calidad que he probado en España.

La habitación principal de la casa era justo aquella en la que nos encontrábamos. Todas las paredes estaban cubiertas por cortinas y disponía de cuatro largas banquetas mullidas y ricamente tapizadas, al igual que los cojines. Las banquetas sustituyen a nuestros occidentales sofas y abrigaban rodeando casi por completo la mesa central. No había más muebles, tan solo un par de cuadros y una gran alfombra que cubría el suelo de la estancia. Una de sus hijas fue la que se levantó de la cama y nos atendió. Sintió gran curiosidad por mi presencia y le ofrecí la oportunidad de practicar el incipiente inglés que estaba aprendiendo. Me mostró el lavabo, y el interruptor de la luz que estaba en la contigua cocina. Dos cuartos más eran los dormitorios que completaban  la vivienda. Arropado con una de las mantas que me ofreció, tumbado sobre una de las cómodas banquetas, no tarde ni medio minuto en quedarme dormido. Muleidris tampoco tardaría demasiado pensé. A la mañana siguiente le dejé continuar descansando, agradecí a su mujer la hospitalidad y me fui muy temprano.

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Boceto del cuaderno de viaje detallando la casa de Muleidris

 


TERCER DIA

Abdelazz Elhachami fue quien esa mañana me recogió en su vehículo cuando llevaba pocos kilómetros caminados desde Ifran. El largo desvío que dio para llegar a Azrú fue interesante ya que me llevó por un camino rural hasta un manantial, imposible de descubrir sin guía. Bebí una reconfortante agua cristalina y fresca que manaba de unos caños. Él por su parte llenó unas botellas que después entregó a su familia al llegar a una casa en una pradera entre montañas. Deduje por los corrales con ovejas hechos de piedras que se dedicaban a la ganadería.

Desde allá fuimos descendiendo hasta un pueblo bastante grande que se extendía más y más desde la ladera de una montaña, era Azrú, o Azrou en francés, y que significa piedra en el idioma bereber. Debe ser por ello o a causa de ello que existe una gran piedra en el centro de la ciudad de unos 20 metros de altura, con una gran corona real esculpida en metal en su parte superior y un parque a sus pies.

Dibujaba la plaza del casco antiguo de Azrou cuando una mano me tocó el hombro. Un abrazo como de hermano me hizo sentir que Luciano también era consciente que nuestro reencuentro había sido algo más que casualidad. Caminamos hacia su casa entre calles repletas de comercios. Me presentó a su suegro que regentaba una barbería, un héroe del que me contaba que con tan solo 20 dirhams al día había sacado adelante a sus nueve hijos. Un poco más adelante se encontraba la casa de sus suegros, pintada de un vivo color lila que contrastaba con el llamativo verde manzana de las rejas de las ventanas. En sus bajos se ubicaba la tienda de ropa  de la que se cuidaba su suegra.

Llegamos a su casa, de las pocas que sobrepasaba las dos plantas. Relativamente nueva y moderna. Los bajos eran locales para comercios pendientes aun de ocupar, la primera planta la utilizaba como consulta un dentista y ellos vivían en las otras dos. Me volvió a presentar, ahora debidamente, a su mujer Yamna, bastante más joven que él, muy guapa y siempre con una sonrisa en el rostro. Hablaba, al igual que su hija Caterina de siete años, un correcto italiano por lo que fue  bastante sencillo entendernos.

Luciano me mostró la habitación donde descansaría esa noche. Imaginé por los peluches que era el cuarto donde dormía su hija. No tenía muebles, tan solo algunas cajas con pertenencias varias y un colchón apoyado a la pared. Dejé la mochila y me enseñó el resto de la casa consistente en una habitación que hacía a la vez de dormitorio y comedor. Los únicos muebles existentes eran la mesa, unas sillas y una estrecha librería donde se ubicaba la televisión. Aparte de eso, solo recuerdo el armario del recibidor donde guardaban la ropa. El lavabo era parecido al de la casa de Muleidris o al del hospedaje en Fez, con su plato de cerámica que hacía la vez de ducha y retrete, y el grifo a muy baja altura con la cubeta de plástico para limpieza y aseo. En el piso superior se encontraba una reducida cocina que daba acceso a la amplia terraza con la omnipresente antena parabólica que, como en casi en todas las localidades marroquíes, adornan los tejados como si de champiñones se trataran.

Para desmitificar que la parabólica no se trata de ningún lujo, hay que entender que esa es la única forma que tienen de sintonizar la televisión, pues no existe una red de repetidores para poder ver los canales como nosotros.

Desde la terraza se divisaba perfectamente los diferentes y numerosos barrios que forman la ciudad y de los que Luciano me instruía señalándolos. Aquella vista me enamoró, y a falta de cámara fotográfica, esa misma tarde buscaría tiempo para dibujar en el cuaderno un boceto que me recordara esa maraña de casas que alfombraba la ladera de la montaña. Lamenté no llevar colores con los que plasmar toda esa paleta de fachadas. Amarillos, grises, rosas, verdes, morados… en una cascada casi incontable de edificios, así que cuando llegó el momento, no pude resistirme a experimentar colorear alguno con el zumo que unas cerezas había dejado en mis dedos. Mala idea.

Y pensar que como esa, se pueden considerar la mayoría de las viviendas típicas de la clase media marroquí… Eso me hacía replantear nuestra obsesión occidental que nos impulsa a reproducir, cada uno a su escala y según sus posibilidades, los magníficos y confortables hogares que nos muestran en revistas, cine y televisión, repletos de tantas cosas innecesarias y a la vez imprescindibles para sentirnos a la altura. ¿A la altura de…?      Imagino que en nuestro subconsciente tenemos grabado a fuego publicitario tantas y tantas imágenes de cosas innecesarias acompañadas de una sonrisa, que hemos acabado convencidos que para ser felices y también sonreír necesitamos poseer todas ellas.

Me contaba mi anfitrión porque estaba en Marruecos. Había llegado por primera vez hacía 20 años. Viajaba desde Italia acompañado de un amigo, una amiga y su inseparable guitarra, con la mochila a la espalda como yo y viviendo de lo que les salía conforme viajaban.

Tres meses estuvieron dando tumbos por todo Marruecos. Su relato me produjo cierta envidia y después me atrapó la curiosidad por lo que contaba sobre el estilo de vida que llevaban. Creo que eran bastante canallas y que sobrevivían más del pillaje y el “ya te pagaré” que del trabajo y el intercambio.

Yamna se ofreció a lavarme la ropa, así que le dí la poca que había usado y Luciano me invitaba a asearme en una Hammam próxima, pero preferí postergar su invitación para el día siguiente; me atraía más su compañía.

Mientras su mujer hacía las labores de la casa y preparaba la comida, Luciano me invitó a acompañarle junto a su hija a casa de su cuñado. Caterina no se separaba un momento del lado de su padre. Tras varios meses fuera, ahora lo quería y reclamaba en exclusiva para ella. Me enteré que dentro de tres días, aprovechando las vacaciones escolares de Caterina, los tres se irían a una casa que tienen en Avezano, una ciudad al norte de Roma. Intentaría allí encontrar algún trabajo en el campo para ganar algo de dinero hasta Septiembre, mes en que regresarían a Marruecos para que su hija empezara de nuevo el colegio.

Me explicaba que echaba de menos su guitarra. No la había traído para ahorrase la facturación y porque regresaría en  pocos días. Era su pasión y la necesitaba tocar cada día. Le insté para que desarrollara ese don si consideraba que lo tenía. Para reconocer un don, tan solo hay que darse cuenta de con qué se disfruta sin mirar el reloj y sin esperar recompensa. Otra cosa es encontrar la forma de explotarlo.

Luciano, sin embargo había basado su jornal buscando trabajo siempre en el campo, recogiendo olivas en Granada, fresas en Huelva, cebollas en Italia o uva en Francia.  Por ello le invité a venir a nuestra casa en Barcelona, allí podía recorrer la turística costa y trabajar actuando en hoteles, campings o restaurantes. Hasta actuando en la calle se podía sacar buenas propinas, pero tan solo se mostró realmente interesado cuando le dije que también preguntaría en algunas bodegas que conocía en la comarca del Penedés por si necesitaban gente en septiembre para la vendimia.

Llegamos a casa de su cuñado, la más moderna y occidentalizada que he visto en todo mi viaje. Vivía en un bloque de pisos no muy alto, pero su vivienda era, en comparación a lo visto, enorme. Con varias habitaciones, toda alfombrada y llena de muebles, hasta disponían de un aseo completo, ¡con taza y todo! Parecía que destacaba de la clase baja. Era natural de Arabia Saudí, y como Luciano, quedó prendado en una visita de la belleza de las hijas de Azrou. Cometí, al ser presentado, el grave error de besar en las mejillas a otra hermana de la cuñada. Luciano me advirtió en privado.

  • Cuidado Carmelo, aquí a las mujeres no se les besa, es una ofensa al marido.

Mis sinceras disculpas y arrepentimiento por mi ignorancia fueron aceptadas con una sonrisa y una explanación mientras agregaba:

  • Con mi mujer no pasa nada porque está acostumbrada de Italia,es casi occidental, y con mi cuñada… bueno, ella aún no está casada, así que tampoco es demasiado grave, pero recuérdalo en el futuro.

Ahora entendía aquel sonrojo de la chica y la atracción que para ella podía suponer esas osadas costumbres extranjeras. Tomé buena nota y me guardé muy mucho de mostrar afecto a la mujer de nuestro anfitrión cuando más tarde me fue presentada, la mano al pecho y una inclinación de cabeza era lo correcto.        Por la densa barba y lo poco que hablamos en un perfecto inglés, el cuñado de Luciano me pareció ser fundamentalista, cosa que se contradecía con su profesión, y así se lo manifesté. Pendiente del ordenador portátil, con toda la pantalla repleta de tablas gráficos y números, no me costó adivinar que era un broker inversor. Tuve valentía como para reprocharle que especulaba con dinero y que eso era capitalismo puro y duro.  Sin embargo se sonrió, parecía justificar que si el capitalismo facilita una buena vida, es compatible con el empobrecimiento que esas prácticas provocaban en la sociedad. Comprar todas las manzanas a un buen precio, para luego, siendo el único que tiene manzanas, ofrecerlas a la necesitada demanda por el doble de lo pagado por ellas, seguía siendo el robo legal por excelencia en nuestro sistema mercantilista occidental; y ahora, comprobaba con mis ojos que hasta era legitimado por un árabe fundamentalista. No obstante, el broker debía ser amateur, ya que no opuso ninguna objeción a dejarme el ordenador para enviar un mensaje por facebook a mi amor, Eva, y decirle que seguía mi viaje sin problema alguno; cosa impensable para un auténtico broker que en esos segundos podía perder la oportunidad de comprar una buena oferta o vender algún chollo comprado anteriormente  a mejor precio.

Llenaron la mesa de aperitivos, huevos revueltos, atún escabechado, ensalada muy picada, aceite de oliva, pan… y té a la menta, por supuesto. De nuevo respiré la sincera hospitalidad de aquellas gentes y calmé mi pobre apetito, controlando además la saciedad, ya que no podía dejar de pensar en la mujer de Luciano que debía estar esperándonos con la comida preparada. Sin embargo no pude apreciar en Luciano ninguna preocupación al respecto, es más, cuando nos fuimos de la casa de su cuñado, todavía quiso dar un paseo por un camino que ascendía la cercana montaña hasta los pies de un olivo, donde se lió un cigarrillo con hachís.

Reconoció disfrutar siempre que podía de aquellos pequeños placeres de la vida aunque yo decliné su oferta de acompañarle en la experiencia explicando que hacía 20 años que deje de fumar y que no deseaba reanudar esa costumbre.

La sonrisa de Yamna no dejó mostrar ningún inconveniente por nuestro, a mi parecer, largo retraso, y tras la comida decidí dejarles un poco de la intimidad, necesaria y merecida tras la ausencia de Luciano, e irme solo a dar un paseo por la ciudad.

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Boceto del cuaderno de viaje de la plaza Du Centre de Azrú

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Boceto del cuaderno de viaje de las vistas de un barrio de Azrú desde la terraza.

            De las muchas imágenes que lamento no haber reproducido para el recuerdo, una de las más bellas e impactantes fueron los árboles verdes vestidos de alas blancas del jardín Ennour, junto a la mezquita alta de Azrú. Millares de pájaros blancos como cacatúas llenaban sus ramas haciendo predominar el blanco uniforme de su plumaje sobre el verde follaje. Son pájaros parecidos o emparentados con los picabueyes según me enteré con posterioridad, pues se alimentan de los parásitos de las vacas, y a esas horas, parecían acudir a reunirse en aquel parque como si lugar de cita obligada se tratara.

Cerca de esos árboles, pero alejados de su peligrosa sombra repleta de excrementos, fue donde encontré a los jugadores de dominó, y un poco más allá la imponente roca coronada que daba nombre a la ciudad.

La gente allí no suelen estar en casa más que para lo necesario, comer y dormir. La vida social fuera del trabajo acontece en las calles y parques públicos o en la terraza de los bares y tiendas, alrededor de una mesa con un té a la menta. Agradecí pasear pudiendo saludar y mirar a los ojos a los transeúntes, algo harto difícil en nuestra sociedad en la que andamos cabizbajos tecleando nuestros móviles, sin prestar atención a quien tenemos enfrente por el absurdo sustitutivo de mantener un constante contacto social virtual. Me alegré de haber dejado el móvil en casa, y lo recomiendo al viajero ya que así se tiene la oportunidad de saciar nuestra necesidad de compartir con quien realmente tenemos delante y nos puede enseñar algo diferente y enriquecedor.

Esa noche no me dejaron prepararles la tortilla de patatas como me había comprometido por la mañana, en aras de hacerme degustar una original pizza italiana preparada deliciosamente por Yamna. A cambio regalé a Caterina un repertorio de pequeños trucos de magia que, nunca mejor dicho, la encantaron, llamando a todos sus amigos de la calle para que los repitiese ante ellos. Lamenté no ser más hábil haciendo desaparecer pañuelos o cambiando objetos de un bolsillo a otro, pues aquellos jóvenes son mucho más espabilados que en España y no puedes repetir el mismo truco dos veces sin que se percaten del engaño. ¿Será que están acostumbrados a prestar atención a las personas que tienen delante en vez de al móvil o a la consola? Lo ignoro, pero me alegré de que fueran capaces de reírse y jugar entre ellos por las calles, y deseé con todas mis fuerzas que tarden en “occidiotizarse”.


CUARTO DIA

La Hammam fue esa mañana toda una grata experiencia. Luciano pagó los 10 dirhams que cuesta la entrada. Los baños árabes en los que había estado en algunos de los balnearios españoles poco tienen que ver con la cotidianidad del aseo marroquí y el aspecto de aquellos edificios viejos y espartanos, ennegrecidos en su exterior por el continuo humo de la leña con que calientan las calderas. Normalmente compuestos de 3 o más salas de baños, conforme te adentras el calor va aumentando sin llegar a ser sofocante. Un par de cubos para coger de los grifos agua caliente o fría, una cubeta para derramarte el agua encima, una pastilla de jabón y una manopla rasposa son los elementos indispensables para un correcto baño. Las salas eran oscuras ya que únicamente estaban iluminadas por un pequeño ventanuco de cristal en sus cúpulas. La bañera es el suelo enlosado y el agua usada corre por la débil inclinación hacia los canalillos que la recogen de las cuatro paredes. Normalmente se conserva el calzoncillo o bañador por ser estos baños también frecuentados por niños, y en ellos se pasa de una a varias horas, en las que además de lavarse, se suelen afeitar la cara, el cuerpo o ambos. También es normal el ofrecimiento mutuo para dar un fuerte masaje exfoliador en la espalda, aunque tras ver la dureza de estos, preferí declinar una invitación que me hicieron cuando en Marrakech repetí esa fantástica forma de aseo en sociedad.

Salí de la Hammam encontrándome pletórico y listo para el camino. No quise entretenerme y decliné el ofrecimiento de Luciano para quedarme a comer con ellos, prefería caminar con la fresca de la mañana. Me acompañaron los tres hasta un bar donde desayunamos una de esas tortas cuadradas y un té. De allí fuimos hasta el cruce de la carretera, me despedí con un sincero abrazo de gratitud y tomé el camino a Marrakech sin mirar atrás.

Luciano y su cuñado me alentaron a que visitara las fantásticas cascadas de Ozoud. Me enseñaron un vídeo que grabaron de ellas con su móvil y me acabaron por convencer de su obligada visita. Aquí es donde el Universo volvió a jugar con los errores para conducirme por otras rutas hacia un destino imprevisto.

Aquel marroquí que me recogió haciendo autostop y que según me dijo hacía en solitario turismo por Marruecos tras 20 años de ahorrar dinero trabajando para las petroleras de Libia, insistió que a las cascadas se llegaba tomando un desvío a la izquierda antes de llegar a Jenifra (Khenifra en francés). Supuse que las indicaciones del cuñado de Luciano las entendí mal, así que acabé por hacerle caso y me apeé al llegar a aquel cruce.

El astro sol empezaba a calentar lo suyo, así que decidí no caminar por una carretera tan poco transitada y pensé que era mejor esperar en la intersección de carreteras, bajo la sombra de un árbol, a que otra nueva alma caritativa me llevara en autstop hacia mi destino.

Casi paró un autobús con el techo repleto de jóvenes que me invitaban a subir con ellos pero incomprensiblemente decliné la invitación indicándoles que no parasen y que continuaran. Diez minutos más tarde, me recogió una furgoneta que posteriormente deduje  había sido alquilada y pagada por una pareja de turistas árabes que iban sentados atrás, aunque esa vez si le dejé muy claro al conductor antes de subir, dónde iba y que carecía de dinero para pagarle.

No tardamos mucho en alcanzar al autobús con el techo cargado de chavales. Les saludé mientras les adelantábamos en un repecho de la montaña. Parecía que la empinada subida le ganaba la partida a la potencia de aquel viejo motor, que a juzgar por el humo del tubo de escape, quemaba igual cantidad de aceite que de gasoil.

Llegamos al final del trayecto. Un buen número de vehículos iban llenando una explanada junto a la cual se formaba una pequeña playa creada por el remanso del río donde algunos jóvenes se adentraban a refrescarse. No me costó encontrar en el lateral derecho, a contra corriente, el camino que llevaba a “la cascade” Hasta esa misma tarde no entendería que tipo de poblado era aquel. Un sin fin de chozas formadas por cuatro postes de madera que soportaban los grisáceos techados hechos de ramas, acompañaban en su discurrir al río. Erróneamente pensé que se trataba de una tribu bereber que vivían allí, pues dentro tenían alfombras. Algunas eran comercios que vendían bebidas y frutas, y las mujeres barrían el polvo y cuidaban de sus interiores. La foto era de postal, pero dibujaría esas imágenes más tarde. Quería llegar primero hasta las cascadas.

Poco antes de llegar a ellas, unos viejos tablones mal sujetos hacían la vez de puente-peaje. Como en la edad media, estaba custodiado por dos jóvenes que reclamaban a cambio de su uso un par de dirhams y a punto estuvieron de hacerme vadear el río por la otra orilla, única alternativa gratuita. Finalmente, cuando ya me veía portando mi ropa sobre la cabeza, entendieron que mi intención no era burlar el pago y que la falta de dinero era sincera, accediendo con una sonrisa a que hiciese uso de aquella improvisada infraestructura, destacando lo de infra.

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Boceto del cuaderno de viaje de la cascada en el río Um er-Rebia

            Cuando vi la cascada, entendí que aquel salto no tenía nada que ver con los imponentes torrenciales del vídeo que me mostraron, pero sin embargo me alegré de haber llegado hasta ese lugar. Era extraño que aquella agua turbia fuera la misma que solo unos cientos de metros más abajo  se veía limpia y pura. El salto de agua formaba una poza algo profunda que permitía el baño a una docena de personas, no  muchas más. A aquellas horas, todavía tempranas, tan solo estaban dos parejas. Reconocí a una de ellas. La tarde anterior les había visto en Azrú mientras veía con Luciano el partido eliminatorio que enfrentaba a España y Chile para la clasificación del mundial de fútbol en Brasil. Estábamos sentados en la terraza de un bar tomando para variar un delicioso café expreso. La selección de Chile jugaba con una energía y estrategia que la española no sabía o podía contrarrestar. Fue curioso cuando tras perder el partido España, todos los que se dieron cuenta de mi nacionalidad me miraban intentando consolarme o esperando que me sintiera mal.

Aunque disfruto jugando… Perdón, mejor decir que disfrutaba jugando de chaval, y me gusta ver algunos partidos de nivel, pues de lo contrario me encuentro algo desplazado a la hora del almuerzo sin poder comentar nada con el resto de tertulianos,  me cuesta sentir ese apego a un equipo como los hinchas. Al igual que me cuesta sentir el nacionalismo que tienen por su país algunos amigos catalanes u otros españolistas o de los que defienden la Unión Europea  vallando sus fronteras con alambres de púas.

Soy un bicho raro. Será que en mi ADN se han borrado los aminoácidos que generan las hormonas activantes de esos miedos que nos hacen refugiarnos en una tribu, ya sea de un club de futbol, de una comunidad de vecinos, de un país o el way of live de  moda. Supongo que puede ser debido a mi predisposición a la crítica. No acepto las malas conductas vengan de donde vengan, y me hace sentir mal las religiones, los partidos políticos, las ideas extremistas que ciegan a sus seguidores impidiendo que critiquen las malas acciones cometidas por sus dirigentes y fieles bajo pena de exilio. Como no tengo el problema de sentirme aislado, disfruto de la vida lo mismo solo que en compañía, aunque siempre me siento unido a todos esos millares de personas anónimas que en todo el planeta les guía la buena fe y las buenas obras. A ratos claro. Como a mí.

A estas alturas de mi vida no me someto a tribu alguna por muy buena oferta que me hagan. Cómo diría Groucho Marx: No me gustaría pertenecer a un club que aceptan a gente como yo.

Pero volviendo de mis filosofadas al relato del viaje. Fue en la terraza de aquel bar donde me llamó la atención la presencia de aquella pareja, evidentemente occidental, en un rincón tan poco atractivo y alejado del turismo como aquel lugar en la periferia de Azrú.  Y allí estaban de nuevo, descalzándose para bañarse en aquellas turbias aguas bajo el estruendoso salto que obligaba a gritar más que hablar. Eran franceses, de Lyon, y viajaban por todo Marruecos durante un mes acompañados de la otra pareja, que al parecer eran nativos del lugar y se dedicaban  a hacer de guías para turistas. Paradójicamente era mejor el inglés de su guía, de nombre Ismail que el de los franceses. Ismail me sacó unas fotos con su cámara y se ofreció a mandármelas por correo electrónico, aunque a fecha de hoy lamentablemente todavía no las he recibido.

Le comenté al gabacho que la noche anterior les había visto en Azrú. Me reconocieron también, y tras consolarme innecesariamente por la eliminación de España al perder el encuentro, me informaron que se alojaban en esa ciudad y que regresarían a ella después de comer. No dudé en solicitar añadirme a su transporte para que me dejaran de nuevo en el cruce de la carretera a Jenifra, a lo que aceptaron.

Me había ya refrescado suficiente metiéndome hasta las ingles en aquella gélida agua. Acabé de dibujar el boceto y volví impaciente de regreso para dibujar aquellas chozas abiertas que serpenteaban junto aquel río que ahora se que se llama Oum er-Rbia. El segundo más largo de Marruecos según la wikypedia, con 600 Km que discurren desde el Medio Atlas, donde yo me encontraba, hasta su desembocadura en el Atlántico, en la localidad Azemmour.

Buscaba el mejor lugar para conseguir un buen encuadre de la imagen, pero debido al incipiente mediodía, debía además refugiarme en una sombra, así que un solitario árbol entre el sendero y el cauce me ofreció la comodidad y la protección solar para sentarme un buen rato.

Dibujar nunca ha sido una pasión habitual en mí, y menos un talento natural, pero a pesar de ello me gusta, porque me ofrece la posibilidad de concentrarme en los detalles de lo que veo, en las formas, sus sombras, sus detalles. Y con esa dedicación en plasmar lo que me rodea, mis pensamientos acaban absortos en el presente, transformando el tiempo, haciendo que éste sea más corto a la vez que más intenso que apretando el botón de la cámara de fotos. Aquel paisaje me recordaba mi Lleida natal con esas montañas tan parecidas a las que hay cercanas a Balaguer o la Pobla de Segur en el pre-Pirineo catalán, con paredes calcáreas de corte vertical donde se observan perfectamente los diferentes estratos que el tiempo fue depositando previo a su emerger marino.

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Boceto del cuaderno de viaje del entorno del río Um er-Rebia

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Boceto del cuaderno de viaje. Chozas junto al río Um er-Rebia

Si algo aprendí en mi viaje a Marruecos es que no hay que impacientarse nunca y hay que estar abierto a las nuevas oportunidades del destino. Citando al escritor y viajero Paco Nadal, recuerdo con una sonrisa su definición de ponerse en marcha: “ponerse en marcha significa ceder el control de los acontecimientos a un director de orquesta llamado azar que va abriendo y cerrando puertas a su antojo”.

             El azar, quiso en mi caso, que un perfecto desconocido llamado Mohamed Atmani se acercara para preguntarme que hacía allí. Así que, tras una breve explicación de mi situación, no dudó en preguntarme si había comido e invitarme a su “mesa”. Gracias a eso aprendí que aquellas chozas no eran viviendas sino  sombras que los lugareños cuidan y alquilan a las numerosas familias que acuden a disfrutar de la fresca que ofrece el discurrir del río. Atmani trabajaba como radiólogo en Casablanca y ahora, ya jubilado, disfrutaba de unas vacaciones en aquel lugar con su anciano y venerado padre, su mujer y sus tres hijos. Me invitó a sentarme en la gran alfombra que ocupaba todo el reservado techado junto al río e hizo las presentaciones. Explicó en su idioma a su padre el motivo de la presencia de aquel inesperado comensal que era yo, y como a uno más de la familia, me ofrecieron cuanto llevaban. Pan, aceite, tajín de ternera y diferentes frutas llenaron el centro de la estancia. Estuve tentado de comer un trozo de carne tras probar con el pan el suculento sabor de la salsa del guiso, pero preferí seguir fiel a mi respeto por los animales y me conformé con el abundante acompañamiento de verduras y algo de fruta.

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Esa fue otra de esas muchas “casualidades”, que sin yo buscarlas, colmaron mis expectativas a lo largo de mi viaje. La siguiente no tardó mucho en ocurrir.

Tras la comida y unos juegos de manos infructuosos a sus espabilados hijos, me despedí pronto para no perder el coche de los franceses. Ignoraba a qué hora se referían con “después de comer”, así que empecé a impacientarme cuando pasaron de las cinco de la tarde. El chico que se ganaba las propinas aparcando coches se interesó por mi larga espera, hasta que me pude hacer entender explicándole que esperaba un transporte hasta el cruce de la carretera a Jenifra.

Sentado a la sombra en una piedra, me sentía identificado con la imagen que tenía Eva de muchos marroquíes  que según me contaba de su anterior viaje a Marruecos: “Los ves a todos en las calles, en las carreteras,  sentados… sin hacer nada… ¡Yo no aguantaría estar tan desocupada!”. Y allí estaba yo, viendo pasar el tiempo, como canta Ana Belén a la Puerta de Alcalá, sin nada que hacer, excepto fijarme en todos los detalles que ocurrían a mi alrededor. Intercambiaba sonrisas con algunos, breves charlas con otros, hasta que, apresuradamente el chico aparcacoches me llamó con urgencia para que le acompañase. Me señaló una camioneta con cinco jóvenes de pie en su parte trasera mientras me indicaba que iban a Jenifra.   Como le había advertido a Ismail, por si me recogía alguien antes, que si no me veían no me esperasen, no dudé en subirme a la caja. Me preocupé al principio al ver que tomábamos un camino diferente de por el que llegué esa mañana, pero cuando tras el empinado ascenso nos adentramos en los frondosos bosques de cedros y serpenteamos por sus altas praderas salpicadas de agua y fauna por todos lados, agradecí el retraso de los franceses que me brindó la oportunidad de disfrutar de ese precioso y remoto paisaje. Atravesamos así, agarrados durante dos horas a las vayas laterales de la camioneta, todo el Parque Nacional Aguelma Azigza que corona esas montañas hasta llegar a la población de Jenifra.

De nuevo lamenté de no poder charlar con fluidez con aquellos jóvenes que al parecer se habían acercado para pasar un día de campo y un baño refrescante  como antaño lo hacía yo. Ahora regresaban a sus casas. Justo entendieron que viajaba sin dinero y que no conocía a nadie en esa ciudad. Uno de ellos me ofreció dormir en su casa.

Nos bajamos todos al llegar a un cruce, agradecí el transporte y nos despedíamos. Pero mientras hablaba con el conductor, el que iba a ser mi anfitrión desapareció. Y no entiendo cómo, pero tampoco me preocupé. El no tener planes es lo que tiene, conforme desaparece uno aparece otro.

Los que quedaron me señalaron una calle que cruzaba el río para llegar al centro de la ciudad y dado que no aparecía aquel amable joven, me puse en camino dispuesto a descubrir qué me ofrecería aquel lugar.

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Boceto del cuaderno de viaje realizado de memoria del recorrido por el Parque Nacional Aguelma Azigza.

            Empezaba a notar los efectos del sol en mi desprotegida cara. Subido en aquel vehículo, con el astro rey de cara y el aire refrescando la piel, me habían pasado inadvertidas las adversas consecuencias de una larga exposición a sus radiaciones.

El río, a su paso por Jenifra recuperaba el color terroso de la cascada, aunque su caudal era muy superior. De esta manera parecía querer combinar su color con los ocres del terreno y los rojizos de las construcciones que allí se levantaban. Paseé por las calles donde artesanos habilidosos hilaban finas cuerdas que usaban para coser con resistencia los tapizados de aquellas largas banquetas que dos días atrás me sirvieron de cama.  Las calles estaban llenas de actividad, tanto de comercios como de vehículos y personas. Acabé sentándome  en un banco junto al parque que se extendía en paralelo a lo largo de una transitada avenida, donde al poco se sentó a acompañarme un lugareño que se interesó por mi presencia. Hablaba un inglés más fluido que el mío y un aceptable castellano y resultó ser un viajero de cuidado. Había estado trabajando en Alemania, cinco años en Estados Unidos, había recorrido México y Sudamérica y otros tantos países que no recuerdo porque no los anoté. Ahora estaba jubilado y de regreso al lugar que le vio nacer. Fue la única persona con la que hablé en mi viaje que realmente me desagradó y me turbó. No paraba de advertirme de lo peligroso que era lo que estaba haciendo y de que tuviera mucho cuidado de las malas personas que había en su país.

-¿Que van a querer de mí? – Le dije. -¿La mochila, las botas? no me importa, que se las lleven. ¿Mi vida? ¿Para qué les puede interesar

A lo que seguía advirtiéndome. – ¡Tu ten mucho cuidado!

Lamenté las experiencias que habían llevado a aquel hombre a esas conclusiones, pero no dejé contagiarme por ningún miedo. Busqué una mezquita próxima para agradecer aquel desvío erróneo de mi ruta que me había llevado a disfrutar de esos parajes. Además había descubierto que aquellas casas de oración eran el lugar perfecto para beber agua fresca y asearme un poco.

De nuevo, una mano en mi espalda me sacó de mi meditación en la mezquita. Miré al anciano que con una sonrisa me invitaba con su mano a levantarme para que le acompañara. ¿Había hecho algo mal? Pensé. Me llevó hasta una pequeña zona donde se encontraban otros hombres sentados en el suelo. No sé lo que querían de mí, pero accedí a su invitación y me senté en la alfombra con ellos. No hubo apenas palabras entre ellos, ni me preguntaron nada en absoluto. El anciano sonriente regresó al poco rato con unos vasos, una tetera y una caja de magdalenas. Fui uno más entre ellos, disfruté enormemente de aquella hospitalidad, comimos una magdalena cada uno y repetimos al menos tres vasos de té.

Vagabundeé de nuevo por las calles, pero no encontré ninguna construcción excepcional ni rincón que me atrajera a dibujar. No sé bien si sería la caída del Sol, el cansancio acumulado o la intensidad de lo vivido lo que en pocos minutos me hizo pasar a un estado emocional de desánimo.            De repente me sentía cansado y necesitaba urgentemente un lugar donde tumbarme, cerrar los ojos y dormir. Parecía una pila alcalina, de esas que alumbran sin menguar en su intensidad, sin avisar del desgaste, hasta que dicen basta de forma repentina y se apagan. Empecé a pensar en buscar un hotel donde aceptaran una transferencia y dar al traste con toda esa absurda idea de no llevar dinero. Mi estado de ánimo acompañó al de mi cuerpo y sentía ganas de llorar. ¿Qué hacía allí? ¿Qué necesitaba demostrarme?

Pedí al primer hombre que me pareció si por favor me podía indicar donde estaba la mezquita más próxima. Necesitaba tumbarme en una alfombra y cerrar los ojos y no se me ocurría otro sitio donde poder hacerlo. No me importaba que no se pudiera, me deberían echar a patadas de la que consideraba mi casa en aquel lugar. Luego, como Santa Teresa en Ávila, sacudiría mis sandalias  decepcionado y buscaría otra puerta a la que llamar. Aquel hombre no solo tuvo la amabilidad de indicarme donde estaba, sino que al ver la complejidad del recorrido, no dudó en acompañarme callejeando bastante distancia hasta mostrarme la puerta de la mezquita. Estaba cerrada, así que esperé sentado.

No sé si fue el cansancio dibujado en mi rostro, mi determinación a quedarme a dormir sobre una alfombra o su hospitalidad lo que empujó a aquel buen hombre a llevarme hasta el Hotel Ryad. Desconozco su nombre y porqué fue precisamente él de entre aquel grupo de musulmanes que en la mezquita discutían qué hacer conmigo, quien acabó por pedirme que le acompañara.

El hotel, que en España no llegaría a la categoría de hostal, era sin embargo de lo mejor que en aquel lugar se podía encontrar. Por tener, tenía hasta taza de wc en el aseo común. Tras registrarme con el pasaporte, me ofrecieron la típica cena de sopa de tomate con tropezones varios y pan con quesitos tiernos. En el piso superior estaban las pocas habitaciones para huéspedes, limpias, con camas dobles y confortables, hasta disponían en su interior de mesa y sillas. Por fin estaba en una cama. Acabé mis anotaciones en el cuaderno, me tumbé y cerré los ojos. No recuerdo nada más.


QUINTO DIA

(El día de los autobuses)

 

Esa mañana me despertó prematuramente un molesto ruido de obras en el mismo hotel. Estaba desorientado sobre mi propósito en ese viaje. Bajé al salón donde todavía no había nadie. Tuve que bajar más, hasta la calle y preguntar en el comercio de al lado por el encargado del hotel. Tras unos gritos de llamada, por fin apareció. Era el mismo joven que me atendió la noche anterior. Se disculpó por los ruidos y me dijo si quería desayunar. Así lo hice, y tras tomarme el té y un poco de pan con quesitos abandoné aquel lugar.

El descanso me sentó genial. Caminaba con los ánimos por las nubes. Me sentía pletórico y por fin sentía la certeza de saber quién era yo y qué debía hacer en la vida.

No pude andar más de un par de calles sin resistirme a la necesidad de escribir en el cuaderno lo que en aquel momento sentía:

“Aquello que pedí de pequeño en la terraza de la C/ Bruch 8 de Lleida, ahora se cumple. Ya sé lo que tengo que hacer: “SER CONSCIENTE MOMENTO A MOMENTO DE QUIEN SOY” Alá, Dios, Universo.”

Sentí con una inquietante certeza que yo formaba parte del Todo, y que saboreando esa parte común de esencia en mi interior no podía haber duda alguna ni error en mis palabras y acciones. Me fije en un bereber de piel casi negra que me miró, al igual que yo a él, fijamente a los ojos. Estaba sentado en la calle, cuidando su puesto de verduras. Uno más entre cientos de personas con las que a diario nos cruzamos sin prestar especial o ninguna atención. Pero aquella mañana, tras una mutua sonrisa, los dos nos llevamos la mano al pecho. Quise adivinar en su sonrisa que él también se sentía consciente de quien era, y el saludo de “Salam Aleikum” (La Paz sea contigo)  cobraba un vivo sentido que me hacía desbordar el alma. Si permanecía unido siempre a ese sentimiento, estaría cumpliendo con aquella voluntad que, en la antes mencionada terraza de mi juventud exigía con gritos a Dios una respuesta.

Mis pies iban ligeros y llegué con buena disposición a la salida de la carretera a Marrakech. Próximo objetivo: llegar a la ciudad de Beni Mellal.

Justo donde se termina el casco urbano, vi que a la derecha había una estación de autobuses, así que probaría suerte pidiendo algún conductor si me podía llevar de polizón. No fue necesario, uno de los conductores me puso en contacto con el Director General de la estación de autobuses. Parece que les encantan los títulos rimbombantes.

Je suis le Directeur Général de la gare d’autobus, ¿que voulez vous? – se presentó orgulloso de su autoridad ante mí.

Je veux aller à Beni Mellal avec un bus qui puisse m’emmener sans payer.

Me sonrió y me dijo: –Un moment s’il vous plait. –

Era increíble. Yo pensaba que tendría autoridad para decirle al conductor de turno que me llevara, ignoro las competencias claro, pero en vez de eso el Jefe de estación, o Director General como prefieren llamarse, empezó a pasar la gorra entre la gente que allí se encontraba, tanto empleados como usuarios. No sé si recaudó suficiente o el de la taquilla puso el resto, el caso es que contó las monedas y le entregó para mí un billete hasta Beni Mellal.

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            Me sonrió todo orgulloso de haber resuelto mi problema y me recalcó quien era y su gloriosa historia como militar en la aviación, participando en la Guerra de las Arenas contra Argelia,  país que tras obtener su independencia y con apoyo del FLN quiso marcar por su cuenta las líneas fronterizas del desierto impuestas por los colonialistas franceses.

Es complicado para los pueblos nómadas que habitan aquellas zonas, en especial los Tuareg, reconocer esas líneas que las dunas borran o aceptar de nadie prohibiciones de ir allá donde a lo largo de toda su historia han transitado y vivido.

Agradecí haber probado suerte en la estación de autobuses, porque creo que los 125 kilómetros que las separan hubiesen sido demoledores con el calor de ese día.      El autobús parecía haber sido recuperado de un desguace español. Todos los embellecedores, luces, altavoces, ceniceros etc. habían sido arrancados y solo quedaban cables al aire i circuitos integrados restos del sistema de audio. A pesar de ello los asientos eran  cómodos y aun sin aire acondicionado no pase calor.

Los paisajes del camino me recordaron al principio los entornos áridos de Caspe con su sorprendente e inesperado “Mar de Aragón”, aunque aquí el embalse me pareció aún mayor. Posteriormente los continuos olivares y los molinos de aceite a pie de carretera no eran parajes tan distintos como los de la comarca de Les Garrigues en Lleida. Llegando a Beni Mellal el paraje se asemejó al manchego con sus planicies amarillas de cereal que se perdían en el horizonte de la derecha mientras a la izquierda una bruma escondía la envergadura de las cercanas montañas del Atlas.

Al entrar en un pueblo un festival de mercado se extendía a lo largo de una explanada de varios kilómetros. Tenderetes blancos, coches y furgonetas llenaban todo su espacio. Jamás me habría imaginado un mercado rural de esas dimensiones. Según me contó Luciano, era normal que en todas las ciudades, una vez por semana, se organizaba un mercado donde la gente hacía la compra hasta la siguiente. En esos mercados podías encontrar carne, frutas, verduras, ropa y calzado tanto nueva como usada, cacharros, lámparas, animales vivos, recambios para coches, electrodomésticos de segunda mano y todo cuanto puedes necesitar en una casa, incluidos muebles. Imagino que al estar aquella localidad, cuyo nombre desconozco en una carretera bastante transitada, acudían de todas las aldeas próximas a aquel lugar a surtirse de lo necesario. No bajé del autobús por no perder el transporte, pero me quedé con las ganas de pasear entre aquel gigantesco enjambre de tiendas.

El autobús iba haciendo sus paradas y algunos viajeros me resultaron extremadamente llamativos. Como por ejemplo la mujer de amarillo que se sentó junto a mi lado. De piel morena, con el poco rostro que mostraba muy castigado por el sol y el duro trabajo. Iba completamente vestida de amarillo, combinando vestido con pañuelos, telas y una gorra de tenis. Todo en ese color. Subió junto a un grupo que por su austera vestimenta imagino se trataba de campesinos rurales de alguna tribu muy particular. Todos de una estatura inferior a la media y bastante diferentes al resto de marroquíes que había conocido. No pude evitar tomar el cuaderno y esbozar su imagen para el recuerdo, aunque con el traqueteo del autobús resultó todo un reto.

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Mujer de amarillo

Beni Mellal me pareció una ciudad moderna, con unos 300.000 habitantes según me dijeron. Parecido a lo que en España es más o menos Valladolid. Edificios de bloques altos, avenidas anchas y muy transitadas, bastante occidental, aunque carente eso sí de industrias y polígonos, al menos en la periferia que yo circulé.

Cuando salí de la estación de autobuses era todavía temprano y decidí continuar un poco más de trayecto. Me encaminé hacia la carretera que continuaba para Marrakech.

Gracias a un joven acompañante que se sentó a mi lado en el autocar al salir de Jenifra, confirmé que las cascadas que buscaba estaban ubicadas en la localidad Ozoud, y que para llegar hasta ellas tenía que tomar un desvío pasado Beni Mellal. Esas indicaciones me llevaron a muy poca distancia de otras cascadas a las que me dirigieron erróneamente en dos ocasiones.        No tardaría mucho tiempo en arrepentirme de no haber seguido esos “errores”. Al parecer existen otras cascadas a las afueras de Beni Mellal, pero como en mi mente estaba ya priorizada la ruta hacia la carretera de Marrakech y Ozoud, no supe dejarme llevar por el destino. Di media vuelta de mi equivocado camino a tan solo un kilmetro escaso de ellas tras confirmarme un hombre que me había pasado el cruce hacia  Marrakech.

A los pocos kilómetros de haber dejado atrás Beni Mellal, con un sol de mediodía abrasador y sin nadie que parara a mi solicitud de autostop en esa inacabable avenida que se transformó en autovía, me lié el pañuelo a la cabeza para protegerme de una insolación, y pensé en lo bien que podría haber sido pasar esas calurosas horas a la sombra de algún árbol en aquellas cascadas hacia las que se empeñaba el destino en guiarme.

Mustapha Sanhaji fue el alma caritativa que finalmente me recogió en su coche. Con aire acondicionado. ¡Que delicia!

Pero ese día debía estar bastante afectado por el calor, porque mi estupidez y encabezonamiento en seguir la ruta programada seguía cegándome. Rehusé incomprensiblemente el amable gesto de hospedarme en su casa en Bin el Ouidane, que al parecer estaba a orillas de un precioso lago, rodeado de árboles y muy turístico. Sin embargo declin la invitación porque se alejaba de mi ruta hacia Ozoud. No tardé ni tres kilómetros de tórrida andadura desde la rotonda en que me dejó en arrepentirme profundamente de no haberle acompañado. Antes de despedirnos se empeñó en darme 20 dirhams para el camino que por suerte pude dejar disimuladamente en la guantera del coche sin que se percatara antes de cerrar la puerta. Quería seguir viajando sin dinero.

La carretera parecía hecha con tiralíneas. A la derecha canales y cultivos, a la izquierda, a unos pocos kilómetros, de ese vergel, se elevaban las laderas de las montañas que formaban el Atlas y que me habían acompañaban desde mi partida en Jenifra. Aparte de unos espaciados eucaliptos cuya breve sombra agradecía, se hacía extremadamente monótona. Me detuve en uno de esos tenderetes junto a la carretera que hacen la vez de tienda de comestibles, bar y parada de autobús. Les pedí agua para beber, rehusando comprar la botella  que me ofrecían y señalé el vaso que colgaba de un cordel junto al grifo. Saludé uno por uno al grupo de hombres que allí se encontraban refugiándose a la sombra. Luciano me había aleccionado sobre las buenas costumbres en Marruecos y me dijo que cuando saludas a alguien, es costumbre llevarse la mano al pecho y si ese alguien está acompañado, hay que procurar no dejarse a ninguno de los presentes sin estrechar la mano. Allí conocí brevemente a Ôtman Mouhtadi que hablaba algo de castellano. Trabajaba en la construcción y me reconoció de haberme adelantado en la carretera con su moto. Tras explicar al resto de comensales mis desventuras, no dudó en comprar para mí unos tomates y una par de naranjas que saboreé allí mismo.  Renuncié a su intento de ayudarme económicamente pagándome el autobús hasta la siguiente población: Oulad Ayad. Aun así me ofreció su casa en Douart Ait Amon y hasta me facilitó su número de móvil por si  tenía algún problema y necesitaba algo más adelante.

Mi siguiente ayuda vino de la mano de dos hombres vestidos con sus impecables chilabas blancas que me invitaron a subir a su coche a pesar que su camino se desviaba del mío diez kilómetros más adelante. Cuando me dejaron en un cruce a la izquierda, sabedores de mi situación, uno de ellos me cogió de la mano y ambos me acompañaron hasta el arcén derecho de la carretera principal que habíamos dejado a la vez que hacían señales al autobús azul que poco antes habíamos adelantado; pusieron en mi mano dos monedas y me hicieron subir a él.

El autobús, parecidos a nuestros viejos urbanos con asientos de madera, me llevó hasta la localidad de Oulad Ayad. Una vez llegados al final del trayecto, el conductor, con instrucciones previas de mis benefactores, me indicó que esperara allí hasta el siguiente autobús que no tardaría más de cinco o diez minutos y que me llevaría a Ait Atab.

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            La puntualidad se cumplió como si de Londres se tratara y en menos de 5 minutos llegaba el enlace. Por lo visto, el importe que me dieron era justo el necesario, una moneda de cinco para el primero y otra de diez que me pidieron para el siguiente. Increíblemente era un coche de línea en perfecto estado, con aire acondicionado, cortinas y un tapizado impecable. Según me dijo el conductor pertenecía a una empresa madrileña. Curiosidades.

El coche de linea me dejó en Ait Atab, un pequeño pueblo situado en un valle, cruce de caminos tras la primera barrera montañosa del Atlas.    A partir de allí se acababa el transporte público y debía esperar a alguien que me llevara o ir caminando un largo trayecto. Calculé que era mejor esperar a la salida del pueblo algún vehículo a gastar inútilmente fuerzas caminando para hacer autostop más adelante. La carretera era apenas transitada, tan solo algún pastor de ovejas que volvía de la pastura y algunos burros con carga. Ningún vehículo en dirección a Ozoud. Pensé que si sufriéramos una crisis energética, en pueblos como ese no supondría demasiados inconvenientes para sobrevivir. No se veían tractores agrícolas, y que recuerde, tan solo vi un par de cosechadoras y una docena de tractores a lo largo de toda mi travesía. Sin embargo el número de burros fue incontable y pude contemplar en alguna ocasión a gente cosechando el cereal manualmente.

Una pickup paró a mi solicitud. Me confirmó que se dirigía a Ozoud y que subiera. Esperamos unos minutos hasta que apareció una joven, al parecer hija del conductor. Le hice sitio en el asiento de delante y me resultó embarazoso el viaje lleno de curvas y más curvas con el consiguiente roce.

Me parecía estar en mi Lleida natal, serpenteando entre  las montañas de Camarasa, con sus paredes de piedra marrones y grises cortadas en vertical hasta encontrarse con el río en el fondo. Así, llegamos a Ozoud.

Ozoud no llega ni a la calificación de pueblo, es más bien una aldea consistente en dos calles próximas perpendiculares a cada lado de la carretera. Cerca de sus intersecciones se encuentra la mezquita, un par de ”restaurantes” con carpas para los turistas que visitan la zona, una carnicería y la tienda de frutas y verduras donde me dejó. El hombre que me llevó transportaba en la parte de atrás provisiones para esa tienda, y aunque al llegar me ofrecí voluntario para ayudar a descargar las cajas, no quiso.

Un poco más alejado, al otro lado del río, está el hotel, apartamentos y una gran explanada donde desembarcan los autocares y furgonetas que transportan a los turistas para que conozcan sus famosas cascadas.

Mucha gente de la aldea aprovechan el atractivo de la zona para sacarse propinas, de hecho, no tardaron ni medio minuto en acercarse a mi dos jóvenes ofreciéndome un apartamento o acompañarme de guías a los saltos de agua. Cuando entendieron que no tenía con qué pagarles, empezaron a reírse y bromear de donde dormiría entonces esa noche. Lo cierto es que no me importaba demasiado dormir bajo ese manto infinito de estrellas, pero les dije que si me ofrecían un techo lo aceptaría gustoso. Les acompañé hasta detrás de un mostrador cercano, donde en otros momentos se debía improvisar un bar, y me enseñaron la tienda de campaña donde dormían. -¿Quepo? -Les pregunté, a lo que afirmaron y sonrieron, algo sorprendidos por mi disposición a acompañarles a compartir su estrecho cubil.

DISPOSICIÓN. Esta puede que sea una de las palabras clave para disfrutar de un viaje. Disposición a aceptar comodidades e incomodidades. Disposición a cambiar los planes y dejarse llevar. Disposición a aceptar nuevas costumbres, comidas y formas de vivir la vida. Y así me sentía yo: dispuesto y confiado a lo que me deparase el futuro.

Les pregunté donde estaban las cascadas y me señalaron un camino que se alejaba tras la frondosa explanada que servía de estacionamiento a los coches. La tupida sombra la proporcionaban enormes olivos que se unían unos a otros en la altura dejando un paraje terroso y umbrío a ambos lados de la carretera. No en vano el nombre de Ozoud es la palabra que los bereber utilizan para denominar a su fruto: la oliva.

Camine poco más de trescientos metros hasta llegar donde el río El Abid o Oued Abid pierde su calma y cae con estruendo al vacío. Me senté a observar el espectáculo e intentar retratar su belleza en mi cuaderno. La paz del lugar solo era interrumpida, o mejor dicho, acompañada, por algunos monos que se aproximaban para probar suerte obteniendo comida fácil de los turistas.

Las cascadas eran bellísimas. Al otro lado del río, la ladera del socavón que el río esculpió a lo largo de milenios,  estaba repleta de pequeñas terrazas con algunas tiendas, bares y reservados para hacer picnic. Todo ello en una sucesión de zigzagueantes escalinatas que descendían hasta lo más hondo de la caída de agua. Decidí que bajaría allí a la mañana siguiente para que, sin prisas y con la claridad de un nuevo día, que en ese ya menguaba, poder observarlas sin perder detalles.

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Boceto del cuaderno de viajes de la cascada de Ozoud

Volví al cruce o centro de la aldea pasadas las ocho de la tarde hora local. Se me acercó un joven de esos que ganan  propinas indicando a los visitantes donde aparcar u organizando a los grupos de personas para ocupar los taxis “Mercedes Benz blancos” que iban y venían con cierta frecuencia. Tenía 26 años, pero su rostro y mirada le hacían mayor. Delgado, poco sonriente y tremendamente observador. Se presentó con el nombre de El Mahjoob y me preguntó si quería dormir esa noche en su casa.

Me imagino que durante mi visita a las cascadas, la historia de un extranjero sin dinero se propagó con facilidad y llegó hasta sus oídos. Mi sonrisa no pudo ser más expresiva y le dije que por supuesto que aceptaba. Todavía hoy, sigo sin saber qué le impulsó a invitarme a su casa, a pesar de que se lo pregunté con posterioridad tanto a él como a su hermano menor Anouar del que pronto contaré.

Puede que fuera por mostrarle mi interés por la ubicación y horario de la mezquita, ya que descubrí que era un buen lugar, no solo para descansar y meditar, sino también para utilizar sus aseos, lavarme y beber agua limpia y fresca. Y eso fue exactamente lo que hice esa tarde-noche en cuanto abrieron las puertas de un lateral que dan acceso a los aseos y los grifos con cubetas para las abluciones. Observé que en todas las mezquitas que tuve oportunidad de visitar tenían uno o varios termos de plástico con un grifo de presión y un vaso de plástico atado a él con un cordel para servirse agua fresca.

Una vez aseado, me descalcé para acceder a la zona de oración, como siempre, el suelo estaba tapizado de alfombras. A diferencia de nuestras iglesias y catedrales, no son en absoluto ostentosas, sus paredes están lisas y limpias con la única excepción de algun cuadro con algun verso del Corán o un reloj. Me senté descansando la espalda en una discreta pared trasera, y poco a poco empezaron a acudir más y más fieles. Fue entonces cuando descubrí que la aldea no era tan pequeña como aparentaba. Hombro con hombro e hilera tras hilera, de izquierda a derecha y de adelante hacia atrás, veía como la mezquita se iba quedando más y más pequeña, sin dejar ni un solo hueco hasta que los últimos en llegaron ocuparon la entrada de la puerta. Ignoro si la totalidad de los aldeanos son musulmanes o si muchos de ellos vienen de casas alejadas, pero me pareció que necesitaban una mezquita más grande.

Al salir, El Mahjoob me estaba esperando para acompañarme a su casa. En el camino, le mostré mi interés por saber qué representaban esas distintas inclinaciones, de pie o arrodillado y que tipo de oraciones acompañaban a cada momento. Me presentó entonces a dos personas que estaban frente a un comercio de la calle. Una de ellas era el Imán, mientras que la otra, que hablaba muy bien el castellano, me explicaba con detalles el significado de ser musulmán, que para ellos es creer en Alá o Al-läh y su profeta Mahoma cuyo nombre completo es: Abu l-Qāsim Muḥammad ibn ʿAbd Allāh al-Hāšimī al-Qurayšī .

 Alá lo es todo. – Me decía.

  • No hay nada fuera de Alá. Él mandó al arcángel Gabriel para que abriera el pecho del Profeta y lavara con agua la maldad de su corazón. Por eso las palabras del Profeta son sagradas. Y a continuación me recitaba melodiosamente una frase en árabe que todo musulmán debe conocer: –La ilaha illa Allah, Muhammad dun rasúlu Allah. (No existe dios verdadero sino Allah y Muhammad es su mensajero).

Siempre me han maravillado, y lo siguen haciendo, las historias capaces de despertar mi curiosidad. Lo mismo me pasaba de pequeño cuando leía la Biblia,  o cuando mi hermano mayor me dejó leer el Bhagavad-Gitá, cuando vi la película de la historia de Buda, o al divulgador científico Jiménez del Oso hablando por televisión sobre OVNI’s y extraterrestres, e incluso cuando los mormones llamaron un día a mi puerta para contarme como en el bosque sagrado descendieron de una luz del cielo Dios padre y Jesucristo hijo para entregar a Joseph Smith unas planchas de oro donde se relataba la historia de los verdaderos cristianos desembarcados en América antes de que esta fuera descubierta por Colón.

Ante tal avalancha de historias contadas siempre como verídicas, llegu a la conclusión de que el Universo es tan perfecto, que ofrece nuevas religiones y creencias a medida que son necesarias para colmar las nuevas necesidades de cada alma. Por eso, siempre muestro mi respeto hasta para la más absurda y personal historia que escuche, pues entiendo que tras esa realidad, sea subjetiva o no, hay sentimientos y necesidades tan reales como los míos.

Tras despedirnos y quedar para proseguir la conversación el día siguiente, caminamos en la casi oscuridad hasta llegar a casa de El Mahjoob. De nuevo, el espeso y nítido cielo estrellado invitaba a ser contemplado.

La casa de El Mahjoob era rústica, de una sola planta, construida con paredes de aglomerado. Contaba con unas escaleras que llevaban al tejado, que algún día esperaba ser ampliación de la vivienda. Estaba custodiada por dos ovejas amarradas en el exterior que comían las sobras de frutas y verduras que les arrojaban. El interior carecía de los acabados de cualquier casa occidental y consistía en cuatro habitaciones, un “lavabo-retrete” y el distribuidor central que servía de lavadero y “cocina” que en realidad es el recinto central donde se prepara la comida. El tajine lo cocinan con carbón mientras que el pan lo cocían en un horno de barro cercano a la casa donde quemaban cualquier cosa combustible, desde madera a plástico.

El Mahjoob era responsable de una parte de la familia. Vivían con él su madre, la abuela, su hermana Mona, una prima y dos niñas pequeñas más que no me fueron presentadas, mientras que su hermano pequeño Anouar, compartía techo con otros parientes justo en la casa de en frente.

Me hizo pasar a una habitación con alfombras, cojines y un colchón grande en el suelo donde dormía él con su mujer e hijo. Me presentó a ésta y a su bebé de pocos meses que me dejó sostener en brazos. El único lujo de la casa era una pequeña televisión de tubo que amenizaba con canciones árabes la velada. Todos estaban sentados alrededor de una mesa baja, donde llamaba la atención el tajine de pollo con cebolla acompañado de platos con patatas fritas, aceite crudo y ensalada con tomate, pepino y pimiento muy finamente picado. Me ofrecieron pan y me dispuse a cenar como uno más.

Tras la cena me presentó a su hermano Anouar de diecinueve años. Hablaba un inglés regular y así pude preguntar detalles sobre su forma de vida y su familia. Me mostró orgulloso su móvil, un pequeño Nokia con pantalla de cuarzo que disponía de acceso a Internet. Como además tenía cuenta en facebook, le pedí que me dejara enviar un mensaje a Eva para informarle de mi buen estado y situación. No solo me dejó, sino que me pidió agregarme como amigo, a lo que por supuesto acepté.

Ignoraba porqué, pero su mirada me atraía. Era una mirada joven, curiosa, abierta, sin prejuicios, me recordaba  cuando yo, de joven, escuchaba atento las aventuras de mi hermano mayor tras regresar de permiso militar de las islas Canarias. Le expliqué mi curiosidad por el rito de oración musulmán y me explicó con detalle cada una de la ablaciones y el orden de las diferentes posturas, pero al explicarme el contenido de los versos que recitaban, resultaba difícil la traducción y cesé en mi interrogatorio. Además, me pareció apreciar que su hermano mayor se molestaba por la concentración de atención que depositaba en Anouar, ya que a fin de cuentas, él era mi anfitrión y el cabeza de familia.

Acepté la invitación de El Mahjoob para prolongar  un día más mi estancia y así presentarme a un amigo suyo, que hablaba bien español, estudioso del Islam y que me aleccionaría de cuantas dudas tuviese sobre su religión. Me dijo que para entenderlo bien precisaba de una semana y que si lo deseaba podía quedarme en su casa ese tiempo, a lo que le expliqué que el vuelo de regreso y mi calendario estaba ya cerrado. Pensaba hacer alguna escala en la larga distancia que separa Ozoud de Marakech, pero esa vez sí que me dejé llevar.

Mi visita alteró la distribución de las habitaciones, ya que me ofrecieron dormir en una de gran tamaño y con el suelo también cubierto de alfombras. Supuse que debía ser utilizada por alguien que paso a dormir en otra estancia para dejarme mayor intimidad. Había un par de alfombras más gruesas y sobre ellas me dispusieron una sábana y una colcha. No tardé mucho en dormirme.


SEXTO DIA

El cansancio venció a la incomodidad hasta que, suficientemente repuesto, decidí que mi espalda estaba mejor levantada que acostada. La claridad y el fresco del alba entraba  por la ventana. Crucé el vestíbulo y accedí al retrete. Carecían  de escobilla por lo que debí esforzarme en acertar en el agujero de la porcelana dada mi desentrenada puntería. Mientras me limpiaba con la cubeta llena de agua, sonreía pensando en cómo sobrellevaría Eva una situación como aquella. Ella, que necesita metros de papel higiénico en cada uso. Aunque no creo que fuera fácil ni para ella ni para nadie acostumbrado a las comodidades de nuestra sociedad.

El-Mahjoob no tardó en salir y fuimos a desayunar en uno de los “bares” del cruce. En el camino, bajo los gigantescos olivos de la izquierda que quedan entre la calle y el margen del río. Se veían gallinas sin dueño correteando junto a burros y cabras. Unos niños acompañaban un pequeño rebaño de ovejas y las que custodiaban la noche anterior la casa ya no estaban atadas, ahora entraban y salía de ella a su antojo.

Todavía no había llegado ningún turista y los únicos despiertos eran los vecinos de Ozoud.

En la terraza del “bar” una de las mesas estaba ocupada por dos amigos de El Mahjoob, y tras presentarme, me llevé la mano al pecho antes de estrecharsela. Nos sentamos y llenamos otro par de vasos que ya estaban en la mesa con el omnipresente té a la menta. Mientras, una mujer que preparaba msamans (crepés aceitosos con sabor a churros) en la plancha nos trajo una bandeja con dos de ellos. El Mahjoob partió uno por la mitad y me lo ofreció, lo cogí y recorté con las manos un cacho mientras los otros dos comensales se servían también. Se nos fueron agregando hasta tres vecinos más y conforme llegaban iban estrechando las manos a todos los presentes, se cogían un vaso de té y un trozo de Msaman. El-Mahjoob se despidió porque le reclamaba la llegada de un taxi y poco a poco fueron levantándose y despidiéndose todos hasta que me quedé solo.

No llegué a saber quién pedía la comida y el té, y menos aún quien la pagaba. Parecía que la aldea era una gran familia y que compartían lo que tenían, o a lo mejor se turnaban en convidar.

Crucé el puente del río que estaba en obras y accedí a la explanada de la otra orilla. Se veían algunas furgonetas y coches estacionados pero aún no habían llegado los autocares que observé la tarde anterior. La actividad era casi nula. Me extrañó que no existiera ninguna taquilla para acceder a las escalinatas que descendían a las cascadas, pues una pequeña colaboración ayudaría al mantenimiento de la poca infraestructura del camino, barandillas, alumbrado etc

Mientras bajaba, encontraba mujeres barriendo las terrazas disponiéndolas para alquilar a los visitantes. Burros transportando bebidas y mercancías diversas para suministrar a tiendas de souvenirs, bares y restaurantes. En uno de éstos últimos empezaban ya a encender los carbones para los guisos en los tajínes. Un par de niños que, en poco tiempo se multiplicarían, salían al paso para ofrecerme la compra de bolsitas con tomillo en polvo. Algunos visitantes habían llegado ya al estanque que formaba la cascada tras su caída.

Desde abajo, la visión del salto se percibe más majestuoso. El estruendo de chocar agua y piedra me acompañó a lo largo de toda mi visita. Descubrí un tercer salto en el que la espuma teñía de blanco el oscuro marrón ocre de las rocas recordándome una falda nupcial.

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Boceto del cuaderno de viaje de las cascadas de Ozoud

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Boceto del cuaderno de viaje de las cascadas de Ozoud (tercer salto)

            En el pequeño estanque había tres barcas muy guarnecidas. Sospeché que su utilidad es la de hacerse una foto en primera línea, empapándote de la perpetua llovizna que crea las salpicaduras de agua tras su caída. Me encontré también una pareja de caballos preciosamente engalanados preparados para hacerse la típica foto o quizás facilitar el regreso de subida, que la verdad, hay que tomarla con calma. Pero esa lentitud la aproveché para apreciar mejor las paredes esculpidas y descubrir fósiles de esponjas, corales, o hormigueros, no sé muy bien. Sentí tristeza al comprobar que ningún arqueólogo o geólogo, local o extranjero, se hubiese preocupado de preservar esos fósiles o al menos indicar su existencia e informar de su origen. Decidí garabatear un pequeño dibujo. Todavía no he sabido descifrar con seguridad qué formó aquellos tubos y pliegues.

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De vuelta a la localidad, El-Mahjoob me presentó a su hermano mayor Driss con quien esa tarde tendría una curiosa incidencia. Ya en casa, mientras observaba como la mujer de El-Mahjoob avivaba el fuego del horno para hornear el pan,  Driss me pidió que le acompañara a comprar verduras para la cena, ya que a elección mía, iba a consistir en un tajín de verduras. Cuando caminábamos hacia la tienda, Driss me dijo, en el poco francés que yo entendía, que no había problemas para que durmiera en su hogar sin pagar, pero que para la cena debía aportar algo. Me sentí entre confundido y avergonzado. Le dije que lo sentía mucho, pero que no llevaba dinero y que así se lo hice saber a su hermano cuando me ofreció hospitalidad. Driss insistía en que  podía ir a una oficina de giros postales o cajero, pero le repetí que tampoco llevaba tarjeta de crédito. Le comenté que si había algún problema de comida podía prescindir de cenar. Finalmente entendió mi situación y dijo: -No problem, no problem.- Me indicó que regresara a casa y que ya no era necesario que le acompañase.

Regresé a casa, pero aquella situación me sabía fatal. Tal vez abusaba de su hospitalidad menguando indebidamente sus recursos alimenticios. Decidí que debía hacer algo, así que me dirigí al puesto de verduras donde me dejó el pickup el día anterior. Le expliqué al encargado de la tienda el compromiso en que me encontraba y le pedí si me podía ayudar. No lo dudó ni un solo momento. Cogió una bolsa de plástico y empezó a llenarla de zanahorias, calabacines, remolachas…, hasta que le dije que ya era suficiente. Me llevé la mano al pecho y con todo mi agradecimiento le dije: – ¡shukran!- (gracias en árabe). Volví a la casa y como no había nadie, la dejé junto al fregadero en el distribuidor.

Me sentí mucho mejor. Veía lo sencillo que podía resultar vivir, y que cuando necesitas verdaderamente algo, el Universo es más generoso de lo que pensamos. Con estos pensamientos, me acerqué a la orilla del río y contemplé a unos niños bañándose y saltando al río. Pensé por un momento en lo  bien que les iría una piscina, pero… ¿quién necesita piscina con aquel regalo de la naturaleza? Decidí que tenía que dibujar aquella escena, así que regresé a la casa para coger el cuaderno de viaje.

De regreso a la orilla, una mujer con un grupo de niños estaba sentada sobre una gran alfombra. Cortaba rodajas de una hermosa roja sandía. Había visto algunas sandías más durante mi viaje, y en más de una ocasión  sentí deseos de probarlas. La saludé llevándome la mano al pecho y me senté recostando la espalda en un olivo próximo, justo al margen del río.

Me puse a dibujar la escena. Los pequeños gozaban como yo lo había hecho a su edad en el río Segre antes de su contaminación. Allí, las aguas del río todavía permanecían limpias a pesar de que las mujeres lavaran allí la ropa. Los niños entraban al río corriendo, saltando, persiguiéndose…  hasta con la bicicleta. Disfrutaban de su infancia en contacto con la naturaleza.

Una mano me tocó en el hombro. Me giré y un niño sonriente y algo tímido me ofrecía un trozo de jugosa sandía. Estaba dulce y era el mejor cóctel que se podía pedir para acompañar esa tarde. Miré a la mujer que sin duda le había indicado al niño que me acercara esa pieza, y le sonreí agradecido, haciéndole saber con el lenguaje del cuerpo lo sabrosa que me parecía. Me acababa de comer el último trozo cuando de nuevo el niño se me acercó con otro más grande aun. No pude negarme. Agradecí de nuevo la ofrenda y ante su gesto de cortar un nuevo trozo para mí, le hice entender que estaba satisfecho y no necesitaba más.

Ahora que repaso el cuaderno de viajes, me sorprende no recordar qué comí ese día. Puede que no comiera nada tras el desayuno a excepción de esos dos trozos de sandía y la cena. Posiblemente, como ellos se estaban habituando para el ayuno diurno del ramadán, no prepararon nada, y el no ver comer, no me recordó su necesidad. Reconozco que en demasiadas ocasiones me siento a la mesa a jamar tan solo porque es la hora, pero el hecho de no llevar reloj y la distracción de cuanto descubría, supongo que mitigó la sensación de hambre. ¡Curioso, con el buen apetito que siempre tengo!

Aquella tarde tocó fútbol. Primero a través de un televisor, sentado junto a una veintena de personas en una carpa de un “bar-restaurante” y después en directo, en una explanada con dos porterías. Los protagonistas eran jóvenes del lugar que corrían arriba y abajo, sin árbitro y con las únicas interrupciones de rescatar el balón del río. Jugaban sin equipación ni calzado adecuado pero con mucha voluntad de pasarlo bien.

Sentado detrás de una de las porterías, se me acercaron unos niños, y decidí entretenerles con unos trucos de magia, pero como me solía ocurrir en ese país, a la segunda vez  que les repetía un truco ya andaban averiguando el engaño.

El resto de la tarde-noche la pasé con Anouar. Se mostraba como una esponja ante mis explicaciones. Entendió que no deseaba convertirme al islam como parecía creer su hermano y pasé a explicarle un poco mi experiencia en la búsqueda de Dios y que encontraba el Islam apasionante, pues había conseguido conservar en su pueblo un espíritu de hermandad entre vecinos, al igual que en España ocurría, y sigue ocurriendo en pequeños pueblos, donde es más importante las personas que te rodean que acaparar para uno mismo. Esa atmósfera de receptividad ante la necesidad ajena es lo que para aporta a la vida su auténtica calidad.

En un momento dado Anouar me preguntó cómo pensaba llegar al día siguiente a Marrakech, a lo que levanté las manos al cielo sonriendo y explicándole que Alá proveerá, que si algo había aprendido de ese viaje, era que cuanto más te preocupabas por algo menos disfrutabas del momento y que en cuanto dejabas de preocuparte el Universo te ofrecía la solución. Le expliqué lo ocurrido esa tarde con su hermano mayor,  cómo tras pedir al Universo una solución para la cena de esa noche Éste me regaló una bolsa llena de verduras.

Se me quedó mirando sorprendido como si le hablara de un milagro o magia, pero le expliqué que era algo más sencillo: “No esperes que el Universo haga aparecer una bolsa con verduras de la nada, pero confía en que sin duda puede encontrar la manera de hacerla llegar a ti”, le expliqué.

De regreso a casa nos salió al paso El-Mahjoob acompañado del amigo que explicaría mis inquietudes sobre el Islam. Lo que más me  sorprendió fue cuando explicó que él no solía ir a rezar a la mezquita. Al parecer era un estudioso de libro o bien era la única persona que El-Mahjoob conocía que hablara mi idioma. Es curioso, pero tuvo que ser precisamente un musulmán no practicante el que se alarmara por el hecho de que yo había entrado a rezar en sus mezquitas. Fue entonces cuando me enteré que eso estaba prohibido y que para el resto de creyentes en Alá y el Profeta era una ofensa que contaminara con mi presencia su lugar de oración.

Me quedé estupefacto. No entendía esa intolerancia. ¿Qué mal había en ello? No podía creer lo que me decía, así que finalizada la conversación, le pedí a Anouar (El-Majoob había regresado al  trabajo tras presentarme a su amigo) que si era posible, necesitaba una confirmación de todo aquello por el Imán. No pudimos hablar con él, pero me presentó a dos amigos suyos. Uno regentaba una pequeña tienda-taller de electricidad y electrónica y el otro hablaba muy bien mi idioma, así que le interrogué al respecto. Su respuesta fue la misma, y aunque él, y posiblemente la mayoría de musulmanes practicantes, se mostraba tolerante, me hizo entender que mi presencia durante los rezos podía ofender a algunos musulmanes que ven a los no creyentes como almas impuras que aún no han aceptado las palabras del Profeta e indignos de entrar en su morada al igual que excluían a las mujeres (tienen unas dependencias anexas reservadas para ellas).

Me cuesta entender cómo puede afectar la presencia de un no creyente durante el rezo, aunque reconozco que cuando en Baqueira Beret veía la parroquia repleta de personas cargadas de pieles de animales, joyas, con chóferes esperando a las puertas, también me parecía una ofensa que no se dieran por aludidos cuando el párroco decía aquello de: “es más difícil que entre un rico en el Reino de los Cielos que un camello por el ojo de una aguja”.

En fin, dejando el tema, lo mejor de aquella reunión fue  que el amigo, llamado Rachid, sería mi salvación para llegar a mi destino final, Marrakech. Le pregunté si podía acompañarles , él me respondió que lo consultaría con su hermano al que llamó por teléfono, pero no contestó. Quedamos que a lo largo de esa tarde-noche contacyaría con Anouar para decirme alguna cosa. De todos modos, me dijo, que en el probable caso de poder llevarme, me pasarían a recoger a las seis de la mañana frente a la casa de El-Mahjoob.

Anouar me sonreía cuando camino de casa levantaba mi mirada al Universo y le daba las gracias.

-Lo ves Anouar, cuando dejas de preocuparte, Alá provee.


SEPTIMO DIA

 

A pesar de pedirle la noche anterior a El-Mahjoob si tenía un despertador y asegurarme éste que él mismo me avisaría por la mañana, cuando abrí los ojos las agujas marcaban las seis pasadas en el reloj de la habitación. Me sobresalté. Rápidamente me aseé, recogí mis cosas y no quise despertar al bebé llamando a la puerta. Salí al camino pero no había nadie esperando a pesar de ser y media. Pensé que igual ya habían pasado a buscarme, pero si me apresuraba podía encontrarlos todavía en la tienda del amigo de Anouar. No estaban allí, tampoco en el centro del pueblo. Me encaminé hacia la salida de la aldea para asegurarme que si aún no habían partido me vieran.

Nada. Parecía que había perdido mi transporte. Pregunté al conductor de un autocar que estaba parado si por casualidad se dirigía a Marrakech. Se llamaba Drissi y todavía conservo su teléfono móvil apuntado por él mismo en el cuaderno de viaje. Le explique mi situación, y se mostró interesado por las experiencias adquiridas durante mi viaje y sobre la hospitalidad que había recibido. Cuando nos despedimos, no encontré una  manera que no resultara descortés para rechazar los 50 dirhams que había puesto en mi mano.

Seguía haciendo autostop mientras hablaba con Drissi cuando de repente reconocí a Rachid en el interior de un vehículo que se aproximaba. Paró, me despedí de Drissi, subí y me explicaron su retraso y que intentaron localizarme por la aldea tras no encontrarme frente a la casa. A diferencia de nosotros, las seis de la mañana significa a primera hora de salir el sol, sin dejar que un instrumento dicte con su hora el discurrir de la jornada. Fuera como fuere, allí estaba por fin, subido en el coche con ellos en mi última etapa hacia Marrakech y con 50 dirhams inesperados en el bolsillo. Al llegar los utilizaría en asearme y tomar un té a la menta.

El viaje resultó más largo de lo que me pensaba. Tras la sinuosa carretera empezaron las planicies llenas de campos de cultivo, hora amarillos del cereal hora verdigrises de olivos. Así hasta llegar al destino.

Hay muchas descripciones hechas de Marrakech, pero las que hablan de barro rojizo y callejuelas laberínticas son las que más se aproximan. Tras estacionar el vehículo pedí a Rachid que me indicara dónde podía encontrar una hammam y decidieron cambiar su itinerario para acompañarme los dos. También les costaba encontrarla así que recurrieron a un vecino para preguntarle. Ese mismo vecino fue el que, tras despedirme de mis solidarios acompañantes, me cogió de la mano para acabar de guiarme entre más callejones hasta un rincón donde solo ellos saben de la existencia de esos baños.

El precio de la hammam era el mismo que en Azrú: 10 dirhams más un dirham por el champú. Constaba de dos salas y esta vez las disfruté con calma. Me relajé sobre el cálido suelo, dejé que mis poros se abrieran y el tiempo pasara. Bien afeitado y limpio, me sentía rico con el poco dinero que llevaba en el bolsillo. Decidí comprar para desayunar una naranja en vez de pedirla, al fin y al cabo, si el Universo me había regalado 50 dirhams era para gastarlos y compartirlos. Acostumbrados a los turistas, el tendero pretendía cobrarme 15 dirhams por una de ellas, a lo que casi me da un ataque de risa. Le entregué un dirham y tanto él como el resto de su acompañantes de té (cualquier lugar y ocasión es bueno para compartir una tetera) se rieron también del fallido intento de engaño.

Continué mi camino entre esas callejuelas desembocando en una plaza con un mercado. No era la inmensa y turística Jemaa El Fna pero estaba repleta de mercancías de todo tipo. Me senté en un bar junto a una herboristería, y como me ocurrió en la medina de Fez, los olores embriagaban el momento. Pedí un té a la menta (ignoro si saben preparar de otro tipo) y lo disfruté. Dibujar, sentado y con una mesa, me resultó más fácil.

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Boceto del cuaderno de viaje de un rincón de Marrakech

            En ese momento fui consciente que podría sobrevivir más de siete días sin nada, incluso sin la mochila con ropa de recambio y útiles de aseo. Me sentía sabedor de que  un viaje hasta donde yo deseara, y durara lo que durara era posible hacerlo tan solo por el simple hecho de desearlo y querer iniciarlo.

No pretendo animar a nadie a que haga lo mismo, pues sin una confianza profunda en uno mismo y en un benefactor Universo, puede que las bofetadas sean de órdago.

Podría haber sido una mala experiencia, podría haber pasado hambre, no encontrar donde dormir, no llegar a tiempo a mi destino, haberme lesionado, quemado con el sol… no sé, si tienes miedos o piensas en encontrarte con desastres, seguramente también el Universo se encargue de presentarlos en tu camino.

El último tramo hasta el hotel donde me reuniría esa tarde con Eva lo hice agarrado a la espalda de un motociclista que aceptó llevarme de paquete.

Pedí en recepción la confirmación de que el grupo del máster de periodismo de viajes llegaba esa tarde y que Eva estaba registrada para hospedarse. Así era. No obstante, mi intención era pasar con ella esos dos últimos días, así que intenté pedir una habitación explicando mis circunstancias y asegurando que en cuanto llegara pagaría el importe con su tarjeta de crédito. Pareció no fiarse, o simplemente cumplía las obligadas normas, no podía darme habitación sin antes pagarla o entregar una tarjeta de crédito. Le pedí entonces si podía esperarla en el hotel, a lo que me contestó que sí, por supuesto.

Me encaminaba hacia la piscina con el ánimo de tumbarme en una hamaca a la fresca cuando la voz de la recepcionista me aludió. -Perdón caballero, puede esperarla pero en el loby, la piscina es exclusiva para clientes.

¡Bienvenido de nuevo a occidente Carmelo! Pensé.

 

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 Finalmente llegó Eva y pude disfrutar de la piscina (pagando claro…)

FIN

 

 

 

Post escriptum: Esa noche, acompañado por Eva, acabé de gastarme el dinero que me quedaba en la céntrica y exótica plaza de Jemaa El Fna invitando a comer a algunos mendigos y dando el resto a otros.

EPILOGO

 

Tengo intención de repetir un viaje similar por Europa, tal vez para confirmar que no es tan solo cuestión de culturas, sino de que en todos los sitios puedes encontrar buenas personas receptivas a tus necesidades y utilizadas por el Universo para salir a tu encuentro y ayudarte en este maravilloso camino que es la vida.

No obstante, también me queda pendiente regresar con Eva a Marruecos. Quiero mostrarle todos aquellos preciosos lugares llenos de agua y amables personas que el viaje me hizo descubrir y sentir, y a la vez, que ella me muestre esas tribus de bereberes con las que se relacionó, las ruinas de la primera ciudad romana en Fez, el horizonte estrellado de la noche en el desierto…

Deseo reunirme de nuevo con Luciano y su familia para que nos acompañen a una bonita excursión en 4×4. Visitar a Anouar y El-Majoob en Ozoud e invitarlos a una gran fiesta en la aldea junto a sus amigos, el Imán de la mezquita, la mujer de la sandía, los niños de los juegos de magia y el generoso vendedor de verduras… todos cuantos se quieran unir.

También haré algunas llamadas de teléfono a Al Drissi el conductor del autocar para encontrarnos e invitarle a un té, a Mustapha Anmaji para que me guíe por el lago de la turística Bim El Ouidane, a Mouhtadi Ôtman para visitarlo en su pueblo Douart Ait Amon y agradecerle de nuevo su interés desinteresado por mi bienestar.

Intentaré contactar de nuevo con el Director General de la Estación de Autobuses de Jenifera para comer juntos, y por supuesto, también con el barbero de Fez que se ofreció a pagarme el alojamiento y la comida esa primera noche en Marruecos; y a todos aquellos que a lo largo de mi camino pusieron una sonrisa y una voluntad de ayudarme en mis necesidades.

Este relato está escrito en su honor. Gracias.

 

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